APUNTES PARA EMPEZAR A REPLANTEAR EL CAMBIO EN ESPAÑA. Por Adrián Tarín

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5 julio de 2016

Las pasadas elecciones generales en España, marcadas por la victoria del Partido Popular y por la decepción de Unidos Podemos (perdiendo más de un millón de votos), ha arrojado algunas luces sobre lo convulso y contradictorio que está siendo el actual proceso de cambio (interruptus). Lejos de valoraciones precipitadas, conviene realizar un análisis sosegado y con perspectiva del camino recorrido y de las posibles causas de dicho resultado. Debemos, entonces, echar la vista atrás hasta 2011.

A pesar de que como sus propios líderes han reconocido el 15M es irrepresentable, Podemos es la fuerza política institucional que mejor ha sabido recoger el descontento y el espíritu de quienes entonces llenamos las plazas del país (lo que no necesariamente habla bien de “los morados”, sino mal de quienes nos organizábamos al margen de los partidos). Si el 15M pudo articularse, fue porque estuvo fundamentado en la transversalidad y en la renovación de los discursos y de las reivindicaciones, cosa que jamás hubiese ocurrido si su germen hubiese estado en lugar diferente de la clase media empobrecida. Esto a la izquierda tradicional le pilló a contrapié: no eran capaces de controlar a los millones de compatriotas que de la noche a la mañana ocuparon el espacio público para hablar de política. Para hacerlo con lenguajes diferentes. De ahí que uno de los lemas más famosos de aquellos días fuese “nobody expects the Spanish revolution”. Nobody: ni la izquierda, ni la derecha, ejes que representaban el hartazgo de gran parte de la clase media.

Fue precisamente esta incapacidad para comprender que el 15M no debía ser clasista y el hecho de que la izquierda tradicional no jugase ningún papel dirigente en las acampadas, lo que desesperó a muchos de sus militantes. No comprendieron por qué era inconveniente acudir a las marchas con sus banderas rojas, por qué cuando hablaban del proletariado en las asambleas el público se dormía, o cómo era posible que se aceptasen como compañeros a jóvenes que, de manera evidente, sólo querían recuperar sus privilegios anteriores a la crisis. Este rechazo inicial revelaba, en el fondo, una trágica y dolorosa verdad: a muchos comunistas les repugna el pueblo. La idealización de este sujeto contrasta terriblemente con su realidad: el pueblo, a veces, es insolidario, desideologizado y machista. En una maravillosa caricatura un joven intelectual, vestido de manera alternativa y con cierto aire bohemio, observaba a dos brutos campesinos trabajar y exclamaba, libro bajo el brazo: “¿Y para esto me he leído yo El Capital?”. Aunque tanto entonces como hoy quienes desde posiciones de izquierdas insultan al pueblo por votar a la derecha o por no estar debidamente instruidos en las dotes revolucionarias son una minoría, lo paradójico ha sido que durante el 15M eran intrascendentes, pero para las elecciones del 26 de junio se han convertido en imprescindibles. Algo que la coalición Unidos Podemos no supo detectar.

Tras la frustración que asolaba las calles –multitudinarias movilizaciones cada mes que eran contestadas con indiferencia y represión por parte de las élites-, Podemos se constituyó como la herramienta que podía canalizar hacia las instituciones el pulso de las calles. Como una vez escribió el propio Pablo Iglesias, por desgracia la legitimidad no puede conseguir sus objetivos sin poder, pero el poder sí puede hacer lo propio sin legitimidad: de ahí la razón de ser de asaltar las estructuras del Estado (aunque yo, personalmente, hubiese preferido que ese asalto tuviese como objetivo destruirlas). Para ello, Íñigo Errejón convenció a sus compañeros de seguir una hipótesis plausible: hacer todo lo contrario a lo que haría la izquierda, la misma que con toda la legitimidad existente era incapaz de tocar un poder que hiciera real –creíble- la transformación social. Por tanto, la estrategia a seguir fue “ocupar” los medios de comunicación tradicionales, cosa tabú entre la izquierda tradicional, que entiende los formatos de debate televisivos como una perversión intelectual enfocada solo a manipular a un pueblo menor de edad; interpelar a las clases medias con sus necesidades y discursos, y no a un proletariado cuya configuración ideológica y sociodemográfica es dinámica; y subvertir el eje izquierda-derecha por el de arriba-abajo (casta-pueblo; élites-gentes). Ello les reportó pingües beneficios: consiguió crear un movimiento de masas (demostrado en la manifestación de enero de 2015) que desbordó electoralmente el panorama (69 escaños en diciembre de 2015) y que consiguió constantemente marcar la agenda política española. Pero, al mismo tiempo, durante el camino debieron actuar como la bestia del centauro maquiavélico-gramsciano, desprendiéndose de quienes reivindicaban una radical participación popular (en el congreso de Vistalegre en octubre de 2015) y de quienes, antes del 15M, ya militábamos en la política alternativa, posibles abstencionistas en las pasadas elecciones (71 escaños en junio de 2016, su posible techo electoral).

¿Qué ha sucedido desde que se configuró Podemos, en enero de 2014, hasta la decepción del pasado junio? Muchas e inenarrables cosas. Pero podríamos hablar de tres de los más importantes acontecimientos:

  • La efectividad de la política del miedo. Parece que Podemos ha madurado su relación con los medios y ha descubierto que no sólo debe aparecer en ellos, sino también controlarlos. La falaz –hasta cinco veces la justicia española ha desestimado querellas en este sentido- relación financiera que la casta política y mediática han establecido entre el partido y Venezuela ha podido calar entre los votantes menos convencidos. De hecho, también ha calado entre los grupos de izquierda ecuatorianos, que reproducen el discurso conservador español acusando a los líderes “morados” de toda clase de delitos inventados.
  • La repetición de elecciones. Tanto Ciudadanos como el PSOE han vendido que los comicios debieron repetirse por el enrocamiento de Podemos, que no quiso sentarse a negociar con un partido (Ciudadanos) cuya propuesta económica está dictada por la Troika. A los votantes de izquierdas de Podemos, esta nos pareció la mejor actitud. En cambio, a los más moderados y menos politizados, seguramente les pareció un ejercicio de radicalismo y de “vieja política”.
  • ¡Que vienen los comunistas! La confluencia con Izquierda Unida (con el Partido Comunista) fue aplaudida por todos los que veíamos satisfechas las ambiciones de la unión de las izquierdas en un único frente electoral, y puesto que formamos parte del círculo de socialización, nos convencimos de que íbamos a ganar. En cambio, esta confluencia pudo, una vez más, desalentar tanto a los votantes moderados, nerviosos porque un partido “atrapalotodo” como Podemos se encerraba en una etiqueta muy estrecha (“la izquierda”), como a los votantes de IU más estáticos, que venían en la coalición con los socialdemócratas de Podemos una (otra) rendición más del marxismo al capitalismo.

Posiblemente tener en cuenta estos tres elementos nos ayude a entender cómo Unidos Podemos pasó a ser una realista opción de cambio a ser, otra vez, lo nuevo que no termina de nacer en un país donde lo viejo no termina de morir.

Pero ello, por sí mismo, sólo ayuda a explicar el escrutinio de Unidos Podemos, pero no consigue hacer lo propio respecto a los escandalosos resultados del Partido Popular. Respecto a ello, en primer lugar hay que señalar las propias deficiencias del sistema democrático español que, aunque parezca contradictorio, es perfectamente funcional al estado de cosas. Por un lado, la Ley D’hondt, por la que se cuentan los votos, premia a los primeros partidos y castiga a los últimos (razón por la que se pensaba que el millón de votos que prometía IU tendría un efecto multiplicador en la coalición, que alcanzaría los primeros puestos); por otro, la circunscripción provincial también sobrerrepresenta algunos territorios tradicionalmente conservadores respecto a los progresistas; y por último, el que seguramente es el mayor fraude de la democracia española, hay que señalar el llamado voto rogado. Los dos millones de emigrantes españoles expulsados por la crisis económica han de sortear un sinfín de trámites burocráticos –muchos de ellos incompatibles con el mismo hecho de tener un empleo en una ciudad sin consulado- para ejercer el derecho a voto. Menos de un 8% de los migrantes consiguió sortear todos los obstáculos el pasado domingo, pero aislando el voto migrante, en 27 de las 52 circunscripciones Unidos Podemos ganó las elecciones. Sumando estos datos (mayoría de migrantes de Unidos Podemos y leyes para excluirnos del sistema electoral) todo parece indicar que el voto rogado es una herramienta del poder actual para perpetuarse.

Pero no todo circula alrededor de lo “mala” que es la derecha. Su resultado no se basa sólo en las manifiestas canalladas con las que operan, sino también en su audaz capacidad de seducción. En una entrevista, una pescadora cuenta a cámara que su hijo ha tenido que emigrar a Londres para trabajar en la industria del metal. Al ser preguntada por quién iba a votar, sin vacilación, respondió que a Rajoy. La clase trabajadora –el fetiche sexual de los comunistas- no sólo no es ya el sujeto de cambio (¿en cuántas de las movilizaciones de los últimos años, salvando a sectores históricamente combativos como la minería o los astilleros, el componente hegemónico eran los obreros?), sino que ve sus intereses más representados en la derecha que en aparatos como Unidos Podemos. Observando los datos de voto, a la coalición de izquierdas es la preferida entre los jóvenes universitarios de los núcleos urbanos, mientras que la derecha tiene su caladero en las zonas rurales –también en algunas grandes capitales- y entre la población más envejecida, la misma que no sólo es ideológicamente conservadora, sino también la que durante su vida activa nutrió los trabajos manuales hoy deslocalizados. El PP –y esto nos hará llorar a muchos- es la verdadera vanguardia de la clase trabajadora.

Hay, por tanto, que replantear la situación de manera crucial: o asumimos que la clase trabajadora no es necesaria para el cambio electoral o buscamos estrategias para incluirlas en el discurso intelectual y complejo de la nueva izquierda. Yo me inclino por la segunda opción, siempre que mantengamos la memoria de lo inadecuado que resulta desatender los intereses de las clases medias. El debate está servido.

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