ELECCIONES: GENTE SIN HISTORIA, LUCHA DE CLASES Y FIN DE UN CICLO Por Christian Jiménez Kanahuaty

Fotografía: Reuters

Abril 11 de 2017

Lo que sigue no pretende sino ser un ejercicio de abstracción, que se nutrirá en parte de notas etnográficas y de reflexiones situadas dentro de un contexto de transformación social, política y económica que claramente no se agota con las elecciones, y más aún si el ganador de la contienda representa a la fuerza política que desde 2006 impulsa la “revolución ciudadana” en Ecuador y manifiesta enfáticamente ser una alternativa a al menos tres ejes discursivos y prácticos del presente: 1) El desarrollo, 2) La economía neoliberal y 3) el Estado burgués.

Por esto, las líneas que siguen, suponen una profundización posterior, y un debate subsecuente dado que una de las premisas que impulsa el presente texto es que el ciclo político y transformador iniciado por Rafael Correa a la cabeza de Alianza País y que tuvo su momento de articulación de lo social se puede rastrear sin mucho problema en la Asamblea Constituyente de los años 2007 y 2008 y que termina arrojando la Constitución de la República del Ecuador de 2008.

Este acto político y cultural, no es gratuito, tiene en su seno la historia de una memoria larga y corta de luchas y movilizaciones populares, campesinas, indígenas y político partidarias que pusieron en tensión tanto al Estado como a la forma de gobernarlo. Dirimiendo de alguna manera –y por un breve espacio de tiempo- la disputa entre poder electoral y poder político. Diferenciación del accionar de la toma de decisiones desde las calles y desde la arena institucional gubernamental, ésta concluyó en cierto momento de la historia, pero la narrativa histórica trazada de ahí en más, pensó haber ganado, sin embargo, los ciclos de protesta que en los últimos años se han desatado significan que la pausa entre poder electoral y poder político retorna al país para demostrar que una vez más, el antagonismo y la asimetría entre los bloques de poder que se disputan el Estado, no solamente es más visible, sino que ya no está anclada sólo a la figura del Presidente sino que empieza a convertirse en una falla estructural que revela una sociedad ambidextra.

Así, la “revolución ciudadana” como organizadora de la energía social desplegada en esos años, posibilita no sólo una salida a la crisis política, sino, y, sobre todo, una salida al resquebrajamiento del Estado. Resquebrajamiento que no solamente ocurría en Ecuador, sino que estaba sucediendo en Bolivia, en Argentina, en Brasil y en menor medida en Uruguay y Paraguay. El ciclo del giro a la izquierda comenzaba cuando el ciclo de los gobiernos burgueses empezaba a declinar y a agotar sus posibilidades de incidir en la arena institucional de forma directa o en la arena del conflicto de maneras indirectas, usando en algunos casos, a la policía o a las Fuerzas Armadas como escudo que blindase sus intereses. Pero esto no fue posible, ya sea tanto por la organización barrial y vecinal o por la articulación de diversas capaz de organizaciones populares, campesinas e indígenas que por un lado resistieron la represión de violencia política y por el otro, lograron consolidar una agenda política de transformación. La refundación del Estado como principal capacidad de una Asamblea Constituyente detonó su convocatoria. Se entendía, entonces, que el Estado neoliberal no respondía a dicho presente.

En ese contexto la revolución ciudadana encarada por Alianza País, logra consolidarse con una fuerza importante en el país. Ecuador, tiene en ese momento la capacidad de pensarse el modelo de desarrollo, como un modelo que tensiona por un lado los modelos dependentistas del desarrollo en la región, y por el otro, proponer una forma distinta del denominado desarrollo alternativo. El modelo fue sustentado a partir de la consolidación del Buen Vivir como paradigma y como modelo de desarrollo. Funcionó como paradigma en la medida que organizó lo que se entendería por desarrollo, pero también, articuló la vida cultural, educativa y política hacia este núcleo, de ahí las reformas institucionales y sobre todo la reforma a la Ley de Educación y la generación de programas educativos que impulsaran desde las distintas caras del Ministerio de Educación, currículo y proyectos educativos en el marco del Buen vivir. Y funcionó como modelo de desarrollo a partir de que el paradigma educativo del Buen Vivir fue colocado al centro del Estado. Un Estado (el Ecuador) que entendía que el desarrollo –y, por tanto, también- progreso, pasaba por la educación.

La economía política del conocimiento, fue el modelo. La inversión para generar centro tecnológicos, innovaciones científicas, nanotecnología, construcción de un satélite, becas a estudiantes nacionales al extranjero, becas para que profesionales con título de PhD lleguen a Ecuador desde todos los lugares del mundo a realizar investigaciones con fondos nacionales y que tuvieran la finalidad de generar valor agregado a la naturaleza existente en el país para generar patentes de medicamentos, cosméticos, alimentos, materiales de construcción, herramientas, industria manufacturera, etc., todo esto pensado que dentro del marco del Buen Vivir era encarar el desarrollo desde otro lado. El modelo pasaba por el conocimiento y su utilización para generar valor agregado. La fórmula: innovación más desarrollo = progreso e inversiones, parecía coherente.

Sin embargo, el modelo de desarrollo tuvo tropiezos en el manejo de los proyectos de desarrollo, sufrió la contracción económica a partir de la caída gradual de los precios del petróleo y manejo un mensaje presidencial proclive a la persecución política y la descalificación de los adversarios políticos o adversarios ideológicos, que incluso abandonaron las filas de Alianza País, bajo el argumento de que el partido ya no soportaba en su interior miradas y visiones críticas al régimen.

Ese más o menos y a grandes rasgos es el contexto en que las elecciones se desarrollan. Una primera vuelta que no arroja un vencedor y una segunda vuelta que está teñida por acusaciones de corrupción hacia ambos candidatos, Lenin Moreno (Alianza País) y Guillermo Lasso (Creo-Suma), pero, no quisiera detenerme ni en los datos ni en la coyuntura más proselitista sino en una mirada más general, que de alguna manera podría referirse como más estructural en tanto pretende dar cuenta de un par de fenómenos.

El primero es que mucha de la clase media, mantuvo un voto distante y nulo en las elecciones. Pero otra parte de esa clase media, siempre flotante, siempre oscilante y siempre aparente, radicalizó su voto hacia el candidato Lasso en tanto y en cuanto estaba cansado al menos de tres cosas propiciadas por el gobierno. 1) El discurso autoritario, con tintes racistas y machistas por parte de Correa sostenidos en los Enlaces Ciudadanos (sabatinas) de los días sábado, 2) El quiebre de la economía, la inflación constante y el agotamiento del discurso del Buen Vivir.

Se notará que en ambas campañas el Buen Vivir casi no fue nombrado ni como paradigma ni como modelo de desarrollo. Se empezó a trabajar la propuesta desde perspectivas tecnocráticas y de corte neoliberal, como la eficiencia y la eficacia en la administración pública para superar la crisis (dicho sea de paso, el carácter meritocrático y burocrático del gobierno de la Revolución Ciudadana en estos 10 años, ha sido sostenido justamente por la reforma educativa y la ejecución de que los empleados del ente gubernamental tengan título de maestría y doctorado. Estos títulos validarían sus conocimientos y el óptimo manejo de la cosa pública). Y finalmente, 3) Una reemergencia a partir de la crisis económica, de las contradicciones de clase, poniendo de nuevo en el escenario la disputa sobre el Estado a partir de la lucha por la distribución de la riqueza y su control, gestión, organización y posterior distribución.

Sin embargo, y en este contexto, sería un error pensar que toda la lucha se concentra solamente en uno de estos elementos. O que solamente el modelo no ha dado resultados. O que solamente el líder carismático no logró sus objetivos mesiánicos de reorganizar la vida social y económica. Parece ser que todas esas facetas están presentes. Porque es innegable que Ecuador ha cambiado en 10 años. La distribución de la riqueza, a través de una política constante de bonos focalizados, construcción de infraestructura, reforma de la educación, de la salud y las contradicciones incluso dentro de la reforma del Código Orgánico del Trabajo, son acciones políticas que nunca se desarrollaron en Ecuador desde una mirada de inclusión de los sectores excluidos.

Pero, el hecho de que la clase media se sienta representada por el candidato Lasso, representante del empresariado nacional más anquilosado en principios liberales, significa que el discurso de Correa en tanto representante del partido de gobierno, ha generado desconcierto, desmotivación y desilusión.

La clase empresarial, o la élite, que maneja la economía, se resiste a no tener el poder político. Se resiste a perder este espacio que históricamente han considerado como suyo y en el que lleva 10 años sin lograr estar presentes; pasan a ser 10 años en los que se reorganizan buscando candidatos y formas de deslegitimar al gobierno.

Los indígenas y campesinos, luego de una crisis de identidad ocurrida luego de la victoria de Alianza País, y que muchos de sus cuadros políticos migraran hacia ese partido, no sólo se enfrentó con la rearticulación de sus bases, sino con períodos de crisis donde vieron que las políticas del gobierno ni los representaba, ni los incluía ni resolvía sus problemas. Dado que el gobierno iniciaba políticas públicas sin consultarlos, los indígenas del Ecuador empezaron a tener relaciones distantes con el gobierno que conforme pasaron los años, se volvieron antagónicas. Tanto es así que, en muchos de los casos, la criminalización de la protesta tuvo la finalidad de capturar a los dirigentes sindicales, campesinos e indígenas detractores del gobierno.

Dentro de este esquema grafitis como “Te odio Correa por hacerme votar por Lasso”, o las voces que reclamaban que había que votar por Alianza País porque ellos “Roban, pero hacen”, se parece en cierto modo a los esgrimidos por los seguidores de Lasso que decían “Llegó el tiempo de que el país sea de los que trabajan”, “Nosotros tenemos más derechos, porque nosotros trabajamos por el progreso del país, ellos ya tuvieron su oportunidad”. Pero también se mantuvo la idea de que era necesario un cambio. Un cambio de sentido, un cambio de partido, por tanto, un cambio de la economía. Lo curioso es que quienes más repetían estas frases eran los comerciantes y gente que trabaja en el Estado.

Esto claramente no quiere decir que los opuestos se toquen. O que las ideas tanto de Lasso como de Lenín no estén afianzadas en modelos distintos de país. Sino que el contexto no se ha cambiado. 10 años y las prácticas neoliberales de la economía siguen vigentes. Desde la meritocracia, la judicialización de la política, la criminalización de la protesta, los casos de corrupción, la mala gestión de la crisis, la política de préstamos para pagar salarios del erario público, la politización de la seguridad social y territorial, el bajo incentivo hacia la ratificación de la política migratoria amparada por el discurso de la ciudadanía universal, o la crisis institucional de las universidades y educación media, junto una inequitativa política fiscal, hacen pensar que el neoliberalismo, en todas sus fases lo que hizo fue articularse al modelo de forma eficaz.

Dentro de este contexto de situación, surge dos semanas antes de las elecciones, poco a poco la demanda de una Asamblea Constituyente, ya no solo como propuesta del candidato Guillermo Lasso, sino de otros sectores, incluso al interior mismo de Alianza País.

Y aunque parezca una estrategia oportunista y salvadora, no habría que deslegitimarla o restarle importancia.

Hay dos formas de convocar a una Asamblea Constituyente, cuando es derivada y cuando es originaria. La convocatoria originaria es, por ejemplo, cuando tras las guerrillas de independencia en este lado del mundo, las fuerzas criollas convocaron a una Asamblea Constituyente para fundar un nuevo Estado en el territorio que antes era propiedad de una fuerza colonizadora. La convocatoria derivada es cuando los poderes constituidos convocan a una Asamblea Constituyente para reformular y escribir un texto constitucional de forma total o parcial. Esto es problemático porque, para las reformas o enmiendas a la Constitución, la Asamblea Legislativa es la que tiene tuición para ello. Entonces, la reforma de la Constitución debe ser completa, entonces, no es una sola manera distinta de enunciar un proceso político, sino que es un acto político que pretende fundar un nuevo modelo de organización de la vida en común, en sus niveles territoriales, políticos, culturales, económicos, sociales, religiosos, simbólicos, etc., y en ese sentido, la Asamblea Constituyente en este escenario de polarización clasista del país, puede servir como herramienta para que constitucionalmente gané un modelo de país frente al otro.

De lo que se trata no es solo de un encuentro para deliberar los artículos que contendrá la constitución, se trata, en definitiva: de generar una nueva arquitectura constitucional. Y como sabemos el Estado no es una ficción o una entelequia en la que decidimos creer. El Estado es una red de instituciones, es un cuerpo de símbolos, es un territorio, un determinado modelo de representación y participación social y política y una manera de ejercer control sobre los recursos naturales.

En ese sentido, la convocatoria o no a una Asamblea Constituyente no debería tomarse con distancia, sino como oportunidad política. En un escenario de crisis, con polarización política y decrecimiento económico, la Asamblea Constituyente se puede convertir en el escenario para un pacto fiscal, un acuerdo nacional entre facciones de un mismo partido y luego en alianza con la oposición, o puede, simplemente ser el lugar donde se funde mayor exclusión y mayor instrumentalización de las políticas públicas y la institucionalización estatal para que termine siendo la maquinaria política capturada con la cual arrasarán los derechos y resguardos sociales que los sectores populares, la clase media y en general, todo el país, ha obtenidos en estos 10 años.

Aquí pensamos en cierto modo también la Asamblea Constituyente como un ejercicio político de doble fas. Una de ellas puede resultar en la descomposición del Estado como lo conocemos en Ecuador y sus derechos inherentes, que a pesar de haberse presentado como amplios, en el tiempo se han reducido; sin embargo, ésta lucha político de volver a ensanchar los derechos y de retomar algunos de los idearios de la reconstrucción de lo público, para repensar la educación y el modelo de desarrollo pasan por que lo popular, lo barrial, lo vecinal, lo campesino y lo indígena, junto a lo intelectual, lo profesional y lo regional vuelvan ya no solamente a construir un pacto social, sino un proyecto de país que rebase los intereses de clase y que supere las distinciones entre regiones. Eso sólo se lo puede hacer en un contexto determinado. La Asamblea Constituyente es ese contexto puede ser, si no se articulan las fuerzas sociales como una verdadera resistencia propositiva y creativa, en el lugar en el que los acuerdos sobre el futuro de los derechos selle su muerte. La derecha también puede orquestar proyectos, propuestas y presiones en su interior.

De ese modo, el doble fas de la Asamblea Constituyente debe responder a una lectura cuidadosa de la realidad. Lo que eso significa es que del lado de Alianza País se necesita leer el contexto con otros elementos, moverse de lugar para leer las acciones de la gente que hasta ahora no ha logrado tener una historia dentro del proyecto político de los últimos 10 años. Hay lugares en el país donde la historia parece ser la misma a pesar del cambio de la “revolución ciudadana”. No se trata de imponer un guion político o un programa nacional condicionado a la creatividad de los planificadores estratégicos; se trata de ser dinámicos y creativos a la hora de establecer conexiones entre lo nacional y lo local, para que, por ejemplo, los planes de desarrollo nacional, sean ejecutados en lo local, pero dentro de la especificidad social, cultural, territorial, económica y política de cada localidad.

Esto último no es fácil, se lo reconoce, pero tampoco imposible, es sólo forzar la arquitectura institucional y diagramar una imaginación institucional que reclame una porción de lo plurinacional en términos de construcción estatal; que claramente no piensa que el Estado lo es todo, sino que simplemente es el paraguas sobre el cual ocurren una serie de acciones y relaciones de poder político y económico que a pesar de su diferencia son incluidos en el gran esquema, estarán representados por el mismo y tendrán capacidad de decisión. Lo que está claro, es que el Estado no puede descomponerse más. Y que se lo debe rearticular por medio de mecanismos, que apropiados por la gente, propongan nuevas rutas de construcción de lo común.

Las elecciones, ya se sabe, no sólo arrojan datos duros sobre quién ganó y dónde. Las elecciones conforman la sociedad del futuro y la correlación de fuerzas que marcarán al menos tres instancias: 1) Los acuerdos políticos sobre temas económicos, incluido las políticas extractivistas; las políticas fiscales, mercantiles y arancelarias con las cuáles se pueda salir de la crisis, 2) La posibilidad de empezar a borrar todo lo construido o dar continuidad en políticas educativas, de salud y vivienda, y 3) El reordenamiento del Estado, tanto para eliminar el gasto público como para reestructurar desde los ministerios como instituciones, las políticas públicas, entre ellas, las de educación.

Estas tres esferas del debate, estarán marcadas claramente por la eficiencia del nuevo gabinete o por la capacidad de sortear a la oposición y generar acuerdos.

Pero, sobre todo, implica pensar lo social. Lo que queda es un lazo social resquebrajado y desilusionado. Lo social en términos políticos, ya no es el electorado, sino, los sectores que votaron en contra de Alianza País y que están ahora en el lugar del derrocado, cuando en otro momento del ciclo de la “revolución ciudadana” estaba en el bando ganador. Este cálculo político que término siendo errado en el caso de algunas organizaciones indígenas, significa que ese es justamente el nicho con el cual el gobierno debe empezar a dialogar. Pero no es el único.

Quizás dentro de este contexto tenga sentido pensar esta sociedad como una sociedad ambidextra, que se reconoce tradicional en sus modos de resolver las controversias y apela a las elecciones como continuación del conflicto por medios pacíficos, pero al mismo tiempo es una sociedad que puede salir a las calles a defender el voto que les ha sido secuestra o capturado. Lo interesante del momento actual es que quienes salen son parte de la clase alta, una burguesía acomodada y con intereses puestos en los mercados internacionales.

Y si bien la estrategia gubernamental puede ser no salir a las calles para no dar excusas que briden argumentos de represión política y de control del poder electoral en Ecuador por parte del gobierno, lo que interesa pensar es que estas elecciones más que jugar a colocar un Presidente, dirimían quién tiene el poder y quién controla en el país a las bases sociales. En suma, definía el modo en que desde las calles se reatículan o no los diferentes proyectos de país y como hay diferentes proyectos de país, las clases medias están jugando a ser sobrerrepresentadas no en términos electorales, sino en su imaginario de pensarse como una clase distinta solo porque sus necesidades básicas no terminaron de ser satisfechas o porque en la discursividad de Alianza País, hoy se presentan contradicciones alrededor de la matriz productiva, del extractivismo, de la educación y de la libertad de prensa, pensamiento y asociación.

Así, la clase media se viste de clase alta y asiste al baile orquestado por la derecha sin mucha conciencia dado que la clase media siempre ha oscilado entre uno y otro polo ideológico. Lo cual explica que todos aquellos que están rodeando el Consejo Nacional Electoral para cuidar el voto y el reconteo, no se ven ni se piensan como clase media, se imaginan a sí mismos como clase dirigente y comparte pasiones con los empleadores, siendo ellos mismos empleados. Los verdaderos empleados y excluidos del problema político se ven sin embargo en las calles, son los afroecuatorianos que cuidan los automóviles, las mujeres que vender canelazos, los niños y niñas que venden banderas de CREO-SUMA, y claro los hombres que venden cigarrillos; muchos de ellos colombianos, venezolanos, pero también ecuatorianos que vinieron de Esmeraldas y Manabí luego del terremoto del 16 de abril y que aún no encuentran un lugar en la sociedad. Y claramente es el mercado informal lo que les cobija, y ellos justamente no están inmersos en la discusión sobre el rumbo político del país, son ellos los que están al margen; como al principio de la República, la fundación de la misma instituye un cerco de identidad de clase, racial y cultural para cerrarse y dejar en su exterior al pueblo. La nación y la República nacen muertas porque sus hacedores no son convocados a decir nada sobre el futuro de sus propias vidas.

Fotografía: Alfredo Lagla/ EL COMERCIO

Las políticas del nuevo gobierno deben pasar por la construcción de otro tipo de hegemonías. Unas ejemonías (ejemonías en el sentido de unir las ciudades del eje político y económico del país), pero también que ese sea el eje de la deliberación: acuerdos programáticos, pactos políticos transversales.

Ecuador acaba de dar fin al ciclo de la revolución ciudadana. Este país no es el de 2006. Hay nuevas preguntas y las respuestas viejas no sirven. Se agotó el modelo y las políticas públicas que lo sostenían también han entrado en descrédito.

Es otro tiempo el presente y como tal reclama una nueva imaginación política. Una nueva ingeniería constitucional y una rearticulación del brazo social, las organizaciones y los movimientos sociales deben ser actores fundantes de este nuevo proceso, no tanto por ganar legitimidad, sino porqué se tiene que apostar en este momento por la construcción de un modelo integral de participación multiescalar y mutisectorial.

Si se gestiona mal la victoria está puede ser efímera. Lo que nos ha demostrado estos últimos 10 años, es que los ciclos de cambio y crisis son cada vez más cortos. Antes fueron cada cincuenta años, luego cada treinta, hasta ahora fueron cada diez. El tiempo se agota y las ideas no terminan por consolidarse como diferentes. Lo que demuestra algo más finalmente, que nuestros marcos analíticos también han quedado desfasados y poco a poco insuficientes. La realidad, hoy, hay que reconocerlo, es mucho más compleja que hace diez años.