¿CAMBIAR DE AMO IMPERIAL O DEFENDER LA NACIÓN? Por Jaime Muñoz Mantilla

20 de junio 2016

El modelo capitalista global

El capitalismo, en su fase imperialista, se desarrolla hacia la globalización de la economía.  Así, pese a la existencia de los imperialismos con nombre y apellido, en rigor, son las grandes corporaciones –a menudo comprometidas lo mismo en EE.UU. que en la Unión Europea y aun en la República Popular China- quienes diseñan y ejecutan los grandes proyectos que esa globalización del capitalismo impone. Incluye la presencia, ya, de una suerte de gobierno mundial –la ONU es un remedo de gobierno cuyas resoluciones sólo se cumplen cuando interesan a los países hegemónicos, particularmente USA.  Gobierno, pues, invisible en cuanto nadie lo ha elegido y carece de membrete. El guardián, el policía que protege el proyecto es, a no dudarlo, el imperialismo norteamericano y su aparato bélico puesto a funcionar para frenar todo intento de resistencia. (Recuérdese, hacia el año 2004 a una funcionaria gringa afirmar que todo aquél que se oponga a la globalización será considerado terrorista).

Las potencias emergentes, China particularmente, y la Rusia de Putin que construye su capitalismo de las cenizas del “socialismo real”, entran, de algún modo, en la disputa.  Porque la globalización capitalista no es unívoca.  Cada quien busca hegemonizar el proceso.  Y las contradicciones podrían, eventualmente, conducir a un choque de consecuencias catastróficas, guerra atómica de por medio.  Hay matices: parecería que Rusia intenta morigerar los amagues de una III guerra mundial.  China hace lo suyo: ve expectante, desde su balcón o, si le conviene, se alía con Rusia y, aun, con decisiones del capitalismo global, el de las corporaciones.

Las corporaciones constituyen, hoy, la elite de la clase transnacional que se ha configurado aceleradamente en los últimos decenios. Su proyecto económico en marcha incluye los elementos superestructurales: la educación, la cultura y, por supuesto, la política. Esa clase transnacional ya no es una “clase en sí” sino “una clase para sí” (Ver. William I. Robinson, citando a Marx. Una teoría sobre el capitalismo global).  Quiere decir: tiene conciencia clara de su existencia y construye sus objetivos de dominación.  Para ello privilegia a la cultura.  Una cultura alienante que ha logrado, en mayor o menor medida, desnaturalizar la conciencia de la clase oprimida, menguarla al menos.  Lo cual se precipitó tras el derrumbe del llamado “socialismo real”.  Entonces, el poder unipolar mostró como modelo de bienestar la capacidad de consumo, la capacidad adquisitiva de los ciudadanos del mundo, no para lo que necesita su subsistencia y su bienestar, sino de los artículos suntuarios y desechables que el capitalismo produce. Hace, de ese modo, devaluar el valor de uso para sustituirlo por el valor de cambio (como lo previó Marx). El ciudadano que más compra, y más desecha tras un breve uso de lo adquirido, que reemplaza sus bienes, útiles aún, para adquirir un último modelo que, a su vez, pronto será desechable, es el modelo del exitoso, modelo a seguir. El estatus está dado por la capacidad de comprar. Y el sujeto, más aquél de clase media, echa mano de todo –el atropello y la corrupción incluidos- con tal de alcanzar las metas que el sistema le muestra como apetecibles. Es el sujeto “cosificado”, cuya enajenación ha sido hábilmente producida por el sistema.  Es el capitalismo, entonces, el sistema ideal, único y que, con Francis Fukuyama, se vuelve irremplazable, al haber terminado –según su hipótesis- la historia. Claro que, en el proceso de acumulación, en la sucesión de ciclos que comportan crisis –ya sobrevinientes por sus propias contradicciones, ya provocadas intencionalmente por el mismo sistema- el resultado son enormes grupos humanos pauperizados, famélicos, y que, además, buscan nuevos horizontes a través de la migración, la que se da ora por la búsqueda del sustento, ora huyendo de las guerras que desata el poder imperial, también vía violencia, desde su lumpenización.

Los moribundos Estados Nacionales.

Lo están siendo, porque las oligarquías domésticas actúan de modo funcional a los intereses de la globalización capitalista. Cómplices, ahora, los llamados gobiernos progresistas de América Latina, cuyo pecado capital es aceptar su rol, en la división del trabajo que el sistema capitalista impone, de proveedores de materias primas para saciar la voracidad de los estados hegemónicos, intensificando –a título de modernización y “cambio de matriz productiva”- el saqueo del subsuelo, con las desastrosas consecuencias para las economías domésticas y populares, para los pueblos desplazados y para la naturaleza.

Y puesto que el capitalismo globalizado requiere de complementos ideológicos, culturales, están filtrando su cultura, en gran medida “light”, en todo caso alienante y, por supuesto, con la pretensión –que la van logrando- de uniformar las mentes de la ciudadanía del mundo.  Actúan, por igual, las distintas vertientes religiosas –sobre todo desde sus cúpulas jerárquicas-, cuya naturaleza intolerante no permite el libre pensamiento, el debate ideológico y recobra vigencia el dogma, con sus colaterales: la intolerancia y el irrespeto, de un lado, de otro o junto con él, la aceptación fatal de la dominación, la obediencia al poder establecido y sus normas.

Los estados nacionales van perdiendo aceleradamente su autonomía,  su soberanía, principalmente por la presión de los países de la metrópoli que buscan universalizar los tratados de libre comercio, instrumentos de dominación con que privilegian las normas de los propios tratados por sobre las cartas magnas de los estados nacionales, vuelven a éstos dependientes absolutos de la voluntad de los países hegemónicos, con productos agrícolas subsidiados que, por lo demás, por la imposibilidad de competir de los pequeños productores locales,  destruyen la economía popular, principalmente agrícola, al tiempo que buscan saquear la biodiversidad, patentar artificiosamente los descubrimientos de los pueblos, apropiarse de ellos, industrializarlos y comercializarlos, desde sus propias normas de propiedad intelectual arrebatada de manos de los legítimos dueños: los pueblos y su sabiduría ancestral.

Los tratados imponen normas tan inequitativas como que, siempre, en los conflictos que se producen entre el estado signatario y el empresario transnacional, y vía tribunales ad hoc, éstos sentencian a favor de los empresarios, con el cobro de ingentes sumas por “indemnización”, por ejemplo cuando el Estado dado demanda por el daño a la naturaleza ocasionado por la empresa contratante. (En Uruguay la Philip Morris ganó un juicio contra el Estado por la decisión de éste de alentar sobre los riesgos del cigarrillo para la salud).  (En el caso ecuatoriano, el Estado firmó ya el Tratado de Libre Comercio con la UE, cuya naturaleza es neocolonial,  y que ha merecido de las organizaciones sociales que se oponen al mismo tipificarlo como “la vuelta de las carabelas”. Y está por ratificarse. La oposición empresarial al gobierno presiona vigorosamente por su puesta en vigencia).

El antiimperialismo del gobierno ecuatoriano.

Tras la entrega vergonzosa de la Base Militar de Manta al gobierno norteamericano,  por el gobierno de Jamil Mahuad, y próximo a fenecer el plazo acordado para su permanencia, el flamante gobierno de Rafael Correa Delgado declaró categóricamente que éste no se renovaría.  Los soldados –que teóricamente habían venido para ayudar en el combate al narcotráfico y que en la práctica utilizaron la base para apoyar al gobierno colombiano en su guerra sucia contra las FARC- se marcharon antes de la fecha precisa de caducidad. Afortunadamente. Otras muestras del antiimperialismo del gobierno de AP fueron las expulsiones a diplomáticos que se permitieron inmiscuir  en la política nacional. El comportamiento que, para el Departamento de Estado yanqui, era díscolo, redundó en la terminación de las preferencias arancelarias para los productos ecuatorianos de exportación.  Satisfacía a la ciudadanía una política visible de soberanía frente a un imperio al que, con tímidas salvedades, los gobiernos nacionales les habían sido obsecuentes. No importó la pérdida de esas preferencias sobre todo por la bonanza económica que generaban los altos precios del crudo, pues el gobierno compensaba a los exportadores.

De todos modos y ante otro gesto de soberanía consistente en rechazar las cartas de intención exigidas por el FMI para la concesión de créditos, el gobierno nacional, empeñado en un gasto más que generoso del presupuesto nacional, optó por buscar otros proveedores de los créditos requeridos, otros mercados para los productos de los exportadores nacionales.  Se privilegió a China, cuya supuesta ayuda desinteresada reveló, a posteriori, que no era tal. Pragmáticos que son los gobernantes chinos, sólo entraron en compromisos que les fueran beneficiosos a ellos, a tal punto que los créditos concedidos –de lo que se conoce, pues se ocultan los términos contractuales con la RPCH- se revelaron usurarios, con intereses muy por encima de los usuales en las transacciones internacionales.

El nuevo amo

Comenzó, entonces, la subyugación a un nuevo poder, un poder neo  imperial. Estamos, desde rato, endeudados hasta el cuello con esa república neocapitalista a la que debemos entregar petróleo por años, sin recibir un centavo, pues el pago, para el dispendio, se realizó adelantado.  La política del presidente Correa de comerciar con todo el mundo, siempre en condiciones de equidad, resultó, pues, una quimera. O un fiasco. El endeudamiento agresivo de los últimos meses con el gobierno chino y otros países no para.  Se incrementa aceleradamente, a tal punto que, de menos de 10 mil millones la deuda externa ha pasado a más de 30 mil millones de dólares. Desconocemos algunos rubros, pues el silencio es norma en la política gubernamental.

Así, el país ha cambiado de amo. Y, puesto que se perfecciona la aprobación del TLC con la UE, nos sometemos, también, al ominoso yugo neocolonial.

El horizonte

Es, pues, de algún modo sombrío.  Porque la globalización capitalista, de un lado, y de otro la competencia que aún pervive entre los grandes: EE.UU., China, Rusia y la UE, aumenta la indefensión de los países de la periferia, de sus pueblos.  Y a estos pueblos amenazados y sometidos sólo nos queda un camino: la defensa digna de nuestra soberanía, de nuestra identidad nacional –plurinacional, en muchos de los países variopintos- en defensa de nuestra soberanía alimentaria, de la naturaleza amenazada y agredida, de nuestras culturas.  Ello sólo se posibilita con un vuelco radical de las estructuras económicas. Vuelco que deberá dar cuenta de la explotación del trabajo humano, del capitalismo y sus secuelas de hambre, desocupación, enfermedad y depredación del medio. Deberá desterrarse cualquier reforma tibia que encandila pero sólo fortalece al sistema.  Deberá construirse la globalización de los pueblos, de los trabajadores del mundo entero.  Fortalecer su solidaridad universal.  Pues el enfrentamiento con el capitalismo globalizado lo demanda.