LA SUERTE ESTÁ ECHADA Por Adrián Tarín*

Foto tomada de Facebook

O CÓMO EN LA SEGUNDA VUELTA YA NO SE DECIDE NADA

Febrero 22 de 2017

Tras dos días de incertidumbre, el Consejo Nacional Electoral (CNE) admitió que las elecciones presidenciales ecuatorianas de 2017 tendrán que resolverse en segunda vuelta. Cabe realizar, aquí, algunos comentarios ponderados que nos ayuden a comprender por qué hemos llegado a este punto y cuál es el estado de cosas.

Alianza País inició este periodo electoral con una transición de liderazgos inconclusa. Si como dice Carlos Fernández Liria (2016) el líder carismático, como canalizador del malestar general, parece necesario en cualquier proyecto populista, el desplazamiento de este depósito hacia Lenín Moreno no fue eficiente. La alargada sombra de Rafael Correa ocultó lo mucho o lo poco que Moreno pudiese ofrecer y, como muestra, pueden citarse dos anécdotas ilustradoras: (1) mientras el candidato oficialista debatía con sus adversarios en televisión, la noticia fueron los comentarios en Twitter del todavía Presidente en funciones; (2) aunque el candidato de Alianza País es Lenín Moreno, la oposición continúa gritando “fuera Correa, fuera”. El partido del gobierno presentó, así, a un hombre con perfil tranquilo, cuyo principal valor es su supuesto talante conciliador en contraste con la tradicional y necesaria polarización “correísta”. Podría ser que la misma sociedad que reclamaba a gritos un descanso de tanto “conflicto revolucionario”, necesitara en secreto un poco más de aquello para reactivar la movilización.

Pero además de los perfiles presidenciables pueden rescatarse otros elementos que jugaron en contra del partido verdeflex. En primer lugar, aunque no más importante, podría hablarse largo y tendido de la poca originalidad demostrada en su propaganda electoral: el grueso de sus spots se basó en una sucesión de imágenes de progreso (infraestructuras) y sonrisas interculturales envueltas en una canción emotiva. Nada que no se hubiese visto antes. Los productos estuvieron, en suma, fuera de toda moda, quedando por completo ausente la narración de historias que tan bien manejaron en otras ocasiones con La bicicleta o La feriatta. Igualmente tampoco pareció ser efectiva su posición en la disputa por el significante “cambio”, que sin duda supuso el eje discursivo central en la campaña. Hay que reconocer, aquí, que Alianza País lo tenía difícil, y al mismo tiempo, que ante dicha complejidad optó por el camino perezoso de plantear lo que se espera de toda relación gobierno-oposición: unos, defendiendo la gestión, y otros, pidiendo un cambio. Lenín Moreno quiso hacer malabares con el lenguaje planteando que “el verdadero cambio” era “seguir cambiando” o, en otras palabras, “continuar haciendo lo mismo”. Lasso y compañía, sin embargo, proponían un cambio real, aunque no necesariamente a mejor.

Por otro lado, lo que quizá más ha pesado en el partido de gobierno es su desconexión casi total de los movimientos sociales. Algunos de éstos tienen una extracción genuinamente popular, como el indígena (Rafael Correa nunca consiguió conciliar la necesidad de financiamiento de las reformas sociales y los derechos de las nacionalidades ecuatorianas), pero otros, quizá la mayoría, se nutren del mismo cuerpo social que ascendió cultural y económicamente gracias al proyecto de la Revolución Ciudadana: la nueva clase media.

La “década ganada” nunca, siquiera hoy, ha interpelado con éxito al “monstruo” que había creado, y todavía considera un artículo de lujo comprarse una laptop o viajar en avión. Esta incapacidad para asistir a sus nuevas criaturas es uno de los principales deberes de la socialdemocracia latinoamericana que ha administrado la región en los últimos años. El célebre meme que culpabiliza a la clase media por, una vez ascendida, “creerse oligarquía” y votar a la derecha, debería incluir una nota al pie que aclarara que dicha creencia se fundamenta, principalmente, en el abandono emocional al que es sometida con frecuencia por sus padres. Si algo aprendimos de Gramsci es que la hegemonía sólo es posible cuando la clase dirigente consigue seducir a las demás haciéndolas sentir que sus intereses son comunes. La represión generalizada y la desatención no parecen ser, desde luego, los mecanismos más inteligentes para recrear dicha ilusión.

Y en estas estábamos cuando el 19 de febrero por la noche, en vista del ajustado resultado que permitía la segunda vuelta, la oposición en bloque decidió tomar como definitivas las encuestas que le interesaban -obviando las que no- y concentrarse frente al Consejo Nacional Electoral (CNE) reclamando un supuesto fraude en los comicios. Excluyendo las malintencionadas desinformaciones que muchos impulsaron en redes sociales, compartiendo vídeos, comunicados y fotografías que no se correspondían con la realidad, es necesario admitir que la tardanza en escrutar el 100% de los votos válidos favoreció el estado de ánimo de que algo turbio estaba ocurriendo, y algunos en el ejército, en los medios y en la Conferencia Episcopal echaron más leña al fuego. En honor a la verdad, también otros vídeos que circularon por nuestros smartphones mostraban realidades difícilmente sostenibles, como decenas de fundas de plástico llenas de actas electorales zarandeadas por la multitud en las calles. Si no hubo fraude, cerca estuvo.

Frente al CNE se reunieron, durante dos días completos, tanto la derecha ecuatoriana como parte de la izquierda electoral opositora, lo que demuestra, a mi juicio, que en esta coyuntura es más fuerte el eje “correa-anticorrea” que el “izquierda-derecha”. Y no es, esta, una situación exclusivamente electoral: desde que llegué al país en 2014, en todas las marchas contra el gobierno confluían amistosamente quienes querían expulsar a los cubanos del país y los estudiantes anarquistas de la FEL. Seguramente, muchos de los que honesta e ingenuamente pensábamos desde la izquierda que en dicha unión llevábamos la voz cantante, viendo los resultados electorales deberíamos admitir que pudimos ser usados por la burguesía quiteña para rellenar espacios en las calles.

Esta unión “no-hegemónica” por la izquierda, como digo, continuó durante las protestas frente al CNE. Y en ellas, los partidarios de la candidatura de Paco Moncayo jugaron un papel estratégicamente estremecedor: tuvieran más o menos razones para sospechar del escrutinio, su contribución a construir el imaginario del fraude les convirtió automáticamente en cómplices de Lasso. Porque pelear para que haya segunda vuelta es poner la alfombra roja al candidato de la banca. Y aquí cabe aclarar algunos asuntos (espero que se me perdone el uso estilístico del imperativo, pues no es mi intención dar lecciones a nadie):

  • En unas elecciones presidenciales como las ecuatorianas no importan los tonos medios y sólo hay dos opciones que compiten. Desde antes del 19 ya se sabía que esas dos eran Lenín y Lasso. Todo lo demás eran ilusiones. Votar al cuarto o al octavo lugar no es más que un ejercicio de autocomplacencia.
  • Descubrir el 19 por la noche que Lasso podía ser presidente y echarse las manos a la cabeza es una irresponsabilidad. Que la única opción de que Lasso no fuese presidente era que Lenín ganase en una sola vuelta era vox populi desde hacía semanas.
  • Distanciar el voto válido de la lucha, como hace el lema “no votes, elige luchar”, es obviar todo lo mucho y bueno que nos enseñó Gramsci con su guerra de posiciones. Seguramente, hay mucha más lucha en el plano electoral nacional, teniendo que batallar con mil contradicciones, que en las concentraciones marginales de 20 militantes puros.
  • La dignidad de no votar, si se hace en secreto y no como campaña, es un acto antipolítico, una ensoñación “saramaguista” que confunde la lucidez con la ausencia total de politización del dolor.

Una imagen que quedará para la posteridad y que ilustra cómo frente al CNE la burguesía defendió sus intereses -haciéndole creer a Pachakutik, a Izquierda Democrática y a Unidad Popular que lo que realmente hacía era disputar una causa común- es una instantánea viralizada en Facebook en la que un manifestante, blanco y elegante, paga a un limpiabotas para que le deje impolutos sus caros zapatos. Mientras que Lasso está más cerca de ser el primero y cualquier indígena de ser el segundo, Lourdes Tibán dio un encendido discurso amenazando con el paro nacional si no había segunda vuelta.

Si esta fotografía no refleja con puridad lo descarnada que es la derecha ecuatoriana, animo a cualquiera a que revise las últimas publicaciones en redes sociales sobre Manabí: centenares de mensajes deseando un nuevo terremoto y criticando el nivel educativo de los manabitas por el simple hecho de votar, masivamente, al gobierno que comunicó sus pueblos con carreteras dignas. Porque sí: aquello que entre la izquierda intelectual de Quito hace mucha gracia (las carreteras) en otras partes del país resulta imprescindible vitalmente. Recuerdo aquí una verdadera frase que compartió el sociólogo David Chávez en un espacio radiofónico en el que coincidimos la semana pasada: “habría que analizar cuánto del sentido común de la izquierda está realmente a la derecha”.

El escenario que se presenta de aquí al 2 de abril es muy complejo: por un lado, una tibia socialdemocracia que en el último lustro ha reprimido a quienes debía servir y que, para colmo, parece salpicada de escándalos de corrupción. Por otro, una derecha a la que ni siquiera le avergüenza defender los paraísos fiscales en un referéndum (cosa que, dicho sea de paso, también hizo la Izquierda Democrática), y cuyos referentes internacionales han destruido el Estado del Bienestar. Por medio, una izquierda parlamentaria que construye toda su identidad en su oposición al correísmo. Y en los márgenes, una izquierda extraparlamentaria que orgullosamente defiende el voto nulo ocultando que no fue capaz de construir, en diez años, un verdadero proyecto que corrigiese el errático rumbo de la Revolución Ciudadana. Que cada uno elija su opción, aunque con la permanente sensación de que, como decía Julio César, alea iacta est.[1]

*Periodista y Docente en la Universidad Central del Ecuador.

Referencias bibliográficas

Fernández Liria, C. (2016). En defensa del populismo. Madrid: Catarata.

[1] La suerte está echada.