LAS IMÁGENES, EL PODER Y LA POLÍTICA: APUNTES PARA UN RETORNO POLÉMICO. Por Christian Arteaga

Algunas de las cuestiones que nos permiten reflexionar el retorno del expresidente de la nación, Rafael Correa Delgado, no transitan únicamente por una nueva disolución de lo público y lo privado. Cuando este asumió -desde el extranjero- discursivamente que él y la patria son lo mismo, visibilizó un tipo de argumentación más asociada a un pensamiento estamental del siglo XVII, en donde el rey era dios en la tierra y a la vez, el lazo filial de sus súbditos con otros; además de remarcar la idea apostólica de subsanación de los pecados y los errores.

Digo pecados porque el discurso cristiano ha calado hondo y con celeridad en el imaginario correísta a partir de posicionar la imagen de la traición (Lenin Moreno), el vía crucis (el ostracismo voluntario en Europa de Correa) y el entierro simbólico (la pregunta tres de la consulta popular, sobre la reelección indefinida), elementos que están muy presentes en las arengas políticas de estos seguidores. En otra vera, una visión más moderna, si se gusta, los errores serían solucionados al permitir que el genio que los ocasionó, sea quien los resuelva, esta lectura es la que Max Horkheimer (1895-1983) insistía en Autoridad y familia, donde la figura del genio es tan nefasta porque destruye la comunidad por donde se abrió paso.

Estos puntos enuncian un clima de adhesión por parte de sus partidarios, y es que se vuelven familiares en cuanto al relato que producen, por ejemplo: la idea fundacional del elegido/héroe que toma distancia de donde están desenvolviéndose los hechos, este atraviesa una serie de obstáculos, luego se enfrenta con uno o varios enemigos, quienes lo vencen –momentáneamente-, mientras que en paralelo hay alguien que lo ayuda y finalmente, el elegido/héroe vence de manera última, no sin antes lograr que el antagonista huya y el elegido/héroe se quede con el trofeo; no describimos, grosso modo, las funciones del cuento folclórico elaboradas por el formalista ruso, Vladimir Propp (1895-1970), si no que puntualizamos el tablado donde se inscribe el momento político, pos llegada de Correa.

Los avatares son diversos, como todo líder, Correa tiene sus cercanos e incondicionales, esto no entraña ninguna perspicacia ni debe ser objeto de cuestionamiento, todos tendemos a actuar así, lo que es singular es mirar las posiciones y los discursos con que se responde a su llegada, y que son aupados por los medios de comunicación que reducen todo al juego doble de bueno y malo. Derivado de esto, uno de los dispositivos más llamativos sobre el evento fue el papel de la redes sociales. De hecho, el formato que el ex mandatario asumió en su estancia en Bélgica fue de la transmisión en vivo, vía alguna plataforma de internet cual nuevo youtuber, para polemizar sobre la situación del país; el mismo día de su regreso al Ecuador, envió un mensaje vía móvil en tono de absoluta redención, pues volvía a recuperar lo que se había ganado: insuflado de valor y entrega volvía a rescatar a la patria como parte de un cuerpo civil, no gubernativo, que desafía al poder político que ahora lo detenta. Como expresaría Pierre Rosanvallon en su texto La contra democracia. La política en la era de la desconfianza: “Así, en una política de la mediatización y la búsqueda de la exposición de sí constituyen ahora un sistema que eleva la denuncia al rango de actividad democrática central” (2007; 63).

Esto activó una serie de reacciones sobre la política que hacía eco del discurso mediático, y que redujo el hecho a una construcción binaria: quienes dicen mantenerse incólumes con un proyecto que sustentaba su legitimidad en el alegato de haber refundado todo (lemas como Ya tenemos patria, la superación de la larga noche neoliberal y el pasado no volverá son retóricas que ejemplifican lo dicho), desembocan en un yerro insondable y es además, la forma de escamotear las luchas pasadas, con actores epigonales (obreros y campesinos) y no epigonales (movimiento indígena y otros movimientos sociales), que fueron decisivos a la hora de ampliar los derechos democráticos, incluso para el propio ascenso de Correa.

Por otro lado, quienes dicen ser la oposición honesta que reducen el problema a Correa y su década de administración, pero con igual miopía centran sus esfuerzos en la llegada del ex mandatario, como si problemáticas como la corrupción no fueran características sistémicas, como si la indolencia absoluta de funcionarios públicos (maestros) hacia abusos sexuales en escuelas públicas no tuvieran que permanecer en la impunidad, es decir, la cosificación de una idea de política como privilegio de un nuevo sector que no entiende lo público nacional y sigue pensando en lo público europeo, en suma, como si la discusión solo debiera ocuparse por la personalidad del caudillo de una década. Precisamente, como todo discurso, esto supuso también una instancia de parcelamiento y de arbitrariedad para dotar de sentido a cualquier tipo de acontecimiento en los que se sientan más seguros los actores.

Pero para este artículo, razonar ese hecho dentro del escenario más general, implica ciertas improntas que pueden ser estudiadas de este modo:

  1. La llegada fue apoteósica solo para quienes viven la memoria y figura de un líder como es Rafael Correa de un modo dramático. Se vuelven rituales inenarrables porque la experiencia solo puede ser vivida en ese momento, pero además es casi mística, como afirmaría Marc Abélès en Modern political ritual: “Evidently, the question of political drama is inseparable from the complex question of political representation in modern society”[1] (1988;391).  Empero, no todos asumen la presencia del exmandatario como algo definitorio -no especulando la temporalidad de cuánto se queda y en cuánto tiempo regresa- sino cómo aquel carácter salvífico que ayudaría a la patria a salir de la debacle en la que se supone nos encontramos. Por ello, podemos distinguir los niveles de confrontación que van desde el delirio, solo prestar atención a las redes en muros, comentarios y fotografías de correístas y anticorreístas para constatar lo dicho- que es la mayoría, hasta instancias contadísimas –revistas y blogs digitales- que podrían ser vasos comunicantes de discusiones más amplias y al margen de la figura de Correa. Creo que esa es la muestra dramática que impone el dirigente vitalicio de AP a sus complotados mediante su mensaje: pensar cristeramente en la salvación o la destrucción de lo edificado.
  2. Otra marca y a modo de hipótesis podríamos referirnos que su arribo puede entenderse como el fin de la política, y no en un sentido del acabose o metáfora del desastre, sino del quehacer político alimentado por varias décadas y en donde su epílogo y estertores fueron estos diez años. Es decir, este hecho demostró que ya no cabría ningún tipo de reflexión sobre lo político y la política, sino que bastaría una tabla de notas establecida en la pragmática y el logro de los objetivos del proyecto, y eso sería el medidor de todas las políticas públicas y las formas de administración del gobierno. Aquello es uno de los campos en los cuales habría que dar debate, pues muchos, cobijados en la Tesis 11 de Karl Marx[2], volvieron aquella frase, el lugar para justificar la no necesidad reflexiva, el antiintelectutalismo y el antiteoricismo (por eso es que se repite hasta el cansancio que escribir para el pueblo, es escribir sencillo, sin categorías ni complejizaciones, demostrando sin querer, un profundo desprecio por el mismo pueblo, pues rebaja y disminuye la capacidad de reflexión) quedando expuesto, específicamente, como un aditamento administrativo que servía para el logro exitoso de cumplimiento de fines. Por eso el discurso decía a voz abierta que los servidores del Estado (entiéndase ministros, subsecretarios, mandos medios, técnicos, etc.) debían ser técnicos altamente políticos, y políticos altamente técnicos.
  3. Con la anterior prerrogativa, el actual presidente, Lenin Moreno, no es el drama ni la némesis, como los medios, Correa y sus fieles plantean. Moreno, es la muestra palpable de lo que de antemano se conocía pero no se aceptaba, y es que la fuerza política correísta, especialmente en los últimos meses de su gobierno, ya no era ni opción ni acción política, porque su propia crisis se volvió irresoluble. Si Correa regresó a compactar a las redes disgregadas, creo que es más un deseo que un cumplimiento, más un trance que una realidad. Su partido político no tiene casi nada de opciones como aparato, peor como base orgánica, su posibilidad de constituirse como un partido de masas, fracasó. Pero no se puede negar que a nivel de instrumento y maquinaria electoral representó un triunfó objetivo, ni más faltaba negar las más de nueve veces que ganó las contiendas electorales, pero por otro lado, no supo resolver las aporías de su propia construcción como sujeto político.

Con estas viñetas habría que pensar que Moreno resultó ser más sustantivo que su antecesor, pues claramente ubicó que el lío de Alianza País como sujeto de la política, no tenía solución y su opción (tal vez no tenía otra) fue administrar el conflicto en intensidades, a saber: un tipo de intensidad mas enérgica para las huestes más fervientes del correísmo (verbigracia de eso es un vicepresidente en prisión, gente que de no ser, porque goza de inmunidad como asambleísta, serían imputada de manera efectiva y con mucha justicia por negligencia, sea por acción u omisión, como pudiera ser el caso del ex Ministro de Educación, entre otros), otro tipo para los que estaban en las indefiniciones (sectores del movimiento indígena como Humberto Cholango y nuevos pactos con otros sectores empresariales) y otra para las reconversiones (el Ejecutivo en su conjunto, y especialmente el ala progresista maltratada por el ex presidente, especialmente Miguel Carvajal y Augusto Barrera). Es decir, Moreno, alejado de la pasión bizantina y de la ansiedad, optó por un doble proceso: administración y conversión.

El primero ubica los conflictos en un marco institucional del Estado donde parecería sacrificar su propia figura en torno a la lucha contra el ala dura articulada al ex mandatario. El segundo proceso, ubica el escenario ya no en términos antagónicos: así, personalidades que estaban lejanas al proyecto nuevamente emergieron, pero además sabiendo que la consulta es el momento de ajustar cuentas a las prácticas de anulación y descrédito.

Por ello, el blanco y negro con que el discurso intenta concretar las discusiones es el menos interesante, no obstante, es el que más apasiona por que erige dramas e instaura polémicas. Estas últimas fueron parte centrífuga en como se manejó la política en el gobierno de Correa, pues aquí calza muy bien lo analizado por Ruth Amossy en su artículo Por una retórica del disenssus: las funciones de la polémica, allí explica que éste se nutre de tres procedimientos: la dicotomización, la polarización y el descrédito. Así: “La dicotomización exacerba las posiciones hasta volverlas irreconciliables: remite a una operación abstracta. La polarización efectúa agrupamientos en campos adversos: no es puramente de orden conceptual” (2016; 28). Mientras que la tercera: “Se trata de una estrategia retórica que desacredita al adversario definiéndolo como alguien con una postura tomada caracterizado por su mala fe (ungenuide) y sus malas intenciones” (malevolent) (2016; 28). Qué más descriptivo para estudiar este momento sin caer exclusivamente en los episodios de la coyuntura.

Desde su llegada, Correa nuevamente retoma los tres procedimientos descritos, además de retornar a las tesis schmitteanas del amigo/enemigo, pero rebajándolas chabacanamente a la cuestión personal, al proferir a todos los que no comulguen con su visión, de traidores. Es decir, si para Carl Schmitt (1888-1985) el enemigo era el hostis, entendido como enemigo público (el Estado o las fuerzas que contra él operan), más no el inimucus, comprendido como cualquier persona, la retórica correísta opta por el segundo, al instituir los odios personales como si estos fueran nacionales y compartidos; elige entonces el inimucus antes que el hostis, perdiendo incluso toda posibilidad del pathos como respuesta. Eso se disemina hacia todos los espacios, incluso, a ámbitos representacionales como la imagen. Por ello, entre las disputas ya no por espacio público, digamos tradicional, una plaza o las calles, el nuevo espacio público es también lo que quiere ser mirado o expuesto.

Las dos fotografías que las redes desplegaron y que fueron compartidas miles de veces, fueron, por un lado, planos cerrados que muestran multitud en las afueras de la sede de AP, donde estaba arengando Rafael Correa; y la otra, un dron que presentaba, desde las alturas y con planos cenitales, a un puñado de simpatizantes del ex gobernante que no cubrían ni la mitad de la Avenida de Los Shirys, misma que en otras épocas estaba llena de seguidores y amigos del régimen. Las dos imágenes nacen en el descrédito. La una porque genera una economía visual de cuerpos que son sobre saturados en su minúsculo espacio, amplificados por una narrativa falsamente magnánima; la otra, porque en su descrédito de mostrar la poca asistencia, somete a los sujetos a una evanescencia que llega al punto de asumir que allí no existe nadie.

Es decir, siguiendo el artículo “El derecho a mirar” de Nicholas Mirzoeff, en este conflicto visual, a las dos imágenes: “Se les permite comprometerse con cualquier actividad, visual o de otro tipo, necesaria de cara a la realización de su trabajo. O parafraseando a George Didi-Huberman, las dos imágenes reflejan poder, más no potencia. Poder porque su representación detenta poder en la figura del líder en la Avenida de Los Shirys, en la otra, el poder de una convocatoria mínima y ficcional. Las dos tomas no son potentes porque no se interesan por la gente sin nombre, sino que es la masa que llena la imagen. Estas dos tomas carecen de potencia, pero poseen poder. Finalmente, como refuerzo de lo anterior, las dos imágenes nos alejan del derecho a mirar, pues como afirma Mirzoeff: “El derecho a mirar reclama autonomía frente a esta autoridad; se niega a ser segregado y, de forma espontánea, inventa nuevas formas. Se empeña en separar la ley del derecho, ya sea en relación con procesos judiciales o en lo que refiere a la ley lacaniana sobre la mirada” (2016; 35).

Como había dicho al principio, esta reflexión sobre su llegada, más que ser inscripta como redención o afrenta, debería ser vista como la finalización de la política instrumental, pero no de la POLITICA, por ello, debe ser distinguida en términos de campo de articulaciones y contingencias. Superar las binariedades es un paso, saber que el campo democrático y sus conflictos, no pueden ser pensados como solución final, al igual que la política, en sentido amplio, por eso existe cierto respiro en las palabras de Oliver Marchart cuando dice en su libro “El pensamiento político pos fundacional” que: “La política debe aceptar el hecho de que es un proceso de final abierto que no tiene un principio claro ni tampoco un fin o un destino determinados” (2009; 16)

[1] “Evidentemente, la cuestión del drama político es inseparable de la compleja cuestión de la representación política en la sociedad moderna” (la traducción es nuestra).

[2] “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.