SABER LO QUE ES OLVIDO. UN ACERCAMIENTO A LA ÚLTIMA NOVELA DE CARLOS ARCOS Por Santiago Carcelén Cornejo

Enero 12 de 2017

Hablar del olvido es hablar de desmemoria, de ocultamiento, de aquello que se quiere guardar como secreto bajo un manto de silencio  y que bien podría vivir camuflado en los rincones más obscuros de la consciencia.  Las razones  pueden ser múltiples, como múltiples y a veces indescifrables suelen ser las conductas humanas: violencia, vergüenza, indiferencia, castigo, cálculo premeditado, envidia; todas esas pequeñas y no tan pequeñas pasiones humanas. Sin embargo, hay momentos en la vida de las gentes en que el silencio se convierte en un grito ensordecedor que se torna imposible de  encubrir. Un álbum de fotos, unas cartas, un par de pinturas, una evocación de un ser querido, pueden convertirse en resortes que arrinconan y que se clavan como aguijones en la memoria y que piden a gritos salir del subterráneo al que han sido confinados,  como si se tratara de una injusta condena a prisión perpetua.

De esto es precisamente de lo que se ocupa la última novela de Carlos Arcos Cabrera: Saber lo que es Olvido. A diferencia de sus anteriores obras, lo que va a caracterizar a su nueva propuesta, es que se trata de una novela Coral; es decir, una novela polifónica, narrada por múltiples voces, en distintos momentos históricos y con una particularidad: todas las voces son femeninas. Para lograr su objetivo, al autor ha armado una estructura narrativa compleja, no lineal, que se desarrolla en tres momentos históricos entrelazados y en tres escenarios distintos: en el Ecuador, en la España de la Guerra Civil de los años treinta del siglo pasado y en el Chile de Salvador Allende y de Augusto Pinochet, allá al inicio de la década de los setentas. El eje narrativo está conducido por un personaje ya conocido: María Clara Pereira, la protagónica de Memorias de Andrés Chiliquinga, que cobra una vez más vida para contarnos una nueva historia que le sobrepasa y le pertenece. Lo hace de la manera más clásica, como si se tratara de una narradora omnisciente del siglo XIX; narra su encuentro con  Ximena Acuña, una pintora a quien conoce en la playa de Monpiche y de la que se va a enamorar perdidamente, su convivencia con ella en Quito, y en ese descubrirse, con sus presentes y pasados; como suele suceder cuando se inicia una relación amorosa, irán apareciendo otros personajes, que paulatinamente se irán tornando protagónicos en la medida que se desarrollan sus historias personales.

Las mujeres de esta historia, todas tienen algo que les asemeja: son personajes fuertes, sólidos, capaces de enfrentarse contra un mundo dominado por los patriarcas, y al enfrentar de esa manera su existencia, sin duda que tienen que pagar un precio muy alto: el desprecio, el encierro o el olvido.

El autor devela a una sociedad cargada de prejuicios machistas donde la falocracia es lo dominante y las mujeres tienen que cargar a sus espaldas con esos fardos  ignominiosos. Falocracia que se expresa en todos los órdenes de la vida: en lo político, en lo social, en lo familiar, en lo religioso. Es decir, en todos los ámbitos de existencia de cualquier ser humano. Lo hace de manera frontal, sin hacer concesiones al lector y con ello corre los riesgos inevitables de ser mal interpretado. Pero para eso mismo es la creación literaria o cualquier otra.

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Es interesante rescatar en la obra el manejo del lenguaje. Por un lado, el que tiene un carga intelectual fuerte (María Clara-Ximena Acuña), y por otro lado, el coloquial con Helena, Lolita y la tía Chabica. Unidades discursivas que con un engranaje casi matemático, sin estorbarse, se necesitan y cumplen a cabalidad sus respectivas funciones.

Además, describe los distintos entornos en los que se desarrolla la novela con una  minuciosidad  casi fotográfica que el lector puede observar los senderos por los que se desplazan los personajes.

Es una novela que por la forma como está escrita se acerca mucho a lo cinematográfico. Sin duda se trata de una novela visual, donde los personajes se presentan ante mis ojos como seres de carne y hueso que pasan junto a mí con sus trajes, con sus formas de caminar, con sus gesticulaciones, con sus alegrías y sus tristezas, con sus desenlaces, con sus vidas que continúan o con sus muertes que los diluyen.

Juega con los tiempos históricos, reconstruye el pasado, no solo con el afán de recuperar la memoria oculta, sino aquello que apremia actualmente a los colectivos humanos: recuperar su propia identidad.