SACHA RUNA YUYAI Y YACHAIEL PENSAMIENTO Y SABER DE LOS PUEBLOS SELVÁTICOS. Por Mónica Chuji

02 de agosto 2016

En el marco del actual proceso electoral ecuatoriano se plantea la pregunta sobre si los pueblos indígenas somos de derecha o de izquierda. Esta pregunta ya se lo ha hecho en anteriores ocasiones pero hoy ha cobrado fuerza debido al actual escenario electoral y a propósito de que la anterior coordinadora de Pachakutik llamara a dialogar a varios sectores políticos identificados claramente con la izquierda y la derecha. Frente a esta iniciativa aparecieron algunas posturas políticas muy firmes de dirigentes indígenas que aseguraban que los pueblos indígenas somos de izquierda y por tanto imposible dialogar con la derecha; mientras otros sostienen que no somos ni de izquierda ni de derecha, y que al contrario, se debe dialogar con cualquier sector. Sobre estas declaraciones se ha generado una serie de comentarios y posiciones dentro del movimiento indígena y no indígena, lo que nos ha planteado varias interrogantes.

Como lo dije, en realidad este debate se ha venido gestando en el mundo indígena de forma esporádica en ciertos espacios y momentos políticos de los pueblos indígenas, tanto en el ámbito local, nacional e incluso en el internacional; sin embargo, el debate no ha terminado y puede ser que ni siquiera haya empezado en el seno del mundo indígena: ¿otra vez nos dan pensando?

Es en este contexto en el que me permito exponer algunos criterios para sostener que las nacionalidades indígenas y sus respectivos pueblos, y en este caso, los pueblos selváticos, tenemos nuestra propia doctrina política y filosófica que (por cierto también es diversa) nos diferencia de la izquierda y la derecha, cuya praxis ha sido igual de opresora y depredadora en cualquiera de sus formas de aplicación.

Es indispensable señalar que a los pueblos indígenas nos han “educado” con aquello de la dialéctica y que en el mundo existen dos sistemas: el capitalismo y el socialismo; por tanto, dos tendencias políticas, la izquierda y la derecha. De hecho, gran parte de nuestras organizaciones, y nuestros liderazgos históricos, surgen como apéndices de partidos de izquierda, y otras organizaciones nacen amparadas en las órdenes religiosas. Así nos corcharon, nos cerraron cualquier posibilidad u opción para pensar fuera de esa dicotomía y con ello anularon la posibilidad de considerar nuestra cosmovisión como “lo otro” con lo que se puede concebir otra civilización.

Solo para repasar podemos recordar cómo se originan estas denominaciones de derecha e izquierda.  Los términos “izquierda” y “derecha”, en sentido político, se consolidan en el contexto de la Revolución Francesa, en Francia, en 1789, tras la toma de la Bastilla y la conformación de una Asamblea Nacional Constituyente. En ella se reunieron los diputados en tres bloques: a la derecha del presidente se ubicó el grupo de la Gironda, llamados “Los Girondinos” y a la izquierda los de la Montaña llamados “Jacobinos”, y en el centro se ubicaron los indecisos / no partidistas, denominados “La Marisma o el Llano”. Los Girondinos se inclinaban por una monarquía parlamentaria y derecho a sufragio no universal, excluyendo a las clases no propietarias, y contaban con el apoyo de la nobleza, la burguesía y los propietarios. Los Jacobinos, por su lado, eran partidarios de una república y de un sufragio universal, y por ello tenían el visto bueno de las clases populares. Desde entonces hasta nuestros días se mantiene esas tendencias políticas casi con similares posiciones.

La Revolución Francesa, marcó un hito en la historia de occidente, pero tuvo una incidencia a escala global. No entraré a discutir lo positivo y lo negativo de este hecho histórico porque no es ese el objetivo de este corto escrito, sino el sostener que los runas de la sierra andina y la selva amazónica debimos heredar esta dicotomía a pesar de tener nuestra propia historia.

¿En cuál de éstas tendencias cabemos los pueblos indígenas?

En ninguna de los dos. Como podemos darnos cuenta, este hecho ocurrió en occidente, en una revolución que buscaba cambiar un sistema monárquico conocido hasta ese entonces en ese mundo en particular; mientras los pueblos indígenas, con toda nuestra diversidad, caminábamos resistiendo y reconstruyendo nuestras propias culturas, afectadas por el pensamiento civilizatorio occidental, para el cual la colonización era inherente a su propia existencia y desarrollo.

Los pueblos indígenas somos entidades milenarias; en nuestros territorios ancestrales hemos construido nuestras propias estructuras; es decir, nuestras propias instituciones políticas, sociales, educativas, de justicia, cultural, ética; todas desde una visión holística, complementaria e interdependiente; con ello fuimos construyendo nuestra propia filosofía de vida y, por ende, nuestra ideología atávica. Ningún gobierno de la república ecuatoriana dio origen a ninguna de nuestras instituciones; en raras ocasiones los gobiernos apoyaron a las instituciones que ya habíamos creado con nuestro propio esfuerzo, como por ejemplo la educación bilingüe o los sistemas de justicia ancestral.

Nuestra forma de ver el Estado; esa nueva arquitectura de Estado a la que llamamos “Estado Plurinacional” fue presentado al país en 1990, y a lo largo de esa década. Se presentó al Ecuador una propuesta con la que también cuestionamos la forma cómo se construyó el Estado actual, pues la primera constitución, la de 1830, se erigió desde la exclusión total de los habitantes milenarios, desde la omisión y el desprecio al pensamiento y saber de los pueblos; y esa dirección se impuso a lo largo de la vida republicada del Ecuador hasta la irrupción del movimiento indígena.

Cuando los runas expresamos y vivimos nuestra relación de interdependencia y complementariedad con la naturaleza; cuando sostenemos que todo en la naturaleza tiene vida, tiene espíritu, tiene energía que nos habla y que cada uno cumple su función; cuando decimos que nos comunicamos con cada uno de los seres vivos de la selva; cuando nos entristecemos al ver que una especie desaparece porque algo de nosotros se nos va; cuando nuestros sueños nos orientan el futuro inmediato y de largo aliento; cuando decimos que nosotros necesitamos de la naturaleza para vivir y convivir; cuando decimos que el territorio es la vida misma y por tanto si nos despojan es quitarnos la vida; cuando pensamos y nos sentimos como parte de nosotros a los seres de la naturaleza; cuando decimos y sentimos que el ser humano no es el centro ni el fin de la vida sino que somos parte del ciclo de la vida en la naturaleza; por todo esto nos diferenciamos radicalmente de la civilización occidental, y con ello también nos diferenciamos de la izquierda y la derecha porque estas dos tendencias igual nacen en la misma matriz civilizatoria.

Por otro lado, la derecha y la izquierda, con todos sus matices, se disputan el control del poder, y con él, se disputan la explotación y dominación de la naturaleza, el control de la sociedad y la imposición de una cultura homogénea. A la postre, los dos defienden un sistema de acumulación pero que, en algo, pueden diferenciarse en la distribución. En los dos sistemas han hecho caso omiso a la lucha de las mujeres, de los indígenas y de otros colectivos sociales que están al margen de lo  que ellos consideran, a su modo, sistema de clases sociales.

Capitalistas y socialistas se disputaron áreas de influencia a nivel mundial para garantizar el acceso a recursos que posibilitarían su propio desarrollo y en el que nosotros y nosotras, runas, no existimos y nuestro pensamiento no existe; por ejemplo, en esta misma línea de análisis, podemos ver cómo durante la constituyente de 2008, la izquierda y la derecha se opusieron a la declaración del Estado Plurinacional, a la consulta previa y consentimiento previo, libre e informado; e incluso quienes decían ser socialistas interpusieron los mismos argumentos que la derecha para rechazar la propuesta central del movimiento indígena.

Y ciertamente algunos dirigentes históricos sostienen que los indígenas somos de izquierda y en esa medida hemos actuado en muchas ocasiones junto a sectores de esa tendencia; pero por lo general, siempre hemos debido ceder nuestras tesis en pro de las llamadas igualdad, libertad, democracia, justicia, pero sin tocar las estructuras de un Estado excluyente. De igual forma con la derecha, pero cuando la derecha ha estado en el poder, embates contra nuestros derechos han sido más claros, sin máscaras ni discursos alcahuetes como los actuales; quizá por eso, cuando la derecha ha estado en el poder hemos podido aglutinarnos de mejor manera para enfrentar esa arremetida contra nuestras vidas.

En una entrevista a Diario El Telégrafo, Marlon Santi, expresa: “¿Quién dijo que yo soy de izquierda? Yo soy un ciudadano ecuatoriano y la visión del movimiento Pachakutik no es de centro, de izquierda o de derecha, es de un  movimiento que unifica el contexto pluralista…

Bien por Marlon, pues puso este necesario debate en el escenario político y la respuesta general ha sido el que nos identifiquemos: ¿somos de izquierda o de derecha? Como he mencionado arriba, los pueblos indígenas tenemos nuestra propia filosofía de vida, ya sea en los Andes, en la Amazonía o en la Costa, con matices diferentes pero con visiones similares. En general somos gente de diálogo, de debate, de consensos. Somos culturas diversas que amamos la diferencia pero no la competencia. Nos diferenciamos rotundamente con la lógica del modernismo, pero que no nos queda otra vía que luchar en cancha ajena para poder incidir y hacer que nuestras propuestas sean debatidas por la sociedad.

Por ello, cuando se habla de debatir con la derecha o con la izquierda no creo que se deba tomar como un proceso de desideologización o derechización o de izquierdización del movimiento indígena o de ciertos actores. Es diferente si, de manera individual, alguna persona de los pueblos indígenas desea afiliarse a un determinado partido de estas dos tendencias, obviamente están en su derecho a elegir, porque tampoco se lo podemos prohibir. Pero cabe la pregunta.  ¿Por qué un indígena que se afilia a algún partido es considerado poco menos que traidor? ¿Por qué entre los mestizos hay mayor tolerancia a peores traiciones políticas?

El problema central es, a mi juicio, ¿cómo establecemos ese debate o ese diálogo? ¿A escondidas o a la luz pública? Así también preguntarnos a qué conclusiones queremos llegar. Creo que como pueblos con culturas originarias y como ciudadanos queremos cambiar las estructuras del Estado, la forma de ser y estar el mundo; cambiar las relaciones de poder; queremos una sociedad más consciente de la realidad y de nuestro entorno, consciente de que estamos de paso por esta vida y que queremos conservar para el futuro la naturaleza, la allpa mama, nuestra sacha que nos dejaron nuestros ancestros y  que debemos devolverlo íntegro a nuestros hijos e hijas. También no queremos que vuelva suceder los hechos tan trágicos y vergonzosos para la historia ecuatoriana, los que ocurrieron en gobiernos anteriores, con excepciones, que se han caracterizado por violar los derechos humanos y que de igual manera ocurren en el actual gobierno, como con los despojos de nuestros territorios a favor de mineras o nuevas prospecciones petroleras.

Dialogar con la derecha o con la izquierda no supone, en modo alguno, el abandono de nuestras ideologías, o abandonar nuestra bandera de lucha. Sabemos que tenemos en muchos casos, diferencias irreconciliables, pero podemos al menos sentarnos y hablar sobre nuestras propuestas, prioridades políticas, la defensa  de los más vulnerables, terminar con la explotación y opresión, la defensa de la naturaleza, y tantos temas que requiere debate y no imposición.

El dialogar nos permitirá refrescar la memoria a la clase política, ya sea de derecha o de izquierda, sobre nuestra propuesta histórica, la que hemos presentado en constantes ocasiones y que ha sido nuestra razón de lucha, toda vez que esa clase política se volvió sorda, ciega y aún no desea escucharnos, menos aún comprender y asumir la responsabilidad histórica de superar la injusticia y la constante supresión de las diversidades indígenas de nuestro país.

Por ello me sorprende cuando en una entrevista realizada por el periodista Carlos Vera a la asambleísta Lourdes Tiban, éste le felicita a la Sra. Tibán “sin ser peyorativo, dice, por la evolución de esta dirigente indígena” ¿Ha Evolucionado? No. No hemos evolucionado. Lo que ha ocurrido es que en esta coyuntura electoral, la clase política intenta enterarse de nuestras propuestas y de la existencia de los pueblos indígenas dentro de este Estado. La evolución a secas y tal como lo entiende la clase política tradicional es el abandono de nuestra propuesta y un nuevo e irracional sometimiento a la clase política de izquierda y derecha.

Este artículo no pretende anular la lucha de muchos izquierdistas que han dado su vida por sus convicciones, que han acompañado en ciertos momento nuestras luchas; al contrario, lo respetamos y lo realzamos; pero es necesario y es nuestra obligación moral e histórica, desde cualquier espacio, de manera individual o colectiva, defender nuestra propuesta de construir un Estado que integre a las diferentes naciones ancestrales que habitamos milenariamente y otros sectores diversos y excluidos: la construcción del Estado Plurinacional es un tarea de complementariedad y no de competencia.

Los runas con nuestro yuyay, y con nuestro yachay, queremos ofrecerle al país una alternativa de convivencia entre los diversos y del quehacer político basado en el respeto al diferente, al diálogo y no a la imposición y a la anulación del otro. No somos perfectos, ni mucho menos, pero sí  somos gente que debate, que asume los consensos y que vive la diversidad, pero sobre todo, que busca una vida armónica, equilibrada y de respeto a la naturaleza. Ella no depende de nosotros o de nuestros debates y fisuras, nosotros dependemos de ella y en función de ella debemos adelantar nuestros debates y cerrar nuestras fisuras.