LA UNIVERSIDAD, HOY:LOS PROFES SON MULAS Y LOS DECANOS CREEN DIRIGIR LA GENERAL MOTORS”. Por Esteban Hernández

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El Confidencial

4 de noviembre de 2015

Los profesores están siendo medidos por todo, salvo por aquello que tiene que ver con su tarea principal, que es enseñar a los alumnos.

El decano de una gran universidad asiática acababa de terminar su discurso, en el que había elogiado extensamente su instituto de tecnología de última generación y la reciente escuela de negocios que había inaugurado. A su lado había dos jóvenes fornidos, que lucían trajes negros bajo cuyas formas se adivinaban armas de fuego. Terry Eagleton, profesor de Literatura en la Universidad de Lancaster, debía cerrar la intervención, y según cuenta en un artículo publicado en ‘The Chronicle of Higher Education’, se le ocurrió cerrar su intervención mencionando un detalle que suele pasar desapercibido en muchas instituciones educativas de Occidente, como es la inexistencia de estudios críticos de cualquier tipo en el campus. Eagleton asegura que el decano le miró perplejo y replicó en tono rígido: “Tomamos nota de su comentario”. Acto seguido, extrajo de su bolsillo un objeto tecnológico de última generación y escribió unas cuantas palabras en coreano que podrían ser traducidas, aventura irónicamente Eagleton, como “Matadle”.

El humor con que Eagleton describe la situación no oculta una realidad, la de que en los ámbitos académicos y los institucionales la crítica es mal recibida. No se trata tanto de que no pueda haber posturas diferentes, casi todas las universidades y escuelas de negocios cuentan con departamentos y profesores cuyas visiones de sus disciplinas y de la misma sociedad poseen diferencias, pero casi ninguna realmente sustancial. Lo que se está ventilando en los centros de enseñanza superior es algo completamente distinto, alejado de posiciones técnicas diferentes sobre un asunto, y nada como la realidad de los mismos centros para entender cuál es la versión de la pluralidad que ha sido borrada del mapa.

El caso de la educación británica es significativo, en parte porque están mucho más adelantados que nosotros en cuanto a medios, recursos y prestigio, y en parte porque las formas de gestión que se están aplicando allí terminarán por trasladarse aquí tarde o temprano. La descripción que hace Eagleton de la universidad anglosajona es desalentadora: el gobierno de los académicos ha sido sustituido por el dominio de la jerarquía y el de la burocracia bizantina, donde “los profesores junior se comportan como burros de carga y los decanos actúan como si dirigieran la General Motors. Los profesores senior ahora son ‘managers’ senior, y el aire se llena de palabras como auditoría y rendición de cuentas. Los libros, esos fenómenos trogloditas y tristemente pretecnológicos, no están bien vistos”. Algunos centros han eliminado el número de estanterías de sus instalaciones con el fin de desalentar las bibliotecas personales, y ya apenas hay papeleras.

La moda de los criterios cuantitativos

Eagleton se refiere a que los centros educativos anglosajones están viviendo una transformación, en gran medida causada por la necesidad obsesiva de medir el rendimiento y de asociar a unos criterios cuantitativos los recursos que el Estado concede a los centros. Este tipo de ideas son populares últimamente, y personas prestigiosas como José Antonio Marina o Luis Garicano las han defendido abiertamente. Su demanda es lógica, porque entroncan con algunas inquietudes sociales: en lugar de tener profesores a los que el funcionamiento de los centros y el trabajo seguro les permite vivir muy bien sin dedicar el tiempo suficiente a la enseñanza, se aboga por la puesta en marcha de métodos de supervisión y de control que aseguren que se poseen los conocimientos y las capacidades precisas para seguir desempeñando su función.

Sin embargo, cuando hablamos de medir el rendimiento, estamos hablando de otras cosas. Como explicábamos en un reciente artículo, las universidades han comenzado a valorar a sus profesores en función de los recursos económicos que traen al centro, convirtiéndose en algo semejante a los “traders de la City que son valorados dependiendo de la cantidad de dinero que pueden levantar”. La otra gran variable a medir es la de su producción científica, es decir, el número de artículos publicados en revistas que no lee prácticamente nadie, pero que son prestigiosas en la profesión (la edición de una monografía, por ejemplo, suele ser mucho menos valorada que un texto en una publicación técnica reconocida por los pares), lo que se justifica porque son ese tipo de artículos los que consiguen que las universidades suban en los ‘rankings’ y que por tanto puedan conseguir más alumnos o más ingresos. Pero esto no deja de ser peculiar, porque los profesores están siendo medidos justo por aquello que no tiene que ver con su tarea principal, que es enseñar a los alumnos. Nadie valora si esa actividad está bien o mal realizada, pero sí miden todo lo relacionado con los ingresos o el prestigio que aportan a su centro. En otras palabras: están midiendo a los profesores por la aportación económica o simbólica a la universidad y no por los beneficios que proporcionan a los alumnos.

Este tipo de prácticas producen notables disfunciones, de las que hemos hablado extensamente, que perjudican la calidad de la enseñanza, que generan una notable burocracia y que, en lugar de ayudar a los profesores a realizar su tarea o de incitarles a que la hagan bien, producen una serie de obligaciones añadidas que nada tienen que ver con ella. Han de pasarse la vida rellenando formularios para solicitar ayudas, realizando proyectos, tratando de ser publicados en revistas de segunda o tercera fila y añadiendo mil trámites a su tarea cotidiana, una buena muestra de la postburocracia que nos inunda. Sin embargo, nada de su relación con los alumnos está ahí presente.

O quizá sí, pero en el peor sentido. Como explica Eagleton, la supervivencia de los departamentos de humanidades británicos depende exclusivamente de las matrículas de sus estudiantes, con lo cual su principal tarea pasa a ser la de tejer una oferta que haga que el máximo de interesados posible pague las tasas de matriculación. Eso significa, por ejemplo, que en un curso de Lengua inglesa “las materias versen más sobre vampiros que sobre la era victoriana, sobre la sexualidad más que sobre Shelley, sobre los fanzines más que sobre Foucault, y sobre los tiempos contemporáneos más que sobre los medievales. Cualquier departamento de Lengua inglesa que centrara sus energías en la literatura anglosajona del siglo XVIII estaría cortándose el cuello”. Lo que Eagleton resalta es que los profesores se ven obligados a poner en marcha cursos que resulten atractivos a los estudiantes, que les tengan entretenidos y que consigan que se lo pasen bien, porque es la única manera de que vuelvan a soltar la pasta, en lugar de instruirles en el conocimiento de la lengua inglesa, que se supone que era el objetivo del departamento.

En definitiva, la tarea de los profesores ha dejado de ser la enseñanza, que es algo que se hace cuando se ha terminado con las otras cosas (producir artículos, venderlos, rellenar formularios, tratar de captar fondos o seducir a los estudiantes para que paguen la matrícula) que son justamente las que les van a dar de comer.

Rentabilidad vs. docencia

La polémica entre Luis Garicano y José Antonio Marina respecto del futuro de la educación tiene mucho que ver con esto. Y es una discusión importante, porque de ahí saldrán unas cuantas ideas que seguramente tendrán aplicación real en nuestros centros educativos. La idea de medir el rendimiento de los profesores es manejada por ambos, como por gran parte de las sociedades occidentales, sólo que los dos apuntan a objetivos muy diferentes. Marina pretende incentivar a los profesores para que enseñen mejor, le parece un error que nadie les forme para esa tarea y que no se les evalúe para saber quiénes están realizando un trabajo de más calidad y quiénes están por debajo de lo que la sociedad necesita. El modelo de Garicano, que es el de Nigel Thrift, tiene que ver con la postburocracia, con manejarse en un contexto donde lo primero que deben hacer las universidades es recaudar dinero y donde se prima la rentabilidad que se genera para los centros en lugar de para los estudiantes o la de la sociedad.

Pero ambos han de recordar que, a la hora de medir, es importante saber qué y cómo se mide, que los números no pueden reflejar toda la realidad, y que una evaluación mal realizada es peor que su ausencia. Pero esas son lecciones que enseña el pensamiento crítico, y hoy, como recordaba Eagleton, está ausente casi por completo de la universidad, de modo que en lugar de pensar las cosas para realizarlas mejor, de forma que los resultados se adecúen a nuestros objetivos, preferimos repetir tres o cuatro lugares comunes que están triunfando en el mundo del management.

Esta estupidez funcional nos hace olvidar también que toda reforma de la enseñanza tiene que ver con cómo formar mejor, con cómo hacer mejores personas, cómo conseguir que se desarrollen habilidades que tengan que ver con la creatividad y la innovación, pero también con el pensamiento racional y crítico, y no con las habilidades propias de los vendedores de automóviles, que es el modelo que los nuevos métodos parecen tener más presente. Creo que Marina tiene esto bastante claro, Garicano no lo sé.

Fuente:  Educación: La universidad, hoy: Los profes son mulas y los decanos creen dirigir la General Motors. Blogs de Tribuna  http://goo.gl/NKSAU8