LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA LATINA. Por Santiago Ortiz

Protesras en Honduras conra el resultado preliminar oficial de las elecciones presidenciales de Noviembre. Foto: Henry Romero / Reuters

09 diciembre 2017

Después de las dictaduras de los años 70, se da la transición a la democracia en la región. Como decía Guillermo O’Donnell, el resultado no fue un régimen participativo del pueblo sino gobiernos “delegativos”, donde las élites se sentían dueños del poder y se distanciaban de los ciudadanos. Enmarcados por la doble transición, se establecieron regímenes formalmente democráticos con contenido neoliberal que acentuaban la desigualdad. Como resultado amplias masas de la población no gozaba ni de empleo digno ni ingresos para vivir, de manera que no tenían derechos, ni estaba en condiciones de participar políticamente. Esto se dio especialmente luego de la crisis de la deuda, cuando los gobiernos se dedicaron a estrujar a los pueblos para pagar a los grandes bancos.

Con ello las promesas con las que llegó la democracia, de responder a las demandas de justicia y respeto, se quedaron a medio camino. Mientras tanto, las decisiones fundamentales de los Estados no se tomaban en las urnas, sino que se las negociaban con los bancos y organismos del ‘Consenso de Washington’. Las élites de los partidos se alinearon con los programas privatizadores, con la flexibilización laboral, con los paquetazos económicos, con el pago de la deuda, y enajenaron su capacidad de decisión a los pequeños círculos tecnocráticos de poder. ¿El resultado? Los gobiernos y los partidos fueron incapaces de construir una base social estable que les apoye, y perdieron la confianza de la población. Con ello se profundizó la crisis política de la maltrecha democracia neoliberal.

En ese marco estallaron el Caracazo, al impeachment de Collor de Mello en Brasil, los levantamientosindígenas y urbanos por el feriado bancario en Ecuador, el Corralito en Argentina, la Guerra del Agua y la Guerra del Gas en Bolivia. Ese fue el marco en donde emergieron los gobiernos progresistas de Chávez, Lula, Evo, Kirchner y Correa, en donde la aspiración de mayor democracia se conjugaba con aspiraciones de redistribución y la igualdad, desplazando en muchos casos a los “partidos” que gobernaban nuestra región.

Es temprano para hacer un balance general de los avances y limitaciones de esos gobiernos, pues en un ambiente de polarización, de la “década ganada” o de la “década perdida” es difícil ser objetivo. No es posible mirar con ecuanimidad e identificar logros y errores, pues uno se arriesga a caer en el bando A o en el bando B.

La verdad es que, aunque esos gobiernos lograron modernizar los países y reducir la pobreza y mejorar la equidad, también pecaron de corrupción. Hoy, aprovechando ese Talón de Aquiles – 20 años después de la subida de Chávez – la derecha lanza una contraofensiva y haciendo efectos en varios países. Para ello cuenta el respaldo del capital financiero internacional y, por cierto, de gobiernos como el de Trump, partidario de las posturas más derechistas.

Y esto trae un nuevo desgaste y vaciamiento de la democracia existente. Honduras es el ejemplo más palpable donde la gente se movilizaba en las calles contra el fraude. Los países más grandes de la región viven situaciones semejantes: en Brasil se dio un golpe de Estado, sin tener ningún argumento legal, pues derrocaron al gobierno democráticamente electo de Dilma Rousseff, e impusieron un gobierno de facto corrupto para realizar de nuevo el programa neoliberal. En México ya van dos décadas de violencia que han dejado como producto un Narco Estado; en medio de dos décadas de aplicación del TLC y en las semanas anteriores se aprobó una ley de seguridad interior que legaliza la militarización del país.

En el periodo reciente ya se dieron golpes en Venezuela, Ecuador, Honduras y Paraguay, en estos dos últimos exitosos. En Argentina un gobierno electo por las urnas, hoy se quita la careta de “buena onda” para asesinar o apresar a líderes indígenas y populares, desconoce los acuerdos con los sindicatos para imponer reformas laborales y, lo que es más grave, judicializa la política, utilizando a los jueces para golpear a la oposición. El resultado no son dictaduras como las del 70, son democracias mafiosas maquilladas por los famosos medios de comunicación privados. ¿Como se llaman estos regímenes que aparecen con la vuelta de la derecha en la región? ¿Narco estados mediáticos? ¿Poliarquías mafiosas? ¿Democracias secuestradas?

Inclusive los académicos liberales y los periodistas, aupados por la instancia internacional de los medios privados, La SIP, y por los grandes dispositivos de inteligencia y justicia norteamericana, ofrecen una “democracia sin apellido”, y levantan cortinas de humo ante las barbaridades de Peña Nieto, Temer y otros de la misma calaña.

Temo que hemos ingresado a una nueva etapa en que el capitalismo ya no combina con la democracia, sino con los medios de comunicación masiva, con la violencia. El liberalismo ya se olvida de sus elegantes formas “democráticas”, reemplazando la participación democrática de la población con su control mediático, las redes y la maquinaria algorítmica. Y en algunos países como México, Brasil o los países centroamericanos, esto viene acompañado por la violencia terrorista del Estado o la violencia ilegal de las mafias en un escenario donde se vuelve a montar modelos de inequidad social y precariedad laboral. Personajes como los mencionados arriba, cínicos y desmemoriados, nos quieren meter gato por liebre. Nos quieren hacer creer que en la puerta de la esquina esta la democracia, la “división de poderes” y la “libertad de expresión”, cuando lo que tendremos es el infierno de los monopolios, los carteles y la santa inquisición mediática, lista para maquillar a sus gobiernos.

La verdad es que el capitalismo está perdiendo su capacidad hegemónica y está buscando reemplazarla por el control biopolítico de la población. En los propios países centrales en donde se desmantelan los Estados de Bienestar, se extiende la intolerancia y el fascismo, mientras las democracias pierden su contenido de derechos y libertades. Y ello sucede también, con algunas diferencias, en los países del sur: penetran las nuevas formas de control mediático, se moderniza el poder judicial para utilizarle como dispositivo contra la oposición, se recolonizan los territorios con bases militares, como en Honduras o Colombia. Además, el imperio cuenta ya no solo con misiones para controlar la económica, o con sistemas de inteligencia para infiltrar a los movimientos sociales y de izquierda, sino también misiones que modernizan el poder judicial y las instancias de control para ‘hackear’ los procesos democráticos. Al terrorismo de Estado, se suman cuando se requiere la presencia de mafias y grupos paramilitares vinculados al narcotráfico que destruyen la sociedad civil.