PAISAJE CULTURAL Y DESARRIAGO DE LA GESTIÓN PÚBLICA CULTURAL EN EL ECUADOR. Por: Alfredo Pérez Bermúdez

En noviembre del año 2012, se dio un hecho cuasi histórico para el mundo de la cultura en el Ecuador. En la ciudad de Cuenca se desarrolló el primer encuentro de expertos sobre paisajes culturales, un campo emergente de la salvaguardia patrimonial que se ha venido estructurando desde 1972 a partir de la Convención del Patrimonio Mundial realizada en París-Francia.

Este hecho y sus contenidos metodológico y conceptual, ha pasado desapercibido por las autoridades de la gestión cultural pública, tanto a nivel local y nacional, como los gobiernos locales descentralizados; la Casa de la Cultura Ecuatoriana, con sus núcleos provinciales; y, sustancialmente, por el Ministerio de Cultura que, inmerso en la visión clásica ilustrada, continúa reproduciendo un maniqueo reduccionismo/disyuntivista, asentado aún en el quehacer de las bellas artes y las letras.

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Desde la creación de la entidad “rectora” de la cultura, en el año 2007, ministros como Ramiro Noriega, Paco Velasco, Erika Silva, Raúl Vallejo y Raúl Pérez Torres, no supieron sino plagiar insensiblemente tal reduccionismo, soslayando el enfoque del desarrollo sostenible nacional, en que la cultura supone cumplir el papel motivador de nuevos procesos de reversión del know-how del poder y la dominación del colonialismo extensivo, para pasar de una dimensión sociocultural a otra.

Ninguna ruptura administrativa ni conceptual ni práctica de la gestión, sobre aquel rubro abarcador de los paisajes culturales se ha producido desde entonces, a pesar de tener en sus manos las herramientas teóricas y metodológicas emanadas de tal evento, así como de aquellos documentos que en los últimos años ha publicado la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura -UNESCO-.[1]

La compleja red en el ejercicio de las significaciones culturales, se ha visto bloqueada por la incapacidad de comprender desde sus raíces el país, los territorios, sus pueblos y nacionalidades, desde perspectivas sociales, antropológicas-ancestrales y patrimoniales, como un sistema complejo en sus diversos factores de representación mítico-simbólicos, arquitecturales, iconográficos, experimentales o expresivos, etc. como fuentes vivas de las identidades locales para la estructuración de una nueva conciencia colectiva, en términos de interculturalidad.

Más allá de los procesos y mecanismos orgánicos para cumplir a medias el mandato Constitucional y una Ley atravesada por el pensamiento político único del ya histórico y nefasto correísmo, los, o, el viejo concepto de cultura y de gestión cultural, no ha sido removido, ni siquiera en su piel, para responder a las demandas de las culturas profundas que constituyen nuestro Axis Mundi identitario, sobre el cual debe levantarse la multiplicidad de identidades ecuatoriales.

La verdad absoluta de los cultos, sostenida desde la astucia de la razón, el egocentrismo y, en general, la burla hegeliana de la historia, en el debate de las teorías de la estética social y del arte, ha sido la que ha marcado el evidente hegemonismo de aquellos que, conscientes o no, han confabulado para arraigar la homogenización o la supuesta integración simbólica e imaginarios de la globalización, como objetivo estratégico del convivir nacional.

Tal situación supuso ser superada, al menos en el campus teórico, a partir del año 2012, para emprender una nueva etapa en la gestión cultural, pues creíamos que el documento publicado[2], como producto de las reflexiones de Cuenca, era una de las guías que generaba la valoración práctica de las identidades y los destinos identitarios del país, poniendo en duda la teoría republicanista de la nación en ciernes y desplazando los arrestos del eidos colonizador.

Muy poco o nada ha sido tocado en este proceso de burla de la historia. Ni siquiera tal sospecha alentó el ánimo de inscribirse en los postulados de la Convención de París y sus consecuentes acuerdos internacionales en pro de la conservación y defensa de los sitios patrimoniales[3], cuyo marco teórico y metodológico ha sido perfeccionado a lo largo de los últimos años para dar un mejor sentido a las prácticas culturales locales. Más allá de sus timbres burocráticos, nos hubiera sido útil la señalización de la custodia, valoración y activación de los legados e imaginarios tangibles e intangibles, materiales e inmateriales, objetivos y subjetivos, dóxicos y epistémicos, que señalan nuestros caminos a seguir.

La publicación del registro de patrimonios en el año 2010 por parte del entonces Ministerio Coordinador de Patrimonio, al contrario de impulsar y dinamizar la gestión cultural global en torno a los legados que allí se describen, pasó a ser parte del acostumbrado o enraizado bloqueo de los cultos respecto del quehacer cultural, es decir, pasó a ser un bien inmueble en ciertas bibliotecas particulares.

Si en Bolivia y Perú las valoraciones, que incluye la gestión real y concreta sobre la heredad cultural alcanza algo más de un cinco por ciento, que ya revela la monumentalidad en todos los sentidos del legado productivo de nuestros pueblos, en el Ecuador no podemos hablar aun de aquello que bien puede aportar al desarrollo sostenible, pues aupados en la cima del hegemonismo cultural clásico, los administradores y actores del arte y las letras, aun se inspiran en la providencia republicana y modernista, o más ciertamente en el egoísta numen inspirador de la creación personal.[4]

Así, los derechos culturales, en el contexto de los derechos humanos, en que la referida Convención de París y las demás acciones conceptuales, metodológicas y organizativas, daba las pautas para nuevos emprendimientos en defensa de la cultura, han envejecido sin que sus páginas hayan sido tocadas por los dedos ensalivados de los administradores de cultura, a no ser en caducos papeles de armario, en cuyo caso no han sido ellos los infectados, como aquellos personajes de En nombre de la Rosa que, hurgando página a página los libros prohibidos de la religión, la filosofía y la historia, fallecían ante el claror de otras verdades, sino la misma historia ocultada del saber milenario de las culturas primordiales.

El paisaje cultural o, mejor dicho, los paisajes culturales, se convirtieron en pasajes a destinos burocráticos y de asalto a los bienes patrimoniales a nombre de un supuesto Buen Vivir, ya sea por el vacío de gestión o por la pésima gestión, a tal punto de escuchar por todas partes que “el Ministerio de Cultura nació muerto” o lo mataron a dinero y malos juegos con fines inscritos en el mundo de la corruptela y el tráfico patrimonial.

Nadie de aquellos nombrados, se detuvo a reflexionar en la visión holística que indicaba la guía de aquel encuentro del año 2012, mucho peor lo indicativo derivado de la Convención y los otros documentos, aun a pesar de sus limitaciones respecto de los saberes y las ciencias ancestrales que debió y debe ser la matriz de todo el entendimiento del país plurinacional y multicultural, incluyendo lo más significativo del arte colonial, republicano y la modernidad en sus aspectos contra-hegemónicos.

Edward T. Hall (1973) dice que el espacio-territorio es una extensión de la fisiología del cuerpo, con estructura y significado cultural, en que se desenvuelven distintas actividades indicativas y señaléticas, visible e invisibles, definidas por los planos culturales que tutelan el comportamiento de los grupos sociales y que sin el conocimiento de la realidad espacial el hombre se encontraría en un estado peligroso de aislamiento esquizoide, es decir que el conocimiento del paisaje cultural, en tanto espacio-tiempo, está ligado a la necesidad de supervivencia y a la salud mental. O como diría Gastón Bachelard en su Poética del Espacio (2000): el significado ontológico de los pueblos mantiene una gran resonancia psíquica ligada al conocimiento del territorio.

Con esto quiero referir el desarraigo total en que se ha dejado a la Cultura en estos últimos diez años, más allá de su histórico mecanicismo de gestión y de prácticas, o más precisamente de la histórica desterritorialización de significados, producidas por la imponente colonización europea-norteamericana y por la globalización, cuya responsabilidad de superación supuso hacerse cargo la denominada Revolución Ciudadana del Socialismo del Siglo XXI.

Lo que debió ser el afloramiento de lo sensible, de la imaginación, de nuevos sentimientos y gestos o la expresión de un fondo que se muestra como sabia epifanía, se ha convertido en la profundización de la desorientación esquizoide, tal como hemos referido de Hall y Bachelard. La susodicha revolución no solo arrastró los vicios de la partidocracia desde la era conservadora-liberal sino del sistema colonizador, pues a nombre del extractivismo, del desarrollo minero-industrial, despojó a sangre y fuego de sus territorios a ciertas comunidades ancestrales, sin respetar en lo más mínimo el legado teórico-práctico de la UNESCO de los paisajes culturales en los que habitaban y eran sus guardianes.

Y si se quiere un ejemplo atroz de la política y el desarrollo esquizofrénico, con erario español, solo basta ir a ver los destrozos que la industrialización del transporte ha hecho en la milenaria Plaza de San Francisco, Amarukancha, en Quito-Ecuador; allí, la luz del pasado ha sido apagada para dar paso a la des-orientación, al no recordatorio de los referentes simbólicos, a la anulación de nuestra interiorización milenaria que, como se dijo, es la matriz de lo que somos, más allá de los genes de la colonización y etnización impuesta.

El paisaje cultural entonces, requiere de la recuperación del espacio de existir, no solo físico sino simbólico y memorioso. Requiere de una redistribución del pensamiento y la actuación en sentido intercultural, a pesar de la estafa intelectual que ésta puede suponer. Requiere de retornar a la organización no fortuita de la dinamia cultural que, si bien varía con la propia cultura y cambia con el tiempo, se distingue por niveles primarios de comportamiento, cuyas raíces están en el pasado biológico, en la fisiología social del presente y en las experiencias espaciales donde se establece el encuentro con los demás (Hall, 1973).

No exceptuamos en aquello, las dificultades metodológicas de la visión cultural debido a su indeterminación. Los múltiples acontecimientos en la realidad hacen imposible observar simultáneamente los hechos en los sustratos naturales y las acciones humanas o la destrucción creativa de la urbanidad como diría Henry Lefevre (2014, Url). Esto desplaza la visión homogenizadora de la que, de algún modo u otro, hacen gala algunos gestores de élite de la política pública cultural.

La propia noción del paisaje marca una nueva visión del territorio y sus razones estéticas. Las edificaciones patrimoniales de la Colonia por ejemplo, como las iglesias, si bien es cierto son una realidad a simple vista, tienen otra lectura oculta, asociada al legado milenario de nuestros pueblos, a imperativos de carácter económico, político, social, filosófico, ideológico, religioso y ceremonial, dando como resultado nociones y tipos de paisajes diversos, de profundos contenidos ontológicos y variadas formas conductuales sobre el espacio sagrado/profano.

Son estas formas conductuales las que reflejan el estado del arte de la cultura. Allí es donde desemboca la gestión cultural. Sin embargo, si se desconocen sus antecedentes biológicos, fisiológicos y de interrelaciones, la gestión pierde piso y se convierte en un hecho burocrático de los supuestos cultos como reiterada y tediosamente vemos. No hay innovación, no hay rupturas, ni independización ni liberación individual y colectiva. El epistemicidio del que nos habla Boaventura de Sousa Santos (2010) y la etnización forzada de la que somos objetos, incluidos los mestizos, seguirá aclimatándose en la autocensura -inconsciente o no- que censura el Axis Mundi identitario, pasando a valorarse la impostura, como una realidad a la que hay que venerar, exponer y reproducir en términos de cosificación.

Si existe alguna remediación para aquellas trampas y anomalías, producto de la industrialización de nuestras almas, es precisamente acudir a otra metodología y pedagogía, que no sea la de la “razón pública”, que no es lo mismo que la gestión pública y que no es otra cosa que “el resultado fallido de la promesa de un progreso infaliblemente predicho por las leyes de la historia o por el desarrollo ineluctable de la ciencia y la razón” (Velilla et al. 2003: s/n), en cuyo pozo se encuentran la cultura y la gestión cultural hasta ahora practicada en el Ecuador.

Igual que la farmacéutica tiene sus genes en la biótica, la cultura ha de tener sus raíces en nuestro pasado, no en el pasado del constructo occidental mecanicista europeo que negó el factor cualitativo y subjetivo de los fenómenos y objetos sujetos a fragmentación y experimentación. Será esto nuestro, lo que pueda explicar los desafíos del presente y no al revés, considerando -claro está- la sensatez de las teorías críticas, contra hegemónicas, nacidas en el seno del pensamiento occidental, al plantearnos el problema del conocimiento de la realidad en términos de obstáculos cognitivos.

No se trata de gestiones de coyuntura en el marco de los discontinuo o fragmentario, como se ha acostumbrado, arrastrando los vicios de la “Nación pequeña” y las taras de los administradores de la histórica Casa de la Cultura Ecuatoriana, ahí ha sido extremadamente visible la conjura de los “cultos” y de los incultos de última data. Tal conjura ha sido reproducida en el infante y enfermizo Ministerio de Cultura y Patrimonio.

No se trata de “rescatar” de la supuesta precariedad las identidades locales producidas por la imponente colonización, para folclorizarlas y museizarlas como muestra de la desterritorialización de significados y el desarraigo cultural, o de volver atrás para reclamar nuestro “analfabetismo” una vez entrenado el cerebro para leer y escribir (Chopra, 2012: 281), sino de valorar los contenidos de los paisajes primordiales, esencialmente en su epistemicidad.

Tampoco se trata de consentimientos o incorporación per se al legado republicano y al modernismo o post modernismo, sino de autodeterminación y reconocimiento de determinadas posibilidades cualitativas (ontológico-culturales) y cuantitativas  (materiales-económicas), espirituales y sinérgicas, que provienen generosamente del seno ancestral; de tal manera que, llegamos a la estimación de un nuevo escenario de rupturas del que brota una evolución del quehacer cultural, en la perspectiva, como hemos referido, de trasladarnos sosteniblemente, de una dimensión social a otra.

Se trata de inmanentes juicios de hechos en el tiempo histórico, legados en calidad de nemotécnica o arte de la memoria, para establecer rupturas en el conocimiento de los paisajes culturales en tanto tiempo-espacio; de la producción y organización social, arquetípica, iconográfica, del espacio arquitectural milenario, para sintetizar nuevos juicios de valor para dar respuestas a la “desocialización de los desafíos” como diría Alain Touraine (2016).

Se trata, en fin, de que, a partir de la diferenciación, relativización y a la vez potenciación de los términos interculturales, realicemos propuestas de reconstitución cultural, a partir de las desinencias o decadencias, como lecciones históricas, de reconstruirnos juntos, complementariamente, considerando que el camino inmediato a seguir es la liberación del sentípensamiento andino (Oviedo, 2014) y de ese conocimiento otro, de las obscuras prisiones de la colonización y del modernismo.

ALGUNAS REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:
Bachelard, G. (2000). La Poética del Espacio. Buenos Aires: Fondo De Cultura Económica de Argentina S.A.
Chopra, D. &. Mlodinow, L. (2012). Guerra de dos mundos: Ciencia contra Espiritualidad. México: Santillana Ediciones.
Hall T. E. (1973). La dimensión oculta: Enfoque antropológico del uso del espacio. Madrid – España: Instituto de Estudios de Administración Local.
Lefevre H. (2014) La producción del espacio. Disponible en la URL: http://ddd.uab.cat/pub/papers/02102862n3/02102862n3p219.pdf. Fecha de consulta: 21-09-2014.
MCP. (2010) Inventario nacional de bienes culturales. Ministerio Coordinador de Patrimonio.
              (2013). Paisajes Culturales: reflexiones conceptuales y metodológicas, memorias del I encuentro de Expertos. Cuenca 21, 22 y 23 de noviembre de 2012. GM Láser industria gráfica.
Medina J. et al (2001). Suma Qamaña: La comprensión indígena de la buena vida. La Paz, Bolivia: Editorial Garza Azul.
Oviedo A. (1999). Los hijos de la Tierra: apuntes para re-leer Amérika. Ibarra, Ecuador: Editorial Tierra Nueva.
(2014). Bifurcación del Buen vivir y el Sumak Kawsay. Quito, Ecuador: Ediciones Sumak.
Sousa S. (2004). Reinventar la democracia reinventar el Estado. Quito, Ecuador: Ediciones Abya-Yala. Quito – Ecuador.
(2007). Conocer desde el Sur: Para una cultura política de emancipación. La Paz, Bolivia: CLACSO, CIDES – UMSA, Plural Editores.
(2010). Descolonizar el saber, reinventar el poder. Montevideo, Uruguay: Ediciones Trilce.
Touraine A. (2016). El fin de las sociedades. México: Editorial Fondo de Cultura Económica.
Unesco. (2005). Declaración universal de la UNESCO sobre la diversidad cultural: comentarios y propuestas. Montevideo, Uruguay: Talleres Don Bosco.
 (2011, 2014). Textos Fundamentales de la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de 2003. Luxemburgo.
Velilla, M. A. et al (2003). Presentación. Manual de iniciación pedagógica al pensamiento complejo. (UNESCO, Ed.) Quito, Ecuado
[1] Entre varios documentos relacionados, en los años 2009, 2011 y 2014, la UNESCO publicó los Textos Fundamentales de la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial 2003, inherentes a la declaración universal de los derechos humanos y la diversidad cultural como un imperativo ético frente a la “desocialización de los desafíos”, como diría Alain Touraine (2016), considerando que la cultura significa una dimensión vital del desarrollo sostenible y el vector de integración y movilización de la conciencia colectiva.
[2] MCP (2012). Paisajes Culturales: reflexiones conceptuales y metodológicas, memorias del I encuentro de Expertos. Cuenca 21, 22 y 23 de noviembre de 2012. GM Láser industria gráfica.
[3] Dicha Convención creó el Comité del Patrimonio Mundial sobre el que giran organismos de carácter privado como el Centro Internacional de Estudios de conservación y restauración de los bienes culturales (ICCROM), el Consejo Internacional de  Monumentos y Sitios (ICOMOS) y la Unión Mundial para la Naturaleza (UICN).
[4] El ejemplo concreto es la nominación como Ministro de Cultura y Patrimonio, del escritor Raúl Pérez Torres, solo por el hecho de ser escritor y de haber sido presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana; una presidencia puesta en duda en su factor electoral y en su gestión como tal dentro de la institución durante dos períodos, sin considerar el hecho comprobable de su falta de ética en su supuesta formación académica, un hecho que al ex Presidente del Banco Central del Ecuador, Pedro Delgado Campaña, lo llevó a fugar el país.