¿POR QUÉ ACUERDO NACIONAL POR EL CAMBIO ES LA IZQUIERDA Y NO ALIANZA PAÍS? Por Mónica Mancero Acosta

05 de octubre 2016

Cuando hablo de la izquierda en el Ecuador no hablo de los partidos autocalificados de izquierda solamente. Hablo de ellos, pero también de los colectivos, movimientos de trabajadores, de indígenas, de campesinos, de estudiantes, de mujeres, de maestros, de profesionales, de empleados, de académicos e intelectuales que buscan transformaciones en las esferas de acumulación económica, en el ámbito de las relaciones sociales y políticas de dominación, así como en las representaciones simbólicas y culturales.

No existe una única manera de ser de izquierda, existe una izquierda política y una izquierda social; la izquierda política no puede pretender desconocer a la izquierda social. A ambas las ha atacado el correísmo, bajo el sofisma de que ellos si son la auténtica izquierda, moderna y pragmática. Se han arrogado la representación de la izquierda política ecuatoriana y lo siguen haciendo, incluso a nivel internacional, como acabamos de constatar con los encuentros de lo que denominan Elap (Encuentro Latinoamericano Progresista), a los que curiosamente nunca invitan a los partidos y movimientos de izquierda.

La izquierda en el Ecuador ha cometido varios errores. Uno de los últimos, precisamente, fue pensar que una persona como Rafael Correa podía transformar el país. Correa, procedente de la academia, sin vínculo con las demandas, luchas y reivindicaciones en el país, sino más bien procedente de círculos cristianos conservadores, se convirtió de pronto en la personificación de esas luchas en el 2006. La izquierda aupó a Correa y él traicionó ese programa, a esos actores y sus demandas. Pero no solo eso, sino que además descalificó, persiguió, enjuició, cooptó y dividió a esos sectores y colectivos sociales.

La izquierda se equivocó en darle su apoyo, aunque más tarde o temprano las distintas facciones de izquierda se retiraron o rompieron esta alianza. Correa instrumentalizó a la izquierda, puesto que usurpó sus discursos, luchas y reivindicaciones, y terminó haciendo un gobierno de carácter autoritario y cada vez más apegado al neoliberalismo, sin desconocer algunos aspectos de cambios ocurridos, pero que en balance ni de lejos permite que se inclinen a su favor. El correísmo, al igual que en su momento lo hiciera el peronismo, ha dividido a la izquierda ecuatoriana creando organizaciones paralelas como las que están dentro de la penosamente denominada CUT (Central Unica de Trabajadores). Por tanto, su estrategia ha sido profundamente desmovilizadora y no ha respetado la autonomía y los procesos de este movimiento, por más debilidades que tenga.

No obstante, si un opositor orgánico ha tenido el correísmo ha sido la izquierda, que no ha descansado durante esta década en luchas como la defensa del Yasuní, la despenalización del aborto, como la lucha contra la corrupción, la lucha antiminera, por el agua, la lucha por los derechos de las mujeres, las protestas por la autonomía universitaria y un sistema justo de ingreso de los estudiantes, la lucha por la seguridad social y derechos de los trabajadores.

Sin embargo, para la izquierda no ha sido fácil desplegar estas batallas, ha debido soportar insultos, persecución, juicios y otras humillaciones. No se trata de victimizarla, no se trata de que sean la condensación de lo popular, lo prístino, la vanguardia, ni que se las mitifique, como algún despistado articulista del Telégrafo lo ha dicho. Al contrario, ellos son los que pretenden mitificar la Revolución Ciudadana, sin conseguirlo.

No se confundan los correístas, esas organizaciones tienen conflictos, disputas, errores, y expresiones frecuentemente fragmentadas. Pero ellas son el tejido de una sociedad organizada en el país que ha podido enfrentar al propio neoliberalismo. El correísmo las cooptó y formó organizaciones paralelas ¿con qué propósito? Pareciera que fue para desmovilizarla, paralizarla, y ahora abrirle el paso a la derecha, con el objetivo de que implemente su catálogo neoliberal, el cual el propio correísmo se ha encargado de iniciar.

La relación izquierda y movimientos sociales es una relación casi natural, aunque no por ello deje de ser conflictiva, al menos eso es lo que encontramos en las experiencias de América Latina. Por ello, Alianza País no puede ser izquierda, porque se desentendió y desconoció, no solo a sus dirigentes, sino las demandas y reivindicaciones de estos colectivos. Un sujeto político no puede ser transformador porque haga obra pública como carreteras o amplíe el aparato burocrático del Estado. Lo es porque pretende transformar, y una vez en el poder, despliega acciones para trastocar, aunque sea parcialmente, las relaciones de dominación en la esfera de lo político, de lo económico y de lo cultural y simbólico. No obstante, no encontramos ninguna transformación sustancial ni de los patrones de acumulación en el país, tampoco en democratización y participación, y menos aún en la construcción de renovadas identidades políticas.

Por el otro lado, hay que decirlo claro, durante el correísmo la izquierda puso el cuerpo, ahora la derecha quiere llevarse los votos. Hoy, defender las garantías liberales frente al correísmo aparentemente acercan la derecha a la izquierda. Sin embargo, no hay que confundirse, como algunos políticos lo están haciendo. Ahí tenemos a César Montúfar, Paúl Carrasco, Marcelino Chumpi, quienes piensan que el anticorreísmo es una unidad. No es así, es una falsa unidad. Por la sencilla razón – aunque incomprensible para algunos – de que los motivos que nos separan no son los mismos. Temas de fondo son los que nos distancian, por más que el correísmo ha sido prodigioso en unir fuerzas en su contra: el Estado y su rol, la necesidad de redistribución para vencer las desigualdades, la urgencia de empoderar a la sociedad para que a su vez ejerza controles sobre el propio Estado. En fin, la agenda de la izquierda es amplia y no es compartida por la derecha. Ni por la derecha correísta ni por la derecha anticorreísta.

Dado que Correa usurpó el discurso y los significantes de esa izquierda, hoy, de cara a las elecciones, resulta realmente complicado poder posicionarlos nuevamente en el imaginario político nacional. Se requiere de habilidad y de persistencia. Solo un elector bien informado puede entender que las luchas propuestas en la campaña del correísmo fueron instrumentalizadas para llegar al poder y luego no fueron cumplidas. El hartazgo del correísmo lleva a que fácilmente se posicionen los discursos de la derecha anticorreísta. El sentido común neoliberal se difunde en el país, a causa del rechazo del correísmo.

Pero el programa de la izquierda no puede ser abandonado, y por eso ahora, el Acuerdo Nacional por el Cambio ha aprendido algunas lecciones del pasado. No quiere decir que sea infalible y no se vuelva a equivocar, pero hemos visto un proceso consistente, programado, progresivo y concertado de unidad de la izquierda. Esta izquierda no ha querido hacer unidad con la derecha en contra del correísmo como han pedido, de forma casi obscena, los medios de comunicación, la propia derecha, y dirigentes de izquierda que se han ido tras esos cantos de sirenas. La derecha lo que realmente pretende es volver a instrumentalizarla, puesto que saben que aún, a pesar de los golpes cotidianos del correísmo, de la división obstinada y progresiva que fue objeto, esa izquierda ha sido la protagonista más visible y valiente de la resistencia al correísmo. Pero bien hace Paco Moncayo en decir que no solo hay que buscar la unidad, sino que hay que tener coherencia en la unidad propuesta. Por eso no caben alianzas con ninguna de las dos derechas.