GABRIELA RIVADENEIRA ¿UNA IMPOSTURA DE GÉNERO? Por Mónica Mancero Acosta

07 de junio 2016

No pretendo defender a Gabriela Rivadeneira, ella puede defenderse por sí misma o lo hará su movimiento político. Quisiera analizar el rol que ha desempeñado estos últimos días y los análisis que se han hecho al respecto. A partir de su discurso y su propia presencia en el informe a la nación del último 24 de mayo, se ha destapado en las redes una campaña en su contra que se focaliza en algunos aspectos que me interesa profundizar ahora.

Por un lado se ha enfatizado el lapsus que tuvo al declararse como “presidenta de la república”, esto para los autores y reproductores de los memes en su contra o de varios artículos que han destacado este hecho, es un error imperdonable. Me pregunto ¿qué realmente se está criticando? Que una mujer de supuestas escasas capacidades de liderazgo o formación, o ambas, aspire a tal cargo, o el hecho de que sea una mujer. No he visto que se haya criticado de igual modo al bachiller Lasso o al genio de Alvaro Noboa. No queda claro, en el reduccionismo o simplicidad de los memes o los artículos, que han convertido a la sumisión en una palabra cliché que lo explica todo.

También se ha criticado su tono de voz, la cadencia de su hablar, su pose. Sin duda llama mucho la atención a quien la escucha por primera vez, pero ¿en qué se diferencia ella y su tono y pose de otros políticos ecuatorianos? ¿Quién es más falso o más auténtico? ¿Cómo definir la autenticidad de un Lasso, de un Nebot o de una Rivadeneira?

Otro gran “tema de análisis” se levantó alrededor de su traje, que supuestamente fue copiado de la realeza española, este hecho sumado a una comparación entre su estructura corporal  y la de la reina de España provocó que se hicieran memes groseros y denigrantes.

Bueno, el punto al que quiero llegar -ya quizá ustedes lo presienten- es que percibo la instalación paulatina, morbosa y sistemática del sexismo como arma de ataque contra ella y las mujeres correístas en el poder. Y eso, en mi opinión, no nos lleva muy adelante, al contrario, nos retrasa profundamente en temas de equidad de género.

Ahora vamos por el otro lado, desde el correísmo. Allí, en relación a este tema, todo es una confusión completa: mientras algunas y algunos pocos se declaran feministas y han impulsado leyes y políticas con enfoque de equidad de género, otros, incluido el propio presidente Correa, ha declarado una guerra a lo que denomina una “peligrosa ideología de género”, ha tenido discursos abiertamente sexistas, y varias decisiones políticas han implicado consecuencias graves por retrocesos en materia de derechos sexuales y reproductivos para las mujeres. Sin embargo, no podemos negar que el correísmo ha incrementado como nunca antes la representación política de las mujeres. Así en el parlamento se llega a una representación  que supera el 38%, superior a la media en América Latina; con algunos vaivenes se tiene una cifra importante en cargos de Ministras; se ha trabajado en la paridad en otras funciones del Estado como justicia, electoral, control social –es cierto que también han controlado todos los poderes del Estado-; y aunque esto depende más de los electores y de los partidos políticos, ha subido –aunque más discretamente- las cifras de la representación política femenina en gobiernos locales (http://cne.gob.ec/documents/Estadisticas/indicadores%20de%20genero%202014.pdf). Entonces ¿cómo explicar esta paradoja?

Creo que el análisis debe estar enfocado en tratar de explicar por qué este “feminismo estatal”, es decir promover transformaciones para una equidad de género desde el Estado antes que desde la sociedad, ha tenido serios límites en el correísmo. Recientemente, en una entrevista otorgada en el país, la feminista Silvia Federici ha dicho que desconfía del feminismo estatal. Quizás el correísmo es la muestra más visible de lo desafortunado y contradictorio que ha resultado este feminismo de Estado. Y lo ha sido porque por un lado han estado un Correa, un Mera instalado en las más altas esferas de poder, y han utilizado como estrategia manipular a mujeres –jóvenes quizás, inexpertas quizás, poco consecuentes quizás- como Rivadeneira y otras. Para ello han utilizado la representación política, que es lo que ellos han podido disponer a raudales ahora que están en el control del poder. De esta forma se han llenado la boca hablando de equidad en la representación política, del gabinete más equitativo de América Latina, de la Asamblea más equitativa del orbe, de la Corte de Justicia que ha incluido más mujeres en el planeta, etc. Y que en parte es cierto, al menos en el contexto de América Latina, según los datos que revisamos antes. Sin embargo presentimos que los avances en derechos no lo son ¡vaya paradoja! Pues esto merece una explicación, y la explicación no viene dada por el traje que use la señora presidenta de la Asamblea, por el lapsus que tenga o la cadencia de su voz.

Ahora bien, he dicho que no defiendo políticamente a Rivadeneira, a mí también me parece una impostura, pero lo es no por ser mujer, sino porque siéndolo también ha manipulado el ser mujer, el ser joven, el ser provinciana, entre otras cosas, para posicionarse donde lo está. Pero pensemos un poco ¿cuántos políticos varones no se han aprovechado de su juventud, o de su vejez, o de su profesión o de su conocimiento y experticia, o de su coraje y valentía, o de su gran personalidad, o de su chequera y patrimonio, para promocionarse políticamente. Entonces me pregunto ¿la señora Rivadeneira, por ser mujer, debe ser una política más pura, honesta, consecuente, íntegra, solo por el hecho de serlo? Rivadeneira ha entrado al campo de la política, y en este terreno el hecho de ser mujer no le obliga necesariamente a tener los atributos que sus colegas hombres posiblemente tampoco los tienen. Esto no la exime de responsabilidad en el hecho de que ella, al igual que otras mujeres políticas correístas instrumentalicen y aprovechen junto con su jefe el tema de género, el ser mujeres, y en la práctica hayan hecho muy poco o nada por una equidad auténtica, amplia, inclusiva que supere la exclusiva representación política en su propio beneficio.

Entonces el daño que para los temas de las mujeres en el país están haciendo unos y otras, tanto estas mujeres que se prestan para estas manipulaciones o se aprovechan de ella, así como quienes manipulan estos temas, sean hombres y mujeres, son graves. Pero casi igual lo son los comentarios, análisis y burlas que enfatizan en su condición de mujer cuando hacen la crítica a su actuación, reproduciendo nuevamente un micromachismo (prácticas sutiles de violencia cotidiana legitimadas por el entorno social) en la política, del cual será difícil escaparnos durante el postcorreísmo.

Foto:  pressenza.com (Imágenes de Walker Vizcarra)