¿POR QUÉ CONMEMORAMOS LA REVOLUCIÓN SOVIÉTICA DE 1917? APUNTES DE UN PROGRAMA POLÍTICO. Por Carlos Ordóñez

rusia

El Robot soviético dice: Los guerreros mortales y nosotros estamos listos. Todo el mundo de violencia lo vamos a destruir hasta el suelo. Los que no tienen nada, lo tendrán todo.

 

En estos dos meses de octubre y noviembre del 2017 se han cumplido 100 años de la revolución soviética de octubre. Pero, se vuelve necesario respondernos a la pregunta que se hace en el título de este ensayo: ¿por qué conmemorar esta hazaña del pueblo ruso que ya sucedió hace tanto tiempo?

Creo que puede haber razones equivocadas. Este acontecimiento no es motivo de un festejo, primero porque en él muchos obreros, campesinos y soldados dieron su vida, porque así lo creyeron necesario, decidieron seguir la causa del comunismo con la cual esperaban conseguir mejores condiciones de vida para todos. A esos revolucionarios les debemos más que un festejo.

Tampoco es un recuerdo ante una tumba de aquello que fue la Unión Soviética, no es una remembranza nostálgica de un sistema que pudo haber sido una alternativa al capitalismo y que en un momento de la historia desapareció por completo. No es así porque consideramos que los ideales que pregonaron los comunistas soviéticos no están ni caducos ni muertos, ya que las razones por las cuales ellos se rebelaron aún persisten en el mundo actual: las injusticias, las guerras imperialistas y el excesivo poder de los burgueses que acaparan dinero y fortunas no ha desaparecido, sino que se han agudizado. Y porque las alternativas que dieron aún siguen alumbrando a muchos movimientos populares actuales.

No es un sentimiento pro-ruso tampoco. No queremos exaltar ni una nación, ni una patria. Tampoco significa que hubiésemos querido nacer rusos o soviéticos. Y esto porque una de las principales luchas de los soviéticos fue contra los nacionalismos, ya que estos sentimientos patrioteros fueron los que arrastraron a toda Europa a un conflicto entre hermanos obreros en la primera guerra mundial de 1914. Y porque sería equivocado pensar que los líderes rusos de hoy en día tienen las mismas intenciones que los revolucionarios de hace 100 años. Todo lo contrario. Hoy Rusia se ubica en uno de los polos de una gran confrontación entre potencias capitalistas, y estas guerras, producto de las competencias entre naciones poderosas, fue una de las razones que llevaron al pueblo soviético a unirse a la lucha por la paz entre los seres humanos.

Nuestras razones:

Creo que toda la respuesta a esta pregunta se la puede plantear, en una palabra: “actualización”.

Actualizar un momento histórico significa que lo volvemos actual. No como anacronismo, sino como un momento de la historia de las luchas por la emancipación, que nos reclama continuar con ese legado histórico, “nuestros muertos no podrán dormir en paz hasta que el enemigo deje de vencer, y los enemigos hasta el día de hoy siguen venciendo”. Actualizar es también asumir la experiencia histórica de la revolución soviética como lo que fue, un arriesgado y crítico intento de construir una sociedad emancipada, y aprender de sus hazañas y logros, así como de sus debilidades; para encontrar los elementos que hoy en día nos pueden alumbrar el camino de la liberación social.

Pero aprender de la historia no con los elementos de un relato elaborado por la élite burguesa internacional, que siempre ha buscado tachar al socialismo como el peor sistema de la historia y a los bolcheviques como un grupo de desquiciados sanguinarios. Hay que asumir la experiencia sin romanticismos ni apasionamientos. Pero sí con la empatía y la hermandad que nos une al pueblo soviético, que, en un momento arriesgado en la historia, lleno de enemigos, guerras y complicaciones sin límite, se sobrepusieron y construyeron una alternativa. De ahí que podamos sacar las enseñanzas de este proceso histórico, para las luchas por la emancipación de hoy en día.

En primer lugar, la revolución de octubre no fue la toma del poder, tampoco la toma del Estado. Fue la destrucción del poder del zar y de la burguesía para construir otro tipo de poder: el poder soviético. Este tema aún hoy día causa debates, sobre todo entre las corrientes que hoy se presentan como autonomistas en el Chiapas mexicano y el Rojava kurdo; y toda la izquierda del siglo XX que planeaba tomar el poder.

La toma del poder implica que un grupo político que representa a la clase social revolucionaria viene a ocupar las mismas instituciones que fueron creadas por la clase derrocada, pensando de esa manera, solo con un cambio de mando sin cambio de estructuras, transformar la sociedad. Ahora, plantear que los bolcheviques tomaron el poder es olvidar las reflexiones que Lenin hizo antes de la revolución, y lo que realmente sucedió luego de ella.

Veamos. En su texto “Estado y Revolución”, Lenin retoma las lecciones de la experiencia de la Comuna de París que fueron recogidas por Marx. Uno de los temas principales es cómo la comuna de París se convirtió en el nuevo poder social del proletariado. Pues desconfiaron de los funcionarios que trabajaron para Napoleón III, porque, su posición de burócratas, los convertían en guardianes del viejo orden capitalista que tanto oprimía a los obreros. Debieron por lo tanto suplantar las instituciones del orden burgués, por unas nuevas, esta vez manejadas por los obreros, con una lógica totalmente distinta. Es decir, la comuna de París comenzó a crear otro Estado, infinitamente más democrático que el anterior, y con otra finalidad radicalmente distinta. Mientras el Estado democrático burgués planea mantener el dominio del capital sobre la sociedad por un tiempo indefinido en el futuro, la nueva república proletaria socialista era un Estado que no solo abolía la forma monárquica de dominación de clase, sino que su función histórica es extinguir la dominación misma de clase.

Lo hizo mediante dos acciones decisivas que eliminaban el poder de las dos grandes fuerzas opresoras del Estado: el ejército y la burocracia. Dice Lenin al respecto: “Por tanto, la Comuna sustituye la máquina estatal destruida, aparentemente solo por una democracia más completa: la supresión del ejército permanente y completa elegibilidad y amovilidad de todos los funcionarios”.

40 años después, la revolución soviética fue justamente el intento más serio en la historia de concretar esta respuesta emancipadora. Precisamente porque se había suplantado la dominación del zar, y del grupo de adinerados del gobierno provisional, por un gobierno de soviets: asambleas de obreros y campesinos. Era, por lo tanto, la primera vez en la historia que se lograba formar un gobierno con estas características, y que tomaba las decisiones más importantes del país.

La cuestión es: si el capitalismo y su sistema democrático parlamentario se basa en una falsa democracia que llama al pueblo a elegir cada cierto tiempo quiénes van a ser sus nuevos verdugos y saqueadores. La alternativa entonces a este sistema político debiera ser una democracia tan radical que haga ver a los regímenes actuales como auténticas dictaduras de las élites adineradas. Y que la nueva democracia popular debe suplantar al actual Estado burgués. No puede venir a ocupar sus mismas instituciones podridas y corruptas. La verdadera democracia debe estar basada en asambleas populares que poco a poco asuman las decisiones políticas del país. Solo un gobierno que esté manejado realmente por las mayorías puede realmente construir políticas en favor de todos. No hay otra forma.

Esa es la cuestión que planteó la revolución soviética de octubre. Y sus respuestas, soluciones y aplicaciones han sido motivo de discusiones hasta el día de hoy, cuando se plantean las alternativas autonomistas en diferentes partes del mundo.

Si analizamos los ciclos políticos europeos nos damos cuenta de una interrelación entre las tres revoluciones más importantes de la época moderna, todas ellas, se plantearon la destrucción del poder establecido, pero desde diferentes puntos de vista de clase. La revolución inglesa de 1688 fue el primer intento de parlamentarismo en el mundo occidental, y planteó un equilibrio entre las dos clases que dirigieron la revolución contra la monarquía absoluta: se conformó un gobierno con un rey, una cámara alta para la nobleza, y una cámara baja para los comunes o burgueses. Posteriormente, en la revolución francesa de 1789, el sector más radical de la burguesía no quiso hacer concesiones con la vieja clase noble, y estableció una república con un solo parlamento, en el cual se negaron todos los privilegios políticos que tenían el rey y la nobleza. Hasta este momento, todas las formas de gobierno que se crearon habían excluido a los trabajadores y campesinos de la toma de decisiones políticas, y las concentraron en órganos políticos blindados de la influencia popular. Hasta que llega la revolución soviética de octubre de 1917, la cual no solamente que derroca al rey, sino que destruye el gobierno de los burgueses adinerados, y suplanta ambos sistemas de poder: el monárquico y el parlamentarismo liberal; por una forma de gobierno comandada por un conjunto de asambleas populares de obreros y campesinos repartidas por cada ciudad y pueblo. Sin embargo, este primer intento de construir un poder verdaderamente popular se vio interrumpido posteriormente. De ahí que la completa experiencia de esta propuesta política todavía está en suspenso, está por realizarse en el horizonte histórico próximo. Pero tenemos los ejemplos más reales de esta experiencia en los zapatistas y el partido de los trabajadores del Kurdistán.

¿Qué es realmente el poder popular? En octubre de 1917 el Soviet de Petrogrado, principal protagonista de la revolución estaba en un complicado dilema: si realmente los soviets iban a ser el nuevo poder social, debían al menos tener el control de ciertas instancias de la sociedad sobre las cuáles decidir su uso y destino; sino era así, el Soviet seguiría siendo un espacio de deliberación y debates sin aplicación real y efectiva. Es por eso por lo que, las primeras acciones de la insurrección del 25 de octubre fueron tomarse algunos puestos clave de la organización social: el telégrafo, la estación de teléfonos, los ferrocarriles, los bancos, las bodegas de armas, etc. Solo cuando los comisarios del pueblo que estaban bajo el mando del Soviet tomaron posesión de estas instituciones, se hizo real el poder soviético. Al pasar el tiempo, con la repartición de tierras, la formación de un nuevo ejército popular y el control obrero de la producción, se pudo vislumbrar las reales características que debe tener un régimen infinitamente más democrático que el que vivimos actualmente.

Hoy en el Ecuador se han planteado dos graves problemas para nuestro pueblo: El saqueo indiscriminado de los recursos por parte de la corrupción de los políticos y las empresas transnacionales; y el grave desempleo y subempleo que sufren millones de personas y sus familias actualmente.

Como vemos, ninguno de los partidos políticos, ni los Morenos ni los Correas, ni los Nebots ni los Lassos, han planteado una solución real a este problema. Y es porque estas injusticias que vivimos hoy en día son de tal gravedad, que su respuesta no puede ser menos radical que las complicaciones que han creado las sabandijas que tenemos en frente. La cuestión es más clara que el agua: Si los políticos y las empresas cumplieran en lo mínimo con sus responsabilidades legales y no hubiesen utilizado los recursos sociales como un motín de piratas, hoy tendríamos tantos recursos que el problema del desempleo sería solucionado muy fácilmente, y los trabajadores no estaríamos sufriendo los males de una economía pesimamente administrada.

Pero es aquí cuando el problema se agudiza: las élites que nos gobiernan no van a renunciar a sus intentos de enriquecerse. No solamente por su compulsiva codicia, sino porque el Estado que tenemos en frente favorece este tipo de acciones, es más, las fomenta. Hoy no es un secreto para nadie que los puestos burocráticos y de mandos superiores son repartidos entre los grupos de poder. Los altos cargos sirven para que el partido gobernante puede hacerse de una red de alianzas locales y nacionales que fortalezcan su influencia política. Y los grandes afortunados, los nuevos funcionarios, no ven en el servicio público una oportunidad para servir al país, sino una chance para servirse de los dineros públicos, no solamente con sus altos sueldos, sino con el robo indiscriminado de recursos públicos y los chantajes y sobornos que reciben de las empresas privadas. El funcionario hoy en día tiene exceso de poder, muy pocos lo vigilan, sus subordinados están comiendo de su mano, y al menor indicio de intentar denunciar algo, son despedidos y amenazados. El funcionario es una persona a la cual el Estado le ha dado tanta autoridad, que ha alimentado su prepotencia y sus delirios de poder, haciendo que utilicen los puestos burocráticos para ascender económica y socialmente. Los altos mandos del Estado ven al servicio público como una oportunidad para capitalizar recursos económicos y políticos, convertirse en personas más influyentes y aspirar con ello a acumular más poder social, ya sea a través de la conformación de una empresa o terciando para convertirse en alcalde, asambleísta o presidente.

La competencia es la lógica general con la que funciona el Estado ecuatoriano, y el de cualquier país en el mundo. Se compite por acumular mayor poder social, económico o político.

Por lo tanto, si queremos acabar con esta situación que nos sume a todos los obreros del país en el desempleo y la precarización, debemos plantearnos premisas más radicales para este agudo problema. Las propuestas tibias de la dirigencia han simpatizado con las caducas y retrógradas propuestas de los abogadillos y oportunistas analistas de la derecha. Se le ha dicho al pueblo que si cambiamos de autoridades de control, que si hacemos nuevas leyes, que si hacemos una consulta. Estas soluciones parche desconocen que cuando estas gordas sabandijas se han decidido a robar y robar, desconocen la ley, y a los funcionarios los sobornan y amenazan; utilizan cualquier medio para lograr su fin. Una verdadera respuesta popular sería proponer otro tipo de Estado, con una lógica distinta. Un Estado en el que sus funcionarios estén constantemente amenazados y vigilados, no por los mismos babeantes funcionarios hambrientos de dineros ajenos, sino por el pueblo que aspira que sus recursos se utilicen para solucionar sus problemas.

Es por eso por lo que, desde la Comuna de París se planteó igualar todos los sueldos de los funcionarios estatales. Que sean amovibles en cualquier momento en que su corrupción sea comprobada. Que haya delegados de las organizaciones populares que vigilen minuciosamente todas las acciones de las autoridades. Y que estos delegados populares sean de igual manera amovibles, para que no sucumban nuevamente a la tentación de los sobornos.

Solo destruyendo el Estado burgués actual, basado en la competencia y la acumulación de poder, y suplantándolo por otra organización política en el que un conjunto de asambleas populares tomen las decisiones políticas, los problemas de la corrupción y el desempleo podrán empezar a tener soluciones reales.

Ahora, esta nueva organización política de la sociedad no es algo que aparecerá de un día para el otro. Primero porque una democracia popular solo podrá ser construida a partir de la herencia y de las premisas que nos va dejando la sociedad actual. Es una democracia de hombres reales, no de personas imaginarias, que han sido moldeadas por este sistema social actual, por el capitalismo neoliberal. Segundo, porque para que pueda realmente suplantar al poder corrupto de la élite que nos gobierna hoy en día, deberá probar a todos los pueblos que somos sometidos por ellos, que es la mejor forma en la que podemos y debemos convivir en el futuro. Por lo tanto, la nueva democracia no podrá ser sino un poder paralelo al que existe hoy en día. Ya que no puede nacer del aire, ni de un día para el otro, deberá coexistir con el Estado burgués y deberá enfrentarlo por un largo periodo de tiempo.

Veamos. Cuando en febrero de 1917 cayó la monarquía absoluta del Zar Nicolas en Rusia, todos los sectores sociales comenzaron a respirar un aire de una novedosa libertad. Así, la burguesía por su lado conformó un gobierno, nombró ministros de entre sus filas, y ocupó las instalaciones e instituciones que había dejado el antiguo Estado zarista. Por su lado, los pueblos de Rusia acudieron a una milenaria forma de organización política campesina: el soviet, o asamblea. Se conformaron rápidamente a lo largo de todo el territorio, en cada pueblo y ciudad, un conjunto de Asambleas populares de obreros, soldados y campesinos. Esta nueva organización política tuvo su primer gran congreso en el mes de mayo, cuando delegados de todos los soviets del país se reunieron en Petrogrado y comenzaron a tomar decisiones trascendentales, como la de autorizar a los campesinos la inmediata toma de tierras de la nobleza zarista.

En fin, esta increíble experiencia política del pueblo soviético nos revela que, durante los meses de febrero y octubre, existían dos poderes paralelos, enfrentados. Ambos aspiraban dirigir la sociedad, y en un momento dado ya no cabían los dos en el mismo país, y uno solo debía prevalecer. Sin embargo, solo las condiciones límites de la experiencia rusa hizo que el conflicto se resolviera en pocos meses. Los ánimos efervescentes del pueblo, la incapacidad del gobierno burgués de dar respuesta a los problemas, la feroz presión de las tropas por lograr la paz de inmediato, etc. Fue esta situación límite la que hizo al pueblo ruso decidirse por una organización política que sería conocida como Estado soviético.

Sin embargo, hoy no vivimos en una guerra, ni los ánimos de la gente están exacerbados, sino todo lo contrario. Hoy el pueblo se encuentra en una indiferencia total, muchos se han agotado y han cambiado la indignación ante la corrupción por una apatía individualista: “si yo no trabajo, nadie me va a dar de comer” es la frase más repetida cuando se habla de política en la calle.

Ante este panorama, la nueva democracia popular debe ser un poder paralelo al Estado corrupto que maneja la élite actual. Esta situación puede durar muchos años, hasta que la nueva organización política de las asambleas populares sea apropiada por la gente, la consideren como suya, y demuestre ser la alternativa para solucionar, a través del poder de la mayoría, los problemas de todos.

Pero la pregunta que surge es, cómo transitar todos esos años hasta el resultado final de esta lucha, ¿qué es lo que se debe hacer durante todo el periodo del paralelismo del poder?

Pues es una pregunta a la que ya muchos autores y pueblos le han dado respuesta. Las experiencias autonomistas actuales en Chiapas y Rojava, el autogobierno indígena en Sudamérica, los partisanos italianos durante la segunda guerra mundial, y por supuesto, Antonio Gramsci. Todos han considerado que para construir la nueva sociedad no hay que esperar hasta una insurrección salvadora, sino que hay que empezar ahora mismo. La alternativa al capitalismo solo puede construirse con la sociedad que tenemos hoy en día, y con los ejemplos que nos han dejado nuestros luchadores antepasados. Nunca en el futuro. Los que queramos construir esa nueva sociedad, nunca debemos pensar en lo que el futuro nos traiga, sino asumir el presente con sus atroces herencias y sus duras realidades.

Pero para que podamos empezar a construir esa nueva sociedad es necesario entonces -ya muchos lo han dicho-, recuperar las formas sociales de antaño que expresaban una supremacía de la comunidad y su función como organizadora de lo social. Esa forma social pasada, el ayllu, la comunidad andina, es nuestro soporte histórico, así como lo fueron los soviets para el pueblo ruso. Son también la larga tradición asamblearia del pueblo, en barrios, sindicatos, universidades, etc.

Estos gérmenes del futuro gobierno de asambleas populares deben educarse en una nueva democracia. Deberán, por lo tanto, combatir contra las herencias que las clases dominantes nos han dejado al pueblo: los caudillismos, los dirigentes vitalicios, el aprovecharse del dinero ajeno, la apatía política de la gente, las decisiones tomadas individualmente y a escondidas, los pactos políticos a espaldas de las bases. Sino cambiamos estas prácticas tan repugnantes de las organizaciones populares, todas ellas estarán condenadas al rechazo, la vergüenza y la extinción.

Si logramos este gran paso democratizando las organizaciones populares, la tarea posterior es seguir organizando al pueblo. Pues hoy, como nunca antes, el poder de la gente se ha visto ridiculizado y minimizado en las elecciones presidenciales y parlamentarias. Los pueblos han sido totalmente excluidos de las decisiones importantes. De hecho, hoy en día, ni siquiera podemos decidir qué salario queremos recibir, qué pasaje es el que vamos a pagar, qué obras son las que queremos y necesitamos construir, qué sector social es el que necesita más impulso económico. Hoy nada de esto lo puede decidir el pueblo, y es porque su debilidad hoy es aguda, su organización ha enflaquecido hasta el mínimo y su despolitización avergüenza.

Es necesario trabajar por la aparición y construcción de nuevas organizaciones populares: sindicatos, barriales, comerciantes, artistas, artesanos, estudiantes. Y que todas ellas puedan basarse en principios realmente democráticos.

Luego, estas organizaciones construirán grandes asambleas populares conformadas por delegados de libre elección y remoción. Es necesario, para que los pueblos recuperen su poder de influencia, que puedan tener un órgano en el cual discutir y deliberar sobre sus problemas y sus acciones conjuntas. Pero la asamblea popular no debe quedarse ahí. Si realmente planea ser el órgano democrático que suplante al poder de la élite corrupta actual, deberá no solamente ser deliberativo, sino que deberá ser ella misma ejecutora de las políticas, acciones, e instituciones que decida construir. Deberá tener en su control instancias fundamentales de la vida social, en la economía, la comunicación, la cultura, la medicina, la alimentación, la seguridad, la defensa, la negociación, etc. Instancias que poco a poco vayan siendo más relevantes y decisivas en la organización de la sociedad, que vayan transformando la mentalidad y las prácticas sociales, que destruyan las formas mercantiles y utilitarias de relacionarnos entre los humanos y que demuestren a la sociedad entera que son mucho más racionales y eficientes a la hora de solucionar los problemas que nos aquejan como pueblo.

Pero pongamos atención en este punto. Las nuevas instituciones no serán el patrimonio corporativo de un partido o un movimiento. Serán controlados y manejados todo el tiempo por la Asamblea. En ella, todos los delegados de las organizaciones serán de libre remoción en los casos que se decida necesario. Y los delegados de la Asamblea que ejecuten las acciones de ella serán todos de libre remoción cuando se considere urgente y necesario. En la Asamblea popular tendrá mayoría el movimiento o partido político que pueda establecer el consenso de la mayoría de sus miembros, y será el espacio de confluencia de diversas corrientes y tendencias al interior del pueblo. Cada una se ganará su espacio en base a su trabajo, discusión y argumentos razonables, y no en base a chantajes o sobornos o cualquier otro método que replique las prácticas de la élite corrupta. Por lo tanto, todos los movimientos y partidos obedecerán el dictamen que haya tomado la Asamblea en su conjunto.

Si somos capaces muchas veces de obedecer y agachar la cabeza ante las leyes absurdas y ajenas del Estado burgués actual, pues deberemos ser capaces de tener la misma disciplina en una organización que se plantea ser el verdadero poder popular y la nueva democracia. Sin este requisito difícilmente la Asamblea podría funcionar, o sus miembros difícilmente podrían pertenecer a ella. Pues de lo que se trata es de lo que los zapatistas han aplicado: “mandar obedeciendo”, como premisa fundamental de la nueva democracia.

Si la Asamblea no tiene sobre qué mandar, pues su actividad será meramente deliberativa y sus miembros, al no encontrar resultados y razón de ser de un espacio que es puramente verbal, se irán y la Asamblea se agotará y desaparecerá. Por lo que, desde ahora es necesario empezar a construir las instancias sociales sobre las cuáles la Asamblea tendrá el control y toma de decisiones.

Hay que barajar, todas las alternativas que tenemos a la mano. Comedores populares, sindicatos por rama, órgano de comunicación, órgano de publicidad de las iniciativas populares, cuerpo de apoyo a paros y huelgas, órgano de cultura y fiestas populares, órgano de fomento a la construcción de organizaciones populares, órgano de educación política, órgano de investigación e innovación científica, órgano de planificación económica, cuerpo de apoyo a tomas de tierras o instalaciones productivas, caravana de transporte para comercializar productos agrícolas y artesanales, órgano de impulso del consumo de productos agrícolas y fomento de alimentación sana, etc. Estas instituciones, y todas las que los pueblos en su imaginación creativa puedan construir, serán la base misma de la nueva sociedad. Serán las que, paso a paso, vayan transformando las prácticas y las mentalidades sociales, las que democraticen los recursos económicos y alimenticios, las que brinden una real defensa y apoyo a las luchas de los pueblos, las que vayan, ladrillo a ladrillo, construyendo la alternativa al sistema corrupto y descompuesto en el que vivimos actualmente.

El objetivo de estas instancias controladas por la Asamblea será el de construir un conjunto de relaciones simbióticas y complementarias entre las diferentes clases sociales que la componen. Entre los trabajadores y campesinos, entre científicos y el pueblo, entre políticos y organizaciones, entre transportistas y productores, entre artistas y los pueblos, entre productores y consumidores, entre los barrios y los pueblos rurales, entre los que luchan y los que quieren luchar. Ahí no estaremos gobernados por un poder externo que nos impone sus leyes absurdas, sino estaremos autogobernados en una Asamblea popular que es infinitamente más democrática que todos los regímenes burgueses, puesto que está conformada por gente del pueblo y cualquier obrera, campesino o estudiante que se plantee llegar a ella, podrá hacerlo utilizando sus argumentos y sus capacidades, y ya nunca más solo los que tienen dinero podrán hacer política[1].

Epílogo

Se trata, por lo tanto, de cambiar radicalmente la táctica a la que hemos estado acostumbrados normalmente. Asumamos que estamos en un momento histórico en el que las marchas y movilizaciones han agotado al pueblo. Solamente en el 2014 y 2015 vimos un renacer de esas movilizaciones, llamábamos a construir el poder popular, pero como nuestras demandas no fueron escuchadas por el gobierno corrupto, y nunca lo serán, la gente se desanimó y se replegó nuevamente a su vida individual. La conclusión es que el pueblo nos demanda una nueva estrategia, ya que las marchas han fracasado en su objetivo, y no podemos ser tan tercos para seguir intentando una práctica política fracasada y en descredito. Debemos pasar de la demanda al gobierno, a empezar a pensar cómo solucionamos, con nuestros medios, nuestros propios problemas. Pasar de la marcha, a la organización de la sociedad. Hay que reconocer cuándo y en qué condiciones es propicia una u otra estrategia. Hoy, lo conveniente es unir fuerzas y comenzar el trabajo titánico de construir las nuevas instituciones que sean el sostén de la nueva sociedad.

 

[1] Karl Marx, Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburg, al pueblo zapatista, al pueblo kurdo, al pueblo soviético, Raquel Gutiérrez, Kollontai, Gramsci. Sus aportes fueron imprescindibles para escribir este texto.