ESPACIO PÚBLICO Y POSELECCIONES Por Christian Arteaga

Abril 26 de 2017

Posterior al último 2 de abril, día que se conoció el triunfo de Lenín Moreno (51.08%) para la presidencia de la República, surgieron varias reflexiones a razón del estrecho margen de victoria con relación a Guillermo Lasso (48.95%). Lo cual, de algún modo, sitúa al primero en un lugar complejo y en permanente atención con las formas gubernativas en su administración. En los días subsiguientes, fuera de la acción litúrgica del conteo de los votos; las acusaciones mutuas sobre el fraude y sobre quién es el verdadero ganador, entre el oficialismo y la oposición, brotaron diferentes observaciones referentes al momento político del país, amén de una fuerte crítica a los medios de información, especialmente, privados por el papel que estos cumplieron en los últimos sufragios.

Las redes sociales se inundaron de envites de lo más violentos, acusatorias, burlas, insultos, memes, fakes –nuevo dispositivo que pone en crisis la noción de verosimilitud de los propios medios digitales-, etc. La razón sucumbía ante los alientos extáticos del excandidato a vicepresidente por CREO, Andrés Páez, que avivaba a incendiar Quito y a convertirse en violentos guardianes del conteo de votos. Así, desde el día lunes siguiente a los comicios, seguidores de CREO se apostaron en la avenida principal donde funciona el Consejo Nacional Electoral (CNE) para presionar por el reconteo de los votos por una eventual usurpación. Los editoriales y articulistas de los medios impresos realizaban análisis sobre los supuestos fraudes ocurridos en la historia del país, unos afirmando, otros negándolos de acuerdo a las coyunturas nacionales. En tal escenario, uno de los campos de estudio que fue menos tratado y que parecería ser muy sustancial al momento de la comprensión, no solo política si no cotidiana, es el espacio público y la ciudad: sus dramaturgias y puestas en escena.

Este artículo razona sobre dichos intersticios que quedaron olvidados por los análisis de la coyuntura que apremiaban para generar los debates en la esfera pública. Esta aseveración es de suma importancia pues, como dijimos, el espacio público careció de sentido de lado y lado de los actores, pues este ya no es la geografía de visibilización de las demandas, otrora, por parte de los sectores en resistencia. Actualmente, con lo sucedido después del domingo en mención, este se convirtió en un lugar privilegiado para las agendas de sectores conservadores y neoconservadores. Excluyo la dicotomía oficialismo y oposición, pues es limitada, ya que dentro del oficialismo coexisten sectores neoconservadores que propugnan un nuevo sentido de lo público (el Plan Familia, por ejemplo) y dentro de la variopinta oposición, se visibilizan sectores de igual mote (Opus Dei y Provida).

Una de las y reflexiones del siglo XX y XXI en ciencias sociales ha sido la del espacio público como reivindicación y como el territorio donde se exhiben las demandas y se festejan los derechos. Siguiendo los trabajos iniciadores de estas apuestas tenemos en los años sesenta a Henri Lefevbre (1901-1991) con su tesis sobre el derecho a la ciudad[1], y en los años setenta a los pensadores de la Antropología urbana, desde Marc Augè, pasando por Michel Mafessoli, Isaac Joseph y Manuel Delgado[2].

Esta disciplina se distanció de la antropología a secas, porque caracterizó varios problemas complejos como fue el paso de las ciudades modernas e industrializadas a nuevos conflictos del presente como es el nomadismo de los sujetos y sus artefactos, la velocidad de la vida urbana y la influencia de las tecnologías de la información; en suma, fue el momento de entender que la urbe iba tomando un carácter político y al mismo tiempo, sus habitantes iban deconstuyendo las identidades fijas. Por tal motivo, para la antropología urbana el espacio público significó un nuevo concepto para explicar la crisis del sentido de lo privado/público, mediante el estudio de sus comportamientos y sometimientos en las metrópolis contemporáneas.

Con esta preocupación,  nos preguntamos por qué los análisis políticos fueron por otros lares, dejando olvidada a esta categoría para pensar los sucesos pos-elecciones. Por ello, habría que intentar examinarlos al calor de esta noción, añadido a ciertos imaginarios que se reafirmaron en las redes y en los medios tradicionales.

El territorio de los (auto) sacrificios

Las calles, las plazas, las avenidas y los parques son arqueologías del presente. Espacios donde se rivaliza el sentido de lo cotidiano y sus interpretaciones, pero sobre todo, entramados donde se sacrifican varias cuestiones. Me referiré a dos de ellas.

Autosacrificio, chao lugar de izquierdas.– el principio de autosacrificio concreto que la izquierda construyó desde la Revolución Francesa -si bien esta todavía no existía como nomenclatura, pero sí había jacobinos- y que con mayor notoriedad se puedo colegir en la Comuna de París, la Revolución bolchevique y las permanentes movilizaciones y scratchs de esta, fueron las barricadas, la apertura de zanjas, la quema de llantas, una guerra de guerrilla urbana que corta el camino por un lado, se esconde, engaña al oponente y aparece en otro lugar. Esta instancia autosacrificial del espacio público tuvo una conexión sui generis. Tal singularidad es un escaño que mucha de la izquierda social se ha negado mirar, es así que  en el debate actual de los movimientos sociales, y siguiendo a Alberto Melucci, los movimientos sociales tradicionales perdieron ese patrimonio de expresar y condensar las reivindicaciones de los sectores en resistencia -también tradicionales- que iban desde el movimiento obrero, estudiantil, poblacional hasta el campesino, dentro del espacio público.

Es, tal vez, esa llaga que la izquierda tradicional no logró ni logra asimilar, y es que frente a los movimientos sociales tradicionales, el planteamiento de Melucci es que existen nuevos movimientos sociales que pueden estar en la contradicción total de los clásicos, sin ser su continuación. Si no, cómo entender la apropiación del espacio público por parte de las huestes lassitas y la toma de las calles aledañas al CNE; cómo concebirlas en tanto stocks culturales y marcos movilizatorios de actores de derechas que utilizan estrategias de los actores de izquierda. ¿Quién ha dicho que existen únicamente movimientos sociales de izquierda? En este momento aquello es ingenuidad, por ejemplo, los movimientos en contra del aborto, los proseguridad ciudadana, próvida, ¿acaso no son muestra de lo expresado?

De tal forma, el espacio público fue un universal vacío que se llenó con el triunfo de un particular concreto. Ese particular concreto en aquellos días fue la gente de Lasso, los mismos performances autosacrificiales de la izquierda de antaño: cerrada de calles, quema de llantas, enfrentamiento con la fuerza pública, obstrucción en el tránsito, alguna que otra consigna callejera. Fuera de las anécdotas narradas en redes sociales sobre el encuentro de una demanda particular con una forma de supervivencia de los vendedores callejeros, el espacio público definió ciertos clivajes  al momento de entender el momento político.

Sacrificio, chao identidad.- el espacio público es el lugar donde para existir debemos sacrificar la identidad. Pues, es primordial mirar la construcción de una identidad cuasi homogénea frente a las particulares formas de asumirse cultural y políticamente. La gente que gritaba a favor de Lasso -tal vez muy poca, era portadora de otras agendas que le significaban- no era ni militantes de CREO ni de ningún otro partido, movimiento y colectivo. Pero, muy probablemente su identidad fue absorbida por dichas formas de presencia en el espacio público, es decir, las agendas específicas de los ecologistas, indígenas, colectivos de Derechos Humanos, desaparecieron en un espacio público objetivado por la derecha bancaria del excandidato a Presidente. De ahí que aquello simbolizara un sentido de singularidad colectiva que iba concertando miradas en las calles.

La impotencia de la izquierda terminó deslizándose a un ámbito más conservador todavía. Apelando al orden de la ciudad, muchos de los mensajes en la red de personas que habían participado de las movilizaciones en contra de anteriores gobiernos, en ese momento eran a favor de la tranquilidad, de la circulación pacífica del tránsito e inéditamente, ánimos para que la fuerza pública despejara la calle de manifestantes para que los autos circularan con facilidad en una ciudad donde los autos y el trasporte público son uno de los problemas angulares pendientes de solucionar.  Es decir, incluso aquellos que estaban  fuera del espacio público sacrificaron  el  desafío de pensar en otra forma de democratizarlo.

Entonces, sacrificio de las formas de visibilización y de la identidad son dos muestras importantes de lo que la última elección nos dejó y que deben ser discutidas. Pero además, falta añadir un aspecto a todo esto y es lo  que vienen construyendo los medios privados sobre las nociones de totalitarismo[3], digo peligroso, porque parece que no hay una respuesta coherente de la izquierda para cuestionar y recapacitar sobre dichos imaginarios. Los que existen son bastantes pobres, con poquísimas excepciones, porque se limitan a anteponer una oposición básica y casi sin posibilidad de sustentación que no sean los datos y las victorias de las elecciones, por ejemplo.

Respuestas de cuántos votos llevó Moreno a Lasso, son parte del espacio público en donde se disputa la política, pero su límite, incluso positivista, es elucidar simplemente que las legitimidades para ser así mismo deben llevar de por sí un valor, un número. Estas respuestas débiles a las provocaciones de Lasso, no son vistas en términos de razonar realmente que lo que les están achacando es parte del mismo proceso democrático. Me explico, si el asunto del totalitarismo fue parte significativa en la producción intelectual de la Escuela de Frankfurt, aduciendo que tal fenómeno arribó al mundo por la crisis de la razón, que bajo su forma más irracional condicionó y demolió a la misma razón, exponiendo a su monstruo visible que fue el nazismo, es no querer ver también lo que, desde Hanna Arendt (1906-1975) hasta Claude Lefort (1924-2010), sobre todo este último, plantea en torno totalitarismo como una forma desviada de la propia democracia, como una cosa negativa de la misma, marco que sería muy interesante para estudiar el momento actual del Ecuador.

Es decir, espacio público y totalitarismo, son partes constitutivas pero opuestas. El discurso político los posibilita en su existencia. De ese modo, el espacio que descuidó – a costa de encarcelamientos, palos y errores tácticos- la izquierda fuera del gobierno en estos años fue su propio púlpito sacrificial:  las calles; trasladándolo  de manera alegre y militante (¡!) a las redes sociales. Es decir, el nuevo espacio público -es lo que explica Jean-Marc Ferry- ha mutado a lo inmaterial y lo etéreo, pero con poca incidencia concreta, a menos que sea episódica y virtual, donde se encuentran variadas formas de visibilidad y reconocimiento mediante selfies, likes, comentarios y posteos, diluyéndose inevitablemente en un océano de simulaciones políticas, identitarias y sociales.

En ese contexto, el problema que se abre para el país expresa no sólo una tensión de índole expresamente político en relación al problema del Estado y el gobierno, sus alianzas y sus oposiciones. Formula también la manera en cómo debemos repensar la esfera pública por un lado, en tanto publicidad traducida y circulada por los medios de información; pero por otro, interesa también estudiar las formas en que se ocupa y se disputa el espacio público. Consecuentemente, desde hace algunos años tenemos una ocupación de espacio público que va de la mano con la configuración de una ciudadanía infantilizada que se moviliza expeditamente al llamado del líder o del padre político, este es el caso el oficialismo. En otra situación, un espacio público cercenado, destruido escatológicamente (recuérdese cómo manifestantes interceptaron a un camión de la basura y obligaron a su conductor a que proceda a regar su contenido en la calle como muestra de fuerza y oposición) e irreflexivo por parte de CREO.

Esperemos que lo que se avecine sea la posibilidad de construcción de un espacio público, no necesariamente armónico, sino problemático y reflexivo, donde puedan concurrir tesis y actores que asumen este lugar como parte coetánea de la democracia y sus límites. No es un territorio idílico, por lo mismo debe ser pensado y asumido como tal. La izquierda del gobierno no puede seguir tratándolo como un topo de una ciudadanía infantil, o como expresión de una desestabilización paranoica, aquello es muy simple. La izquierda por fuera del gobierno, no debería continuar deliberando a este como una extensión secundaria de las redes sociales, ni como un ethos nostálgico de otros años gloriosos (levantamientos indígenas en los 90 y la caída de gobiernos). Como ya lo estamos observando, la derecha económica y política, está tentada de utilizarlo con base en la banalidad y el delirio. Los medios de comunicación despolitizan lo político y reifican conceptos que se imbrican en los sentidos comunes (dictadura, totalitarismo, fascismo), de ahí que desagregar dichos modos de pensar es cualificar el espacio público en positivo. Las plazas, los parques, las calles, las avenidas, son arqueologías del presente, por tanto: o lugares destinados a un manejo inservible y acrítico del espacio público o narrativas ampliadas desde se debe construir organización y sentido de la ciudad.

[1] Sin lugar a dudas, la Escuela de Chicago a inicios del siglo XX, empezó con tal razonamiento bajo la idea de la ecología humana motivando los primeros estudios del fenómeno migratorio de ciudadanos europeos y su arribo a los estados Unidos de Norteamérica; y los trabajos de Walter Benjamin (1892-1940) sobre todo en Libro de los Pasajes con respecto a las ciudades modernas bajo la metáfora de las chimeneas de los hogares y los grandes tubos de acero de las fabricas como continuidad de estas, en la ciudad industrializada.

[2] En América Latina también existieron visos por comprender a la ciudad y el espacio público, pero más bien vino por otra vía, y fue la sociología crítica y la sociología del trabajo, la que dio respuesta a dicho temas, especialmente con los aportes de la Teoría de la Dependencia, en la comprensión de los procesos centro-periferia, y concretamente, los fenómenos de urbanización como lo hizo Aníbal Quijano en los años setentas.

[3] No digo autoritarismo pues como bien lo expresa la literatura política y sociológica en América Latina y en nuestro país, este es un constante en la administración de los gobiernos en el siglo XX y XXI.