LA FLOR DE LA CHUQUIRAGUA: Por: Lizardo Herrera*

La flor de la Chuquirahua de Patricio Vallejo (foto - Patricio Carrillo-2014)

EL TERRITORIO FRENTE A LA HISTORIA NACIONAL Y LA GLOBALIZACIÓN ECONÓMICA.  

20-09-2017

Tras la derrota militar ante el Perú en 1941, Benjamín Carrión, en sus Cartas al Ecuador, habla de la existencia de un pesimismo generalizado en la sociedad ecuatoriana. Para él, el panorama del momento es bastante incierto no únicamente en términos político-sociales, sino fundamentalmente afectivos. La solución a esta grave crisis, de acuerdo con sus Cartas, estriba en fortalecer nuestro maltrecho sentimiento patriótico. La cultura, desde su punto de vista, es el camino más indicado para recuperar nuestro optimismo como nación; en ese sentido, Carrión entiende que en lugar de basar nuestra educación en modelos extranjeros e importados que nos vuelven dependientes y minan aún más nuestra autoestima nacional, lo adecuado es valorar/construir una cultura propia ligada no solo a nuestra historia, sino, sobre todo, a nuestra geografía.

 

Su proyecto cultural, por tanto, es de índole telúrica: implica volver a la tierra para desde allí proyectarnos al futuro como una nación sana y fuerte. Una de las tesis más sobresalientes y mejor logradas de sus Cartas, es la idea de tropicalismo. El trópico, en vez de ser el lugar de la barbarie que necesita ser civilizado, se constituye en nuestra geografía, es decir, en nuestra tierra. El trópico de Carrión no se limita, por tanto, a representar las regiones de clima caliente, sino que abarca también la exuberancia –adjetivo clave en el desarrollo de su tesis– que hay en el páramo, en las montañas, en el majestuoso paisaje de la Sierra ecuatoriana, etc. Si nuestro objetivo es reconciliarnos con nosotros mismos como ecuatorianos, según este autor, estamos en la obligación de reconciliarnos con nuestra geografía; es decir, con el trópico en el que nacimos y en el que desarrollamos nuestras vidas.

 

Sesenta años después, la bella obra de teatro La flor de la chuquiragua (2003), de Patricio Vallejo, nos sitúa en la Sierra ecuatoriana, más precisamente, en Zumbagua. El proyecto de Vallejo también es telúrico en la medida en que, desde su mismo título, toma contacto con un paisaje específico: el páramo norandino. La entrega de la flor de la chuquiragua, de acuerdo con la tradición popular que recupera Vallejo, representa un deseo de buena suerte. Sin embargo, en la representación teatral motivo de nuestro estudio, esta se transforma en el símbolo de un mal augurio para una mujer solitaria que, además de perder a su hijo –un joven migrante que se alistó en el ejército estadounidense para terminar muriendo en una tierra ajena y lejana– enfrenta el terrible destino de ser despojada de su casa y su chacra,[1] o sea, el territorio en el que desarrolla su vida y que da sentido a su existencia.

 

Ahora bien, la tierra, el vehículo que nos propone Carrión para fortalecer nuestro orgullo nacional, funciona de manera diferente en la obra de Vallejo. Es más, podemos decir incluso que La flor de la chuquiragua hace evidente el fracaso del sueño nacional o del sentimiento patriótico que el escritor lojano pretendía fomentar. La pérdida del hijo, la casa, el terreno y la chacra es una prueba de que la utopía nacionalista del escritor lojano ha sido y es incapaz de materializarse. El Ecuador, a diferencia de lo que Carrión anhelaba, no solo no ha logrado resolver sus problemas de dependencia económica y cultural, sino que, en vez de integrar a los ecuatorianos en un proyecto mancomunado y democrático de nación, sigue excluyendo a la mayoría de compatriotas, cuando no expulsando a demasiados de ellos del suelo patrio.

 

El relato de La flor de la chuquiragua se ubica también en un contexto de crisis; sin embargo, a diferencia de Las cartas al Ecuador, no se trata exclusivamente de una crisis nacional, sino de una de índole global. Si, según establece la historia oficial, en 1941, la guerra con el Perú trajo como consecuencia que nuestro país perdiera más de la mitad de su territorio; para el año 2003, los efectos de la guerra son globales y ya no se circunscriben al herido orgullo patriótico ni se reduce al ámbito local o regional. Por el contrario, ellos se extienden a la totalidad del planeta bajo la égida de una sola nación que se define a sí misma como la gran policía del mundo y se arroga el derecho de intervenir militarmente en cualquier lugar del globo. En la obra de Vallejo, la protagonista, la señora de Zumbahua, nos cuenta que su hijo se ha ido a morir en una tierra de nadie: un desierto al que llaman Basora, clara referencia a la guerra en Irak y a la doctrina de la guerra preventiva promovida por la administración de George W. Bush. Es así que, según ella, mientras en nuestro país los militares son ecuatorianos que se unen a las Fuerzas Armadas porque dicen defender su patria; en Estados Unidos, ellos son extranjeros que ni siquiera hablan correctamente el idioma inglés.

 

El sentimiento nacional, de este modo, en lugar de constituirse en el vehículo de emancipación de un país periférico como el nuestro, tal como lo soñaba Carrión, se ha transformado en un dispositivo imperial gracias al cual la gran potencia interviene, utilizando y desperdigando soldados de diversas nacionalidades, a lo largo y ancho de la geografía mundial. En otras palabras, el patrioterismo estadounidense y sus políticas de seguridad nacional sacan a la luz la otra cara del nacionalismo que Carrión fue incapaz de observar en su momento: el militarismo. Pasamos así del pesimismo depresivo o la poca autoestima –el Ecuador del 41– a una manía narcisista –la política imperial estadounidense del siglo XXI– y la imposición de un gigantesco aparato militar de carácter transnacional.

 

Asimismo, en La flor de la chuquiragua están presentes los efectos traumáticos del feriado bancario y de la dolarización (1999) –la globalización económica en el Ecuador– que provocaron el éxodo de compatriotas más grande en nuestra historia. La migración del hijo-soldado está directamente vinculada a tales acontecimientos históricos; además, en el aspecto económico, cabe destacar el hecho de que en la obra el odioso prestamista, cuyo dinero hizo posible el viaje, no es un extranjero, sino irónicamente un coronel de la Policía Nacional del Ecuador. El representante de la policía –símbolo evidente del Estado-nación ecuatoriano– va a Zumbahua con el propósito de apropiarse de la tierra de una mujer indefensa, quien se ve abocada a responder por las deudas adquiridas por su hijo recientemente fallecido. La deuda como dispositivo de control o expropiación, por tanto, no proviene del exterior –la súper potencia o un gran banco–, sino que está en el interior de la nación y, en particular, en una de las instituciones supuestamente encargada de velar por los derechos de los ecuatorianos y de inculcar en nosotros el amor por los símbolos patrios. De ahí que, en la puesta en escena de Vallejo, la parodia al himno de la bandera se constituye en un duro cuestionamiento al rol de la policía y los organismos de seguridad del Estado presentes a lo largo de nuestra vida republicana.

 

Frente a los avances del imperialismo y el escaso sentimiento nacional de los ecuatorianos, como lo dijimos antes, Carrión creía que el antídoto estaba en fortalecer nuestro patriotismo. Sin embargo, La flor de la chuquiragua nos muestra que, seis décadas después, el Ecuador sigue siendo una nación excluyente y este supuesto patriotismo no significa otra cosa que la consolidación del privilegio de unos pocos. En cierto sentido, la historia nacional tiene un rol similar al del coronel de policía. Este le quita la casa y el terreno a la señora, mientras que aquella se apropia de la experiencia concreta de los ecuatorianos imponiendo un relato celebratorio que canta loas a la patria –el himno a la bandera– desentendiéndose, de este modo, del bienestar de sus ciudadanos. La historia y, por ende, la cultura nacional no significa la preferencia de la geografía o el espacio, como erróneamente planteaba Carrión, sino un dispositivo mediante el cual se construye y se reproduce un mito cuyo funcionamiento está dado a partir de la reificación de una cronología o un canon cultural que anula la diversidad o las múltiples formas de vivir que hay en cada geografía.

 

En la puesta en escena de Vallejo, en consecuencia, asistimos a un doble fracaso. Primero, el del nacionalismo tanto ecuatoriano como estadounidense. Aquel, porque es incapaz de proteger a sus ciudadanos y, al contrario, los excluye; el otro, porque es una fuente permanente de abusos y agresiones que expande la muerte en su recorrido transnacional y, además, se niega a indemnizar a nuestra protagonista por la pérdida del hijo, quien irónicamente murió defendiendo la patria estadounidense. Segundo, el fracaso de la globalización cuya geopolítica conserva la dependencia de unas naciones hacia otras, pues no solo estamos ante una agresión militar, sino también ante una migración transnacional producto de la destrucción de las formas de vida en los territorios concretos.

 

Este doble fracaso hace que la resolución del conflicto en La flor de la chuquiragua sea triste por no decir desgarrador. Sin embargo, antes que quedarme con la sensación de derrota que vemos al final de la obra, me interesaría rescatar su elemento telúrico. El tropicalismo de Carrión, a pesar de ser incapaz de romper con la dependencia cultural dada su agenda idealista y su confianza ciega en el nacionalismo, al intentar dar prioridad a la geografía por sobre la historia, conserva un elemento materialista que sigue vigente en la actualidad. En La flor de la chuquiragua, se aprecia este materialismo en su vínculo con la tierra: al páramo de Zumbahua; pero volver a la tierra, en este caso, no significa reforzar ni fomentar nuestro orgullo patrio. La tierra en la obra de Vallejo es un territorio, es decir, el lugar en donde somos lo que somos gracias a la relación que mantenemos con el espacio o medio ambiente que habitamos, de ahí el énfasis que nuestra protagonista pone tanto en su chacra, la cual le provee de alimentos, como en el terreno que le ofrece una vivienda. Ella afirma que ahora está “bien jodida” ya que es consciente de que está a punto de perder su territorio y, por ende, su forma de vida.

 

La tierra en La flor de la chuquiragua, por consiguiente, no plantea la construcción de una narrativa abstracta que busca identificar las características propias o exclusivas de los ecuatorianos ni es una fuente de recursos a libre disposición del capital transnacional, sino que nos pone ante una forma material de existencia. El territorio nacional o el trópico exuberante de Carrión, en cambio, más que la independencia de la geografía en relación con la historia, significa la subsunción del espacio por el tiempo de un relato histórico homogéneo que se distancia del territorio y cuyo funcionamiento se rige por la expropiación, la exclusión y la explotación tal como nos lo demuestra el caso de la señora y su hijo en Zumbagua.

 

La historia de la protagonista de La flor de la chuquiragua, de esta manera, no impugna únicamente al imperialismo que se niega a indemnizarla, sino a la idea misma de nación en la cual ella nunca tuvo ni tiene lugar. La nación, por medio de la policía, le quita su territorio: la casa, la chacra y su forma de vida, llevándola irremediablemente a la indigencia o, como en el caso del hijo, a emigrar. La globalización, por su parte, significó la muerte del joven migrante en geografías totalmente extrañas. La tierra que aparece en la obra de Vallejo, por tanto, no trae consigo el amor a esa entidad abstracta que llamamos patria ni plantea la globalización económica como el nuevo estadio de desarrollo al que debemos arribar/aspirar; al contrario, nos ubica ante una realidad concreta mostrándonos una forma de vida que resiente la violencia del mito nacional y el paso arrollador de la globalización al mismo tiempo.

 

La flor de la chuquiragua tiene espinas y podemos pincharnos, de eso nos advierte nuestra protagonista. La puesta en escena de Vallejo es en sí misma un camino de espinas; sin embargo, presentar la historia deslocalizada del hijo muerto en un lejano desierto o la manera cómo el ideal de la nación destruye el hogar de la madre, no tiene por objeto conducirnos a una tierra prometida, sino algo mucho más simple y a la vez más complejo: hacer evidente la violencia que traen consigo aquellos proyectos idealistas totalmente divorciados de la experiencia material y concreta de las personas. El territorio, en este caso, no es la geografía subsumida a la historia nacional ni tampoco un área más para la acumulación global, sino el espacio o el hábitat en el que los seres humanos desarrollamos nuestra vida y, por ende, que hace posible y matiza día a día nuestra cultura. El carácter telúrico de esta bella obra teatral de Vallejo es un cable a tierra que nos informa que al destruir el territorio no solo destruimos nuestras posibilidades de vivir con dignidad, sino, a la postre inevitablemente, la viabilidad de la humanidad en su conjunto.

[1] Chakra es un término kichwa muy utilizado en la tierra ecuatoriana que hace referencia a una pequeña parcela de cultivo.

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