A 150 AÑOS DE UN PROYECTO QUE SIGUE DEFINIÉNDOSE Por Mario Robles y Roberto Escorcia Romo*

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA VIGENCIA E IMPORTANCIA DEL TOMO I DE El Capital

Tomado de Revista Memoria

Junio 21 de 2017


Introducción

Entre 1867 y el presente han tenido lugar cambios de gran calado en al menos dos espacios: por un lado, en lo que podríamos llamar un terreno histórico-social; y, por otro, en el campo asociado a la constitución y discusión de la teoría económico-social. Ambos tienen, en nuestra opinión, efecto sustancial en la manera en que una obra como El capital (específicamente el primer tomo) de Karl Marx, puede interpretarse, retomarse y evaluarse de manera crítica.

Respecto al primer espacio, la constitución y eventual desaparición (aunque no total) de la denominada “experiencia socialista” a escala internacional, el refuerzo de la ideología propia del sistema capitalista que enfatiza “la libertad” del hombre que en tanto sujeto racional es capaz de, con su esfuerzo, mejorar su circunstancia económica y social, así como la reducción en la conciencia social de la relevancia de la categoría clase social, esto es, de la sustitución de la identificación de los individuos como parte de una clase trabajadora por un referente en el que las particularidades (mujeres, etnias, minorías, homosexuales, etcétera), en su búsqueda de lograr ciertos objetivos (por ejemplo, el reconocimiento de igualdad), se presentan como desconectadas unas de otras, son tres ejemplos de los cambios sucedidos en un sentido histórico-social.

Esto podemos resumirlo en un “desencanto” por un proyecto socialista y en la “apuesta” por las capacidades individuales y la ideología de la libertad e igualdad del hombre en tanto sujeto. Así, como parte del constructo social, se borran de la conciencia las categorías explotación, clase social y enajenación. Entonces, voces diversas se han pronunciado y dicho que un proyecto social que surgiría teniendo la perspectiva de Marx como uno de sus referentes ha perdido sentido y que la historia se ha encargado de demostrárnoslo.

En el terreno teórico, especialmente por lo que se refiere a economía, dos fenómenos son subrayables. Uno, la generación de múltiples debates sobre la consistencia de la obra de Marx, muy en especial tras la salida de los tomos II y III editados por F. Engels, que han derivado en muy diversas posiciones, entre las que destacan las siguientes: por los detractores del autor alemán, la fractura lógica y la falta de coherencia de la obra en su conjunto ha sido enfatizada (Böhm-Bawerk, 1898; Samuelson, 1971; Steedman, 1977).1 En respuesta de ellos, ha habido una importante cantidad de textos que ofrece revisiones, reinterpretaciones, exégesis o extensiones al trabajo del autor de El capital, desde enfoques diversos y en la mayoría de los casos contradictorios entre sí, entre los que destacan el enfoque estructuralista, el marxismo ricardiano y, relativamente más actual, el enfoque que insiste en el perfil metodológico basado en la dialéctica de la obra de Marx (New dialectics). Dos, en paralelo a estas controversias marxistas, la teoría económica, y entonces el referente para aproximarse a una lectura de la interpretación de las relaciones sociales, durante los últimos 150 años se ha visto dominada por el ascenso y la consolidación de la perspectiva que subraya, entre muchos otros aspectos, las bondades del mercado, la desregulación, la retribución de los factores productivos según su aporte al proceso productivo –y entonces la eliminación de la explotación como categoría analítica–, y la ausencia de clases sociales y el uso del individualismo metodológico. Lo que se identifica como la teoría mainstream u ortodoxa que inicia con la revolución marginalista (mediados del siglo XIX) y se autodenomina ciencia económica con la demostración del equilibrio general mediados del siglo XX domina ya en la mayoría de las interpretaciones analíticas. Durante este periodo también debe reconocerse la presencia de una teoría que, si bien criticó algunos elementos centrales de la posición ortodoxa, manifestó abiertamente su confianza en la bondad del sistema capitalista; nos referimos aquí al trabajo de J. M. Keynes.

En un escenario teórico semejante al descrito, la validez y relevancia de categorías como explotación, excedente (plusvalía), valor o capital, entre otras, han sido debatidas de forma perenne, primando por diversas razones la interpretación según la cual tales categorías se han vuelto obsoletas.

De lo anterior se desprenden dos aspectos: por un lado, la presunción de inviabilidad de un proyecto cuyo objetivo sea la superación del modo de producción capitalista; y, por otro, el establecimiento de obsolescencia de las categorías analíticas de Marx. La pregunta que nos planteamos frente a ello es si hay razones –teóricas, históricas o de ambas índoles– suficientes para establecer la irrelevancia de un trabajo como el presentado en El capital. Si bien en nuestra opinión ambos puntos son un equívoco en un sentido de interpretación histórico-social y en uno teórico, debemos reconocer que supera la capacidad e intención de este texto responder cabalmente a esa interrogante, pues el autor de El capital ha tenido una influencia significativa en diversos espacios del conocimiento (por ejemplo, la filosofía, la sociología, la historia, la economía y las matemáticas), lo cual dificulta un ejercicio que intente sopesar la relevancia de un autor como Marx. El objetivo específico de nuestro aporte es la recuperación, desde la óptica de la economía, de categorías y elementos fundamentales presentes en el tomo I, esenciales para comprender el funcionamiento del sistema capitalista y, a partir de ello, a nivel teórico, hacer frente a las insuficiencias e inconsistencias de las perspectivas analíticas alternativas. En el plano histórico-social, hay sobradas evidencias de las contradicciones de la organización social capitalista: la exclusión, la pobreza, la concentración del ingreso, etcétera.

A continuación, entonces, nos dedicamos a señalar algunos elementos que nos resultan primordiales para comprender el proceso económico-social capitalista y que no pueden identificarse sistemáticamente ordenados en otra perspectiva teórica: el concepto de desarrollo en el sistema capitalista, la noción de libertad, el proceso de generación de pobreza como rasgo distintivo del sistema y la fetichización de las relaciones sociales y la alienación (entfremdung) del humano. A partir de ello, se sostiene una crítica a otras perspectivas y se intenta poner de manifiesto la importancia y vigencia de El capital.

Sobre el objetivo del desarrollo capitalista

Cuando era editor de la Reinische Zeitung (1842-1843), Marx encontró que los fenómenos que estudiaba debían debatirse a partir de la economía política y que las relaciones legales y las formas políticas estaban y están fundamentadas en las condiciones económicas del sistema. En los siguientes fragmentos del New York Tribune de 1858 y 1859, respectivamente, se observa con claridad el reconocimiento del rasgo social específico del sistema capitalista:

Tal vez no haya en la sociedad británica hecho más contrastado que el de que, en época moderna, entre el crecimiento de la riqueza y la indigencia existe una correspondencia directa (Marx, 2013:113)

Debe haber algo podrido en el corazón mismo de un sistema social que aumenta su riqueza sin disminuir su pobreza… (Marx, 2013:124)

Este principio según el cual la gran capacidad capitalista de crear riqueza coexiste o va de la mano con un creciente sector de la población que no está en condiciones sociales de apropiarse y hacer uso de ella coloca sobre la mesa el debate sobre el objetivo mismo de la producción capitalista.

Convencionalmente, los marcos teóricos analíticos no marxistas sitúan el objetivo del proceso productivo capitalista y el desarrollo de éste en la satisfacción de las necesidades y los deseos humanos. Aquí, el hombre se define como libre, en cuanto es causa de sí mismo (autodeterminación y autocausalidad), en un sentido absoluto e incondicionado, y –por ende– toda actividad tiene como finalidad el desenvolvimiento de las capacidades de éste. Puesto en forma sencilla: se establece una causalidad directa entre el desarrollo del sistema económico y el de las capacidades del hombre, llevando esta idea hasta el punto de postular el sistema capitalista como, regulado adecuadamente, el mejor sistema social posible:

…el capitalismo, sabiamente administrado, puede probablemente hacerse más eficiente para el logro de fines económicos que cualquier sistema alternativo aún a la vista, pero en sí mismo es, en muchos aspectos, extremadamente objetable. Nuestro problema es lograr una organización social que deberá ser lo más eficiente posible sin contrariar nuestras nociones de una forma de vida satisfactoria (Keynes, 1963b, página 321).

¿Se trata de un tema de falta de regulación adecuada el hecho de que el sistema capitalista no promueva ni logre la satisfacción de necesidades humanas aun cuando es el modo de producción con mayores capacidades productivas a lo largo de la historia? ¿Cabe plantear un capitalismo moral donde, gracias a una supervisión y participación estatales y a un comportamiento adecuado de los individuos, se llegaría a un capitalismo justo, equitativo, libre del rasgo rentista y con ocupación plena y, entonces, haga prescindible plantear la pertinencia de un modo de organización económico-social alternativo? ¿En qué sentido una posición desde lo que Marx planteó en el tomo I de El capital permite dar una respuesta a estas interrogantes y, además, subrayar la actualidad y vigencia de su discusión al respecto?

En el tomo I  de El capital, Marx plantea el elemento fundamental para construir un argumento que permita responder a lo anterior:

El valor adelantado originalmente no sólo… se conserva en la circulación, sino que en ella modifica su magnitud de valor, adiciona un plusvalor o se valoriza. Y este movimiento lo transforma en capital… El valor pasa constantemente de una forma a otra, sin perderse en ese movimiento, convirtiéndose así en un sujeto automático… el valor se convierte aquí en el sujeto de [este] proceso… [en] sujeto dominante… El valor, pues, se vuelve valor en proceso, dinero en proceso y, en ese carácter, capital (Marx, 1983, páginas 184-188 y 189).

A ello se agrega:

No pinto de color de rosa, por cierto, las figuras del capitalista y el terrateniente. Pero aquí se trata de personas sólo en la medida en que son la personificación de categorías económicas, portadores de determinadas relaciones e intereses de clase. Mi punto de vista, con arreglo al cual concibo como proceso de historia natural el desarrollo de la formación económico-social, menos que ningún otro podría responsabilizar al individuo por relaciones de las cuales él sigue siendo socialmente una creatura por más que subjetivamente pueda elevarse sobre ellas (Marx, 1983, página 8)

A partir de estas citas reconocemos un punto metodológico clave que Marx construyó en un sentido científico una década después de las referencias que hiciera en su etapa de artículos periodísticos y que continúa siendo vigente para atender la realidad capitalista: el hecho de que las personas son, en este modo de organización social, personificaciones de categorías económicas y que el sujeto de la relación social es el capital. Así, la crítica respecto al concepto de desarrollo enunciado más arriba y a la esperanza keynesiana de regular el capital se centra en señalar el equívoco ontológico a partir del cual las teorías sociales, y específicamente las económicas pasan por alto las condiciones materiales de producción y las relaciones sociales que definen el sistema capitalista, por lo cual no reconocen que en él hay un principio normativo extrínseco a los humanos, a partir del cual la consecución del desarrollo no es la expresión de la voluntad libre del hombre ni busca desembocar en la satisfacción de deseos y necesidades humanos, sino en la generación de las condiciones adecuadas para que la valorización del valor se logre. En otras palabras, para tales teorías no existe un objetivo general social en el sistema económico que difiere fundamentalmente de los objetivos individuales de los humanos, y el cumplimiento de éstos es relevante sólo en cuanto se relacionan con aquél.

De la visión fundada en Marx se sigue que el desarrollo capitalista es en realidad un proceso organizado según la valorización del valor y que tiene como fundamento la explotación de humanos que aparecen como libres o, en otras palabras, como un proceso controlado por el capital donde los individuos están alienados y, en consecuencia, no controlan su producto social.2La libertad, en un entorno como éste, se define, en tanto relación social, según el modo de producción capitalista: requiere la existencia de individuos que, en calidad de poseedores de mercancías, se asocien, como personas jurídicamente iguales, en el mercado. La contradicción elemental radica así en un desarrollo promotor de la coexistencia del hecho de que todos los humanos aparecen como iguales y libres, la forma aparencial del desarrollo, con un elemento de dominación y explotación de éstos que, además, involucra una distribución desigual, cuantitativa y cualitativamente, del trabajo y sus productos, la forma esencial del desarrollo. Esta dualidad de formas debe entenderse como la premisa real del desarrollo.

En un sentido simple, resumimos: la creación de riqueza en este modo de organización responde a un objetivo distinto del de la satisfacción de necesidades y deseos humanos, y resulta imposible cambiar este rasgo esencial mediante una regulación que busque la eficiencia del sistema. Se trata entonces de un desarrollo cuyo objetivo esencial es la valorización, pero que aparece en la superficie fenoménica como si el propósito fuera la satisfacción de necesidades humanas y donde el hombre no es el sujeto que organiza el proceso mismo de producción y reproducción.3

Este planteamiento sobre el significado, fundamento y objetivo del desarrollo, nos permite entender elementos que actualmente caracterizan al capitalismo. Uno de estos elementos está definido por la creciente presencia de pobreza y desigualdad en términos de ingreso.4 En la sección siguiente nos abocamos a señalar el rasgo esencial de este fenómeno en el modo de producción capitalista.

Creación de pobreza y riqueza

En la última parte de la sección anterior hemos colocado la discusión sobre el desarrollo del sistema capitalista en sus dimensiones, la esencial y la aparencial, en sí uno de los principales aportes de Marx al entendimiento social y que goza de plena vigencia como herramienta de estudio. Con base en este reconocimiento y distinción de niveles de la realidad (su fundamento y su forma de apariencia), es posible aproximarnos al tema de la pobreza, que ha sido y sigue siendo objeto de análisis de diversas interpretaciones teórico-empíricas que, en general, no se centran realmente en explicar su causa o causas fundamentales que le dan origen, sino que se dirigen ya sea hacia una simple descripción de sus diferentes significados y a los problemas que surgen de sus métodos de medición, o bien, hacia una serie de factores explicativos, como las transformaciones tecnológicas, institucionales o distributivas que, como tales, no son autónomos per se; es decir, no supones factores explicativos por sí mismos o aislados sino que dependen de las formas de acumulación y regulación del capital, y que, por tanto, se explican sólo como resultado de sus transformaciones particulares a lo largo de la historia del capitalismo en los ámbitos global y nacionales. Creemos preciso que este fenómeno se explique a partir del reconocimiento del fundamento de las relaciones económico-sociales del sistema capitalista.

En la dimensión fenoménica o aparencial de la realidad capitalista, las relaciones entre las clases sociales se presentan como aquellas donde los individuos se vinculan e identifican entre sí como individuos libres e iguales propietarios privados, y que, como tales, participan en igualdad de condiciones en la producción y el intercambio de la riqueza social capitalista. Ello implica que todas las formas de esta riqueza que producen, en la forma mercantil o dineraria, y les pertenecen individualmente aparezcan como resultado de la objetivación de sus trabajos propios y que las intercambien, obedeciendo a la ley del valor, según el principio de equivalencia. La propiedad privada y el intercambio de equivalentes son así considerados las premisas del proceso de la producción y circulación capitalistas, cuyo fundamento estriba en la apropiación del trabajo de otros sobre la base del trabajo propio. El derecho de propiedad fundado en el trabajo propio se expresa de esta manera en la superficie del sistema, en su realidad aparencial, en una ley basada no en la disociación entre la propiedad y el trabajo sino, por el contrario, en su identidad. Así considerada, la realidad de la sociedad capitalista aparece como si correspondiera únicamente a lo que Marx denomina “el reino de la libertad, de la igualdad y de la propiedad fundada en el ‘trabajo’” (Carta de Marx a Engels del 2 de abril de 1858).

El fundamento de tal reino de libertad e igualdad es en realidad su inverso: la libertad del humano no es la libertad del humano sino la del capital, y la relación de igualdad descansa en una de desigualdad, donde la propiedad fundada en el trabajo propio no es el principio que ordena el vínculo entre individuos y, en su lugar, la apropiación del trabajo ajeno constituye el núcleo de la interacción entre las clases sociales. Así, “la escisión entre propiedad y trabajo se convierte en la consecuencia necesaria de una ley que aparentemente partía de la identidad de ambos” (K.I.2, páginas 721-22). Asociando esto con lo señalado en la sección anterior, si el objetivo real del desarrollo del sistema capitalista es la valorización y si el fundamento de la relación de clase estriba en la escisión entre propiedad y trabajo, toma sentido la manera en que el sistema se organiza alrededor de la creación y el uso del excedente creado con la forma de plusvalor. En este sentido, dice Marx, “la producción de plusvalor, fabricar un excedente, es la ley absoluta de este modo de producción” (K.I.3, página 767). El aspecto clave se halla en que el plusvalor se crea con base en una relación de no equivalencia.

Aquí dos grandes aportes que ofrece Marx en el tomo I  de El capital: por un lado, esta inversión de la libertad del humano (véase en especial la séptima sección de la obra) constituye un aspecto que modifica la manera en que las ciencias sociales atienden su objeto de estudio, pues obliga a explicar en términos lógicos cómo la igualdad se funda en la desigualdad y cómo ambas son parte constitutiva de la realidad capitalista. En términos metodológicos, Marx plantea aquí la necesidad de considerar los dos niveles de la realidad: el de la esencia o fundamento de ésta y el correspondiente a la manera en que se presenta ésta en un sentido fenoménico, concreto. Importancia vital en ello reviste el hecho de que no basta reconocer ambos niveles: es necesario además entender la relación entre ellos en tanto se explican y definen mutuamente, sin perder de vista que la relación señalada implica un proceso de inversión por esclarecer, uno donde la esencia aparece invertida en la apariencia, como el ejemplo colocado arriba, en el que la desigualdad esencial aparece invertida bajo la figura de igualdad.5  Por otro lado, Marx coloca como categoría fundamental para entender la dinámica del sistema económico-social la plusvalía; permítasenos hablar brevemente de ella.

Tras un proceso de constitución histórico, la capacidad o fuerza de trabajo como mercancía puede ser vendida por su propietario durante un tiempo determinado al propietario del dinero al amparo de la ley del intercambio de equivalentes. Como resultado de este intercambio, la fuerza de trabajo como valor de uso, es decir, el trabajo vivo como potencia, es temporalmente enajenada de su propietario e introducida en la oculta sede de la producción como la fuente viva del valor y, por tanto, del valor como capital. Por el consumo productivo del valor de uso de la fuerza de trabajo, es decir, del trabajo vivo puesto en actividad, por los medios de producción en el proceso de producción de mercancías, ésta, al objetivarse en las mercancías que produce no sólo les transfiere el valor de los medios de producción utilizados en su producción sino, además y al mismo tiempo, crea y objetiva en ellas un nuevo valor, compuesto por la reposición del valor en forma dineraria pagado por ella, más un plusvalor, un trabajo objetivado por ella pero no pagado a su propietario. La producción del plusvalor constituye así la determinación fundamental de la transformación cualitativa del valor originalmente adelantado en forma dineraria –en la compra de la fuerza de trabajo y los medios de producción– en un valor que se valoriza a sí mismo, y –por tanto– en capital. Como resultado de este proceso, el capital adquiere la forma de mercancías (o capital mercantil en la forma de medios de producción o de medios de consumo), las cuales son vendidas en el mercado, de acuerdo con la ley del intercambio de equivalentes, a precios que equivalen a su valor. Por la venta de las mercancías producidas como capital, el valor del dinero originalmente adelantado deviene valor valorizado en forma dineraria y, por lo mismo, se realiza como capital dinerario. De esa manera, la característica económica del trabajador en el capitalismo está en ser titular de la capacidad de trabajo como valor de uso para el capital.

La plusvalía sintetiza y exhibe, entre otros aspectos, las relaciones de clase propias al momento histórico del capital, la explicación de la generación de excedente y la posibilidad de expansión y evolución del sistema capitalista. En consecuencia, nos parece que se trata de una categoría fundamental para atender el objetivo de entender el sistema capitalista y la manera en que se plantea y entiende la relación capital-trabajo, así como las consecuencias derivadas de ella.

Una consecuencia que nos interesa subrayar es la pobreza, pues la consideramos, dadas las relaciones de compraventa de la fuerza de trabajo y la inversión esencial-aparencial a que nos hemos referido, un fenómeno permanente en el sistema capitalista; más aún, es su producto y, en consecuencia, no tiene solución en él. Ello nos permite hacer una crítica respecto de algunas interpretaciones económicas contemporáneas, como la del capital humano, en las que se esgrimen conclusiones según las cuales la condición de pobreza es resultado de deficientes, nulas o equivocadas inversiones en adquisición de capacidades por los trabajadores. Así, la pobreza no se percibe como un resultado de la misma lógica del sistema económico capitalista sino como un resultado de elección y acción individual.6 Tal conclusión se genera sólo por planteamientos teóricos que ignoran el rasgo esencial del modo de producción capitalista.

De lo anterior subrayemos que la pobreza tiene un rasgo estructural, de inherencia al sistema capitalista y que la relación de clase y la categoría plusvalía presentes en el tomo I permiten, además de explicar ese rasgo, deshacernos de interpretaciones hueras sobre un hecho de la mayor relevancia.

En un intento por recuperar lo hasta aquí planteado, se tienen los siguientes seis aspectos que recuperamos del tomo I de El capital: 1. El desarrollo en el sistema capitalista busca la valorización y no la satisfacción de necesidades humanas; 2. El sujeto del proceso es el capital y no el humano, este que se presenta como personificación de categorías económicas y no como sujeto autocausante; 3. La realidad se entenderá en sus dos niveles: el esencial y el aparencial, propiciando una discusión en la que se explique la relación entre ambos; 4. La libertad e igualdad entre los humanos se fundamentan por la libertad del capital y la desigualdad entre los humanos; 5. Las relaciones de clase y la creación de plusvalía son primordiales para entender la dinámica y los límites del sistema capitalista; y 6. La pobreza es un elemento estructural, resultado del mismo movimiento del capital.

Quede como objeto para trabajos posteriores el estudio profundo de estos seis aspectos y de muchos otros más presentes no sólo en el tomo I  sino en las diversas obras de Marx. Por ahora nos parece pertinente indicar, si bien de manera breve, la posición de la obra que cumple 150 años de existencia en un proyecto de mayor alcance.

Sobre la posición del primer tomo y reflexiones finales

Diversos cambios realizó Marx a su proyecto de investigación,7  en el cual el primer tomo de El capital, si bien ocupa una posición primordial, no agota la totalidad del objetivo del autor. Esto es un aspecto primordial en la actualidad, pues obliga a los interesados en la perspectiva del autor a recuperar categorías presentes en la obra que celebramos, pero sin perder de vista que, de acuerdo con la metodología utilizada por Marx, tales categorías corresponden a cierto nivel de abstracción en la presentación del concepto de capital y que su significado adquiere, en un sentido dialéctico, nuevas determinaciones.8 Puesto en otras palabras, ello implica que los elementos presentes en el tomo I no están del todo desarrollados y éstos, a su vez, son en sí el presupuesto para nuevas categorías por desarrollar. De ello se sigue que lo expuesto en el primer tomo no puede ser considerado algo ya libre de debate o acabado. Por lo mismo, un objetivo inmediato debe ser continuar el desarrollo de las categorías que Marx planteó, reconociendo sus nuevas determinaciones y sus formas de existencia.

El camino en este sentido es doble: por un lado, importa estudiar detalladamente, y respetando la metodología empleada por Marx, la relación que guarda el tomo I con las obras previas y las obras posteriores a éste. Así, por ejemplo, el desarrollo lógico de las categorías del tomo I permitiría aproximarnos a categorías como el interés –mencionado, pero no desarrollado en el primer tomo–, la distribución del excedente entre formas de capital, la organización del trabajo hoy, la presencia del capital especulativo, de la división entre capital en funciones y capital en propiedad, etcétera, para a partir de ellas hacer una lectura explicativa y crítica de la forma en que el capital se presenta y organiza actualmente. El otro lado implica la necesidad de reconocer elementos del sistema capitalista que no estaban presentes en el siglo XIX y que cambiarían la ponderación de las características de la dinámica del capital; por ejemplo, la cuestión del cambio climático y la degradación ambiental o la presencia de los múltiples movimientos sociales requieren reflexionarse con mayor profundidad desde una óptica marxista.

Por ello, a 150 años de la primera edición del tomo I consideramos que se trata de una obra de la mayor vigencia, pero entendida como parte de un proyecto que sigue definiéndose y evoluciona constantemente.


Referencias bibliográficas

– Arthur, C. (2002). The new dialectic and Marx’s Capital, Historical Materialism 1, Leiden, Brill, Países Bajos.

Böhm-Bawerk, E. (1898) [Zum Abschluss des Marxschen Systems] en Sweezy, Paul M.; Böhm-Bawerk, Eugen von; Hilferding, Rudolf (1984). Karl Marx and the close of his system & Böhm-Bawerk’s criticism of Marx. Nueva York: Orion Editions.

– Marx, Karl (2013). Artículos periodísticos, España: Alba.

– Marx, Karl (2008). La ideología alemana, México: Giforen.

– Marx, Karl. El capital. México: Siglo xxi. K.I.1 (1975). Tomo I/volumen 1. K.I.2 (1999). Tomo I/volumen 2. K.I.3 (1999). Tomo I/volumen 3.

– Robles Báez, M. y Escorcia Romo, R. (2014). “La dialéctica del trabajo, valor y precio en la conceptualización del Capital de Marx: una reconstrucción”, en Economía: teoría y práctica, número 41, México, Universidad Autónoma Metropolitana.

– Robles Báez, M. (2011). Marx: lógica y capital. La dialéctica de la tasa de ganancia y la forma-precio, México: Universidad Autónoma Metropolitana.

– Samuelson, P. (1971). “Understanding the marxian notion of exploitation: a summary of the so-called transformation problem”, en Journal of Economic Literature, número 9.

– Steedman, I. (1977). Marx after Sraffa, Londres: nlb.

NOTAS

1 El tema referente al tratamiento de los precios de producción es el ejemplo por antonomasia en este sentido. Para una discusión al respecto véanse Robles (2011) y Robles y Escorcia (2014).

2 Para un debate de la enajenación, véase Marx (2008) donde, por ejemplo, se señala: “El poder social, es decir, la fuerza de producción multiplicada, que nace por obra de la cooperación de los diferentes individuos bajo la acción de la división del trabajo, se les aparece a estos individuos, por no tratarse de una cooperación voluntaria sino natural, no como un poder propio, asociado, sino como un poder ajeno, situado al margen de ellos, que no saben de dónde procede ni adónde se dirige y que, por tanto, no pueden ya dominar, sino que recorre, por el contrario, una serie de fases y etapas de desarrollo peculiar e independiente de la voluntad y de los actos de los hombres y que incluso dirige esta voluntad y actos” (Marx, 2008, página 33).

3 Esto es señalado para los trabajadores por Lukács (2013): “El proletariado aparece de pronto como puro y mero objeto del acaecer social. En todos los momentos de la vida cotidiana en que el trabajador individual cree verse como sujeto de su vida, la inmediatez de su existencia le destroza esa ilusión. La inmediatez de su existencia le impone el reconocimiento de que la satisfacción de sus necesidades más elementales, ‘el consumo individual del trabajador, es un momento de la producción y reproducción del capital, ya se produzca dentro o fuera del taller, de la fábrica, etcétera, dentro o fuera del proceso de trabajo, del mismo modo que ocurre con la limpieza de la máquina, igual si se realiza durante el proceso del trabajo que durante pausas determinadas’(cita de Marx de El capital)” (Lukács, 2013:291).

4 Es peculiar cómo Keynes afirma que es justificar ciertos niveles de desigualdad: “Creo que hay justificación social y psicológica de grandes desigualdades en los ingresos y en la riqueza, pero no para tan grandes disparidades como existen en la actualidad. Hay valiosas actividades humanas cuyo desarrollo exige la existencia del estímulo de hacer dinero y la atmósfera de la propiedad privada de riqueza. Además, ciertas inclinaciones humanas peligrosas pueden orientarse por cauces comparativamente inofensivos con la existencia de oportunidades para hacer dinero y de tener riqueza privada” (Keynes, 2000, página 329).

5 Aquí, una nota aclaratoria nos parece fundamental: que el sistema se funde en la desigualdad no implica que igualdad superficial sea sinónimo de igualdad falsa sino que la igualdad es la forma de existencia, la expresión concreta y jurídica de la esencia del sistema capitalista. Por ello insistimos en la figura de inversión de la realidad y los dos niveles de ésta.

6 Este rasgo estructural del sistema capitalista según el cual los trabajadores perpetúan su papel en la dinámica de la acumulación del capital contradice las perspectivas contemporáneas conforme a las que los individuos son capaces de superar su condición de trabajadores y elegir por ellos mismos su función en el sistema económico-social. Marx discute críticamente este tipo de posturas presentes ya en el siglo xix y que él sintetiza en la siguiente cita: “Las clases trabajadoras tendrían que haber hecho mejor uso de esta rara oportunidad y haber ahorrado y haberse convertido en capitalistas. […] Apenas se encuentra en algún caso de que hayan […] ascendido, o empezado a ascender, al grado de capitalistas. […] Han desperdiciado su oportunidad”. (Marx, 2013, página 80).

7 La evolución misma de la obra de Marx según las perspectivas y los estudios que realizaba, la cual puede seguirse desde la aparición en 1844 de los Manuscritos económico-filosóficos, la Ideología alemana de 1845-6, la Miseria de la filosofía de 1847, el Manifiesto del partido comunista de 1848, pasando por el periodo 1857-1863, cuando planeó una crítica de la economía política mediante la redacción de seis libros (capital, propiedad de la tierra, trabajo asalariado, Estado, comercio exterior, mercado mundial) y escribió los Grundrisse (1857/58), el Urtext (1858), la Contribución a la crítica de la economía política (1859) y el Ökonomisches manuskript 1861-63, del que las Teorías sobre la plusvalía forman parte; y ya en el lapso 1863-1867 el plan se modificó para dar lugar a un texto de cuatro libros: El capital. También son evidencia de las modificaciones las diversas cartas que enviara Marx; destacan carta a Lasalle del 22 de febrero de 1858, carta a Lasalle del 11 de marzo de 1858, carta a Engels del 2 de abril de 1858 y carta a Kugelmann del 13 de octubre de 1866.

8 “Ningún concepto puede alcanzar su forma terminal en su introducción original sino que mantiene su carácter de fluido, ganando una determinación más exhaustiva ya sistemáticamente colocada en relación con un contenido enriquecido” (Arthur, C., 2002:18).

* Profesores-investigadores de tiempo completo del Departamento de Producción Económica de la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco.