¿MORENO TRAIDOR? Por Alberto Acosta*

 

26-10-17 
 
En las últimas semanas varios representantes del correísmo han acusado a Lenín Moreno de “traidor”, empezando por el propio Rafael Correa, caudillo de un proceso que, de a poco, parece estar cayendo en desgracia. Lo peculiar de esta situación es que Moreno precisamente es sucesor de Correa. Es más, su (controvertido) triunfo electoral, así como su nominación a la candidatura presidencial, contó con el beneplácito del caudillo y de su partido. Correa hasta llegó a decir que “Lenín es un gran ser humano, dejo la Patria en buenas manos”. Esas son, al momento, las únicas certezas de las que disponemos; lo demás son elucubraciones, algunas más o menos razonables.
¿A qué acuerdos llegaron Moreno y Correa? Eso no lo sabemos de manera certera, pero hay algunos indicios. Lo que sí cabe reconocer es que Moreno no resultó ser el títere de Correa, como muchos esperábamos. Más bien vemos una suerte de “enfrentamiento épico” entre ambos. Enfrentamiento que genera dudas, rupturas de diversa índole, pero también varias continuidades preocupantes (por ejemplo, el frente económico y productivo).
Como corolario de esta situación, Moreno aparece como “el traidor” para el autoexiliado caudillo en Bélgica y sus más fieles seguidores, quienes no han dudado en tratar al actual presidente con desprecio y hasta fomentar movilizaciones en su contra.  Por su lado, Moreno ha lanzado críticas cada vez más duras –y hasta mordaces-, generando sorpresa pues, por diez años, él marchó a la par de un proceso que inició perfilándose como “revolución ciudadana” pero terminó volviéndose una restauración conservadora. Lejos quedan los recuerdos de que el propio Moreno se benefició de la década correísta, de la que fue un actor permanente, es decir corresponsable de la misma. Aunque otros podrían encontrar un anticipo de esta situación en la carta que Moreno remitió a Alianza País en abril de 2016, donde formulaba tibias críticas a la gestión de Correa y demandaba correctivos.
Aquí encontramos un elemento estratégico que merece atención, pues ¿era necesario primero alcanzar el poder político para luego emprender una crítica que realmente tenga efectos?, ¿hubiera sido factible otra forma concreta de salir del correísmo, dado el dominio que éste llegó a tener casi sobre todas las instituciones del país?, ¿no es una implosión la mejor forma de que el correísmo caiga? El análisis de estas cuestiones habría que profundizarlo en términos políticos, sobre todo porque parece difícil pensar en un escenario más destructivo para el correísmo que aquel en donde sus propias raíces lo ahorcan.
Es más, podríamos elucubrar que Moreno y su gente -pues nunca olvidemos que los individuos no actúan solos en política- supieron aprovechar muy bien la coyuntura. Moreno resultaba -quizá- la única opción para que Alianza País se “mantenga” en el poder, sobreviva políticamente y hasta “encubra” gran cantidad de casos de corrupción. Jorge Glas no tenía la fuerza de convocatoria como para vencer en las urnas (incluso fue públicamente abucheado durante las elecciones); más aún cuando él terminó ahogado en denuncias de corrupción que le han terminado conduciendo a prisión.
Quizá el mismo Rafael Correa habría encontrado dificultad para vencer en las urnas (como ha sugerido el mismo Moreno); y si las informaciones que siguen apareciendo son verídicas, pueda que el binomio Correa-Glas se repita… tras las rejas.
Pero el ascenso de Moreno al parecer no solo aprovechó la debilidad de las principales figuras de Alianza País. También podríamos sugerir que aprovechó que el otro finalista de las elecciones de abril, Guillermo Lasso, estaba casi condenado por sus pocas luces y potencialidades. Lasso, claro representante de intereses de grupos poderosos que no se enchufaron al correísmo -no como otros grupos que sí lo hicieron-, era un candidato cuya derrota (legítima o no) era entendible dadas las circunstancias concretas del momento.
El caso es que el ascenso de Moreno ha dejado una lección muy clara al correísmo: el poder no se posee, se ejerce como diría Michel Foucault. Cualquier creencia de que el poder se lo puede poseer cuando son otros quienes lo ejercen, es una ilusión. Ilusión en la que cayó el correísmo por su desesperación de sobrevivir a cualquier precio.
En fin. Ahora el correísmo paga las consecuencias de sus propios actos, pues parecería cumplirse esa máxima de “quien a hierro mata, a hierro muere”. Si hablamos de traiciones, ¿qué mayor traición puede haber que el propio surgimiento del correísmo por medio de la metamorfosis de propuestas revolucionarias a una realidad de restauración conservadora y de modernización capitalista? No olvidemos que fue el correísmo el que traicionó a quienes originalmente apoyaron el ascenso de Correa al poder, traición que quedó consumada con el surgimiento de un régimen autoritario que no dudó en ridiculizar -y hasta criminalizar– a muchos de sus antiguos aliados.
Es decir, debemos tener claro que aquí el gran traidor no es Moreno, sino Correa. Fue él quien traicionó los ideales revolucionarios que emergieron de la lucha popular luego de años de arremetida neoliberal y crisis en el país. Basta con hacer algunas lecturas a partir de los ofrecimientos iniciales de la “revolución ciudadana”, para ratificar esta afirmación. Por ejemplo, la lectura del Plan de Gobierno de Alianza país 2007-2011, elaborado participativamente en 2006 -cuando se propuso la candidatura de Correa-, brinda material para comprender que el verdadero y gran traidor no es Moreno. Solo como una pequeña muestra, leamos la siguiente invitación a
“trabajar por llevar adelante nuestros propios procesos de organización y diseñar nuestros propios programas de vida sin atenernos a mensajes y normas emanadas de alguien que pretender asumir el papel de un iluminado; no creemos en liderazgos individuales que conduzcan a la constitución de estructuras verticales y caudillescas, sino en liderazgos colectivos sustentados en la autocrítica, en la toma colectiva de decisiones, en el respeto a otras opiniones y en la humildad.” 
 
       Las declaraciones de Correa a favor de la Constitución de Montecristi y las sistemáticas violaciones que le propició es otra clara traición. Luego de promocionarla como “la mejor Constitución del mundo”, “un canto a la vida” e incluso diciendo que duraría “300 años”, es más que evidente que Correa vio a la Constitución y a la Asamblea Constituyente apenas como escalones en su afán de concentrar cada vez más poder. Por cierto, cabe aclarar que esa Constitución -lo comprobamos repetidamente- no fue un traje a la medida del caudillo, como afirman algunos despistados (basta mencionar que en 9 años sufrió unos 23 cambios, a más de un sinnúmero de violaciones a la Constitución a través de leyes y hasta decretos).
Dicha Constitución se formuló con una amplia participación ciudadana, y fue masivamente ratificada en las urnas, pues se intentó recoger el sentir popular de lucha en contra de las injusticias de épocas anteriores. Ese es precisamente el espíritu de Montecristi que supuestamente Moreno intenta recuperar, una cuestión que está muy lejos de ser cierta, por lo demás.
            Tan problemática resultó a ratos la Constitución a Correa que incluso tuvo que enmendarla casi a la fuerza y atropellando la misma carta magna, solo recordemos diciembre de 2015. Si bien es cierto que la Constitución posee fallas que deben corregirse -como el excesivo poder otorgado al ejecutivo-, también posee grandes aciertos como el reconocimiento al derecho a la resistencia (art. 98) que el propio Correa desdeñó  y consideró una simple novelería. ¿No es eso una vil traición cuando fue la propia resistencia popular la que llevó a Correa a la Presidencia? Es más, ya en aullidos de desesperación, Correa y sus áulicos más íntimos auguran su retorno a través de otra asamblea constituyente
            Y si en lo político se observan traiciones, el manejo económico de Correa es aún más claro; manejo que mantiene la misma orientación con Moreno. El gobierno de Correa devino en mera herramienta para que el capital satisfaga su voracidad acumuladora explotando trabajadores y Naturaleza, compartiendo incluso muchos objetivos neoliberales de los años 80 y 90. Pero mientras el viejo neoliberalismo apartaba y reducía al Estado para que grandes capitalistas exploten libremente, el nuevo neoliberalismo correísta fortaleció al Estado para ponerlo en comunión con el gran capital -local y transnacional- para que dicho capital explote libremente. Así, Correa instauró una suerte de neoliberalismo transgénico con la intervención del Estado, aderezado con una corrupción desbocada que se va descubriendo día a día.
Apenas unas pocas joyas neoliberales del correísmo son: promover el tratado de libre comercio (TLC) con la Unión Europea, expresión máxima del neoliberalismo; ampliar la frontera petrolera en el centro-sur de la Amazonía, incluyendo el ITT-Yasuní (propuesta para la cual Correa no dio la talla); imponer la minería a gran escala, violando el mandato minero de 2008 y criminalizando y persiguiendo a quienes se oponen, ejemplo Kimsacocha, Íntag, Mirador, Panantza; entregar campos petroleros maduros a empresas extranjeras (entrega de campo Auca a Schlumberger, e intentos -nada claros- de entrega del campo Sacha a la empresa china CERG); conceder, sin licitación y por medio siglo, los puertos de Posorja, Puerto Bolívar y Manta a capitales extranjeros; apoyar grandes agronegocios, monocultivos y agro-combustibles marginando la soberanía alimentaria y al campesinado.
La lista de las traiciones en el campo social es también grande: prácticamente “privatizar la salud” vía convenios con clínicas privadas, incluyendo sobreprecios; fomentar indirectamente a “privatizar la educación” con el auge de cursos y universidades privadas para los “no elegidos”; reintroducir la flexibilización laboral (por ejemplo, permitiendo reducir horas de trabajo, afectar a beneficios como cesantía, distribuir irregularmente horas de trabajo durante la semana); aprobar los decretos 016 y 739 para controlar organizaciones sociales y sociedad civil y decreto 813 para disciplinar a trabajadores públicos; crear organizaciones sociales –sobre todo sindicales- paralelas propias y afines al gobierno.
La lista de traiciones y estafas del correísmo en lo económico es tan grande (cómo olvidar aquí a la fallida “transformación de la matriz productiva”) que hasta se podrían escribir libros enteros. Lo crucial en este punto es no perder la memoria histórica de todo el desperdicio de una década hecho por el correísmo a fin de no dejarnos engañar cuando éste se queja de que Moreno es el traidor…
En definitiva, no sabremos a qué acuerdos llegaron Moreno y Correa. Si esto no se destapa de forma transparente, no podremos conocer cuál fue el traidor en esas conversaciones. Pero, a estas alturas, para el país ese debería ser un problema menor que terminará resolviéndose al interior de la Cosa Nostra ecuatoriana, es decir, Alianza País, la que, según Fernando Vega, ex-asambleísta constituyente de Alianza País, devino en una secta mafiosa.
Lo que sí debe quedar claro es que Rafael Correa fue quien traicionó la confianza del pueblo ecuatoriano en las urnas y al mismo mandato constituyente. Aquí no caben medias tintas. El gran traidor es Rafael Correa.-
*Ex Presidente de la Asamblea Nacional Constituyente de 2008.