POR QUÉ DEBE PREOCUPARNOS UNA LEY DE SEMILLAS Y AGROBIODIVERSIDAD. Por Michel Laforge

07 de julio 2016

Para nosotros, habitantes de la ciudad, la palabra « semilla » con suerte nos recuerda un experimento escolar que involucraba semillas de frejol y algodones húmedos y, para los más avanzados, una pepa de aguacate puesta a brotar sobre un frasco de vidrio con agua.

Sabemos sin embargo, que para producir nuestros alimentos se requieren semillas, que imaginamos se pueden comprar en las tiendas adecuadas (¿no hay semillas de flores en bolsitas con fotos muy coloridas en los supermercados?), o, por último, pensamos que los productores apartan una parte de su cosecha en algún troje pintoresco, de donde sacan las semillas para las nuevas siembras.

Sin embargo, lo que es menos conocido es que las semillas son un rubro productivo que se ha ido convirtiendo en estos últimos decenios en un negocio internacional globalizado. Las empresas productoras de semillas son transnacionales, con cifras de ventas anuales multimillonarias, que se han venido concentrando aceleradamente mediante compras y fusiones, llegando a constituir gigantes internacionales de la semilla (actualmente, 10 empresas controlan 77 % del mercado internacional).

El pequeño problema para esta industria es que – justamente por esa propiedad maravillosa de las semillas de poder reproducirse, obteniendo nuevas semillas de tu cosecha de manera prácticamente infinita –  las semillas son un negocio productivo muy particular, donde la peor pesadilla es un mundo donde nadie compra tus semillas porque todos los productores reproducen las suyas. Un poco como el laboratorio farmacéutico multimillonario que descubre que su costoso tratamiento anti-cáncer es menos eficaz que el incorporar ajo en tu dieta diaria. Una pesadilla que te impide ganar dinero!

Entonces, invertirás todos tus esfuerzos en desarrollar mecanismos para convertir tus semillas en insumos indispensables para la producción, de tal manera que el productor tenga que comprar las mismas no una sola vez, sino cada vez que quiera sembrar.

Y la verdad es que la naturaleza permite varios mecanismos relativamente sencillos, como el desarrollar semillas híbridas, cruzando dos especies cercanas (como el cruce entre una yegua y un burro) o dos variedades, obteniendo un producto con ciertas fortalezas que vienen de los dos padres, pero que en algunos casos no puede producir descendencia (pregúntenle a la mula si puede reproducirse). Si necesitamos de nuevo esa semilla será necesario volver a cruzar de nuevo dos padres, lo que nos asegura una dependencia hacia el productor de las semillas híbridas.

Finalmente, la sofisticación ha alcanzado altos niveles con la tecnología transgénica, que permite introducir en una planta la información genética de otro organismo, completamente diferente, con el objetivo general de introducir una resistencia a cierto potente herbicida, de tal manera que una aplicación del mismo destruya totalmente la maleza que compite por luz solar, agua y nutrimentos con mi cultivo. Sin embargo, a menos de utilizar unos genes especiales que impiden que las semillas germinen, estas semillas pueden ser reutilizadas por un productor cualquiera.

Frente a esta situación, la poderosa industria semillera ha desarrollado como estrategia para poder mantener su negocio, el impulsar mecanismos legales en todos los países que restrinjan el derecho de los productores a reproducir semillas, bajo el argumento de que la industria necesita poder recuperar la inversión que hace en investigación y desarrollo de nuevas variedades y, por lo tanto, necesita cobrar por la utilización de sus semillas, con argumentos relacionados con la propiedad intelectual.

Esta ofensiva legal es acompañada en general por una no tan sofisticada campaña para insistir en la necesidad de variedades “mejoradas” (léase que producen más) y “de calidad”, desprestigiando las semillas “criollas” por su menor productividad. Ignoran las otras cualidades de una semilla criolla, como su perfecta adaptación a un ecosistema, resistencia a sequías, heladas o plagas, según el caso, o sus cualidades organolépticas, como el sabor, color, la textura…que los productores han venido seleccionando desde hace miles de años. Ignoran también el hecho de que las semillas son organismos vivientes, que van cambiando con el tiempo según los diferentes cruces y adaptaciones que van surgiendo, y que no se puede querer congelar en el tiempo una variedad determinada. Sin embargo, puesto que son vivientes, si ya no se las usa, pueden ir desapareciendo; podemos, por supuesto, conservarlas en grandes bancos de semillas construidos en Noruega, pero la mejor manera de conservar la gran diversidad de semillas actual es …sembrándolas!

Finalmente, la estrategia de las transnacionales semilleristas incluye la promoción entusiasta de la última joya de la tecnología: las variedades transgénicas. Se prometen rendimientos increíbles (acá en el Ecuador el propio presidente, aconsejado oportunamente, mencionó alguna vez un incremento del rendimiento de cuatro veces más) y se presentan como una solución al hambre en el mundo, cuando se sabe que el problema del hambre no es un problema de producción, sino de inequidades en la distribución de los ingresos. Lo más preocupante es que se silencia totalmente el hecho de que experimentos llevados a cabo en Francia por el profesor Seralini han demostrado daños permanentes, particularmente en el hígado, a ratas de laboratorio alimentadas con maíz transgénico. Otro problema muy preocupante es la “fuga” de los genes introducidos hacia la naturaleza, mediante cruces espontáneos de las plantas transgénicas con otras variedades normales. No se sabe qué puede pasar con esas nuevas plantas creadas. Sin mencionar que ha sido demostrado que la supuesta ventaja de resistencia a los herbicidas se va aminorando conforme algunas malezas van desarrollando resistencias, lo que obliga a utilizar nuevos herbicidas, más potentes y más…costosos. ¿Adivinen quién vende estos herbicidas? Efectivamente, muchas veces, son las mismas empresas semilleristas.

Entonces, en toda nueva propuesta de Ley de Semillas y Biodiversidad en el Ecuador, habrá que estar atentos a cualquier mecanismo que quiera restringir el derecho de los productores campesinos a producir e intercambiar su semilla criolla, ya que este es un primer paso importante para evitar que existan otras semillas fuera de las semillas comerciales y poder crear una dependencia hacia un negocio transnacional. Con ello le quitaría toda soberanía alimentaria al Ecuador, y además, amenazaría la diversidad increíble de variedades animales y vegetales que existen en el país, lo que representa el patrimonio de todas y todos los Ecuatorianos.

Si además la propuesta menciona los transgénicos como una evidente mejora para la producción nacional, sin tomar en cuenta el carácter extremadamente excepcional de su cultivo, como lo obliga la Constitución, entonces sabremos quién está realmente detrás de la propuesta de ley.

Foto: http://www.biodiversidadla.org/