LOS PERROS CALLEJEROS, UNA REALIDAD INOCULTABLE. Por Ela Zambrano

30 de junio 2016

Llegó en la noche, era la primera vez que venía al Ecuador desde Chicago. En el camino entre Tababela y Quito, lo que más impresionó a Raí fue encontrar a varios perros en la calle, abandonados. “Están solos”, se admiró. Tenía 5 años.

Hace un par de semanas fueron noticia las declaraciones del alcalde de Loja, José Bolívar ‘El Chato’ Castillo, en  Canal del Sur. Si bien la mayoría de la ciudadanía se quedó con la peor parte de sus declaraciones, hay que reconocer que puso en debate un problema de salud pública no solo de la provincia fronteriza, sino del Ecuador: el control de la población canina y la tenencia responsable de perros.

En una parte de la entrevista Castillo dice: “que los animales tienen que ser bien tratados, así es; que hay que cuidar las mascotas, también es cierto; pero si hay gente irresponsable que lanza esos animales a la calle, pues lastimosamente esos animales deben ser recogidos”. Prefiero quedarme con esta parte de sus expresiones (las otras no se pueden ni citar) porque creo que pone en evidencia un problema, que aquí es parte del paisaje.

Frente a la necesidad del control de la población canina, la Organización Mundial de la Salud plantea primero el “carácter prioritario de la salud humana”, por lo tanto es necesario “el fomento de la propiedad responsable de los perros”. Así mismo hace una clasificación de los perros vagabundos o “de la calle”: perro errante con propietario; perro errante sin propietario; y, perro asilvestrado, ya no depende del ser humano para reproducirse.

Según el organismo internacional, un programa de control debe empezar por mejorar el estado de salud y bienestar de la población canina, sean vagabundos o con propietario; reducir a un nivel aceptable el número de perros vagabundos; fomentar la propiedad responsable; ayudar a mantener una población inmune a la rabia; reducir el riesgo de enfermedades zoonóticas (enfermedades de origen animal que se pueden transmitir al hombre); combatir otros riesgos para la salud humana; evitar daños al medioambiente; e, impedir el comercio y tráfico ilícitos.

Tras esas recomendaciones está claro que dejar los perros sueltos por las calles, no es la solución, como proponen los más apasionados defensores de la vida animal. Los perros errantes y asilvestrados son un problema de salud pública, no solo por la basura que generan, especialmente en los mercados; sino que sus heces pueden provocar enfermedades, malos olores y atraer a roedores. Además, un animal hambriento también puede ser violento.

El organismo internacional recomienda a las autoridades –esto va para más de un alcalde, incluido Castillo- que para elaborar un plan de control de la población canina se establezca “un grupo consultivo”.  En otras palabras, generar “participación ciudadana”.  Es decir liderar una acción concertada para lo cual deben convocar veterinarios, expertos en conductas caninas, organismos de salud pública, ONG, sociedad local, universidades. Yo agregaría una campaña de concientización.

Si analizamos el tema desde la misma realidad perruna -sin recetas de organismos internacionales- debemos  pensar que el asunto no se resuelve con dejarlos a su libre albedrío. Porque no viven, esos perros callejeros deambulan, mendigan, sufren, a veces están lastimados y en muchas ocasiones mueren aplastados bajo una llanta. Estos pequeños seres sueltos se exponen a enfermedades, maltratos y a un notable deterioro de su calidad de vida. A todos nos ha tocado encontrarnos, en algún momento, con un perro atropellado en las vías de alta velocidad como la Occidental y la Simón Bolívar; no ha sido extraño ver alguno lastimado; otro buscando comida en los basureros.

Los perros callejeros son tan usuales en nuestra cotidianidad que no evidenciamos la dimensión del problema y hasta divertido nos parece ver fotos de ellos cruzando la calle por los pasos cebra.  En los libros que se venden en el extranjero para viajeros interesados en conocer el país de la Mitad del Mundo, les recomiendan, antes de viajar, ponerse la vacuna antirábica. “In many parts of Ecuador, dogs are left unsecured and may bite humans” (Culture ShockEcuador-Pág 150).  Somos todavía un país que no ha sido declarado libre de rabia, si bien desde el 2005 no se han reportado casos a escala urbana, según datos del MSP.

Quito no es el mejor ejemplo en la disminución de la población de perros, sin embargo algo se ha hecho a través de iniciativas particulares, que han desembocado en acciones conjuntas. Según la tesis de Gabriela Cadena, de la Universidad San Francisco de Quito, “Estudio para la estimación de la población de perros callejeros en Mercados Municipales del Distrito Metropolitano de Quito. DMQ”, (2013) , las acciones que han influido son: la creación de Protección Animal Ecuador (PAE), que recoge perros y los pone en adopción; diferentes campañas de esterilización por instituciones municipales, provinciales y de protección animal; existe la ordenanza municipal No. 048 sobre la “Tenencia, protección y control de la fauna urbana (que ojalá se difundiera más) y la intervención de las Universidades Central, De las Américas y San Francisco, a través de sus servicios comunitarios.

Cita Cadena en su tesis que las campañas de esterilización continuas, al menos por cinco años, disminuyen considerablemente la población canina. Menciona también que si se “elimina la capacidad reproductiva de una sola perra, habría de 8 a 16 animales menos al año”. Y, claro los perros callejeros también mueren por causas naturales.

En otras latitudes, como Chicago, es tal el control que incluso está prohibida la venta de animales de compañía en tiendas de mascotas, sí está autorizado la venta de productos. Los objetivos de esta medida: promover la adopción, evitar el maltrato en jaulas y criaderos clandestinos. No se resuelve el problema al 100%, pero ayuda.

Quizás no hay la receta perfecta, pero es importante insistir en la tenencia responsable de perros, que empieza por pasear a la mascota en espacios públicos “CON COLLAR”; recoger sus heces; y, por supuesto no abandonarlos.

En su insolente elocuencia el alcalde de Loja cometió errores; quizás le falta asesoría de cómo enfrentar un problema de salud pública; pero como sociedad también nos falta pasar del escándalo en redes a la acción para que esos perros no “estén solos”.