DE LA VIGILANCIA A LA VIDEOVIGILANCIA Por Christian Arteaga*

BREVES APUNTES REFLEXIVOS

Marzo 22 de 2017

El asunto de la vigilancia fue concomitante con las formas de control de las poblaciones. Desde el siglo XVII, con la construcción del Estado-nación en Europa, la población adquirió un estatuto más político que administrativo. En dicho horizonte, el Estado se tornó el agente más óptimo para la administración política de los pobladores. De esa manera se instituyeron y entraron en un proceso de legitimación formal y científica (a la par de la legitimidad de intervención disciplinas como la psiquiatría, el derecho, la sociología y la economía política) las instituciones donde serían confinados lo sujetos que necesitaban ser vigilados y controlados, llámese locos, enfermos, pervertidos y delincuentes; y paralelamente se erigieron psiquiátricos, hospitales y panópticos, como sus respectivos espacios de confinamiento.[1]

Este control de la población fue uno de los primeros ejemplos de los procesos de control y vigilancia moderna. Pues osciló entre una comunidad de sujetos sanos y normales que son parte del Estado, y los enfermos y anormales que son y deben ser excluidos. Es decir, este es un caso específico de vigilancia desde el Estado mientras los sujetos no trasgreden el horizonte de la normalidad. Si lo hacen, serán las disciplinas científicas -legitimadas en un horizonte de saber- como el Derecho y la Psiquiatría, las que deciden donde sería direccionado cada persona, de acuerdo al peritaje del experto. Este primer momento de vigilancia poblacional se edifica mediante un soporte expresamente corporal, es decir: controlar los cuerpos individuales en la perspectiva de no contaminar el cuerpo social[2].

En dicho contexto histórico, la consolidación del Estado-nación instruyó otro tipo de vigilancia, la cual, a diferencia de su primer momento corporal, se volvió netamente informacional. De este factor depende la seguridad de un grupo o de un Estado. A la vigilancia se le puede comprender desde los niveles de inteligencia, como una institución vital para el desarrollo de las seguridades de los Gobiernos. Entonces, su consolidación en tanto vigilancia se aparta de los grupos ‘anormales’, y recae sobre los sujetos políticos que trasgreden, confabulan y realizan sabotajes.

La mimetización entre vigilancia y seguridad es una constante para la sobrevivencia y legitimación de un Estado frente a sí mismo y sus pares. De este fenómeno se despliegan dos aristas sobre las nociones de vigilancia. Por un lado, una extensión hacia adentro, en la medida de ejercer control sobre los sujetos anormales y los sujetos políticos. Y por otro, la internacionalización del conflicto, porque un país corre el peligro de ser amenazado por fuerzas o sectores extranjeros, los cuales, si no son repelidos, pretenden ser ubicados y generalmente controlados mediante el análisis de las acciones que pudieran emprender. Este hecho se conoce como ‘contrainteligencia’, es decir, actuar no sólo en defensa de la seguridad externa, sino desde el propio núcleo donde se generarán las posibles amenazas.

La concepción del proceso de vigilancia como un sistema de normalización de los sujetos dentro y fuera de un territorio determinado, implica también que el problema de que esta es, comparablemente, otra forma de administración de los cuerpos. El triunfo de las disciplinas científicas permitió que la observación de las poblaciones pueda ser escamoteada y diferida. El ejemplo de la psiquiatría es decidor. En el siglo XIX, la tipificación de la histeria existió mientras fue de interés para dicha disciplina. El momento que perdió su estatuto de enfermedad, desapareció de manera radical hasta la actualidad. Luego, la vigilancia evolucionó hacia la administración de la población en base a las tecnologías que surgieron con la guerra, y la comprensión que fueron configurando los Estados respecto a los diversos sujetos y etnias. Europa es la muestra más palpable de ese tipo de nueva vigilancia.

El campo de concentración: locus de nuevas tecnologías

Este esbozo supone una explicación de la noción de vigilancia (no en términos de una historia o una teoría militar), alrededor de las construcciones de las poblaciones modernas que superan las ideas de autoabastecimiento y el énfasis en las formas de organización tradicional. Manifiesta la consolidación del Estado moderno, no sólo a partir del triunfo de un tipo de modernidad capitalista, eurocéntrica y jerárquicamente binaria[3]. En ese sentido, uno de los fenómenos más brutales de la modernidad, cimentado en un tipo de razón irracional, fue el gambito del nazismo. Este movimiento político y social, fuera de su apelación a un espíritu neorromántico (muestra de ello es el supuesto valor de la sangre aria y el amor obsesivo y sin condiciones a la patria alemana), representó la forma radicalizada de la vigilancia y la destrucción[4].

Uno de los dispositivos de control corporal y de poblaciones bajo la noción de un enemigo concreto que atentaba contra la reinstauración del imperio alemán, en ese escenario fue el pueblo judío; posteriormente mientras crecía la guerra fue el militante comunista, el gitano, el socialdemócrata, el homosexual, el deforme, es decir, quien no encajaba en esa construcción de un sujeto alemán que aunaba una serie de cuestiones que iban desde sicología moral, valores y fuerza corporal, pero sobre todo, que este dispuesto a dar la vida por el Reich. En dicho escenario el artefacto apoteósico fue la construcción de campos de concentración, en donde interactuaron varias tecnologías, a saber: la de confinamiento y reclusión; abstinencia, sobre todo de alimentos y bebidas hasta llegar a la inanición; observación médica (el asunto de los hermanos gemelos fue una obsesión para el médico nazi Josep Menguele (1911-1979), así como los antibióticos y lobotomías probados y realizadas en judíos y judías); y finalmente, la de aniquilación, las variopintas formas de ejecución que los nazis ejercían a sus enclaustrados iban desde el fusilamiento colectivo, pasando por las tristemente reputadas cámaras de gas hasta las marchas extenuantes en donde morían por cansancio o eran sacrificados en el camino, sobre todo en el epilogo de la segunda guerra cuando las huestes hitlerianas se vieron perdidas[5].

Todas estas convergencias de tecnologías poseen un rasgo común que se puede describir como un proceso selectivo y racional de aniquilación. La vigilancia adquiere un sentido de racionalidad tecnológica porque plantea una ecuación cuasi perfecta: observación, experimentación y fabricación de muerte. La vigilancia, en los primeros cincuenta años del siglo XX, se caracterizó por un tipo de economía política que se caracterizaba por la generación de muerte en términos industriales, la cual era un reflejo de las nuevas tecnologías productivas que se aplicarían en el mercado planetario(fordismo). De tal forma, la fabricación de muerte en el campo de concentración es una metáfora del mercado, ya que éste produjo formas de sujeción y muerte simbólica por medio del consumo. Si el campo de concentración asimiló todas las formas de vigilancia, el mercado las atomizó hasta el punto de que lo accesorio se volvió necesario y vital. El primero vigila de manera presente, cercada y punitiva, el segundo lo hace de forma amplificada y bajo la noción de comodidad[6] y conciencia feliz[7].

En consecuencia, este asunto adquirió un matiz que fue sumando toda una serie de dispositivos que no se abandonaron por completo (control de sujetos normales y anormales, disidentes políticos y espías internacionales, culturas nacionales o diseminadas); para finalmente trasladarse al consumo y al mercado. No obstante, el propio nazismo abrió un Aleph (esa metáfora borgiana que es el punto en que convergen todos los puntos del universo) que permeó mínimamente lo que se advenía: no sólo fue una máquina que fabricó muerte y estableció una vigilancia irreversible y destructora, sino que fue también una tecnología de visión.

Apuntes para una tecnología de visión en el momento actual

Uno de los acontecimientos que expuso la irracionalidad de una modernidad no finalizada fue el nazismo, no únicamente por la caracterización de la guerra y de sus secuelas posteriores (el reforzamiento de un mundo bipolar, la revictimización del pueblo judío y con ello la justificación de la invasión de Israel a Palestina, entre otras cosas). También debido a que inauguró una racionalidad de control, de visión y neovigilancia, la cual no fue ejercida por cuestiones demográficas, de planificación médica y de políticas públicas. Verbigracia de aquello fueron los filmes producidos en la Alemania nazi como El triunfo de la voluntad, dirigido por Leni Riefstahl, el cual fue encargado de realizar por el mismo Hitler en 1935 y en los Estados Unidos de Norteamérica, por ejemplo con Der Fuehrer’s Face, dirigida por Walt Disney en 1942, mismos que surtieron y se convirtieron en una especie de construcción visual de los sentidos culturales de la vigilancia para el futuro.

La visualidad se convirtió en otra posibilidad de vigilancia, en vista de que construía determinismos mentales y forjaba una pedagogía inédita de la mirada; y por ende, una nueva forma de ver al mundo. Si el mercado desplazaba el lado cruel de la vigilancia – bajo la tramoya de lo confortable-, la visualidad permitió exponer los sentidos y las percepciones, y los trasladó a una sensación de futuro posible. El nazismo se convirtió en una imagen que obliteró otras. Así, las imágenes visuales registradas por los ejércitos aliados de complotados escuálidos y moribundos, con mirada lóbrega y perdida en un campo de concentración, mientras que a su alrededor revoloteaban gran cantidad moscas bajo un seño de clamor y misericordia, pasó a dominar bajo una idea de culpa civilizatoria de la cual Occidente es el primer condenado hacia el futuro.

En tal sentido, a partir de los retratos del holocausto judío en los campos de concentración de Auschwitz, la vigilancia se enfocó en los posibles monstruos que quedasen orbitando la tierra. La casi debacle del pueblo judío aperturó una vigilancia cimentada en la máquina de visión, por lo que la consigna de no repetirla implicó ocultar otros dramas. Por ello, pueblos como el palestino, indonesio, africano, indochino, sirio, quedaron al margen del interés hasta que su historia no pudo seguirse ocultando. En tal escenario, la videovigilancia se desarrolló poco a poco, como una política de contención entre Oriente y Occidente. La crisis de los misiles en Cuba (1962) fue una demostración de que esta se emparentó con las políticas de defensa transcontinental y se convirtió en una piedra angular de las mismas. Además, la irrupción de los satélites artificiales o la llegada del hombre a la luna, no fueron simplemente el triunfo de un tipo de racionalidad tecnológica, sino una metáfora de vigilancia ultraterrena (ya no del tipo de ascenso de Cristo a los cielos y el ejercicio de su mirada que todo lo mira y lo sabe).

El mundo se transformó en un campo de visión que requería ser percibido desde todos sus lados. Visión y vigilancia eran partes de un mismo cuerpo, pero también ilustraron las formas en las que se operó contra las poblaciones o Estados que generaron cierta disidencia hasta antes de la década del noventa. Después de este período, la caída del Muro de Berlín (1989), la crisis del socialismo real, y los procesos de pacificación en Centroamérica[8], son claves para entender la videovigilancia. Esta etapa de sujeción por medio de la imagen supone una explicación de cómo fueron sometidos ciertos pueblos. Precisamente, la cinta Forrest Gump[9] demuestra las formas de acción del Ejército norteamericano durante su intervención en los años cincuenta y sesenta en Indochina y la región latinoamericana; entre las estrategias bélicas que aparecían estaban el desembarco y el bombardeo, las cuales a la vez eran una manera pedagógica de explicar lo que vendría: el control de Medio Oriente.

La videovigilancia adoptó una íntima cercanía con las nuevas formas de intervención a nivel planetario. La primera invasión al Golfo Pérsico en 1990, significó observar los regímenes ópticos de la videovigilancia en su esplendor de cuasi entretenimiento. Los misiles que cruzaban el cielo del Medio Oriente, capturados en cámara infrarroja, daban en un blanco indefinido, como si fuera un videojuego. La videovigilancia comienza a ser utilizada en el ámbito militar y de inteligencia; la visión desplaza a la fuerza. De este modo, la imagen se convierte en una nueva tecnología de vigilancia que se vuelve tan difusa como la misma noción de saber.

Se abre entonces un nuevo sentido de racionalidad. Si en el siglo XIX y mediados del XX se suponía claramente una acción en sociedades de vigilancia; en el momento actual entendemos que se activa otro dispositivo: el control[10]. Empero, es difícil afirmar que esta sociedad es de control o vigilancia, más bien podríamos asumir que coexisten las dos y se dosifican de acuerdo a las necesidades de las tecnologías militares y sociales. Esto inaugura otra dinámica. Los organismos macro estatales no generan un accionar de vigilancia en base al castigo del cuerpo, sino mediante la autorregulación de cada individuo, porque la videovigilancia no deja cabos sueltos. De este modo, podemos también referir que la videovigilancia ha vuelto nuevamente a las tecnologías de control interno. Así, aparatos como las cámaras de vigilancia en escuelas, colegios, centros comerciales, transporte público y plazas públicas, no sólo que se consideran necesarios por las actividades de las sociedades y sus amenazas contemporáneas -que paradojalmente se vuelven cada vez más ubicuas, fantasmagóricas[11], e inconmensurables, de idéntica forma que el nuevo capitalismo y sus temores hacia el terrorismo internacional, el tráfico de órganos, la delincuencia organizada a nivel planetario, el contrabando a escala mundial- sino que son formas de control y de percepción de bienestar. De ese modo, las estructuras mentales comienzan a ser investidas por un sentido de bienestar producto de la vigilancia perenne de teléfonos móviles, laptops y demás artilugios que sugieren una interconexión, digamos, familiar e íntima.

A manera de cierre

Lo expresado en este texto admite algunas cuestiones que deben ser remarcadas. La historia de la vigilancia supone situarla en un contexto histórico, pero a la vez entenderla en un escenario irregular y específico en el siglo XIX. Este concepto parte de un acercamiento estrictamente científico, debido a la necesidad del capitalismo de constituir sujetos dóciles y sanos para la inversión de mano de obra en la producción. De esa manera, la vigilancia deduce una relación directa entre ciencias, instituciones y población.

Ya en el siglo XX, la vigilancia entrevé un mínimo apartamiento de las disciplinas y los sujetos desviados, debido a un nuevo derrotero que se resume en la obligatoriedad de vigilar y administrar ala población mediante la radical destrucción de la misma. Así, el nazismo representó una tecnología que amalgamó las otras formas de vigilancia en una sola. Confinamiento, observación médica y asesinato, fueron la triada de un tipo de Estado que también conjugó fases de Estado autoritario y racista, Estado asesino y Estado suicida[12]. Sin embargo, también generó nuevas formas de videovigilancia cimentadas en la imagen, la cual se convirtió en una nueva forma de vigilancia a distancia.

Este desarrollo en imágenes de este concepto posibilitó, junto al capitalismo posfordista[13], una estructura mental nueva, la cual se interioriza porque la videovigilancia justifica un proceso hacia fuera y hacia ofreciendo un estado de bienestar al saberse vigilado. De tal manera, se vuelve borrosa la idea de estar en una sociedad de control o de vigilancia. Lo que sí podemos argumentar es que el momento actual establece una reflexión respecto a las nociones de vigilancia, desde dónde son emanadas, por quién, y bajo qué consideraciones. Pues, el mundo presente adopta una pérdida de varias centralidades, así como la pérdida del monopolio de la violencia por parte de los EUA y de su capacidad para ser juez y verdugo al mismo tiempo, reforzando la crisis de las nociones de lo íntimo y lo público, por ejemplo. Por este motivo, la videovigilancia pone en dificultades las ideas arriba descritas, tal vez las figuras de Julian Assange y Edward Snowden sabían bien de estas aporías en la hegemonía. Tal vez estas dos figuras podrán ser los panegíricos del cisma del capitalismo visual.

[1] Para mayor información revisar: Michel Foucault, El nacimiento de la clínica: una arqueología de la mirada médica siglo XXI, editores, España, 2007; La Historia de la locura en la época clásica I, Fondo de cultura económica, México, 2006 y Jacques Attalí, El orden caníbal, Ed. Planeta, España, 1981

[2] Revisar. Gilles Deleuze y Félix Guattari, Cómo hacerse de un cuerpo sin órganos, en Mil mesetas: capitalismo y esquizofrenia, Ed. Pre-textos, España, 2004.

[3] Revisar:  Enrique Dussel. 1492. El encubrimiento del otro. Hacia el origen del mito dela modernidad. Ed. Nueva Utopía. España. 1992; Bolívar Echeverría, Las ilusiones de la modernidad, El equilibrista, México, 1995.

[4] Revisar: Enzo Traverso, La violencia nazi, Fondo de cultura económica, España, 2003; Giorgio Agamben, Lo que queda de Auschwitz: el archivo y el testigo. Homo saccer III, Ed. Pret-textos. España, 2010

[5] Revisar: Giorgio Agamben, Lo que queda de Auschwitz: el archivo y el testigo. Homo Saccer III, Ed. Pret-textos. España, 2010; Primo Levi, Si esto es un hombre, Ed. El apleph. España, 2013.

[6] Revisar: Jürgen Habermas, Ciencia y técnica como ideología, ed. Tecnos, España, 2006

[7] Revisar: Herbert Marcuse, El hombre unidimensional,  ed. Ariel, España, 2010

[8] Revisar: Jorge Castañeda, La utopía desarmada, ed. Ariel, España, 1995

[9] Filme norteamericano producido en 1994 y dirigido por Robert Zemeckis, con la actuación principal de Tom Hanks.

[10] Si bien en la propuesta contemporánea de Bernard Stiegler estaría mas cercana a lo planteado por Gilles Deleuze con respecto a la noción de control, distanciándose de las sociedades de vigilancia de Michel Foucault, no descartemos la apuesta que hace el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han alejándose tanto de Deleuze y de Foucault, asumiendo un tipo de sociedad cansada, basada en el éxito y el fracaso personal como nuevo tipo de control y autocontrol.

[11] Revisar: Jacques Derrida, Los espectros de Marx: el estado de la deuda, el trabajo y la tercera internacional. Ed. Trotta, España, 2012

[12] Revisar: Michel Foucault. Defender la sociedad. Fondo de cultura económica. Argentina. 2000

[13] Revisar: Ulrick Beck, La sociedad de riesgo: hacia una nueva modernidad, ed. Paidós, España, 1998

* Docente de la Universidad Central del Ecuador