NI VOTO CONSCIENTE, NI VOTO ÚTIL: ENTENDER LA DEMOCRACIA COMO ESCUELA Por Ricardo Sánchez Cárdenas*

Febrero 16 de 2017

Debo confesar no solo mi tristeza sino también mi desazón al ver que después de una supuesta “década ganada” (ya van a hacer dos décadas desde la elección de Hugo Chávez en Venezuela que inaugurara una era anti–, si no post-neoliberal en las urnas y la esperanza de que sea así en la esfera público-estatal de la (geo)política latinoamericana), nuestros debates político-electorales no llegan más allá de lo más superficial y los lugares comunes de la “larga y triste noche neoliberal” que pareciera nos sigue encegueciendo en sus penumbras.

Si de lo que se trataba era de democratizar no solo el funcionamiento de las instituciones del Estado sino también de transformar las relaciones de poder que constituyen a la sociedad en la que vivimos, tanto por dentro como en los márgenes y más del Estado, parece que ganamos más ambivalencia e incertidumbre que otra cosa. La restauración conservadora que se nota dentro y fuera del correísmo, dentro y fuera de las fronteras nacionales, alrededor del continente. Quiero creer, no como dogma de fe sino como hipótesis científico-social, que esto es solo la punta del iceberg: ante la mediocridad de los temas planteados en la actual campaña electoral como una suerte de pantalla que esconde un Ecuador y una América Latina profunda, como su historia milenaria de creación (contra)cultural y de resistencia anti-colonial, existen diálogos y conversas que revelan otra concepción (geo)política sobre lo que somos y podemos ser como sujetos de nuestra propia historia.

La (geo)política no puede ser vista simplemente como el arte y/o la ciencia de dar o importar recetas para resolver problemas sociales (sean estas de cuño economicista-tecnocrático o relacionados a la acción colectiva sea en forma de instituciones, organizaciones o movilizaciones sociales) ni de buscar una inserción más adecuado o no-dependiente en el mercado global. Lo político surge del dichoso poder constituyente, que en sociedades como las nuestras ha sido más invocado que realmente vivido en un proceso geopolítico de largo aliento en Nuestra América digno de ser llamado revolucionario por haber transformado las lógicas detrás del sistema de clasificación capitalista y las formas de identificación que este genera, tanto a nivel local como nacional y global. Poder constituyente que no es más que la invocación del poder originario como raíz que dio lugar a los poderes constituidos; es a la vez una invitación a hacer memoria colectiva para entender de donde surgen los problemas sociales que enfrentamos y –a través de este proceso- volvernos capaces de forjar otro tipo de organizaciones e instituciones constituidas de forma que fomenten –no ofusquen- la participación protagónica y no la representación mentirosa.

En las últimas dos décadas en el Ecuador tuvimos dos asambleas constituyentes que produjeron dos constituciones (1998 y 2008)  que sin duda – a pesar de la hegemonía neoliberal que marcó el cambio de siglo en el continente y el mundo- fueron el resultado y también catalizaron enriquecedores procesos de creatividad (geo)política-cultural; espacios donde convergieron las resistencias anti-neoliberales como las del movimiento indígena que, a su vez, deben ser entendidas en el contexto histórico más amplio de lo que el sociólogo peruano Aníbal Quijano ha llamado la colonialidad del poder. En otras palabras, la continuación del poder estructurante[1] de las lógicas violentas de la acumulación por desposesión que fundó el colonialismo europeo en el siglo XVI, y que continúan caracterizando a los distintos tipos de dependencia estructural que ha generado la modernidad capitalista, continúa limitando tanto la capacidad del Estado para trans-formarse en el espacio real de la participación popular y la apropiación/defensa de lo público así como el potencial transformador de las movimientos y organizaciones sociales.

El potencial transformador y anti-colonial de los conceptos que surgieron de estos procesos constituyentes, entendidos no simplemente como las asambleas oficiales sino en los procesos organizativos que comenzaron a demandar la creación de estos espacios, está claro cuando tomamos con seriedad los desafíos de la plurinacionalidad y la interculturalidad para replantear el problema de la auto-determinación de los pueblos o las formas de desarrollo endógeno (como el Sumak Kawsay o el Suma Qamaña), poder popular y comunal necesarios para forjar democracias revolucionarias. La existencia todavía latente de este potencial revolucionario está tanto en las genealogías históricas que estos conceptos nos invitan a investigar cuanto en los horizontes (geo)políticos que plantean más allá de la modernidad capitalista y el sentido común que ha generado en la gran mayoría de nosotros.

En sociedades tan desiguales como las que han resultado del (neo) colonialismo moderno, la democracia no puede ser meramente democrática sino que debe aspirar a ser revolucionaria, en el sentido descolonizador de la palabra. La democracia lo puede ser a medida en que se base en la participación protagónica no meramente de los ciudadanos (entendidos como conjunto abstracto de individuos) sino de aquellos sujetos subalternizados por la historia moderna. Por “subalterno” no me refiero a una característica esencial sino al hecho social y la condición histórica de haber sido empujadxs hacia los márgenes de la estatalidad y la “ciudadanía” excluyente que ha caracterizado al desarrollo del capitalismo moderno y el sistema de estados-nación que lo conforma. Aquellxs reducidos a posiciones estructurales subalternas en la lógica de la clasificación capitalista dominante (que produce “clases en si”[2]) guardan en su alteridad el potencial revolucionario de volverse “clases para si”[3] al constituirse en sujeto histórico capaz de transformar el orden normal de las cosas; en otras palabras de subvertir la lógica clasificatoria dominante empleando formas de identificación que subvierten el status quo a medida en que su existencia no permite la total estabilidad de sistemas (geo)políticos basados en la desigualdad extrema.

Es por eso que molesta que estos conceptos –con dignas excepciones- se evaporen tan rápido del debate de lxs políticxs que aspiran a representar a una sociedad tan diversa (en el sentido barroco [B. Echeverría] y abigarrado [R. Zavaleta Mercado] de la palabra) y tan rica en historia rebelde que fue la que dio vida a los proyectos (geo)políticos que estos conceptos sugieren. Y molesta mucho más que en este contexto aparezcan los falsos sabios y profetas que quieren con moralismos utilitaristas sugerir que los que hemos decidido protestar (sea con nuestro voto y ojalá también con otras formas y estrategias de mayor alcance) no estamos siendo ni conscientes ni útiles al “cambio” que nos prometen. Resultaría tierno –sino fuera tan perverso- que la oposición a la auto-proclamada “Revolución Ciudadana” diga que “ya viene el cambio positivo” con fuerza inesperada para que, a renglón seguido y tratando de inspirar la vergüenza católico-cristiana que muchos llevamos dentro, nos digan después que ni se nos ocurra votar nulo o blanco pues así gana más fácil el sucesor del partido de Correa, que por cierto, estaría bajando estrepitosamente en las encuestas, dicen. Suspiro. Cuando el juego democrático se reduce a enseñarnos matemáticas, ni las cuentas electorales nos terminan por salir bien.

El voto útil sería aquel que va por aquel(la) que tenga más chances de llegar a una segunda vuelta con el candidato oficialista. Los que lo dicen asumen que lo “útil” para el país es acabar con este gobierno y confunde sus utilidades con el interés general. Por otro lado el voto consciente sería aquel de un/a votante que dispone de información y ha formado su preferencia en relación a su consciencia sobre lo individualmente cree que es lo que el país necesita. Sin embargo, no admite que en este proceso a algunxs la consciencia nos llame a votar nulo o blanco. Ahí nos damos cuenta de que los que así presentan nuestras opciones solo tienen consciencia de una democracia limitada al ritual del voto como tal:  hablan de libertad y, aun cuando no se refieran meramente a la libertad de defender sus intereses mezquinos, la piensan en el sentido abstracto, del que recibe una dádiva divina o responsabilidad cívica y no llaman nunca la atención a la necesidad de la organización de sujetos (geo)políticos capaces de sostener transformaciones estructurales de largo aliento antes que debates políticos sin imaginación.

Al oír que por un lado se celebran puentes, carreteras e hidroeléctricas mientras por el otro se ofrece de todo un poco aunque no se sepa bien cómo mismo, después de acabar con todos los impuestos habidos y por haber, van a financiar sus descabelladas propuestas, solo puedo pensar en el revolucionario afrocaribeño Frantz Fanon, quien, después de haber conseguido la Independencia de Angola, a partir de la lucha armada en la que este participó como combatiente y cómo psiquiatra que fue de profesión, argumentaba:

Si la construcción de un puente no ha de enriquecer la conciencia de los que trabajan allí́, vale más que no se construya el puente, que los ciudadanos sigan atravesando el río a nado o en barcazas. El puente no debe caer en paracaídas, no debe ser impuesto por un deus ex machina al panorama social, sino que debe surgir por el contrario de los músculos y del cerebro de los ciudadanos” (Los Condenados de la Tierra, 1959).

Pues solo así se hacen ciudadanos. Parece que ni los unos ni los otros han entendido ni entenderán esta básica lección sobre construir naciones democráticas que funcionen como escuelas. Escuelas donde se forjen no solo ciudadanos sino hombres y mujeres nuevas, con cuerpos y mentes descolonizadas, capaces de superar la competencia y la explotación como regla estructurante de sus relaciones sociales.

No se trata de simplemente de mejorar la vida a los ciudadanos, ni darles derecho de ciudadanía a lxs que nunca los han tenido (aunque esto haya sido históricamente importante sin duda). Ni el cemento ni ninguna otra cosa son ni pueden ser en si mismos revolucionarios, a menos que fomenten el surgimiento de la conciencia (geo)política de que no se puede esperar que otrxs nos resuelvan nuestros problemas ni mucho menos que solxs y fragmentariamente podamos hacerlo algún día. Hoy más que nunca, vótese por quien se vote, se requiere más  que votos, útiles o conscientes, votos (y otras herramientas) que sean conscientizadores de la necesidad de organizarnos para ejercer poder popular a contracorriente de los que instrumentalizan a la democracia para defender sus intereses y privilegios. En otras palabras, no se puede democratizar sin descolonizar y, a la vez, no se puede descolonizar sin despatriarcalizar la (geo)política moderna. En estos tres campos interconectados no se le puede sacar el cuerpo al conflicto social y a la batalla de ideas.

Por estas razones (y otras cuantas más) votaré nulo en la papeleta presidencial (¿no es otra forma acaso de combatir el dichoso hiperpresidencialismo entendido no solo como problema institucional sino relacionado a la cultura política dominante?) y en el resto de papeletas trataré de escoger estratégicamente lxs que puedan ser aliados en la lucha cuesta arriba por despatriarcalizar y descolonizar, en otras palabras re-inventar y trans-formar lo público, para así sentarnos de nuevo en una gran asamblea que pueda constantemente (re)definir no solo qué ha sido y qué es realmente sino también lo que puede ser la democracia.

La necesaria multiplicación de espacios donde la creatividad (geo)política y (contra)cultural de la gente común pueda volver a florecer a través de la participación protagónica que teorice encarnadamente las posibilidades de concebir la democracia ya no desde los políticos realmente existentes sino desde la (geo)política cotidiana que forjan lxs que luchan y resisten a las injusticias del capitalismo global y su colonialidad heternormativa.

Referencias bibliográficas:

Bourdieu, Pierre (1977). Outline of a Theory of Practice. Cambridge University Press.

Wright, Eric Olin. (2015). Understanding Class. Verso.

[1] Con “poder estructurante” hago referencia a la noción de Pierre Bourdieu de “estructura estructurante estructurada” que utiliza para teorizar la noción de habitus (1977) . Si queremos cambiar estructuras sociales tenemos que entenderlas en su complejidad  histórica, que implica una permanencia autoritaria/autorizante, en tanto las estructuras sociales están, por definición, estructuradas, y las posibilidades políticas que emergen del saber que las estructuras también son estructurantes, o sea requieren constantemente de (re)producir formas de actuar y pensar normalizadas, propias del sentido común imperante.

[2] La concepción marxista de “clase-en-si” refiere a un entendimiento de clase social como lugar social o posición estructural, objetivamente definida por la relación compartida de los miembros de una clase social con el modo y los medios de producción. Sin embargo puede entenderse también en relación a lo que Max Weber definió como “situación de clase” (ver Wright, 2015, p. 34).

[3] A diferencia de “clase-en-si”, la concepción marxista de “clase-para-si” implica la distinción analítica entre clase como actor socio-político y clase como lugar o posición estructural. Es importante no caer en la tentación teleológica de pensar que es un proceso natural la trans-formación de una clase-en-si en una clase-para-si, ya que esto oscurece la utilidad de analítica de esta distinción. Importancia que está en entender la relación entre clasificación e identificación como dinámicas sociales para entender la relación entre estructuras históricas y el potencial subalterno, siempre latente pero nunca inevitable, de convertirse en un actor/agente (geo)político capaz de destruir y reemplazar estructuras colonial-capitalista.

*Docente de la Escuela de Sociología de la Universidad Central del Ecuador