¿EXEQUIAS DEL CORREÍSMO O DE LA IZQUIERDA? Por Mónica Mancero Acosta

Mayo 16 de 2017

Luego de 10 años de correísmo la izquierda parece definirse esencialmente como anticorreista. Pero esto hay que tomarlo con cuidado, dado que también la derecha se define como anticorreísta. Entonces se da la paradoja de que el correísmo ha presionado a la izquierda a una ambigüedad en la cual, a la vez que aparece más a la izquierda que el propio correísmo, en otros aspectos figura muy cercana a la derecha.

Por ello, el ejercicio de esclarecimiento, reflexión y aún el ejercicio político programático no es inmediato. La virtud y a la vez el cinismo del correísmo ha sido desplazar las fronteras, colocar en ambigüedad las identidades, él mismo ha querido venderse como una izquierda nueva y moderna pero no lo ha conseguido. Su vocación autoritaria, de espaldas a los grandes temas de derechos, equidad y justicia del país, lo ha ido acercando a la derecha.

Mientras la derecha, aunque sea en el discurso, se ha desplazado hacia el centro, supuestamente a favor de los derechos humanos, en contra de la criminalización de la protesta. Todo esto ha ocurrido porque el correísmo ha usado un disfraz político eficaz, porque tomó los discursos, imaginarios y luchas de los movimientos y colectivos más a la izquierda, y aunque apenas pudo se deshizo de la mayor parte de sus auténticas demandas, continuó manipulándolos.

En este contexto de transición que vivimos en estos días -inédito en el país porque ocurre en el mismo campo de fuerzas político-  de cambio de un líder altamente personalista como ha sido Correa, es necesario descorreizar el debate político, sin ser ingenuos al pensar que este jugador no juega más.

Para aquellos izquierdistas que esperanzados creen que Moreno es la solución y se han embarcado en un supuesto diálogo sin condiciones, sugiero releer a Gramsci a 80 años de su muerte, para él “los fenómenos orgánicos producen una crítica histórico-social que afecta a las grandes agrupaciones, más allá de las personas inmediatamente responsables y más allá del personal dirigente”.  Entonces, más allá del propio Moreno y aún del propio Correa, conviene entender esta década como un proceso orgánico dirigido por una nueva élite tecnocrática, con afanes modernizadores, pero con un ethos conservador.

Al correísmo no le alcanza siquiera para ser una izquierda autoritaria; más bien quiero plantear que el correísmo ha sido una extraña mezcla de modernización/conservadurismo autoritario: si bien ha tenido un tinte modernizador y tecnocrático en la gestión estatal, por ejemplo, en cómo piensa la sociedad y sus distintas relaciones, se ha decantado por desplegar valores muy conservadores.

El problema es que hay que indagar las razones por las cuales un electorado popular habría votado mayoritariamente por valores conservadores y autoritarios que el correísmo ha defendido en estos diez años. Quizás lo que más ha impactado han sido algunas políticas redistributivas que han sentido estos sectores muy cercanos, como realidad o como promesa. Esto es algo sobre lo cual la izquierda debe reflexionar, porque son demandas que han constituido también parte de su ideario.

Hay que reconocer en el país la existencia de una izquierda que no solo es política sino cultural. Esta izquierda busca cambios importantes en la convivencia pública antes que en la legislación, como Rorty nos recuerda que ocurre en Estados Unidos. También, en mi opinión y siguiendo a Habermas, se requiere hacer de la izquierda más libertaria, esto es que se apoye más en la razón civil después del exceso de Estado que ha ocurrido en este período.

Se requiere mayor articulación entre la izquierda política y la izquierda movimientista. A esta última siempre se le recrimina no saber trascender las luchas específicas, pero qué sin duda, ha alimentado muchos de los procesos de lucha más democráticos en el país, como el ecologismo, el feminismo, la cuestión étnica.

El mapa del activismo social en el país nos muestra una diversidad de posiciones, a veces difíciles de conciliar: una vieja izquierda nostálgica de un pasado irrepetible, anticapitalista pero con sensibilidad marginal a las nuevas cuestiones emancipatorias y un apego al viejo modelo de pensar la lucha de clases. En contraposición, una nueva izquierda renovada con una visión más informada de los distintos aspectos de la emancipación, pero a menudo inexperta acerca de la estrategia a seguir. Todo esto convive con un significativo espacio social que sólo se moviliza ante situaciones críticas, pero que recibe influencia de estos sectores más activos sin practicar una militancia sostenida. Es sobre este magma social que hay que construir un nuevo proyecto.

La izquierda tiene que vivir necesariamente en el terreno de la fragmentación y la especialización. Pero para invertir la dinámica deben desarrollarse estructuras de reflexión-mediación. Canales de interlocución entre los diferentes movimientos. Y campañas comunes, que son las que acaban generando mayores confluencias. Sería importante hacer una evaluación seria de las confluencias, o eventualmente dispersiones, que se provocaron en la última campaña. Más que la creación de una organización cohesionada, a lo que realmente podemos aspirar es a desarrollar una compleja, y no exenta de conflictos, red o malla de organizaciones sociales que en su desarrollo combinado acaben por generar un profundo proceso de cambio social.

Las luchas democráticas y antineoliberales de los 90 lograron formar un electorado progresista entre las capas urbanas medias, sectores profesionales, trabajadores, indígenas, campesinos, mujeres y estudiantes. Gran parte de este electorado fue cautivado por el correísmo, muchos de nosotros también lo fuimos, aunque terminamos finalmente abjurando de él; unos más temprano, otros más tarde.

Pero quizás lo que más nos afecta es que ese magma intermedio, ese electorado progresista que votó en las primeras elecciones por el correísmo, nunca más volvió a votar por la izquierda, fue irrecuperable en términos electorales. El desafío es que la verdadera izquierda pueda abanderar las luchas más democráticas de la sociedad. Eso de algún modo ya se lo hace, pero es parcial.

En la campaña anterior la izquierda encabezada por Alberto Acosta obtuvo un 3.2%, hoy con el general Moncayo a la cabeza ha duplicado su votación, llegando a 6.7%, lo que aparentemente significaría una relativa recomposición. Sin embargo, las alianzas fueron más amplias. La penetración social de la izquierda es muy baja y debe aprender del correísmo a tener un cierto carácter universal, esto significa reivindicar temas de preocupación común, más allá de la política de la identidad.

La izquierda está ahí, y es necesaria más allá del ámbito electoral. La izquierda debe señalar el camino de un Estado plurinacional e intercultural, una demanda plenamente democrática en una sociedad como la nuestra. Por ello no puede haber izquierda desligada del movimiento indígena. La izquierda debe enrumbar una salida al extractivismo, por el ecologismo y la antiminería. La izquierda debe ser auténticamente feminista no solo en sus demandas frente al Estado sino en los hechos y casa adentro. La izquierda debe defender los derechos humanos, de sus militantes y allegados, pero también de todos las y los ecuatorianos.

La izquierda debe tener discurso y prácticas de transparencia y de condena a la corrupción. La izquierda tiene que propugnar por una democracia, pero no una democracia de identificación entre el gobernante Correa y los gobernados, quienes terminan constituyendo una sociedad pasiva u obediente. Se trata de una democracia de apropiación en la cual los gobernados puedan tanto controlar como orientar el poder.

Y no puede olvidar los elementos de justicia redistributiva que siempre han formado parte de la agenda de la izquierda y que habría que examinar bien la dimensión que han tenido y cómo han sido implementados en el correísmo. Es el carácter universal -en el espacio de lo nacional- de lo común, de los bienes públicos, de la ciudadanía, de la recuperación de la patria, aquello de lo que se ha abanderado el correísmo y que la izquierda no ha sabido hacer.

Pero la izquierda también debe tener una actitud clara frente al Estado y su rol. He escuchado a muchos analistas convencidos de que el único elemento que hace que el correísmo sea progresista es la centralidad que le ha dado al Estado. En mi percepción, es innegable que el correísmo ha fortalecido al Estado, pero también lo ha usado en su provecho político, aunque más allá de eso, una cuestión de fondo es que encierra una posición autoritaria, parafraseando a Gramsci podríamos decir que, para el correísmo el Estado lo ha sido todo, y la sociedad civil, nada.

Hoy no podemos ni debemos celebrar las exequias de la izquierda, quizás para que la izquierda viva debemos celebrar las exequias del correísmo, un asunto que se irá decidiendo en el accionar político y colectivo.