¿QUIÉN NOS VA A ROBAR EL MES DE ABRIL? Por Mónica Mancero Acosta

Fotografía: EFE/José Jácome

ELECCIONES Y TEMORES CIUDADANOS

Marzo 22 de 2017

El 2 de abril se pinta como el día D, allí donde se decidirá el futuro de todos los ecuatorianos, el fracaso o la victoria, la democracia o la dictadura, el neoberalismo o el socialismo, en síntesis, la vida o la muerte. Ambas candidaturas dibujan este escenario apocalíptico de ganar la otra. Cada uno de ellos se erigen en los representantes absolutos de la verdad mientras la otra candidatura encarna la mentira; en los representantes de la coherencia y la pureza, mientras la otra candidatura lo es de la corrupción y felonía; en los representantes del futuro mientras los otros lo son del pasado, de esta década o de más atrás, dependiendo de cada cual. Un escenario simplista y binario, que no da cuenta de la complejidad de la situación económica, política y social en la que estamos envueltos.

Ninguno de los candidatos ha dado la talla, ni por su formación, ni experiencia, ni por cómo perciben su pequeño mundo en blanco y negro. No importa que el uno sea banquero sin título, pero con “éxito”, mientras que el otro candidato es uno recién titulado que no ha levantado ningún proyecto significativo de vida. El mundo pequeño en el que se regodean termina en su grupo económico o político, en sus intereses o mezquindades. No hay talla para más en este país, por ahora. Los grupos que les rodean están expectantes. En el caso de Moreno, están listos para concluir el asalto del Estado, su dispendio y corrupción en nombre de más revolución. En el caso de Lasso para iniciar su irrupción, en términos de beneficios económicos para sus tradicionales élites, en nombre de más democracia.

Este ambiente de incertidumbre, de escepticismo, de querer largarse lejos y meter la cabeza como el avestruz, nos asalta a muchos. Es verdad, como lo mencioné en un artículo previo a la primera vuelta, que se juegan muchas cosas en estas elecciones. Sobre todo, para determinadas personas, grupos, instituciones, colectivos y pueblos que se encuentran perseguidos o criminalizados y que están a la expectativa de aperturas para ellos y sus demandas.  Pero hoy el escenario ha cambiado, y no sabemos cuál es la peor alternativa en términos de salida a la crisis económica, de desempleo, de educación, de extractivismo, de derechos de naturaleza, de derechos de los pueblos y nacionalidades, de derechos sexuales para las mujeres. Nada de esto se ha debatido en serio, ni les importa gran cosa. Sus verdaderos intereses parecen ir por donde ya he mencionado.

Las diferencias no son tan grandes como muchos defensores, académicos y analistas se esfuerzan en demostrar, revisando sesudamente sus planes de gobierno. Ese apenas es un dato, que en este país bien lo sabemos, es el que menos importa. Si así fuera, el correísmo habría sido valorado por un programa político que ofrecía 9 revoluciones, si mal no recuerdo. Pero sobre eso, no hemos visto tanto cuando hemos oído demasiado. La retórica y demagogia no solo que es barata sino gratuita, y hoy asombrados presenciamos como ofrecen maravillas en un país que atraviesa una seria crisis económica, de desempleo, de corrupción, de desinstitucionalización, de exclusión y marginación social, de irrespeto y de falta de reconocimiento al otro.

Las últimas encuestas más creíbles muestran una situación de indefinición en un porcentaje significativo, y muy poco margen a favor del candidato Lasso. Con esto, todo puede pasar el 2 abril, no deberemos sorprendernos. El peor escenario posible es que se desate la violencia por iniciativa de cualquiera de los dos bandos. Considero que, como sociedad, desde el retorno a la democracia, los ecuatorianos nos hemos autoimpuesto unos límites que muy difícilmente los rebasamos, aún en los escenarios de derrocamientos de mandatarios.

No valdría la pena que participemos de una violencia que se podría desatar por iniciativa de cualquiera de los dos bandos, o de ambos. No valdría la pena enfrentarnos para defender aquello que no nos va a dar mayor cosa, pues ninguna de las dos opciones garantiza un programa genuino, incluyente y que responda a la compleja realidad actual, sino al contrario. Eso no significa que no debamos exigir transparencia y que los resultados se apeguen a la voluntad ciudadana mayoritaria. Pero no deberíamos poner las fuerzas, el cuerpo y las ganas por propuestas políticas tan débiles, mediocres, simplistas y binarias, que terminarán llevando a cabo posiblemente un programa muy similar, en términos de salida a la crisis.

Parafraseando a Sabina diría, no permitamos que nadie nos robe el mes de abril. Nuestro propio abril será de las esperanzas y sueños que seamos capaces de construir día a día en nuestros trabajos, junto a nuestras familias, nuestros territorios, nuestros colectivos, grupos y referentes. Será un trabajo de recomposición, por todo lo que nos han robado en esta década y aún antes, que eso sí no es poca cosa: se han apropiado de utopías, discursos, demandas, recursos económicos, dignidad, libertades y trabajo organizativo. Justo a partir de abril deberíamos reconstituirlos.