EL NIÑO DEL MALECÓN SIMÓN BOLÍVAR Por Santiago Ortiz Crespo

Mayo 23 de 2017

Un amigo historiador caminaba hace un par de meses por el centro de Guayaquil y bajo un sol abrazador se sentó a descansar en una grada del Malecón Simón Bolívar. Allí divisó a un niño que a escondidas vendía botellas de agua. Mi amigo le llamó y le pidió una para saciar su sed. El chico saco de su morral la botella y se la vendió. ¿Por qué vendes a escondidas? le preguntó mi amigo y el niño respondió: “Porque no nos dejan vender los metropolitanos… y después de un instante siguió…Pero ahora ya va a venir mi papi y podré vender tranquilo”.

¿Ya saben Uds. quien es ese “papi” de ese niño de la calle? ¿Quién le va a proteger a ese chico que realiza su trabajo informal para ayudar a su familia? Ese papi se llama Rafael Vicente Correa Delgado, quien desde hace tiempos se ha puesto de lado de los informales contra la policía metropolitana. Correa sale esta semana de presidente del Ecuador, luego de diez años. Ha dicho que se va a Bruselas a compartir con su familia. Pero según la afirmación del chico, él va a volver. En este caso de Alcalde del puerto principal.

Esa intuición que tiene el niño seguramente no la tienen los más famosos periodistas o analistas políticos. Hay muchos de ellos que quieren librarse de Correa. Ellos le consideran un “líder populista”, una anomalía de la democracia. Para ellos los caudillos son “líderes irresponsables que manipulan a la gente ignorante”. Nunca han entendido que los pobres tienen sus propios valores y expectativas; ellos tienen una cultura política forjada a golpe de injusticias, saben que no se puede convencer a la oligarquía con buenos modales. Se necesita coraje, tenacidad y eso solo tiene un líder, un líder fuerte, que enfrente a los poderosos, que les ponga en su lugar y les arranque los recursos para que inviertan en el país, para que en Ecuador haya trabajo, vivienda y servicios públicos.

Muchos de los analistas confunden sus análisis con sus deseos personales. Quieren que termine el ciclo de los “populismos” de los gobiernos progresistas que, aunque surgidos de diez eventos electorales democráticos, son tachados de autoritarios. Para ellos si se va el líder, se terminan los procesos. Es cierto que los procesos requieren estructura, pero no es menos cierto que en nuestro país andino y tropical los procesos políticos son más complejos.

Seguramente no hay un “partido” en términos liberales, un partido con oradores y parlamentarios educados, como en el viejo régimen. En este caso se trata de un sujeto político que tiene otras características; por ejemplo puede ser que haya surgido una identidad popular forjada en el resentimiento al neoliberalismo y a los gobiernos de la partidocracia, y de una década de acceso al gobierno en el que el líder político de la Revolución Ciudadana se enfrentó una y cientos de veces contra los poderes fácticos. Es probable entonces, que se trate de una nueva identidad política, que trasciende las estructuras formales e inclusive doctrinarias y que asuma la forma de movimiento “correísta”.

En un país donde un líder fue electo cinco veces y otras tantas fue enviado al destierro, no es impensable que se haya formado una nueva identidad, que ésta se mantenga y requiera que este líder que ahora se va de Carondelet, vuelva. Los datos electorales señalan que Alianza PAIS ha trasladado su votación fundamental hacia la Costa, que sigue siendo un partido con voto nacional pero más “costeñizado”; un movimiento con líderes fuertes en cada provincia, con enraizamiento en un trabajo territorial, que responde mejor a una cultura política menos formal y más paternalista. No en vano la última sabatina la hizo Correa en el Parque de los Samanes, en ese inmenso parque hecho por el gobierno central, desafiando al propio Nebot en el mismo bastión guayaquileño.

Ahora revisaba las encuestas tomadas esta semana. El presidente Correa sale con un 55% de popularidad. Ni la crisis económica, ni las acusaciones de corrupción, ni el desgaste -que ha habido- de su discurso en las sabatinas, ni las maniobras mediáticas de la derecha para acusarle de dictador han podido destruir su popularidad y el cariño de su gente -porque la política está también llena de emociones ¿no?-.

¿Cuál es el impacto de esta Revolución en el corazón y la mente de los ecuatorianos? ¿Será que ella ha elevado la autoestima, como decía una mujer peluquera, a mi esposa? ¿Será que su presencia constante durante 523 sabatinas mostró al ecuatoriano lo que un presidente hace por ellos? ¿Será que los servicios públicos llegaron a los barrios más alejados? ¿Será que Correa representa a ese Estado bonachón y paternalista que ha tendido carreteras y llenado de escuelas el país? ¿Será que a la gente le gusta que su presidente confronte con los ricos de siempre? ¿Será que Rafael Correa encarna el drama diario de las personas que luchan por sobrevivir? ¿Será el carisma del líder que se comunica con su gente? ¿Serán los medios públicos que han ensalzado la figura del presidente?

Probablemente todos esos factores explican ese fenómeno político llamado Correa. Lo cierto es que los lentes de los cientistas políticos a veces no aciertan a mirar las entrañas de la realidad. Creen que Correa se va y con ello termina “el ciclo” de la revolución Ciudadana. Pero la verdad es que probablemente la inteligencia de ese niño del Malecón sabe más de procesos políticos que la mente afiebrada de los intelectuales de derecha o la mente ofuscada de la izquierda de cafetín, que se cierran ante la realidad y no ven ni analizan la cultura política de un país que sigue desigual y lleno de injusticias, y que requieren un líder para continuar otra década “ganada”.