UNA LUZ PARA COLOMBIA. Por Enrique Lacolla*

27 de septembre 2016

Una etapa esperanzadora se abre para Colombia. Termina la guerra civil más prolongada de Latinoamérica. Hizo falta una compleja conjunción de fenómenos para que este proceso dirigido hacia la paz haya dado frutos.

Callan las armas en Colombia. Después de 52 años de guerra, o de 68 si ciframos el punto de partida del conflicto en el asesinato del caudillo popular Jorge Eliecer Gaitán, que dio lugar al bogotazo e inauguró “La Violencia”, una luz de esperanza se abre en la martirizada patria de Bolívar y Nariño.[i]

Hubieron treguas antes, y hasta un acuerdo, en 1984, que pareció había de acabar con el conflicto entre las FARC y el estado, pero por entonces la reacción de los sectores del privilegio y de las formaciones paramilitares, que acabaron con la vida de centenares de guerrilleros vueltos a la legalidad, terminó con la experiencia y volvió a sumir a Colombia en un caos interminable, donde se fusionaban elementos tan contradictorios como la guerrilla de inspiración marxista y el contubernio con el narcotráfico; y el ejército regular con los paramilitares, proyección estos últimos de la casta latifundista que se sentía amenazada por una eventual reforma agraria y que reaccionaba con inaudita violencia para liquidar a los elementos que podían simpatizar con ella.

La población campesina fue la víctima propiciatoria de este desgarramiento. Los paramilitares y el ejército la juzgaron como objetivamente afín a la guerrilla y se ensañaron con ella. Por su parte las FARC fueron inclementes con los campesinos que sospechaban como proclives a pactar con el ejército o los paramilitares. Acosadas, las guerrillas  exploraron y estimularon el cultivo de coca y la fabricación de pasta de coca para recabar dinero y generarse un respaldo en el seno de una población que encontraba en esas cosechas y procesamientos una fuente de ingresos que le permitía respirar.

Esta situación enferma, de una violencia endémica que salpicaba al campo y en menor medida a las ciudades, comenzó a alterarse con el Plan Colombia pergeñado por Estados Unidos y con la ofensiva desatada por el ultraderechista presidente Álvaro Uribe contra las formaciones guerrilleras. La plana mayor de las FARC fue diezmada. Al mismo tiempo, el reflujo o más bien el acabamiento de la teoría del foco y el surgimiento de gobiernos sudamericanos de carácter progresista o nacional popular en países como Venezuela, Bolivia, Ecuador, Brasil y Argentina, sumado a los consejos del gobierno cubano, crearon las bases para una cobertura política y diplomática que amparase y garantizase un proceso de paz. Se replanteó así la posibilidad de buscar una salida para un conflicto que se eternizaba.

Con la asunción de Juan Manuel Santos a la presidencia el camino se hizo más expedito. Político de centroderecha, que había sido nada menos que ministro de defensa de Álvaro Uribe, su visión no estaba empañada por el odio visceral del anterior mandatario a la guerrilla (proveniente, quizá, del asesinato de su padre a manos de las FARC) y pudo, merced de una situación militar que era ya claramente favorable al gobierno, tender las redes para buscar un compromiso para buscar la paz que es hoy la mejor garantía para salir del atolladero. Falta sólo el refrendo plebiscitario que debe dar la población colombiana para que se abran las negociaciones que lleven a una paz definitiva y los protagonistas de la guerrilla más vieja de América latina se integren a la sociedad civil, configurándose como partido político. Y todas las encuestas dicen que la aprobación puede darse por descontada.

Pero es probable que todo esto no hubiera sido suficiente sino fuera porque el contexto social y económico de Colombia no estuviese cambiando significativamente. Aun en el marco de una economía extractiva, la perpetuación del latifundio es antieconómica y opuesta a la tecnificación e industrialización de la producción agraria. Una nueva burguesía, afincada en los servicios y en la industria, está influyendo en la marcha de los acontecimientos y relegando a la casta oligárquica u obligándola a reconvertirse es un estamento social capitalista adecuado para receptar el cambio.

El camino que Colombia tiene por delante es difícil. El recuerdo de los más de 220.000 muertos cobrados por la violencia va a seguir pesando sobre la memoria de los vivos, y los millones de campesinos o descendientes de campesinos desplazados por la guerra que hoy subsisten en la precariedad de las periferias urbanas, van a requerir soluciones urgentes. Pero el paso inicial está dado. Y es el más importante. Esperemos que ninguna mano negra surja de las profundidades del horror vivido para volver a sabotear la ruta a recorrer, larga y difícil todavía.

NOTA

[i] De Bolívar, sí, pues en la época de la Independencia la Gran Colombia incluía a Venezuela, cuna del Libertador.

* El escritor y periodista Enrique Lacolla rastrea en lo que fue el conflicto más largo y sangriento en Latinoamérica. Al tiempo de paz prometido se cierne la amenaza de una derecha armada, de palabras y hechos.

Fuente: http://www.enriquelacolla.com/sitio/notas.php?id=489