COLOMBIA, LA PAZ IMPOSIBLE. Por León Moraria

Rebelión

11 de Abril 2016

Este 9 de abril, se cumplieron 68 años del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán, lo cual significó para el pueblocolombiano el fin de la lucha cívica y la instauración de la guerra, impuesta por la jerarquía católica y su instrumento político, el partido conservador.

Durante 40 años la jerarquía católica y el partido conservador habían estado en el poder (1890-1930). Con el triunfo de Olaya Herrera, se abre un período de luchas sociales (obreras y campesinas). Se crean los sindicatos para las reivindicaciones laborales y se organizan comités de tierra para las luchas agrarias. Esto resultó inaudito para la jerarquía católica y desde el púlpito predicaba el odio contra los liberales y los comunistas que lideraban las reivindicaciones laborales y agrarias. Ese odio, predicado desde el púlpito, condujo a la masacre de las bananeras y dio comienzo a la guerra contra los campesinos que, en Chaparral (Tolima) y otras regiones del país, reclamaban el derecho a la tierra.

Luego de 16 años de gobiernos liberales, regresa al poder la jerarquía católica con el conservador Ospina Pérez (1946) y Laureano Gómez (1950). Se inaugura lo que en la historia de Colombia se conoce como Época de la violencia (200.000 muertos). Gaitán asume la lucha cívica en defensa del pueblo colombiano masacrado en las bananeras y en las zonas campesinas. Pero es asesinado. El pueblo enardecido por la muerte de su líder, sabe de donde partió la orden. Eso explica porque los hechos violentos del 9 de abril en Bogotá y toda Colombia, estuvieron dirigidos contra el símbolo de ese odio: iglesias, conventos, curas y monjas, quemadas unas y asesinados otros.

¿Por qué el pueblo enardecido no dirige su furor contra los centros de poder político? Porque los pueblos son sabios, saben identificar el enemigo. Todos los días desde el púlpito reciben el mensaje de odio contra sus luchas, sus derechos laborales y agrarios. Conocí ese monstruo porque en esos años vivía en sus entrañas, era estudiante de bachillerato en Pamplona, ciudad teológica que le puede disputar el título a Pasto.

Lo que vino después del 9 de abril es historia harto conocida. La guerra impuesta por la jerarquía católica/liberal/conservadora (Pacto de Sitches. Frente Nacional) contra el pueblo colombiano, para negarle la participación cívica en la política y negarle elementales reivindicaciones laborales y agrarias (Pacto de Chicoral). La lucha cívica por la tierra, deja de serlo, y pasa a ser, guerra eterna, con cientos de miles de campesinos asesinados por el ejército, las policías y las bandas armadas que en un principio se conocían como chulavitas (de origen cristero) y luego, como paramilitares. La diferencia está en que, unos hacían el corte de corbata con machete y los otros con motosierra. Simple cambio de tecnología, pero, con el mismo odio predicado desde el púlpito contra los comunistas y todo lo que signifique reivindicaciones de las mayorías nacionales. El odio es tan grande y ha calado tan profundo en la mente de estas oligarquías que, los líderes que organizan marchas por la paz son asesinados (van 120 en año y medio). En Colombia se paga con la vida el deseo de paz y la lucha por la paz. ¡Parece mentira!

Los pueblos son amantes de la paz. Los pueblos no crean guerras. Se las imponen y entonces se ven obligados a hacer uso del derecho a la rebelión establecido en las Constituciones, en la Resolución de las Naciones Unidas y en el acuerdo de Ginebra.

La guerra es todo, es la causa de todo, impuesta por el Estado, en violación del pacto social firmado en la Constitución Nacional. El Estado como ente generador de violencia, impone las guerras y los pueblos son las víctimas. El Estado, como bien lo identificó Lenin, es la clase. Y en Colombia la clase en el poder es la jerarquía católica/liberal/conservadora.

La paz en Colombia es imposible, por cuanto las conversaciones en La Habana, con las FARC-EP y las recién inauguradas en Ecuador con el ELN, están condicionadas por el discurso de Santos: En el acuerdo para las conversaciones de paz quedó muy claro que no se discutirá nada referido a la estructura del Estado, a la estructura económica y social, a la propiedad y al estatuto militar.

Ahí, en ese condicionamiento están las causas de la guerra. ¿Cómo firmar la paz si las causas de la guerra perduran? Durante sesenta años el pueblo colombiano y su instrumento armado (FARC, ELN, EPL) se han rebelado contra la estructura del Estado oligárquico, contra las estructuras económicas y sociales, contra el predominio de la propiedad de los medios de producción en manos de la oligarquía (tierras, industrias, comercio), contra el estatuto militar como instrumento al servicio de la jerarquía católica/oligarquía, en lugar de estar al servicio de las mayorías nacionales para defender sus conquistas y reivindicaciones sociales, plasmadas en el pacto social (Constitución Nacional). Es por ello que los acuerdos a que se llegue en las conversaciones de paz, deben ser llevados a una Asamblea Constituyente originaria, para crear la nueva estructura del Estado social y de derecho.

Si no se eliminan las causas de la guerra, es imposible hablar de paz estable, sin posibilidad de retorno a la rebelión, a la insurgencia y a la guerra. Sin la eliminación de las causas de la guerra, el acuerdo de paz que se firme, será el comienzo de una nueva guerra, como ocurrió con el acuerdo de paz de Rojas Pinilla y como ha ocurrido con el acuerdo de paz en Centro América. En ambos acuerdos, se cambió la guerra de liberación nacional por la guerra contra el bandolerismo, surgido, por cuanto permanecieron las causas de la guerra: tierra para los campesinos, luchas laborales, reivindicaciones sociales (salud, educación, trabajo).¿Qué se discute en La Habana y ahora en Quito?

¿El fin de la guerra con todas sus connotaciones o el fin de la rebelión, de la insurgencia armada, la dejación de las armas? La rebelión y la insurgencia son efectos de la guerra, no su causa.[1]

Las FARC-EP y el ELN, están en la mesa de conversación, porque tienen el poder de las armas en la mano. La dejación de las armas es la pérdida de ese poder que durante sesenta años ha derrotado todas las campañas de exterminio dirigidas por las fuerzas militares y policiales con el asesoramiento y financiamiento del gobierno estadounidense. La vanguardia armada del pueblo colombiano ha derrotado el poderío de ese ejército. Mientras perduren las causas de la guerra ¿Qué objeto tiene firmar la paz que va a desembocar en una nueva guerra? ¿Qué garantía de paz puede haber si perduran las causas de la guerra? ¡Paz efímera!

NOTA

[1] Matilde Trujillo. Colombia El fin de la guerra o el fin de la insurgencia. Rebelión 08.04.2016

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=210979

Foto: Panama Post