PIENSA LOCAL, ¡ACTÚA GLOBAL! Por Slavoj Zizek

¿EL AUGE DE LOS POPULISMOS PUEDE SIGNIFICAR LA DERROTA FINAL DE LAS DEMOCRACIAS LIBERALES?

Febrero 9 de 2017

Un par de días antes de la toma de posesión de Trump, Marine Le Pen fue vista sentada en el café de la Torre Trump en la Quinta Avenida, como si esperase ser convocada por el presidente electo. Aunque no se vieron, lo que pasó días después de la toma de posesión parece consecuencia de ese fallido encuentro: el 21 de enero, en Coblenza, representantes de los partidos de la derecha populista europea se reunieron bajo el lema Libertad para Europa. El encuentro lo lideró Le Pen, que instó a los votantes europeos a “despertarse” y a seguir el ejemplo de estadounidenses y británicos; predijo que las victorias del Brexit y Trump desencadenarían una ola imparable de “todos los dominós de Europa”. Trump dejó claro que “no apoya ningún sistema de opresión de los pueblos: 2016 ha sido el año del despertar del mundo anglosajón. Estoy seguro de que 2017 será el año en el que despertarán los pueblos de Europa continental” (The Guardian).

¿Qué significa despertar en este contexto? En su Interpretación de los Sueños, Freud relata uno aterrador: es de noche y un padre exhausto se encuentra velando el ataúd de su joven hijo cuando se queda dormido y sueña que éste se le acerca en llamas formulando un terrible reproche: “Padre, ¿no ves que estoy ardiendo?”. Poco después se despierta, y descubre que una vela ha caído sobre la mortaja de su hijo y ésta ha comenzado a arder; el padre había introducido en su sueño del hijo ardiendo, el humo que olía para poder seguir durmiendo. Así pues, ¿se despertó el padre cuando el estímulo externo (el humo) se volvió demasiado fuerte para contenerlo en el escenario onírico? ¿O fue más bien al contrario, que el padre creó el sueño para seguir durmiendo, y evitar el desagradable despertar? Como quiera que fuese, lo que encontró en el sueño -la pregunta literalmente ardiente, el terrorífico espectro de su hijo formulando el reproche- fue aún más insoportable que la realidad, así que se despertó para huir a esa realidad exterior. ¿Por qué? Para continuar soñando, para evitar el insoportable trauma de la culpa por la dolorosa muerte del hijo. ¿Acaso no sucede lo mismo con el despertar populista?

Ya en los años 30, Adorno apuntaba que la proclama nazi ¡Despierta Alemania! significaba en la práctica exactamente lo contrario: ¡Seguid nuestro sueño nazi (el de los judíos como enemigo externo que destruye la armonía de nuestras sociedades) para poder seguir durmiendo! Dormir y evitar así el crudo despertar, ¡el despertar a los antagonismos sociales que afectan a nuestra realidad social! Hoy en día, la derecha populista está haciendo lo mismo: nos llama a “despertar” ante la amenaza de la inmigración para que podamos seguir soñando, o en otras palabras, ignorando los antagonismos que recorren de arriba a abajo nuestro capitalismo global.

El discurso inaugural de Trump fue, claro está, ideología en estado puro, un mensaje simple y directo basado en una serie de incongruencias bastante obvias. Como dice el refrán, el diablo está en los detalles. En lo más elemental, el discurso de Trump suena como algo que podría decir el propio Bernie Sanders: hablo por toda la clase trabajadora olvidada, ignorada y explotada, soy vuestra voz, el poder está ahora en vuestras manos…

Sin embargo, y dejando aparte el evidente choque entre estas proclamas y los primeros nombramientos de Trump (¿cómo puede Rex Tillerson, secretario de Estado de Trump y director ejecutivo de Exxon Mobil, ser la voz de la explotada clase trabajadora?), hay una serie de detalles que dan a su mensaje un sentido concreto. Trump habla de las “élites de Washington”, no de capitalismo ni grandes banqueros. Habla de dejar de hacer de policía global, pero promete acabar con el terrorismo musulmán, impedir los ensayos armamentísticos norcoreanos y contener la ocupación china de las islas del Mar del Sur de China… De modo que lo que obtendremos de todo esto es intervencionismo militar global ejercido directamente en favor de los intereses americanos, sin la máscara de los derechos humanos y la democracia. En los años 60, el eslogan del incipiente movimiento ecologista era ¡Piensa global, actúa local!. Trump promete hacer exactamente lo contrario: Piensa local, actúa global.

Hay cierta hipocresía en la crítica de los liberales al eslogan América primero, como si no fuera lo que hace en mayor o menor medida cada país, como si América no hubiera desempeñado un papel global precisamente porque le interesaba… Pero en ¡América primero! subyace un triste mensaje: acabado su gran siglo, América se resigna a ser uno más entre el resto de países. La gran ironía es que los izquierdistas que durante tanto tiempo criticaron a Rusia Unida por sus pretensiones de convertirse en el policía global podrían acabar añorando los viejos tiempos en los que, con toda la hipocresía que conllevaba, Estados Unidos imponía valores democráticos al resto del mundo.

Pero lo interesante del discurso inaugural de Trump (y lo eficiente) es que sus incoherencias reflejan las incoherencias de la izquierda liberal. No me canso de repetir que la derrota de Clinton fue el precio que tuvo que pagar por neutralizar a Bernie Sanders. No perdió porque se situara demasiado a la izquierda, sino precisamente porque era demasiado centrista para atraer la revuelta contra las clases dirigentes que hizo progresar a Trump y a Sanders. Trump les recordaba la realidad medio olvidada de la lucha de clases, aunque de una forma populista y distorsionada, claro está. La rabia de Trump hacia las clases dirigentes fue una especie de reacción a lo que había reprimido la política liberal moderada de izquierdas, más preocupada por temas culturales y políticamente correctos. Trump envió a esta izquierda su propio mensaje dado la vuelta. Por eso la única forma de responder a Trump sería apropiarse completamente de esa rabia antiestablishment, y no rechazarla como una primitiva forma de white trash (basura blanca).

Como era de esperar, la reacción liberal al discurso inaugural de Trump estuvo plagada de análisis más bien simples y apocalípticos -baste con mencionar a Chris Matthews, moderador de la MSNBC, que detectó en todo ello un “trasfondo hitleriano”-. Una visión agorera de este tipo va típicamente acompañada de comedia: la arrogancia de la izquierda liberal encuentra su más auténtica expresión en ese nuevo género que es la tertulia cómico-política (Jon Stewart, John Oliver…), que representa la pura arrogancia de la élite intelectual liberal. Pero el aspecto más depresivo del período poselectoral en Estados Unidos no son las medidas anunciadas por el presidente electo, sino cómo la gran mayoría del Partido Demócrata está reaccionando a esta histórica derrota: van del horror ante ese lobo malo llamado Trump que provoca pánico y fascinación, al otro extremo, la normalización de la situación, la idea de que no ha sucedido nada extraordinario, que es simplemente otro giro en la alternancia de presidentes republicanos y demócratas: Reagan, Bush, Trump… En este sentido, Nancy Pelosi “recuerda continuamente lo sucedido hace una década. Para ella, la lección está clara, el pasado es el prólogo. Lo que ha funcionado antes volverá a funcionar. Trump y los republicanos se extralimitarán, y los demócratas deberán estar preparados para aprovechar la oportunidad cuando aquello suceda” (http://www.politico.com/story/2016/11/nancy-pelosi-donald-trump-house-democrats-231716).

Tal postura ignora completamente el verdadero significado de la victoria de Trump, las debilidades del Partido Demócrata que han hecho posible su victoria, y la radical y completa reestructuración del espacio político que anuncia esta victoria. En la Europa del Este y Occidental ya hay signos de un reordenamiento del espacio político a largo plazo. Hasta hace poco, el espacio político lo dominaban principalmente dos partidos que captaban la masa de votantes casi al completo, un partido de centro-derecha (cristianodemócratas, liberalconservadores, populares…) y un partido de centro izquierda (socialistas, socialdemócratas), mientras que otros partidos más pequeños arrastraban un electorado menor (ecologistas, liberales, etc.). Sin embargo, poco a poco está emergiendo un partido que defiende el capitalismo global como tal y que expresa relativa tolerancia a temas como el aborto, los derechos de los homosexuales, las minorías étnicas y religiosas, etc.; enfrentada a éste se posiciona una formación populista contraria a una inmigración en aumento, en cuya periferia se sitúan grupos claramente racistas y neofascistas.

Así que la historia de Donald y Hillary continúa: en su segunda entrega, los nombres de la pareja cambian a Marine Le Pen y François Fillon. Ahora que Fillon ha sido elegido como candidato de la derecha en las próximas elecciones presidenciales francesas, y con la (casi) completa seguridad de que, en la segunda vuelta de los comicios, la decisión estará entre Fillon y Marine Le Pen, nuestra democracia ha alcanzado su punto más bajo (hasta ahora). Mientras que la diferencia entre Clinton y Trump es la diferencia entre el aparato liberal y la rabia populista de derechas, en el caso de Le Pen contra Fillon estas diferencias se reducen al mínimo. Aunque ambos son conservadores en lo cultural, en temas económicos Fillon es un neoliberal puro mientras que Le Pen está mucho más orientada a proteger los derechos de los trabajadores. En resumen, dado que Fillon representa la peor combinación existente hoy en día -el neoliberalismo económico y el conservadurismo social-, la tentación de inclinarse por Le Pen es grande. El único argumento en favor de Fillon es formal: él representa oficialmente la unidad de Europa y una mínima distancia de la derecha populista -aunque, en cuanto al contenido, parece peor que Le Pen-. Representa, en definitiva, la decadencia inherente al sistema a la que hemos llegado tras un largo proceso de derrotas y retiradas.

Primero fue la izquierda radical la que tuvo que ser sacrificada por su desconexión con los nuevos tiempos posmodernos y sus nuevos paradigmas. Le siguió la izquierda socialdemócrata moderada, pues tampoco conectaba con las necesidades del nuevo capitalismo global. Ahora, en la última época de esta triste fábula, la propia derecha liberal moderada (Juppé) ha sido sacrificada por su desvinculación de los valores conservadores que deben defenderse si nosotros, el mundo civilizado, queremos ganar a Le Pen. Cualquier parecido con la vieja historia antinazi de cómo observamos pasivamente cuando los nazis en el poder se llevaron a los comunistas, luego a los judíos, después a la izquierda moderada, luego al centro liberal, después incluso a honestos conservadores… es puramente accidental. La reacción de Saramago -abstenerse de votar- es en este contexto la única reacción apropiada.

La Polonia de hoy en día representa otro caso en esta dirección, la prueba empírica de cómo la izquierda liberal dominante niega el populismo autoritario, en lo que es una política contradictoria que está destinada a fracasar. Aunque esto es así por principio -a largo plazo, todos estamos muertos, como dice J.M. Keynes-, podría haber muchas sorpresas a corto (o no tan corto) plazo: “Según la visión convencional, a Estados Unidos (y probablemente también a Francia y a los Países Bajos) 2017 les deparará un dirigente errático que encarna políticas contradictorias que benefician sobre todo a los ricos. Los pobres perderán, porque los populistas no tienen esperanza de recuperar puestos de trabajo en las fábricas a pesar de sus promesas. Continuarán las masivas oleadas de inmigrantes y refugiados, porque los populistas no tienen ningún plan para atajar la raíz de este problema. Al final, los gobiernos populistas, incapaces de gobernar de manera efectiva, se derrumbarán y sus líderes se enfrentarán a juicios políticos –impeachment– o no saldrán reelegidos. Pero los liberales se equivocaban. El PiS (Ley y Justicia, el partido populista de derechas en el poder [en Polonia]) ha pasado de ser ideológicamente nulo a convertirse en una formación que ha conseguido introducir cambios impactantes con velocidad y eficiencia récord. (…) Ha llevado a cabo las transformaciones sociales más importantes en la historia de la Polonia contemporánea. Los padres reciben una ayuda mensual de 500 zoty (120 dólares) por cada hijo después del primero, o para todos los hijos en el caso de las familias pobres (el salario medio mensual es de unos 2.900 zoty, aunque más de dos tercios de los polacos no llegan). Como resultado, la pobreza se ha reducido entre un 20% y un 40%, y entre un 70% y un 90% en la infancia. La lista continúa: en 2016 el Gobierno introdujo medicación gratuita para los mayores de 75 años. El salario mínimo supera hoy en día el que demandaban los sindicatos. La edad de jubilación se ha reducido de 67 años para hombres y mujeres a los 60 para mujeres y 65 para hombres. El Gobierno también planea reducciones fiscales para los contribuyentes de rentas bajas” (https://www.project-syndicate.org/commentary/lesson-of-populist-rule-in-poland-by-slawomir-sierakowski-2017-01).

El PiS hace lo que Marine Le Pen promete para Francia: una combinación de medidas antiausteridad -transferencias sociales que ningún partido de izquierdas se atreve a considerar-, y restablecer el orden y la seguridad reafirmando la identidad nacional y enfrentando la amenaza de la inmigración. ¿Quién puede superar esta combinación que aborda las dos grandes preocupaciones de la gente corriente? Podemos discernir en el horizonte una situación extrañamente distorsionada en la cual la izquierda oficial ejecuta las políticas de austeridad (mientras aboga por los derechos de la sociedad multicultural, etc.), en tanto que la derecha populista defiende medidas de antiausteridad para ayudar a los pobres (mientras maneja una agenda nacionalista xenófoba); la última expresión de lo que Hegel definió como die verkehrte Welt, el mundo al revés.

¿Y qué pasa si Trump se mueve en esa misma dirección? ¿Qué pasa si su proyecto de proteccionismo moderado y grandes obras públicas, combinado con las medidas de seguridad contra la inmigración y una nueva paz corrupta con Rusia, acaba funcionando? En francés, después de algunos verbos y conjunciones se utiliza el llamado ne explétif; se le conoce también como ne no negativo porque no tiene valor negativo ni en sí mismo ni por sí mismo. Se usa en situaciones en las que la oración principal tiene un significado negativo (en el sentido de malo o de negación) como expresiones de miedo, advertencia, duda y negación. Por ejemplo: Elle a peur qu’il ne soit malade (ella tiene miedo de que él esté enfermo).

Lacan apuntaba que esta negación superflua refleja perfectamente la brecha que separa nuestro verdadero deseo inconsciente de nuestros deseos conscientes: cuando una esposa tiene miedo de que su marido esté enfermo, bien podría ser que en realidad le preocupe que no lo esté (le desea que se ponga enfermo). ¿Y no podríamos decir lo mismo de los liberales de izquierdas horrorizados por Trump? Ils ont peur qu’il ne soit une catastrophe. Lo que realmente temen es que no sea una catástrofe.

Deberíamos liberarnos de este falso pánico, temiendo la victoria de Trump como si fuera el horror máximo por el que nos vimos obligados a apoyar a Hillary a pesar de sus obvias limitaciones. Las elecciones de 2016 representan la derrota final de la democracia liberal, o más concretamente, de lo que podríamos llamar el sueño izquierdo-fukuyamista, y la única forma de derrotar a Trump y de recuperar lo que vale la pena de la democracia liberal es que un sector rompa con el tronco de dicha democracia liberal; en pocas palabras, pasar el peso de Clinton a Sanders. Las próximas elecciones deberían ser entre Trump y Sanders.

Resulta fácil imaginar algunos puntos del programa de esta nueva izquierda. Trump promete la cancelación de los grandes acuerdos comerciales que apoya Clinton, y la izquierda alternativa a ambos sería un proyecto de nuevos y diferentes acuerdos internacionales. Acuerdos que impondrían el control de los bancos, acuerdos sobre mínimos ecológicos, sobre los derechos de los trabajadores, sanidad, protección de las minorías étnicas y sexuales, etc. La gran lección del capitalismo global es que los estados nacionales no pueden hacer el trabajo por sí solos; sólo una internacional política podría poner freno al capital global.

Un militante de izquierdas anticomunista me dijo una vez que lo bueno de Stalin era que consiguió asustar a las grandes potencias occidentales, y se podría decir lo mismo de Trump: lo bueno de Trump es que consigue asustar a los liberales. Tras la II Guerra Mundial, las potencias occidentales aprendieron la lección y se concentraron también en sus propias deficiencias, lo que les llevó a desarrollar el Estado del Bienestar. ¿Conseguirán nuestros liberales de izquierdas algo parecido?

Por lo tanto, para acabar, volvamos a Marine Le Pen. En cierto momento dio en el blanco: 2017 será el año de la verdad para Europa. Sola, encajonada entre Estados Unidos y Rusia, tendrá que reinventarse o morir. Europa será el gran campo de batalla en 2017, y está en juego el corazón del legado de la emancipación europea.