LA VIDA TAL COMO LA CONOCEMOS NO VA A SER POSIBLE SI CONTINÚAN LAS POLÍTICAS EXTRACTIVAS Y LA QUEMA DE COMBUSTIBLES FÓSILES”. Entrevista a Edgardo Lander (Parte 2)

20 de diciembre 2016

Edgardo Lander es sociólogo venezolano. Graduado en Harvard, es uno de los más destacados pensadores y autores sobre la izquierda en Venezuela. Es miembro del grupo de investigación sobre Hegemonías y Emancipaciones del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y forma parte del comité ejecutivo del Consejo Hemisférico del Foro Social de las Américas. Es miembro del grupo permanente de la Fundación Luxemburg de Quito, e investigador asociado del Transnational Institute.

En los últimos diez años (quince en la caso de Venezuela) los gobiernos progresistas de América Latina han intentado superar la barrera del mundo ‘desarrollado’.  Hay avances, pero son relativamente pocos y el sistema económico no ha variado. Ahora con el regreso de la derecha y la crisis que nos trajo la caída del precio de los ‘commodities’, parece cada vez más evidente, como usted señala, que en el futuro habrá mucha gente en este mundo sin derechos, sin derecho a nada. ¿Es hora de abandonar el esfuerzo y buscar otra estrategia?

Absolutamente. Hay un grupo de trabajo permanente de la Fundación Rosa Luxemburg aquí en Quito, con gente de toda América Latina,  que viene funcionando durante varios años y que cuestiona la idea del desarrollo y proponiendo alternativas.  Son cosas que se vienen discutiendo durante algún tiempo en América Latina y en este sentido los trabajos de Arturo Escobar son un importe ayuda para ver cómo esta apuesta por el ‘desarrollo’ ha implicado la reproducción de unas lógicas coloniales que convierten esta noción de desarrollo en una sistemática guerra cultural contra otras formas de vida, en la que, por ejemplo, la forma de vivir de cualquier grupo  indígena es considerada atrasada, primitiva y por eso hay que superarla.

Esta idea tiene una larga historia en el carácter colonial del pensamiento de las ciencias sociales modernas. La sociología y la antropológica de desarrollo eran concepciones que utilizaban una suerte de matriz respecto a cómo debe ser la sociedad: debía ser homogéneo culturalmente, de clase media, de familiar nuclear, y cuando esta matriz se coloca sobre otra sociedad esa sociedad es considerada carente… la forma de familia no corresponde, la concepción del tiempo no corresponde, la disciplina del trabajo no corresponde. Entonces todas estas cosas se consideran patologías que requiere que un experto venga y transforme.

Esto ha sido un atropello en un planeta en donde la posibilidad de reproducir los patrones de vida y consumo del Norte es una radical imposibilidad, porque el planeta no da para ello. Simultáneamente, se continúa ofreciendo esto como lugar de llegada y se está permanentemente intentando destruir otras rutas, otras vías, otras culturas, otros imaginarios que de alguna manera podrían abrir la posibilidad de pensar la vida de otra forma.

Por ejemplo, para un habitante de una ciudad industrial del Norte que tenga varias generaciones viviendo dentro de la sociedad industrial, siquiera imaginarse que la vida podría ser de otra manera es casi una imposibilidad, o es un cosa que requiere un proceso complicado de imaginarse una utopía, pero una utopía que de alguna manera no tiene un sustento en raíces o en memorias porque carece de referentes

Hay algunos lugares, inclusive en Europa, donde los referentes sobreviven como el uso común de los bosques etc. Pero cuando pensamos desde América Latina, cuando pensamos desde la India, desde algunos lugares del África hay opciones de vida que sí existen; hay memorias, hay formas de hacer y conocer, hay formas de entender la naturaleza que contrastan con la forma binaria de objeto sujeto que ha tenido la modernidad del occidente. Acá tenemos en esa diversidad de pensamiento del Sur la posibilidad de otros imaginarios, otras memorias, otras formas de pensar. Sabemos que es posible vivir de otra manera y eso es una precondición para resistir y para actuar en la construcción de algo distinto, porque si uno no crea que sea posible, se resigna.

Pero volvamos al inicio. Aun cuando estamos de acuerdo con el análisis, vivimos en un mundo en el que la televisión nos somete a una suerte de lavado de cerebro; los programas de EE.UU. por ejemplo nos muestran una supuesta vida ideal donde las familias tienen casas grandes y lujosas, tres caros y plasmas por todo lado. La pregunta por tanto es ¿cómo vamos a convencer a la gente de aquí que ese mundo es irreal, que no es posible para todos y que necesitamos pensar e imaginar de otra forma, que necesitamos políticos que piensan de otra forma?

Es complicado, no hay respuestas fáciles. Por ahora en el sentido de que el capitalismo ha logrado penetrar en la subjetividad de una muy elevada proporción de la humanidad y las expectativas están construidos desde esta perspectiva. Mencionaste los medios de comunicación, bueno, los niños de dos o tres años están mirando la televisión y aprendiendo que es el debe ser, eso es posible, es lo que debe querer. Entonces uno de los problemas fundamentales de la experiencia de la gente progresista, incluyendo la gente que planteó una ruptura radical con el capitalismo en Venezuela  con un discurso de mucha confrontación, es que terminamos montando su legitimidad sobre la capacidad de satisfacer las necesidades construidas por el capitalismo. Y para hacer eso la única fuente inmediata de recursos era el extractivismo, en el caso de Venezuela el petróleo. Entonces cuando desde sectores ambientalistas se crítica el extractivismo hay que darse cuenta de que el extractivismo corresponde a una situación estructural del modo de la inserción de las economías en la división internacional de trabajo y del capital y que estos gobiernos que para ser elegidos pretenden mantener su identidad sobre la base de satisfacer las necesidades de la población no pueden apelar a corta plazo a ningún otro recurso que el extractivismo.

Entonces el tema del reto de la transformación de estos imaginarios es, por supuesto, el reto más complicado, porque estos imaginarios se están transformando en procesos de construcción comunitaria. Cuando la gente dice NO a la minería, a la explotación de petróleo, a una empresa grande, no solo está diciendo NO, está diciendo no porque está defendiendo algo distinto. Y si no tiene totalmente claro lo que es que está defendiendo, en la lucha del NO lo va construyendo. Aquí por ejemplo, la experiencia de los frenos sucesivos a la entrada de la gran minería en el valle de Intag, no fue solo un asunto del NO, sino que se sabía de alguna manera que para resistir las políticas del estado era necesario demostrar que había otras formas de vivir. Y eso les obligó a pensar y repensar y crear cooperativas de producción de café por ejemplo.

La resistencia no es solo resistencia porque sí, y no es solo la recuperación de lo ya existente, sino de crear alternativas, y esto está sucediendo en muchas partes. Hay varios problemas sin embargo. En el discurso político en los medios, en la televisión, por ejemplo, este proceso ha sido invisibilizado, como si no existiera, o es presentada como cosa ‘folklórica’. Pero resulta que lo que aparece como minoritario o folklórico puede tener capacidad de expansión.

El problema sin embargo es los tiempos. ¿Cómo logramos detener esta acelerada maquinaria de guerra, esta transformación del clima planetario, la extensión de la frontera agrícola hacia grandes extensiones de tierra en América Latina? Hasta hace muy poco mucho estaba fuera del alcance del capital porque estaba muy lejos o el costo de explotar era muy alto, pero resulta que todas esas barreras se van eliminando hasta que ya no hay límites. Por eso nuestro discurso tiene que ir en contra de esa aceleración del extractivismo.

Lamentablemente temo que ocurra algún desastre relacionado con el cambio climático  como o la incapacidad de la tierra de resistir a ese patrón de vida de consumo para todos antes de que la gente se dé cuenta de que las amenazas son reales. El problema es que si preguntamos a gente de cualquier parte del mundo si cree que el planeta tiene límites o que el cambio climático es real (tal vez con la excepción de EE.UU.) la gran mayoría diría que sí,  pero decirlo es una cosa pero incorporar ese conocimiento en la vida cotidiana es otra.