DESPUÉS DE UN SIGLO: LA REVOLUCIÓN RUSA EN LOS PROCESOS SOCIALES DE LATINOAMÉRICA Por Modesto E. Guerrero, Lorena López G. y Nicolás A. Herrera

El hombre en el cruce de caminos/Mural de Diego Rivera

PARTE II

Abril 12 de 2017

El internacionalismo marxista se ha expresado desde 1864 a través de tres Internacionales Comunistas. La primera de ellas (1864-1876), llamada Asociación Internacional de los Trabajadores, fue fundada en Londres por sindicalistas ingleses, franceses e italianos, anarquistas, socialistas y republicanos. Constituye “la culminación organizativa del período inicial de resistencia del movimiento obrero a las condiciones de explotación capitalista” (Novak, 1977, p. 36). Entre sus grandes logros están las reformas laborales progresivas, el estímulo de la organización sindical, lo solidaridad internacional, el esfuerzo por demostrar que la unidad internacional de los trabajadores era posible y la difusión de las ideas marxistas popularizándolas como instrumento para las luchas. Su disolución fue desencadenada por el fracaso de la Comuna de París (1872) y las insalvables disputas teóricas entre el marxismo, el anarquismo (Bakunin), el ‘socialismo pequeñoburgués’ de Proudhon y actitudes sectarias y oportunistas.

La Segunda Internacional (1889-1914) se organizó con ocasión del Centenario de la Revolución Francesa, luego de un período de reconstitución del movimiento obrero, con un carácter federativo y con independencia de los partidos en cada país para desarrollar sus tácticas. Es considerada como la ‘Internacional de la organización’ del movimiento obrero en sindicatos y partidos preparando el terreno para el movimiento obrero masivo independiente. Alemania fue su centro, por la expansión industrial que siguió a la victoria en la guerra franco-prusiana de 1871, similar a la inglesa dos décadas antes.

En los debates internos, los revolucionarios marxistas enfrentaron a un mismo tiempo tendencias oportunistas y sectarias que, detrás de una falsa disyuntiva entre reforma y revolución, planteaban alianzas con sectores liberales, pequeñoburgueses y capitalistas. La posición marxista señalaba que cualquier colaboración de clases fortalecería a la enemiga clase dominante reaccionaria, debilitando al movimiento obrero y la democracia. El triunfo de las ideas marxistas en el Congreso de Ámsterdam (1904) y la primera intentona revolucionaria en Rusia (1905) fueron el clímax del espíritu de la Segunda Internacional. A partir de entonces, entró en un lento y progresivo proceso de decadencia hasta su disolución, a causa del crecimiento de la socialdemocracia, las discusiones internas que terminaron expulsando a los anarquistas en 1896 y el inicio de la Primera Guerra Mundial.

El triunfo bolchevique de 1917 significó el triunfo de los marxistas de 1904 y de los revolucionarios rusos de 1905, abriendo una nueva etapa para el internacionalismo proletario. El 10 de marzo de 1919 se impulsó la Tercera Internacional Comunista (IC, Comintern  o Komintern), para que fuera el instrumento mundial que derrocara a la burguesía internacional y realizara la revolución planetaria, exportando la revolución bolchevique. La IC era el canal natural para establecer el diálogo entre la clase oprimida y la experiencia soviética. Esta experiencia será reeditada en la década de 1960 cuando, desde la entraña de la Revolución Cubana y bajo la mirada estratégica del Che, se proponga la TriContinental, como una actualización del imperialismo y la solidaridad internacionalista.

Periodización del movimiento socialista latinoamericano

El movimiento socialista latinoamericano ha tenido cuatro etapas: (a) de la preparación (mediados del siglo XIX hasta 1919); (b) de los marxistas revolucionarios (desde 1919 hasta 1935); (c) del frentismo etapista y el ‘browderismo’ antirrevolucionario (desde 1935 hasta 1959); y, (d) del marxismo renovado (desde las revoluciones cubana y sandinista hasta el presente) (Dussel, 1990, p. 275 y ss.). En este apartado analizaremos las tres primeras etapas.

En la primera etapa los movimientos socialistas latinoamericanos inician su proceso histórico y comienzan a participar de una perspectiva mundial. Es una etapa de maduración y confluencias de corrientes (socialismo utópico, anarquismo y anarcosindicalismo) y aparecen clubes socialistas, revistas y periódicos a lo largo del Continente. En la Segunda Internacional participaron algunos delegados uruguayos y observadores chilenos y brasileros; mientras que un grupo de trabajadores mexicanos publicó el Manifiesto Comunista en 1870 y el argentino Juan B. Justo tradujo el primer volumen de El Capital en 1895 (Dussel, 1990, p. 276; Kohan, 2013, p. 25). La recepción ‘estricta’ de Marx fue limitada, aunque Néstor Kohan (2013, p. 25) advierte que los emigrantes europeos venidos a América leían estas obras en alemán, italiano o francés, siendo europea la primera generación de marxistas en Latinoamérica.

La segunda etapa inicia con la fundación del Comintern y concluye en 1935. En este período la IC desarrolló sus siete congresos mundiales. Es la etapa de la fundación de los partidos comunistas (PC) continentales, que pueden dividirse en dos: las ‘verdaderas secciones’ o ‘partidos históricos’, relacionados estrechamente con el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista y los partidos ‘menores’, con mucho menos consideración e incidencia política (Tabla 1).

Tabla 1. Secciones y fechas de fundación de los PC latinoamericanos

Consideración en la IC País Fundación
‘Verdaderas’ secciones / Partidos históricos

(Relacionados con el CEIC)

Argentina 1918
México 1919
Uruguay 1920
Brasil 1922
Chile
Cuba 1925
Partidos ‘menores’ Guatemala 1922
Ecuador 1926
Perú 1928
Paraguay
Colombia 1930
Panamá
El Salvador
Venezuela 1931
Costa Rica

 

Al final del período, pueden señalarse dos fases: (a) de lucha interna de fracciones en los PC (1924-1929); y, (b) otra de crecimiento y expansión en los medios sindicales y populares (1929-1935) (Dussel, 1990, p. 283).

Aunque Latinoamérica ocupó un lugar marginal en el gobierno y conducción de la IC, fue aquí donde tuvo su influencia teórico-práctica más duradera y penetrante sobre sectores sociales que le permitió planificar e inspirar insurrecciones. Aun cuando, no había un conocimiento sólido del marxismo y se apelaba a generalidades teóricas el andamiaje conceptual de la izquierda se enriqueció con dos tendencias teóricas tempranas. La primera de ellas, encabezada por la IC, que imponía su ideología soviética del marxismo-leninismo y, la segunda, en la figura de José Carlos Mariátegui, que buscaba una recreación del marxismo desde una praxis política situada, procurando hacer un ‘análisis concreto de la situación concreta’. Su interpretación del marxismo lo ubica en la misma tradición del Marx redactor de El Capital, oponiéndose al positivismo, al materialismo ingenuo, al idealismo en las filosofías de la historia y a la visión unilineal leninista de la historia; pero, también al etapismo, al economicisimo y al dogmatismo.

Con una visión sobre ‘lo nacional’ y ‘lo popular’, el rol del campesinado y la ‘cuestión’ indígena, El Amauta descubrió los elementos del socialismo práctico que no permite calco ni copia sino exige creación heroica de un socialismo autónomo (Mazzeo, 2013); proposición cercana al socialismo mestizo de Francisco de Heredia (como veremos adelante) e inspiradora del socialismo raizal de Fals Borda. Esta tendencia será perseguida, menospreciada y silenciada por la ortodoxia marxista cominteriana, termidor del marxismo.

La tercera etapa (1935-1959) inicia con la celebración del séptimo –y último- congreso mundial de la IC y termina con el triunfo de la Revolución Cubana. El séptimo congreso, pletórico de discursos cuadriculados y veneradores de Stalin, cambió la táctica y la estrategia. Se abandonaron los principios leninistas para defender la democracia (burguesa) y alcanzar el poder para una alianza partidaria con la burguesía. Se abre un período de colaboración de clases con un instrumento: el Frente Popular. Entonces, se comenzará a trabajar contra la revolución mundial (Caballero, 1987, p. 181). Al mismo tiempo, se establecen cambios en los enemigos: el ‘imperialismo’ será cambiado por el ‘fascismo’ a nivel externo, y, a nivel interno, se planteó un enemigo emergente “tan poderoso y temible como el fascismo”: el trotskismo (Caballero, 1987, p. 104). Cuando cambia la línea en 1941, por exigencias tácticas de la URSS, los comunistas se aislarán de sus antiguos aliados y se acercarán a sus antiguos enemigos: burguesías nacionales, oligarquías liberales y terratenientes exportadores.

El frentismo hipotecó el futuro del movimiento revolucionario y generó un retroceso del marxismo, llegando a transformarse los comunistas en sectores antinacionalistas y antipopulares, ¡en nombre de la ‘clase’ proletaria! Así, por ejemplo, en Colombia enfrentó a Gaitán; en Argentina se unió a la Unión Democrática contra Perón; en Cuba apoyó a Fulgencio Batista y en Perú integró el Frente Democrático con la oligarquía liberal tradicional (Dussel, 1990, p. 284-285). El cambio de rumbo será denominado en nuestro continente como browderismo, principalmente en Cuba, Colombia y Venezuela, que tomaron como modelo táctico el propuesto por Earl Browder, Secretario General del PC estadounidense. El browderismo es la expresión extrema de la política del Frente Popular y de la Unidad Nacional, es decir, de la línea estalinista. Esto puede evidenciarse en las acciones del PC francés, en las declaraciones de la IC en los inicios de la guerra y en los desarrollos del PC chileno.

Este desenlace está relacionado con, al menos, tres acontecimientos: (a) el desmantelamiento en 1933 del Partido Comunista alemán -el más poderoso de la Tercera Internacional-; (b) el inicio de la guerra civil española en 1936, donde la IC concentró toda su atención, enviando sus mejores cuadros a través de las Brigadas Internacionales para luchar por la República y ayudar al pequeño PC español a expandir su influencia y militancia; y, (c) la victoria de Stalin, una victoria tripartita sobre el PC ruso, la IC y los partidos comunistas mundiales (Caballero, p. 179-180).

El rol de los Congresos, las conferencias y los Secretariados en la construcción del “comunismo” latinoamericano

Vistos de conjunto, los siete congresos mundiales de la IC (dirigidos los cuatro primeros por Lenin y los tres últimos por Stalin) evidencian una contradicción fundamental entre la revolución mundial (“para derrocar a la burguesía internacional”) y las políticas de Estado (ruso); entre los agitadores revolucionarios y los hombres representantes de un Estado-Nación con sus propios intereses. De acuerdo con Manuel Caballero (1987), esta tensión generalmente se inclinó en función de los intereses de Estado, asumiendo una línea defensiva (de la Rusia comunista) en lugar de una ofensiva (de la revolución mundial). En dichos congresos, la ‘cuestión colonial’ siempre tuvo un papel secundario en el proceso revolucionario mundial y, dentro de ésta, el lugar de Latinoamérica fue siempre marginal, salvo en el VI congreso (1928) cuando el Comintern ‘descubrió América Latina’, según una expresión del propio Bujarin.

En el IV Congreso (1922) por primera vez se incluyó a Latinoamérica en la agenda y sus asuntos comenzaron a ser tratados junto a los de Francia, España y, probablemente Portugal, en el Secretariado Latino de la Internacional Comunista. Tres años después, se creó y estableció en Buenos Aires (Argentina) el Secretariado Suramericano de la Internacional Comunista, dirigido por José Penelón –Secretario General del PC argentino-. En 1927, dicho Secretariado tenía representantes argentinos, brasileros, uruguayos y chilenos, siendo hegemonizado por argentinos, reflejando sus propias discusiones y crisis internas. Después del VI Congreso (1928), el Secretariado cambió su dirección. Penelón –caído en desgracia– fue sustituido por Vittorio Codovilla, ‘hombre de Moscú’, absolutamente fiel al estalinismo y amigo personal del delegado del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista para el subcontinente, el suizo Jules Humbert-Droz.

Bajo la conducción de Codovilla se organizó la Primera Conferencia de comunistas latinoamericanos, celebrada en Buenos Aires (Argentina) entre el 1 y el 12 de junio de 1929. Participaron quince experiencias comunistas latinoamericanas, con la notable ausencia de Chile, más delegados de Estados Unidos, Francia y burócratas de la IC. Los delegados de México, Colombia y Guatemala coincidieron en una misma preocupación: los comunistas debían tomar las armas, dirigir el levantamiento popular y ‘crear un Sandino en cada región’; consideraban que las condiciones en el continente eran revolucionarias y que, si los comunistas no asumían la dirección del levantamiento, lo harían los burgueses.

Era la ocasión ideal para los propósitos de la revolución latinoamericana y la revolución mundial, pero el Comintern no tuvo ese interés y se preocupó más en imponer sus puntos de vista de la manera más rígida posible, que en aprender de Latinoamérica, informarse mejor de la situación y extraer conclusiones realistas de las discusiones. Ante los planteamientos de los delegados, emergió el putchismo y la tentación de las salidas militares, la defenestración de la capacidad de los liberales y las contradicciones internas de los pequeñoburgueses (que incluía a los intelectuales y estudiantes) que sueñan “con un régimen liberal a la europea” (Caballero, 1987, p. 155).

Fue una Conferencia con muchas sombras y hegemonizada por la burocracia (el 10% de los asistentes se reconocía como ‘funcionario del partido’). Allí se aprobaron las ‘tesis coloniales’ que marginaban a Latinoamérica de algún protagonismo en la revolución, se fustigaron a los intelectuales, los estudiantes y también a los campesinos e indígenas. La Conferencia cerró filas contra el pensamiento disidente, autónomo y creativo distanciándose de la Reforma Universitaria, los partidos de izquierda no-comunista y las tesis de José Carlos Mariátegui.

El Secretariado Suramericano se disolvió en 1930 a causa de las luchas internas moscovitas que incluyeron la caída de Bujarin y sus seguidores. En su lugar, apareció el Bureau Sudamericano con un perfil más clandestino y conducido por el exzinovienista Guralsky, quien venía de “aplastar la izquierda” del partido comunista francés, liderada por Souvarine; además de haberse visto envuelto en escándalos de dineros. Su elección, puede estar relacionada con una pérdida de interés en la región mostrada por el Kremlin después de 1929 (Caballero, 1987, p.65; 58). También se sabe de la creación de un Bureau del Caribe que tuvo como tareas la coordinación de acciones de los comunistas norteamericanos y del Caribe, bajo la conducción norteña (en cabeza de Browder), y que influía sobre Venezuela y Colombia, principalmente. Ambos Bureau desaparecieron a mediados de la década de 1930.

Próxima entrega: Legados de la III Internacional Comunista en América Latina