LA PATRIARCALIDAD EMERGENTE. A PROPÓSITO DEL NUEVO GOBIERNO EN LOS ESTADOS UNIDOS Por María Arboleda*

Kellyanne Conway y Donald Trump

Enero 17 de 2017

Cerca de ocurrir el triunfo de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos -cuya propuesta ha llegado cargada de misoginia, de mensajes agresivos contra diversos colectivos humanos y contra paradigmas del Estado de derecho- los reflectores enfocaron hacia una mujer: Kellyanne Conway, directora de su campaña y “la primera mujer en la historia de Estados Unidos que dirige la campaña presidencial de un candidato ganador”.[1]

Kellyanne Conway dice profesar una ética postfeminista de No reclamos, no diferencias, no fronteras sociales, no género, no ideologías: “Una de las cosas más importantes que les digo a mis hijos es que el trabajo duro recompensa. No puedes rendirte. No puedes quejarte. Nunca puedes reclamar que es injusto o desigual”.

En 2005, Conway publicó un libro en coautoría con la demócrata Celinda Lake donde afirmó que “’una base unida y poderosa de mujeres (…) está redefiniendo Estados Unidos más que la política y que actúan de manera que ‘a veces borran todas las líneas habituales de división: política, raza, religión, edad, clase’”. En su libro, con base en resultados de dos amplias encuestas, las autoras sostuvieron que “Estados Unidos era ‘mujer-céntrico’” y que “’Las tendencias nacionales más importantes son dirigidas por mujeres y trascienden diferencias políticas’”.    

‘No se confundan, de día soy un hombre’

Por si hubiera algún equívoco acerca del carácter del lugar a donde supuestamente “las estadounidenses” han llegado, las declaraciones de Conway a la revista The New Yorker (citada en Univisión) lo dejan en claro: “He estado en un negocio muy dominado por los hombres durante décadas…Aprendí, particularmente pronto, que hay mucho espacio para la pasión pero muy poco para la emoción… Le digo a la gente todo el tiempo: ‘No se confundan, de día soy un hombre'”.[2]

Para Conway y Lake, el problema de las estadounidenses es que su llegada a la meta solo precisa reconocimiento. “Hoy estamos decididamente en una era postfeminista. Las mujeres no están luchando por un sitio en el establishment. Son el establishment”, escribieron. “Las mujeres se han convertido en la norma y quieren una América que refleje mejor su imagen” (Univisión, op. cit.).

Según el imaginario de Kellyanne Conway, es en esta zona normativa que ahora debe corresponder a las mujeres donde anida un debate que debemos retomar: ¿es posible dar por sentada la posibilidad de una coherencia antipatriarcal en el Estado y democracia vigentes? Digo que, si bien el horizonte democrático factible actualmente parece ser la igualdad -o al menos lo que ciudadan@s como Conway conceptúan como igualdad- es difícil que dicha perspectiva sea la antipatriarcalidad.

La patriarcalidad emergente

Discutir si una participación igualitaria de las mujeres en el gobierno, las instancias de representación, las entidades públicas y el quehacer político en general aportan contenidos políticos antipatriarcales, es un tópico que va y viene en las esferas feministas. Este regreso permanente del debate alude a lo que queremos llamar -parafraseando el concepto de colonialidad introducido por Aníbal Quijano-, la existencia de una patriarcalidad atrás de la igualdad: es decir, no un sistema material y explícitamente patriarcal, que ya viene siendo reformado en numerosas leyes y normas, sino la persistencia de simbolizaciones y formas de organización y poder patriarcales que subsisten e informan subterráneamente las prácticas sociales, evitando de este modo la continuación del proceso de cambio antipatriarcal, a pesar de que se hayan conseguido la paridad o cualquier otra meta de igualdad propuesta por las mujeres.

Hace mucho sabemos que la diferencia sexual está inscrita en la polaridad conflictiva de la polis y el oikos, construidos en Grecia como territorios antitéticos: la polis (ciudad-estado) perteneciendo a lo masculino y el oikos (el hogar) a lo femenino. El mayor riesgo de discursos de poder y de aparente liberación como el de Kellyanne Conway, es que filtran dominaciones patriarcales naturalizadas e interiorizadas -personal y socialmente-, independientemente del género de los sujetos (o sujetas) que porten y ejerzan el poder. Kellyanne Conway vuelve necesario recordar que la exclusión y la subordinación de género no se  constituyen apenas en territorios prohibidos en los que las mujeres y otros excluidos debemos incursionar. Nada mejor que las frases de la tarjeta de presentación de Kellyanne Conway (‘No se confundan, de día soy un hombre’) para mostrar que la transformación puede y debe ir más allá de habitar territorios que nos son vedados o incluso de mover o resignificar las fronteras entre ellos, como ha venido ocurriendo en las últimas décadas con los ámbitos de Lo privado y Lo público.

 El retorno del oikos a la política

 En 1997, Judith Astelarra mostró que el carácter patriarcal de la polarización polis/oikos no consiste solamente en el privilegio de la política y los derechos otorgado a los hombres, sino sobre todo en la subvaloración simbólica y enclaustramiento de las necesidades humanas en el oikos.

Para Astelarra, enclaustrar la producción, reproducción y cuidado de la vida en el espacio doméstico hizo posible casi dos milenios en que la política pretendió postularse como liberada del mundo de las necesidades (de la vida).  Esto fue así hasta que las exigencias de un gran movimiento social de trabajadores industriales empobrecidos de fines del siglo XIX, dio nacimiento al Estado de bienestar en la Europa del temprano siglo XX. Modelo de Estado que debió responder al agravamiento de las desigualdades asumiendo necesidades como la educación, la salud, la vivienda, la maternidad, la ancianidad, en fin, una parte de lo que las feministas llamamos “los cuidados”, que hoy, cada vez más, se niegan a asumir los nuevos gobernantes de las democracias liberales del capitalismo de la precariedad en que vivimos.

Judith Butler, en una entrevista con ocasión del triunfo de Trump, critica esta negación y ocultamiento del mundo de las necesidades como un sesgo patriarcal sexista que pervive en los preceptos de la democracia, incluso en la obra de pensadoras como Hannah Arendt. De este modo, la política sigue siendo posible solo para “los cuerpos bien alimentados”. En La Condición Humana, según Butler, Arendt

(..) hace claramente una distinción entre actividad doméstica privada –la reproducción o el sueño; todas esas actividades, que se supone reproducen el cuerpo, no son políticas– y el dominio político (que) es el que figura el presumible cuerpo bien alimentado. La idea de Arendt, de los principios democráticos, asume que el alimento es distribuido, que está disponible, que alguien va a ser albergado, que no van a enfermar sin que haya disponible asistencia médica. Pero, por supuesto, el problema es que, dados los tiempos de precariedad en los que vivimos, existen muchos requerimientos básicos para vivir por los cuales estamos luchando: ¿quién tiene cobijo? ¿Quién tiene atención médica? ¿Quién puede moverse a través de una frontera? Estos son temas políticos que pertenecen fundamentalmente al sostenimiento y movilidad corporales. No podemos tener derecho de asociación o asamblea, o incluso de expresión, sin presuponer una vida corporal.(Butler, 11/2016,  ver: https://www.revistapaquidermo.com/archives/13308)

Como seres cautivos que somos –sujetados– al mundo de la necesidad, las funciones del cuidado, como afirma Judith Butler en la entrevista citada, se vuelven cada vez más el continente de lo político puesto que están siendo negadas de un modo que pone en peligro la sobrevivencia de millones de humanos y humanas.

Creo que la precariedad se ha convertido en un concepto político más importante. La especialista Isabel Lorey sugiere que es una condición económica y política que realmente pertenece a nuestro presente. El proletariado son trabajadores que no están recibiendo un pago suficiente para comer o vivir mejor, pero el precariado [precariat] es una categoría diferente. Las vidas precarias puede que no tengan ni siquiera trabajo. Puede ser que tengan y pierdan el trabajo rápidamente. Pueden ser trabajadores transitorios. Puede ser que tengan albergue y lo pierdan el próximo día. El futuro es radicalmente impredecible. (Butler, 11/2016,  ver: https://www.revistapaquidermo.com/archives/13308)

“Las estadounidenses” de Kellyanne Conway

Actualmente no se discute que la división sexual del trabajo fue uno de los contenidos fundantes del Estado, responsable de asegurar a los hombres el control sobre las mujeres y sus recursos de vida y reproducción (Engels). Contenidos que han trascendido todos los modos históricos de existencia social y encontrado formas de operar bajo los más diversos esquemas societales para el dominio de unos hombres sobre otros (las mayorías), de todos los hombres sobre las mujeres (Marx & MaKinnon) y de unas razas autoreferidas sobre las demás (Quijano).

Ahora que cada vez más las mujeres luchamos por emanciparnos, la emergencia de la patriarcalidad es la forma en que la vieja hegemonía masculina sobre la sociedad se resiste a cambiar el orden sexuado que atraviesa todos los ámbitos sociales. Colocar a los cuidados en el lugar central de la política y de la vida, tanto para los hombres como para las mujeres, es parte de una propuesta antipatriarcal con que las mujeres luchamos por cambiar el estatuto reprimido y denigrado del oikos así como la feminización del trabajo doméstico, mediante la construcción de un Logos antipatriarcal que junte y tiña con pautas liberadoras ambos territorios (polis y oikos) en nuevas formas de socialidad que quizá hagan posible dispositivos de comunidad y/o estatalidad-otras, no invasivas, de no-dominancias ni hegemonías, plenamente incluyentes y (re) creativas.

Son temas que cobran urgencia en estos tiempos de precariedad y de retorno de ideologías neoconservadoras que postulan, entre otras cosas, Estados autoritarios, una drástica limitación de los programas de cuidados en especial para los más pobres y, en el remake patriarcal de Kellyanne Conway: “las mujeres” disfrutando “el reino de la igualdad”. A diferencia de quienes postulan al Estado como una estructura neutra dotada de una racionalidad capaz de contener la justicia, cada vez, es más evidente que sin cambios en las relaciones de inequidad y sin trasformaciones en las prácticas materiales y simbólicas de vida, solo estaremos arañando la cáscara de la patriarcalidad y de la desigualdad.

Por ello también es necesario repensar qué queremos como Estados y democracias igualitarias. Discutir el tema de los cuidados, que el patriarcado subsumió como obligaciones de las mujeres y los niños en la penumbra simbólica del oikos -y que el Estado de bienestar ha intentado por un corto período histórico asumir como políticas públicas del capitalismo-, no es un interés de lideresas como Kellyanne Conway, en cuyo universo, al que llama “Las estadounidenses”, la luz de los reflectores no ilumina las necesidades de sus compatriotas situadas por debajo de la línea elitista de l@s “ricos, guapos y famosos” y predominantemente blancos.

Estas y otras constataciones que hacemos muchos seres humanos en el mundo, son las que nos llamen para levantar nuevas plataformas organizativas y luchas.  Las trasformaciones emancipadoras que buscamos son de ciclo largo pero deben tener tácticas que vayan concretando y anudando los cambios. Que permitan avanzar más allá de los “salarios dignos” para trabajadores, sobre todo para las mujeres, a las que se promueve como insertadas de modo subordinado y precario en los mercados. Que deconstruyan la patriarcalidad, esta idea falsa de “haber llegado” y que “somos el establishment” como propone Conway. Que nuestros objetivos de igualdad aporten a poner fin a la precariedad (económica, política, cultural y social), a la depredación de la Naturaleza y a la patriarcalidad. Como en muchos otros campos, posiblemente de las praxis provendrán las luces.

Es cierto: aún necesitamos de las políticas públicas. Pero hemos llegado a un punto en el que cuestionar la patriarcalidad requiere encontrar modos teórico-prácticos de cuestionar el Estado patriarcal y ya no solo de formular políticas públicas (Feministas dixit).

[1] http://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-37981153

[2] http://www.univision.com/noticias/elecciones-2016/la-mujer-que-puede-salvar-a-donald-trump

* Primera versión de la Introducción en: Arboleda, María (2017). Poderes locales para la igualdad y la diversidad: un repaso a 25 años de  siembra del género a nivel local. En Falú, Ana et al (2017),  “El enfoque de género en las políticas públicas locales: de la teoría a la igualdad sustantiva como meta”, Unión Iberoamericana de Municipalistas UIM, Madrid (próximo a publicarse).