LA MEMORIA DE LOS MUERTOS. Por Luis Ángel Saavedra

Vigilia por las víctimas del conflicto en la zona norte. Fotos: @NosFaltan3

 

¿Cómo se construye la memoria de los muertos? Dice el argot popular que todos los muertos son buenos y así en los velorios se ocultan las cosas de las que no se desea hablar.

Esto, en especial cuando muere un político que, como dicen las notas mortuorias, muere después de haber brindado grandes servicios a la patria, aunque no se sepa a ciencia cierta cuáles son esos grandes servicios y lo que se recuerde sea más bien otra cosa que, por cortesía, se la deba callar.

Construir la memoria de un jefe militar muerto es un poco más fácil, basta con decir que murió en el cumplimiento de su deber y difundir una foto con un poco de medallas en el pecho y ya está.  

Pero esto no es suficiente para construir la memoria de cuatro militares rasos muertos en la frontera norte en medio de los incidentes que ya conocemos. Sabemos que son hijos, hermanos, padres, amigos; vimos el llanto de sus familiares en televisión, pero ahí quedó todo.

Muchos increparon a una sociedad que se movilizó por los periodistas secuestrados y asesinados por no haber incorporado también en sus protestas el nombre y el rostro de los militares; no solo nos faltan tres, fue la queja. Pero, ¿a quién le correspondía pelear por la memoria de los militares muertos?

La muerte de los periodistas golpeó a un gremio en particular y se hizo extensivo a ciertos sectores de la sociedad civil que reaccionaron saliendo a las calles o plantándose frente al palacio presidencial. ¿No correspondía hacer lo mismo a los militares compañeros de los fallecidos en Mataje? Más allá de las imágenes de televisión y los discursos de rigor no vimos a un solo militar cuestionando lo mal organizado de las acciones militares en el terreno y que provocaron la muerte de sus compañeros; no vimos a un solo militar plantándose en cualquier plaza con una vela en la mano para evocar la memoria de sus compañeros. Comprendo que la cadena de mando y la obediencia debida les impide hacer determinadas cosas, pero no creo que no les sea permitido reunirse, como lo hizo la sociedad civil, con velas, pitos, tambores, paraguas y carteles para iniciar así la construcción de la memoria de sus muertos. Los militares pudieron haber hecho algo así, a no ser que su acto pudiese ser entendido como un cuestionamiento a sus propias cadenas de mando.

Mientras la sociedad civil lloró a sus muertos, los militares se conformaron con decir que sus compañeros murieron en el cumplimiento de su deber, lo cual es cierto, pero no es suficiente para construir su memoria, una memoria que también se la merecen. Que les quede de tarea.

La memoria de Paúl, Javier y Efraín

Después de toda la parafernalia que estamos viviendo, ¿cómo vamos a recordar a Paúl, Javier y Efraín? Me hice la pregunta al escuchar a Yadira Aguagallo, compañera de Paúl Rivas, decir que no deseaba que el recuerdo de su compañero esté vinculado con la violencia que pueda desatar el gobierno sobre una población que hace lo posible para sobrevivir al margen del Estado.

La posición de Yadira, con todo el dolor, y también la rabia, que debe albergar su corazón frente a la pérdida de su ser amado, es un cuestionamiento a toda la sociedad ecuatoriana y depende de nuestra respuesta la construcción de la memoria colectiva de los tres periodistas secuestrados en Mataje y asesinados en el sur de Colombia.

Si queremos que su memoria sea vinculada a la hecatombe que puede producir la intervención armada por la que abogan los guerreristas criollos, sumémonos a esas voces, ejecutemos los planes que sugieren las asesorías colombianas que no conocen otra cosa que la violencia; abramos los micrófonos a los caudillos guerristas, como se hizo con Álvaro Uribe, que tuvo la finura de hacerse él mismo las preguntas y responderse de la misma manera ante el adulo de quién le dio cabida en una emisora capitalina y sigue dando cabida a otras voces de uribistas locales.

La memoria de Paúl, Javier y Efraín puede construirse sobre las ruinas de los cantones San Lorenzo y Eloy Alfaro; puede construirse sobre el rencor de una población que mira a Quito muy lejos y que cuando golpea a sus puertas solo trae noticias que colapsan su cotidianidad. Esta memoria puede construirse con la alegría de los guerristas criollos que están frotándose las manos al calcular sus ganancias en la intermediación comercial de material bélico: donde hay una bala disparada hay un comerciante que sonríe y decenas de corazones que sangran. 

Si queremos que su memoria nos huela a sangre mantengámonos de lado de los que vociferan preguntando cuándo llega la hora en que el gobierno meta una bomba y acabe de una vez con todo en esa zona llena solo de narcotraficantes, guerrilleros y delincuentes.

Pero a pesar del dolor y la rabia hay otra opción, y ésta surge de la aceptación de que aquí hay un par de culpables: el uno se dice llamar Guacho y el otro es el Estado. Para llevar a la justicia al primero se necesita inteligencia y no dos elefantes pisoteando la cristalería; y para acercar el Estado a la zona de conflicto también se necesita inteligencia; una inteligencia que vaya más allá de la simple inteligencia militar.

La otra opción es una sociedad que apunte a construir la memoria de Paúl, Javier y Efraín como la muerte que provocó una revolución de paz y de desarrollo en la frontera norte.

Sabemos que es necesaria la seguridad y la acción militar, pero sobre todo sabemos que una seguridad real y de largo plazo solo lo puede dar el Estado con una intervención integral en la que la población local sea el principal actor y el principal beneficiario.

Hay planes de desarrollo durmiendo en algún archivo, hay presupuestos que pueden direccionarse, hay estudios de organizaciones esperando ser compartidos; pero sobre todo, hay comunidades locales dispuestas a creer de nuevo en un Estado que le ha dado la espalda, pero que esperan que esta vez sea la vencida y por fin se puedan dar la mano para caminar juntos.

No dejemos que la violencia nos construya la memoria, pues si de algo puede valer la muerte de Paúl, Javier y Efraín, que sea la del inicio de una revolución por la vida.