TÁCTICAS PELIGROSAS. Por Mónica Mancero Acosta

15 de Marzo 2016

Monica Mancero Gkillcity small

 

La proximidad de las elecciones ha desatado el debate acerca de con quienes sería pertinente y viable establecer alianzas y con quienes no. Para establecer alianzas políticas concurren varios criterios que complejizan la decisión. Seguramente un politólogo que aplique la teoría de juegos podría encontrar una innumerable cantidad de alternativas. De cualquier forma, un análisis que mira la política como una disputa por obtener y conservar el poder, va a considerar la eficacia de tales tácticas. Esta eficacia no puede constituirse en el único criterio, se trata por cierto de compartir cosmovisiones, valores e ideas programáticas acerca de la realidad social y política sobre la que se pretende actuar.

Una izquierda expresada en un ala de Pachakutik propugna la idea de que es necesaria y urgente una alianza amplia, aún con sectores que tradicionalmente han militado en la derecha política. Mientras que otra ala, desde la propia CONAIE, expresa su inconformidad con esta propuesta y está pugnando por una alianza entre fuerzas de izquierda y progresistas. Estas posturas parecen extenderse a buena parte de la sociedad ecuatoriana, lo advertimos en los artículos de opinión, en las redes, en las conversaciones cotidianas.

El argumento de la primera propuesta parece ser que el correísmo, como fenómeno político, ha arrasado con toda la institucionalidad democrática y la posibilidad misma de un proyecto común de estado nación. Esta lectura, a pesar de todos los epítetos con los que podamos calificar al correísmo, me parece exagerada. Decir que por el desastre en que se encuentra la “institucionalidad democrática” cabe una alianza con la derecha supone decir que el correísmo como proceso político ha borrado las fronteras entre la izquierda y la derecha, consabida tesis que ha tratado de ser implantada en otros lugares, proclamando el fin de las ideologías y una verdadera postpolítica.

Si ya no existen derechas e izquierdas, la cosa se facilita y se trata únicamente de gestionar la política. No comparto esta visión, los problemas sociales, económicos, culturales son tan álgidos en nuestras sociedades que es imprescindible tomar partido y saber que sus soluciones dependen de afectar un sistema entero de desigualdad, del cual una parte sale beneficiada en detrimento de la otra. Por ello, la ingenua colaboración o alianza con los beneficiarios de muchos de los problemas que nos afectan, no solo representa el fin de la teoría de la lucha de clases cuyas limitaciones ya saltaron hace décadas, sino más que eso, supone el fin de la política y de su conflictividad inherente.

Debemos reconocer que el correísmo ha terminado acercando a la derecha y a la izquierda. El carácter autoritario y centralista de este proceso lleva a que frecuentemente se coincida en algunos temas en contra del correísmo y su figura protagónica. Sin embargo, no nos engañemos, de ambos bandos lo hacemos por razones distintas. Mientras los de izquierda queremos jalar más hacia ese lado, los del otro bando quieren tirar justo al lado contrario.

Si para derrotar al correísmo la izquierda se alía con cualquiera, corre el riesgo de no haber aprendido nada de la lección que ha significado el apoyo al propio Correa. Entonces, muchos pragmáticos del poder se preguntarán ¿para qué va la izquierda a las elecciones? ¿qué va a disputar la izquierda? Es indudable que el correísmo ha asestado un golpe, no tanto al neoliberalismo como ellos lo pregonan a los cuatro vientos, lo ha asestado a la izquierda y sus ideales, porque ahora la derecha empieza a cosechar de un sentido común anticorreísta y derechista instalado en la opinión pública.

No obstante, aupar a la derecha al poder solo significaría empezar a ser cómplices de su agenda de entronización del mercado, de arrinconar al Estado -cierto que en el correísmo se ha convertido en el locus de la supuesta transformación social desde arriba, en detrimento de la propia sociedad- Pero la derecha no querrá reemplazarlo con una sociedad participativa y con autodeterminación, que es lo que demanda la auténtica izquierda, sino que querrá reemplazarlo con la lógica del mercado.

El escenario ciertamente no es transparente, las opciones son complejas y peligrosas, pero así se juega a la política, aceptando el riesgo y el reto. Reconozco el riesgo que varios actores de la izquierda han tomado al lanzarse por una vía poco ortodoxa, la alianza con la derecha; reconozco que electoralmente les puede ir mejor, pero podemos prefigurar el momento posterior a las elecciones ¿qué haremos juntos? ¿un gobierno de transición para “recuperar” la democracia? El problema no solo es de índole semántica sino semiótica, cuando entre derecha e izquierda hablamos de democracia, ¿de qué democracia hablamos? En adelante, entonces, solo cabe que se presenten todos los desencuentros posibles, y nuevamente la historia de ruptura, frustración y marginación que acabamos de experimentar se repetirá.