HABEMUS POPULISMO Por Mario Unda

Fotografía: Foro Político Ecuador

Abril 11 de 2017

Los populismos latinoamericanos (el correísmo entre ellos) son fenómenos políticos particulares, distintos a aquellos otros que, por ejemplo, en Europa o en Estados Unidos han recibido ese nombre. Entre nosotros, aparecen con su forma conocida en la década de 1920 y se han reproducido y afirmado casi por toda la región. ¿Qué los caracteriza? En esta primera entrega presentamos un breve vistazo general. En próximas entregas iremos analizando los diversos aspectos.

El populismo expresa un momento, una crisis de hegemonía

El populismo es una fórmula política que expresa, sobre todo, un momento, una crisis de hegemonía y la creación de condiciones para el surgimiento de una nueva hegemonía que recomponga las condiciones de dominación.

Surge en un contexto de crisis. Primero, una crisis de las fórmulas de dominación política de que disponen, en ese momento, las clases dominantes; el pueblo ya no acepta ser contenido por los partidos y movimientos políticos, por los discursos usuales, por las propias instituciones estatales. El consenso de los dominados se vuelve imposible: ya no lo es el consenso activo; no se alcanza ni siquiera un consenso pasivo.

Pero, al mismo tiempo, las clases subalternas no logran dar forma a un proyecto contrahegemónico y se encuentran en una situación en que (ya) no logran representar sus intereses por sí mismos. Sobre todo en el período que antecede al encumbramiento de los nuevos populistas “progresistas”, fue usual que esta situación provenga, sin embargo, de una fuerte movilización social previa en contra del modelo neoliberal; una movilización que derribó presidentes y llegó a poner en cuestión el proyecto dominante, aunque sin lograr doblegarlo; de manera que la desmovilización que le siguió mantuvo aún un difuso pero extendido deseo de cambio y la sensación extendida de la legitimidad de las demandas populares y de su presencia en el escenario político.

Incapaz ya de representar sus demandas en su propio nombre, el eco de la movilización precedente no hace más que contribuir a dar forma al vacío político en el que surge y se afirma el populismo.

La crisis de las fórmulas de dominación se combina con la crisis económica y la crisis social. En nuestro caso, la crisis bancaria de 1999-2000 seguida de la dolarización y sus efectos de empobrecimiento generalizado, ambiente que legitimó la protesta y a los actores de la protesta.

Finalmente, los sobresaltos en la situación de dependencia, patentes en la crisis global del capitalismo que venía desarrollándose como explosiones regionales y que tendía por entonces a mundializarse. En este caso, la crisis capitalista global mostraba también una disputa por la hegemonía mundial en los avances acelerados de la China sobre los antiguos territorios de dominio norteamericano y europeo.

De este modo, la crisis de hegemonía se combina con una crisis del proyecto de gestión de la modernización capitalista que expresaba el proyecto neoliberal.

La salida populista

Saliendo de la crisis, ¿qué tipo de salida expresa el populismo? El populismo configura un reordenamiento de las relaciones de clase.

Reordenamiento de las relaciones al interior de las clases dominantes: por una parte, el populismo trae consigo una nueva alianza de clases, la articulación de un nuevo bloque en el poder constituido por sectores de punta del capital, burguesías intermediarias, capitales multinacionales y sectores de una pequeña burguesía tecnocrática o militar (o ambas); una alianza no exenta de negociaciones y forcejeos. Por otra parte, si los regímenes oligárquicos o neoliberales han gobernado para un segmento de la burguesía, el populismo expresa los intereses estratégicos del capital en su conjunto (provisión de condiciones generales para la producción y la circulación del capital, dinero barato, fuerza de trabajo disciplinada, pueblo subordinado).

Renegociación de las relaciones con el capital transnacional y con los Estados imperialistas, que en la fase actual reemplaza las anteriores políticas nacionalistas y antiimperialistas: nuevo reparto del plusvalor social en favor del Estado; oscilaciones en el marco de las disputas hegemónicas globales.

Reordenamiento de las relaciones entre el Estado y el capital, normalización de las condiciones de explotación: ofrece similares condiciones salariales y de jornadas laborales; equiparamiento de condiciones tributarias; exige una redistribución del plusvalor social con mayor participación del Estado (impuestos, renegociación de contratos) o de altos funcionarios (corrupción).

Normalización de las relaciones entre burguesía y clases trabajadoras: similares condiciones salariales, incluyendo incrementos; aperturas y cierres controlados del mejoramiento de condiciones laborales; sometimiento de los trabajadores a la disciplina empresarial; sindicalismo de colaboración de clases.

Reformulación de las relaciones entre el Estado y el pueblo, reducción del pueblo a la disciplina estatal: por un lado, con política relativamente amplia de concesiones materiales y simbólicas (políticas sociales, integración discursiva), por otra parte, desarticulación del movimiento popular (desactivación de los núcleos de independencia política, criminalización de la protesta).

Modificación y reordenamiento de las relaciones internas al campo popular: desactivación de condiciones de articulación popular autónoma, estatización de organizaciones sociales y de la representación social.

Lo específico del populismo es que en todas ellas impone el arbitraje del Estado y exige que se lo reconozca como inapelable. Sin embargo, para poder ejercer ese arbitraje requiere situarse “como si” estuviera por encima de los conflictos; el populismo obtiene su fuerza de estos conflictos y de su mantenimiento.

Para conseguir que la sociedad acepte su arbitraje forzoso, el populismo requiere, antes que nada, condiciones para negociar con las clases dominantes locales y con el capital transnacional. Esas condiciones son básicamente tres:

  • Un Estado fuerte, de allí proviene el eje político de la “recuperación del Estado”, y de allí proviene también su tendencia a la concentración de poderes en el Ejecutivo y en la persona del caudillo.
  • Desactivar los instrumentos de construcción hegemónica de que pudiera disponer el antiguo bloque en el poder, y
  • Controlar políticamente a las masas, es decir, mantenerlas en condición de incapacidad de representarse políticamente por sí mismas. De allí proviene su tendencia al autoritarismo, a la represión y a la criminalización de la protesta social. Pero también al transformismo y su habilidad para captar, individualmente o en grupos, a intelectuales y a antiguos dirigentes sociales. Ambas cosas vienen juntas.

Con todo eso, el populismo está en capacidad de construir un proyecto de reconstitución de la hegemonía y, por lo tanto, de resubalternización del pueblo. El populismo se configura así como una nueva forma de dominación política.

Próxima entrega: el populismo y la crisis estructural del Estado