SOCIEDAD INDIGNADA: A RÍO REVUELTO, GANANCIA DE PESCADORES. Por Nathalia Cedillo Carrillo

 

Marzo 09 de 2017

La indignación, es el enojo, ira o enfado vehemente contra una persona o contra sus actos. Tras las elecciones generales del 19 de febrero, la rabia fue la promotora de particulares reacciones agresivas individuales y colectivas desde la ciudadanía. Insultos denigrantes y mensajes de odio hacia los candidatos y sus adeptos, exaltaron el regionalismo y clasismo en redes sociales, mientras que en las calles se observaron diversas protestas fuera del CNE, la sede de CREO o del Banco Guayaquil, ya sea expresando consignas furibundas en defensa de la “democracia” o lanzando atunes en nombre de la “dignidad” manabita.

De acuerdo a la teoría psicoanalítica de la agresión de Otto Kernberg, el objeto fundamental de la rabia, en su manifestación más primitiva, es la de desprenderse, deshacerse, librarse violentamente, de una fuente de irritación o frustración. Desde esta perspectiva, podemos comprender cómo la indignación y la angustia colectiva logran desembocar en prácticas destructivas y totalitarias, absolutamente contrarias a lo que en teoría creen defender: la tan ansiada democracia. Peor aún, cuando en medio de estas tensiones los manifestantes logran identificarse con ciertos “líderes narcisistas seductores” que aprovechan la coyuntura para beneficio personal.

En el esfuerzo por liberarnos de ese objeto indeseable, donde proyectamos de manera consciente o inconsciente el origen de nuestras carencias, caemos en círculos viciosos, según Kernberg, entre la rabia y el deseo de eliminar dicho objeto irritativo o al menos dominarlo a costa de lo que sea; es la manifestación más clara de la indignación convertida en odio, es decir en rabia crónica que tiene como objeto la destrucción del otro, de hacerlo sufrir y de liberarse de él aut consiliis aut ense.

Así también se manifestaron muchos de los que favorecieron con su voto a Lasso, no necesariamente simpatizando con sus propuestas, sino como alternativa para sacar a Correa y su movimiento del poder, incluso más allá de las propias convicciones políticas. O por el contrario, muchos de los críticos del proyecto de la “revolución ciudadana” que votaron por Moreno, como maniobra para obstaculizar un posible triunfo de Lasso y su fórmula empresarial de ajuste estructural.

Es decir, la opción en un candidato basada en la desconfianza o el odio declarado a su oponente, reflejando -como en las manifestaciones- que no existe una clara distinción entre razón y emoción, como se plantea desde el paradigma actual dominado por la neurociencia, considerando las múltiples conexiones entre los lóbulos frontales (generalmente asociados con facultades cognitivas racionales) y la corteza límbica (asociada generalmente con funciones emocionales), así como desde el psicoanálisis se considera a las pulsiones como relaciones de objeto investidas afectivamente y a su vez, los filósofos helenísticos mucho antes ya planteaban que la razón influenciaba las emociones afectándolas desde criterios cognitivos verdaderos o falsos.

El problema es que la polarización seguirá en aumento camino a la segunda vuelta y es peligroso el clima de agresividad y rabia en el terreno virtual que legitima y propicia las agresiones verbales y físicas que vivimos actualmente, incluso entre familiares y amigos, respaldadas por los discursos de los aspirantes y sus círculos cercanos que estimulan y avalan dichas expresiones de rabia colectiva como parte de su estrategia de marketing político, que reduce las necesidades de nuestra sociedad a una campaña del terror que por un lado nos advierte la posibilidad de transformarnos en Venezuela y por el otro el regreso del feriado bancario.

La indignación también es muestra de doble moral. Nos molestamos, encolerizamos y enjuiciamos porque vemos amenazada la democracia, porque la corrupción campea, porque la injusticia, inseguridad y violencia son pan de cada día, etc.; pero la violación de derechos constitucionales y humanos ha sido una constante en los últimos años y valdría entonces preguntarnos por qué resultan indignantes unos atropellos más que otros. ¿Por qué Correa y sus simpatizantes enaltecen el actuar violento de un grupo de ciudadanos manabitas que decían defender la dignidad de su pueblo o Lasso y compañía posicionan como resistencia popular una algarabía frente al CNE, mientras ambos grupos callan respecto a la militarización y persecución del pueblo Shuar que defiende su dignidad y territorio, sin la atención de los medios y con la mayoría de la ciudadanía mirando para otro lado?

Indignarse es exteriorizar una postura de dignidad, que se vuelve más evidente aun cuando la gente se vuelca a las calles a reclamar sus derechos pisoteados, pero esa movilización solo puede ser liberadora en cuanto sea el resultado de la reflexión crítica; una indignación consciente y organizada de la situación de opresión, conducente hacia el fenómeno de conversión que plantean Moscovici y Mugny para las transformaciones sociales, que surge de la acción coherente, disidente y persistente, no del oportunismo ni imposición de ciertos líderes a los que se les atribuye supuesta “sabiduría”, ni del bullicio de las redes sociales promovida por pescadores oportunistas. Así podremos revertir la rabia a cauces más creativos, que levanten el velo de la ignorancia que da vida al statu quo.