DERECHAS HUMANAS” Por Santiago Ortiz

Foto: http://culturacolectiva.com

16 de julio de 2016

Fue una sorpresa cuando escuché la frase “derechas humanas” dicha con sorna por un amigo de Alianza País, frase que produjo una sonrisa de varios de los que asistían a una reunión social. Me extrañó, me impactó, me dolió profundamente esa frase, que no la esperaba de un activista de izquierda, cuando nuestra memoria está llena de las pesadillas que dejaron las dictaduras en América Latina.

La frase y la manera en que se dijo denotaba varios sentidos más o menos velados: lo más evidente ¿Si los derechos humanos son de derecha, cual es la visión de la izquierda en relación a los derechos humanos?  ¿Hay derechos humanos de izquierda y otros de derecha? ¿Si los derechos pertenecen a la derecha eso significa que los liberales son dueños de los derechos humanos? ¿No es que las burguesías y las dictaduras de América Latina atacaron los derechos humanos desde hace décadas? ¿Hay un Estado de derecho en que confíen los activistas de izquierdas? Y en fin ¿hay propiamente seres humanos que tengan derechos, así sean “gusanos”?

Lo extraño de esta conversación es que se dio poco después de Montecristi. En la Constitución nueva la palabra “derechos” se la menciona 233 ocasiones. Se consagraron derechos que ya existían en otras Cartas Constitucionales pero también se ampliaron los derechos colectivos, se integró derechos de grupos excluidos y de la naturaleza, se afirmaron los derechos de participación ciudadana, y en general se establecieron mecanismos de garantía de derechos e inclusive se plasmó una nueva concepción por la cual los derechos fijados en la Constitución son directamente exigibles, sin necesidad de una ley particular, por los y las ciudadanas.

¿Por qué entonces la ideología de simpatizantes y activistas de varias izquierdas tiende a menospreciar los derechos humanos?

Mi amigo Manuel Chiriboga dio una clave en su participación en un diálogo de coyuntura en la Revista Ecuador Debate: las banderas de la redistribución pertenecen a la Revolución Ciudadana, las banderas ambientalistas a la izquierda ecologista e indígena y las banderas democráticas son de predominio de la derecha.

Es decir, lo que decía este intelectual ya fallecido es que en el campo de la hegemonía la Revolución Ciudadana con su política redistributiva primaba en el campo de los derechos sociales, pero al mismo tiempo perdía ante la derecha el campo de los derechos civiles y políticos, mientras desplaza a la izquierda radical en los derechos de la naturaleza

Esto lo que demuestra es que la “izquierda” en el gobierno no entendió que los derechos no son una dadiva del liberalismo, sino una conquista de los trabajadores y de los movimientos sociales. En su memoria no está la lucha por los derechos humanos llevada adelante por la comisión ecuménica, las mujeres, los Restrepo y las organizaciones campesinas e indígenas en Ecuador, ni tampoco la lucha de las madres de la plaza de Mayo, de la Vicaria de la Solidaridad y tantas otras organizaciones a lo largo y ancho de América Latina, tampoco la lucha de los trabajadores del ferrocarril que en los primeros años del siglo XX se ataron con sus mujeres y sus hijos con tacos de dinamita en sus barrigas, a las rieles del tren en Quito y Guayaquil, para conseguir de los empresarios ingleses el derecho a las ocho horas de trabajo que luego sería un derecho de todos los trabajadores del país.

Este abandono y desmemoria no es solamente un problema de principios, es también un enorme error político. Lo que no comprende Alianza País es que al abandonar los derechos humanos todo conflicto en donde se pone en juego los derechos humanos deriva hacia el campo de la derecha. Desde los conflictos de los indígenas por el tema minero, de los trabajadores en sus huelgas, de los estudiantes por los juicios de terrorismo, de los intelectuales agredidos por el Presidente de la Republica, en fin más de 200 casos de criminalización de la protesta han sido entregados en bandeja para que sectores que nunca se han preocupado por los derechos humanos ahora se llenen la boca como defensores de las libertades y los derechos.

Ahora tenemos ante nuestros ojos el tema de los migrantes. Vienen por todo lado, por las fronteras sur y norte, por los aeropuertos y varios de los cubanos detenidos por la Amazonia, desde el Brasil. Es una pena que activistas de Alianza País identificados con la izquierda, cancilleres y ministros de justicia que vienen de la academia, políticos de larga tradición de izquierda, sean insensibles hoy ante la palmaria arbitrariedad con que el Estado les trata a los migrantes cubanos.

Fueron apresados en un operativo policial descomunal, entre ellos personas que tenían permiso de estadía en el país, padres y madres de niños ecuatorianos, refugiados y niños. Se violó al menos una decena de derechos: prisión para los niños, dificultades para el uso del Habeas corpus, deportación masiva, división de las familias, trato cruel y degradante en la cárcel, jueces sumidos ante las autoridades del ejecutivo. Todo ello manejado por un aparato de seguridad que ha sido apuntalado por el régimen bajo la dirección del Ministro José Serrano y de su subsecretario Diego Fuentes, que fue el mandadero para dar las órdenes a dichos jueces.

Los sectores de derecha y los periodistas de los medios de comunicación privados se frotan las manos de satisfacción cada vez que uno de estos hechos sucede porque saben que pueden articularlos a las banderas liberales que por cierto ponen el acento en los derechos que a ellos les beneficia: la libertad de prensa y la propiedad. Estos no tienen escrúpulo para manipular las demandas de las organizaciones populares y ahora de los migrantes.

Pero el problema no es solo de derechos, sino una concepción del Estado. Desde mediados de este gobierno, una vez que se superó la fase constituyente, se afirmó en el polo de la Revolución Ciudadana una matriz estado céntrica en donde el Estado es todo y la sociedad nada, una concepción paternalista y vertical donde el Estado es el tutor y en donde la sociedad civil es el sujeto sumiso del poder. Esta concepción partió de la parte orgánica de la Constitución que dio una importancia primordial al Estado central y al ejecutivo. A partir de eso se diseñó un régimen de transición para llevar adelante una reforma estatal en donde ocupaba un lugar central al poder ejecutivo, subordinando a las demás funciones y reduciendo sus competencias a los gobiernos locales. Muchas de las leyes se orientaron a la centralización del poder en el ejecutivo, en la presidencia y en el Estado central, y con el referéndum sobre la justicia se terminó de armar el tinglado.

A diferencia de los derechos que se dejó en el limbo este esquema si se concretizó en la práctica. Desde el 2011 vivimos un proceso de intensa centralización del poder y de subordinación de la sociedad civil. Esto se reforzó con los ingentes recursos con los que contó el gobierno central. La mayor parte de la militancia de izquierda, formada en las lides vanguardistas, aplaudió ese proceso de centralización e inclusive consideró que para enfrentar a la derecha deberían tener su Lenin criollo.

Nada de descentralización pues es una propuesta neoliberal y los gobiernos locales son una tarea de inútiles. Nada de participación de la sociedad civil, pues esa noción tiene un tufo liberal. Nada de división de poderes, nada de garantías constitucionales, nada de rendición de cuentas o fiscalización a la autoridad, ni siquiera libertad de organización o de huelga de los trabajadores, pues allí está encubierta la derecha. Inclusive se ha llegado al colmo de utilizar el lenguaje de securitización de los Estados Unidos, para acusar a humildes líderes indígenas y campesinos, como terroristas. Todo ello con el fin de reunir los resortes del poder en un puño para enfrentar a los “enemigos” de la revolución.

Una consecuencia de todo ello es que detrás de los triunfos de la Revolución Ciudadana se fue fortaleciendo un aparato de seguridad del Estado profundamente autoritario, dirigido -como diría Foucault- a vigilar y castigar. Se ha apuntalado un sistema de seguridad y de inteligencia que controla a los ciudadanos. Se ha fortalecido a las “tropas de elite” de la policía con recursos, dinero, logística y comunicaciones, entrenándoles para matar y hoy se los legitima con una serie de televisión ad hoc. Esta es la maquinaria tenebrosa que ha salido a luz en estos días, con una arbitrariedad y una violencia desmesurada ante la acción de los migrantes cubanos en el Arbolito.

Antes se prevenía a los militantes de izquierda indicándoles que si un personaje como Febres Cordero tomaba el poder esa estructura estatal se volvería contra ellos mismos. No les importó, se hicieron de la vista gorda y justificaron la persecución de los líderes sociales. Incluso ahora tratan de legitimar la acción represiva del gobierno contra la migración cubana porque se trata de “gusanos”.

Qué semanas más tristes ha tenido la democracia y los derechos en Ecuador. Qué semanas más tristes para los que nos llamamos de izquierda. ¿Acaso los cubanos, por más de derecha que sean no son seres humanos? ¿Acaso la expectativa que tienen por ir a Miami no ha sido labrada a golpes por las malas condiciones que tienen en Cuba, cuyo gobierno hace mucho tiempo abandonó los conceptos de democracia socialista? Qué vergüenza para nuestro país y para los revolucionarios, que así trate a los hijos de Martí y de Maceo, por más que sean hombres y mujeres descarriados que tengan su mentalidad en el ”american way of life”.

Como dijo uno de los detenidos cubanos: el problema ya no es de ellos. Ellos se van. Somos nosotros los ecuatorianos los que vamos a cargar con esa maquinaria represiva: con gorilas dispuestos a golpear mujeres, con policías insensibles ante los niños y sus madres, con jueces sumisos del Ministerio del Interior, con autoridades de opereta que miran a otro lado cuando se están violando derechos y con cancilleres que justifican la persecución a compatriotas latinoamericanos. Es mas ni siquiera las instituciones de protección de derechos, de refugiados, de migrantes oficiales e internacionales estuvieron allí para al menos vigilar que se cumpla un debido proceso.

¿Estado de derecho? ¿Justicia independiente y eficaz? ¿Constitución? ¿Defensoría pública? No existen. La herencia pesada de este gobierno no será precisamente una institucionalidad que defienda los derechos, sino un discurso que hace omiso de los derechos y una maquinaria de coerción, que -siendo sinceros- es una de las que más se ha fortalecido con el tinglado piramidal que se ha impulsado desde Alianza País.