RAFAEL VICENTE NO LEYÓ A LENIN. Por Santiago Ortiz Crespo

07 noviembre 2017

Uno de los hechos que demuestran que Rafael Correa no fue nunca de raíz marxista es que no leyó a Lenin. No me refiero a la lectura de los libros de autoayuda de Lenín Moreno, sino los libros que escribió el dirigente revolucionario Vladimir Ilich Lenin y en especial al Quehacer. Este es uno de los libros más relevantes de la política, del nivel de El príncipe de Maquiavelo, La democracia en América de Tocqueville, El manifiesto de Marx y Engels, o Los cuadernos de la cárcel de Gramsci.

Si habría leído a V. I. Lenin seguramente habría comprendido la importancia de la organización política, de la ideología, de la necesidad de la formación de cuadros o la prensa como un medio de enlazar a los activistas. Y este vacío es el que le impidió valorar en la última década que sin organización es imposible hacer la Revolución. Este vacío garrafal es el que precisamente se hizo evidente este último año cuando Alianza País se ha fraccionado en pedazos.

Analicemos los rasgos y la trayectoria de Alianza País para explicar este problema. Un primer factor es que Alianza País se formó luego de una década de desconfianza en los partidos políticos. Esto hizo que muchos líderes de Alianza País crean ingenuamente que no era necesario construir un movimiento o partido político. ¿Para qué se necesitaba organización política, una ideología, si tenían una propuesta “renovadora” y un candidato que podía ganar en las urnas repetidamente?

El segundo factor que impidió que este movimiento valore la necesidad de una organización política fue que Alianza País se configuró con fracciones que provenían de la vieja partidocracia en descomposición. Venían del populismo, de la socialdemocracia, de las izquierdas o de grupos antes unidos al proceso Pachakutik. A ello se sumaron los amigos y seguidores que traía Correa desde Guayaquil: boy scouts, compañeros de aula de La Salle, sus alumnos del Cristóbal Colon, los de la Universidad Católica, donde fue líder estudiantil.

También se unieron redes cristianas, como la de Jubileo 2000, de la Asociación Cristiana de Jóvenes e intelectuales vinculados a universidades. A esto se agregaron colectivos ciudadanos, organizaciones populares, grupos de economistas y personajes políticos de diversos colores ideológicos. Esta amplia alianza nunca logró superar su fraccionamiento; solamente se articularon alrededor a una difusa ideología ciudadana, contraria a los partidos, y en torno a Rafael Correa.

Un tercer factor clave fue el precipitado triunfo electoral que no les permitió constituir una fuerza política autónoma del Estado. El frente electoral se constituyó meses antes de acceder al poder y, con el rápido triunfo, sus líderes y activistas se insertaron precipitadamente en la burocracia. Esto hizo que Alianza País se imbrique de manera estrecha con el Estado, que no necesite conformar estructuras independientes, con espacios de formación de cuadros, con procesos de debate ideológico, con una estructura sostenible capaz de sobrevivir los vaivenes de la política y el poder.

A lo anterior se suma un cuarto factor: la estrategia política priorizó lo electoral, es decir, una estrategia que dejó de lado otras tácticas de lucha y que si bien tuvo buenos resultados, le impidió construir una fuerza popular movilizada. Así se conformó un frente electoral que unió a moros y cristianos y que, dado que demostraba eficacia para ganar elecciones, no necesitó conformarse como un movimiento político consistente: se articulaba para los comicios y luego se diluía como organización política.

Tanto el acceso precipitado al gobierno y su imbricación con el Estado, como el pragmatismo electoral, le impidió a Alianza País constituirse como un movimiento político, cohesionado, ideológico. Inclusive, no se necesitaba dirección política, ya que el diseño de las estrategias, las decisiones principales, la construcción de alianzas con caudillos y grupos locales o la dirección de las campañas, se las hacía desde el Ministerio de Coordinación de la Política y en el Palacio de Gobierno, con el peso determinante de Correa, quien además desincentivaba la formación de un movimiento autónomo que le hiciera sombra.

Y esto tiene implicaciones en un quinto factor clave que sustituyo al movimiento político de masas por un entramado metálico. Por una parte Correa tuvo a su favor una inmensa maquinaria mediática que le permitió tener una relación directa con la población. Reemplazó de esta manera la compleja estructura de un partido por el moderno y eficaz instrumental comunicativo; con ese instrumental se construyó su figura como un líder “revolucionario” que personificaba el proceso, contando para ello con los medios de comunicación públicos, varias agencias de publicidad, encuestadores, consultores internacionales y la realización de una estrategia con variados espectáculos como las sabatinas donde alimentaba su relación con el público.

Y un sexto factor clave en la debilidad del instrumento político: Correa no había leído a Lenin y no tenía el chip de los marxistas que saben de la importancia de la organización. Proveniente de una cultura política costeña, que se enmarca en relaciones jerárquicas y líderes fuertes, Correa nunca valoró la importancia de fomentar un movimiento político. Ni siquiera creía en la necesidad de la organización popular como un elemento clave para balancear el peso de los poderes fácticos de la derecha.

Ese fue un pecado capital de Correa y este vacío explica porque los activistas, parlamentarios y buena parte de los caudillos locales abandonan al líder y siguen hoy a quien ocupa el sillón presidencial en el Palacio de Carondelet. Al fin y al cabo, formaron parte de ese extraño mix “partido-Estado”, que funcionó durante una década de bonanza y hoy sufren de vértigo para volver a trabajar desde el pueblo.

La pregunta que queda es si la fracción Correista logrará superar este trauma, resistir el virus del “estatismo” y realizar una oposición consistente, con movilización política “desde abajo”.