VENEZUELA Y LA NECESIDAD DE NUEVOS CLICHES Slavoj Zizëk

Publicado en http://www.elmundo.es por vez primera el 22-08-2017

A comienzo de los años setenta, en una nota a la CIA en la que aconsejaba cómo socavar el Gobierno democráticamente electo de Salvador AllendeHenry Kissinger escribía sucinto: “Haced que la economía grite”. Altos representantes de Estados Unidos admiten abiertamente que hoy en día se está aplicando la misma estrategia en Venezuela: el que fuera secretario de Estado americano Lawrence Eagleburger afirmó en Fox News que la atracción que los venezolanos sienten hacia Chávez “se mantendrá mientras la población de Venezuela lo vea capaz de mejorar su nivel de vida. Si en algún momento la economía se pone realmente mal, la popularidad de Chávez en el país sin duda bajará, y ésta es una de las primeras armas que tenemos contra él y que ya deberíamos estar utilizando: las herramientas para intentar empeorar la economía aún más, de manera que el atractivo de Chávez en el país y en la región disminuya (…) Todo aquello que podamos hacer para dificultarles la economía en este momento es una buena cosa, pero hagámoslo de forma que no entremos en conflicto directo con Venezuela si es posible”. Lo mínimo que se puede decir de estas afirmaciones es que hacen creíble la premisa de que las dificultades económicas a las que se enfrentó el Gobierno de Chávez (importantes recortes en los suministros de productos y electricidad en todo el país, etc.) no fueron sólo el resultado de la ineptitud de su propia política económica. Y aquí nos encontramos con el punto político clave, difícil de tragar para algunos liberales: está claro que no estamos tratando con procesos y reacciones ciegas del mercado (como, por ejemplo, propietarios de tiendas intentando obtener más beneficios sacando algunos productos de sus estanterías), sino con una estrategia elaborada y totalmente planificada.

Sin embargo, aun siendo cierto que la catástrofe económica de Venezuela es en gran medida el resultado de la conjunción de las grandes fortunas del país y de la intervención de Estados Unidos, y que el núcleo de la oposición al régimen de Maduro son corporaciones de extrema derecha y no las fuerzas democráticas, esta visión genera más preguntas, y aún más complicadas. En vista de estos reproches, ¿por qué no ha habido en Venezuela una izquierda capaz de ofrecer una alternativa radical auténtica a Chávez y Maduro? ¿Por qué se dejó la iniciativa de la oposición a Chávez en manos de la extrema derecha, que hegemonizó con éxito la lucha opositora, imponiéndose como la voz de (incluso) la gente corriente que sufre las consecuencias de la mala gestión económica chavista?

Chávez no sólo fue un populista que malgastaba el dinero del petróleo; lo que la mayor parte de los medios internacionales pasan por alto son sus complejos y en ocasiones desiguales esfuerzos para superar la economía capitalista, experimentando con nuevas formas de organización de la producción que intentan ir más allá de la alternativa de propiedad privada o estatal: cooperativas de granjeros y trabajadores, participación, control y organización de la producción por parte de los trabajadores, diferentes formas híbridas entre la propiedad privada y el control y la organización social, etc. (Por ejemplo, fábricas en desuso por parte de los propietarios se ceden a los trabajadores para que las gestionen).

Ha habido muchos intentos fallidos en este camino: la cesión de la propiedad de fábricas nacionalizadas a los trabajadores, distribuyendo las acciones entre ellos, se probó en varias ocasiones y fue finalmente abandonado. Aunque estamos hablando de auténticos intentos de interacción entre las iniciativas de las bases y las propuestas del Estado, uno también debe tener en cuenta los muchos fallos económicos, ineficiencia, corrupción generalizada, etc. Lo habitual es que tras un año (o medio) de trabajo entusiasta, las cosas comienzan a desmoronarse.

En los primeros años del chavismo, no hay duda de que fuimos testigos de una amplia movilización popular. Sin embargo, la gran pregunta sigue siendo: ¿cómo debería esta confianza en la autoorganización popular influir en la gestión de un Gobierno? ¿Podemos imaginar un auténtico poder comunista hoy en día? Los resultados más recientes han sido desastre (Venezuela), capitulación (Grecia),  o una vuelta absoluta al capitalismo (China, Vietnam). Tal y como lo describe Julia Buxton, la revolución bolivariana “ha transformado las relaciones sociales en Venezuela y ha tenido un impacto enorme en la totalidad del continente. Pero lo trágico es que nunca fue debidamente institucionalizado y por eso acabó siendo insostenible”. Afirmar que las políticas auténticamente emancipadoras deberían mantener la distancia con el Estado es demasiado fácil: el gran problema de fondo es qué hacer con el Estado. ¿Acaso podemos imaginar una sociedad fuera del Estado? Estos problemas se deberían afrontar aquí y ahora, no hay tiempo para esperar a una hipotética situación futura y, mientras tanto, mantener una distancia segura del Estado.

Si realmente queremos cambiar las cosas, deberíamos aceptar que nada puede cambiarse realmente (dentro del sistema existente)Jean-Luc Godard proponía el lema “Ne change rien pour que tout soit différent” (no cambies nada para que todo sea diferente), dando la vuelta a “algo debe cambiar para que todo siga igual”. Las últimas dinámicas capitalistas de consumo consisten en bombardearnos constantemente con nuevos productos, pero ese mismo cambio constante se vuelve cada vez más monótono. Llegados al punto en que sólo la autorevolución constante puede mantener el sistema, aquellos que no quieren cambiar nada son efectivamente los agentes del cambio auténtico: el cambio del mismo principio del cambio.

O, en otras palabras, el auténtico cambio no es sólo superar el viejo orden sino, sobre todo, establecer uno nuevo. En cierta ocasión Louis Althusser improvisó una tipología de líderes revolucionarios digna de la clasificación que Kierkegaard hacía de los humanos en oficinistas, trabajadoras del hogar y deshollinadores: los que citan proverbios, los que no citan proverbios, y los que inventan (nuevos) proverbios. Los primeros son canallas (es lo que Althusser pensaba de Stalin), y los segundos son grandes revolucionarios condenados al fracaso (Robespierre); sólo los terceros entienden la verdadera naturaleza de la revolución y triunfan (Lenin, Mao). Esta triada refleja las tres formas de relacionarse con el Gran Otro (la sustancia simbólica, el terreno de las costumbres y los deseos no escritos que encuentran en la estupidez de los proverbios su mejor expresión). Los canallas simplemente reinscriben la revolución en la tradición ideológica de su nación (para Stalin, la Unión Soviética era la última etapa del desarrollo progresivo de Rusia). Los revolucionarios radicales como Robespierre fracasan porque simplemente representan una ruptura con el pasado sin lograr introducir con su esfuerzo un nuevo conjunto de costumbres (recordemos el tremendo fracaso de Robespierre al intentar sustituir la religión con el nuevo culto a un Ser Supremo). Líderes como Lenin y Mao triunfaron (al menos durante un tiempo) porque inventaron nuevos proverbios, lo que significa que impusieron nuevas costumbres para regular la vida cotidiana. Uno de los mejores goldwynismos cuenta cómo Sam Goldwyn, tras enterarse de que los críticos se quejaban de que en sus películas había demasiados viejos clichés, escribió un memorándum a su departamento de guionistas: “¡Necesitamos más clichés nuevos!”. Tenía razón, y esta es la tarea más difícil de una revolución, crear nuevos clichés para el día a día.

Pero se debería dar incluso un paso más allá. La tarea de la izquierda no es sólo proponer un nuevo orden, sino también cambiar el propio horizonte de lo que parece posible. Por eso, la paradoja de nuestro dilema es que, si bien las diferentes resistencias al capitalismo global parecen fracasar una y otra vez en frenar su avance, siguen desconectadas de las muchas tendencias que señalan claramente la desintegración progresiva del capitalismo, como si las dos tendencias (resistencia y auto-desintegración) se movieran a diferentes niveles y no pudieran encontrarse. Así, obtenemos protestas fútiles en paralelo con la decadencia inmanente, y no parece haber manera de juntar a las dos en un acto coordinado de derrota emancipadora del capitalismo.

¿Cómo se ha llegado a esto? Mientras que la (mayoría de la) izquierda intenta desesperadamente proteger los antiguos derechos de los trabajadores de las arremetidas del capitalismo global, los que hablan de postcapitalismo son casi exclusivamente los propios capitalistas más progresistas (desde Elon Musk a Mark Zuckerberg), como si el mismo capitalismo se hubiera apropiado del tema de la transición del capitalismo tal y como lo conocemos a un nuevo orden postcapitalista.

En Ninotchka, la obra de Ernst Lubitch, el héroe entra en una cafetería y pide un café sin nata. El camarero responde: “Perdone, pero se nos ha acabado la nata. ¿Lo quiere sin leche?”. En ambos casos, el cliente obtiene café solo, pero a este café lo acompaña cada vez una negación diferente, primero café-sin-nata, luego café-sin-leche. La diferencia entre café solo y café sin leche es puramente virtual, no existe diferencia en la taza de café real, y la falta en sí funciona como un rasgo positivo. Esta paradoja también está bien expresada en un viejo chiste yugoslavo sobre los montenegrinos (estigmatizados como gente vaga en la ex Yugoslavia): ¿por qué los montenegrinos ponen dos vasos, uno lleno y otro vacío, al lado de su cama cuando se van a dormir? Porque son demasiado vagos para pensar por adelantado si tendrán o no sed durante la noche. Lo que este chiste quiere decir es que la ausencia en sí misma tiene que reflejarse de manera positiva: no es suficiente tener un vaso de agua lleno, pues si el montenegrino no está sediento, simplemente lo ignorará. Este acto negativo en sí mismo tiene que constatarse, la no-necesidad-de-agua tiene que materializarse en el vacío del vaso sin agua. El equivalente político lo encontramos en un chiste muy popular en la Polonia de la era socialista. Un hombre entra en una tienda y pregunta: “Probablemente no tiene usted mantequilla, ¿verdad?»”. La respuesta: “Lo siento, pero somos la tienda que no tiene papel de váter; ¡la que no tiene mantequilla es la que está al otro lado de la calle!”. O pensemos en el Brasil contemporáneo donde, durante el carnaval, gente de todos los estratos sociales bailan juntos en la calle, olvidando momentáneamente la raza y las diferencias de clase. Pero obviamente no es lo mismo si un trabajador en paro se une al baile, olvidando sus dificultades para atender a su familia, que si un banquero rico se relaja totalmente encantado de ser uno más entre el pueblo, olvidando que acaba de denegar un préstamo al pobre trabajador. En la calle ambos son iguales, sólo que el trabajador está bailando sin leche, mientras que el banquero está bailando sin nata. De modo parecido, en 1990 los ciudadanos de Europa del Este no sólo querían democracia-sin-comunismo, sino también democracia-sin-capitalismo.

Y esto es lo que la izquierda debería aprender a hacer: ofrecer el mismo café, pero con la esperanza de que un café sin leche se haya convertido de repente en un café sin nata. Sólo entonces podrá empezar la lucha por la nata.

*Filósofo, sociólogo, psicoanalista y crítico cultural esloveno. Una de las voces más prominentes de la izquierda anticapitalista, su obra integra el pensamiento lacancaniano con una particular lectura de la crítica de la economía política de Marx.