¿POR QUÉ GRAMSCI NO LLEGÓ A ECUADOR? Por Santiago Ortiz

Marcha por el Día Internacional de los Trabajadores en la ciudad de Quito, 2018.

Escribí unas notas a mano alzada para un panel sobre Antonio Gramsci en el Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina (Ciespal) en el 2016. Mi itinerario fue seguir el relato de la izquierda en Ecuador.

La hipótesis fue que la izquierda no asumió al autor italiano porque seguía el riel leninista de “la toma del Estado”. Hace pocas semanas tuvimos un panel con varios colegas en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Central en donde volví a tocar el tema.

En la década de los cincuenta se traduce y publica Gramsci en Argentina, versión castellano. Sin embargo, no fue acogido por la izquierda comunista de ese país, tanto que el grupo Pasado y Presente formado por militantes influidos por Gramsci se rebeló ante la dirección del Partido Comunista Argentino que seguía las tesis de su similar en la Unión Soviética.

Algo parecido sucedió en el resto de América Latina donde las corrientes comunistas tradicionales que se adherían a Moscú o Pekín  no leyeron o no asumieron las tesis de Gramsci. Por ejemplo, en Ecuador esta situación se repitió, las dos corrientes más influyentes de la izquierda como son el Partido Comunista (PC) y el Partido Comunista Marxista Leninista (PCML) tampoco leyeron el pensamiento gramsciano, menos aún los militantes de la nueva izquierda influenciadas por la Revolución Cubana.

Por lo general, las corrientes comunistas de diverso signos  planteaban un país feudal y colonial, por tanto la necesidad de una lucha por el avance al capitalismo. Era una visión etapista en donde se sucedían las fases por obra de la evolución económica y la izquierda debía apuntar a la toma del poder. En este mecanicismo y evolucionismo no era necesario pensar en la sociedad civil.

A esto, hay que sumar la actitud de los intelectuales. Los más importantes pensadores marxistas de los años  60 y 70 como Agustín Cueva y Alejandro Moreano criticaron a Gramsci, argumentando su uso socialdemócrata al valorar la democracia en el marco de la lucha contra los gobiernos dictatoriales.

En el caso de Cueva, el pensador marxista que más influyó en la segunda mitad del siglo anterior, tenía una postura contra Gramsci, esto se evidenció cuando  polemizó con Nelson Coutinho y Francisco Wefort,  principales gramscianos de Brasil.

También, hay que señalar que varios intelectuales de la academia utilizaron de manera parcial categorías gramscianas como “hegemonía”, “intelectuales” o “sociedad civil”,  pero sin integrar la compleja constelación de ideas del pensador italiano. Por lo general, señalaban la necesidad de abandonar el marxismo ortodoxo, si se quería comprender los fenómenos políticos o culturales. Para ellos Gramsci era interpretado alejado de las clases o de las propuestas de cambio revolucionario.

Otros intelectuales de izquierda de los años 80 fueron influenciados por Louis Althusser que buscaba releer a Karl Marx desde un lente estructuralista con interpretación de la sucesión de los “modos de producción” como un proceso evolutivo y necesario “sin-sujeto”, donde  los hombres eran portadores de las relaciones socioeconómicas, sin actoría política y cultural.

En el proceso de los años 80, ni la izquierda marxista ni los intelectuales del movimiento indígena desarrollaron el pensamiento de Gramsci. Los primeros, porque consideraban que el ‘Estado es todo’ en una concepción donde las clases existen para “tomarse el poder” sin comprender la complejidad de la disputa política y cultural.   Para la izquierda, el Estado y la democracia son vistas como instrumentos de las clases dominantes sin entenderlos como campos de lucha hegemónica y confrontación de fuerzas.

El movimiento indígena surgió en el marco de la crisis del marxismo y sus intelectuales buscaron construir un proyecto propio que daba importancia a los temas de identidad,  pero no de clase. Entablaron  un diálogo con antropólogos por fuera del marxismo y de Gramsci.

Luego vino la Revolución Ciudadana, influenciada también por la izquierda, pero que no asumió una propuesta de construcción política desde la sociedad civil y sobre todo una propuesta de cultura nacional y popular. La hipótesis que sostengo sobre este movimiento es que aunque en su inicio tuvo rasgos nacionales populares no construyó un bloque histórico con las clases populares ni tampoco asumió la construcción de un proyecto cultural popular, lo cual le debilitó como propuesta de cambio.

En ello influyó su rápido acceso al poder con una propuesta desarrollista que creía que desde el Estado se podía hacer un cambio. Paradójicamente su éxito en el campo electoral, en medio de la crisis de los partidos,  le hizo descuidar procesos de construcción de poder desde la sociedad civil y bases en las clases populares.

También sus fortalezas en el campo mediático, en  la propaganda política y en la mercadotecnia le hizo descuidar la construcción de una cultura popular. Por otra parte, el grupo tecnocrático que lideró el proceso los primeros años se afianzó desconociendo la necesidad de un diálogo que potencie los actores sociales y políticos.

Si bien, la Revolución Ciudadana tuvo en su fase primaveral un momento nacional popular, este no logró consolidarse en el tejido organizativo y cultural que habría permitido modificar el rumbo que le impuso desde temprano la tecnocracia desarrollista y posteriormente el grupo de la burguesía contratista que provenía de la Costa y que ascendió al poder con Jorge Glas en el 2013. Por ello, lo nacional popular que sí estuvo pensado en América Latina por pensadores como Juan Carlos Portantiero para el caso argentino o René Zavaleta Mercado para el caso boliviano, no logró trascender en el Ecuador, especialmente cuando la Revolución Ciudadana fracasó en su “cambio de matriz productiva” y dio un giro hacia el pragmatismo y el  modelo primario exportador.

En resumen, la izquierda y los intelectuales de Ecuador no asumieron el pensamiento de Gramsci que le habría permitido aportar en la construcción de  un bloque social y político nacionalista y popular, en diversos momentos de la historia contemporánea, ni en las décadas de los años 60 y 70 cuando las corrientes comunistas y vanguardistas  se enfrentaron a las dictaduras, ni en los 90 cuando el emergió el movimiento indígena en medio de la crisis del marxismo, ni en la `primera década del presente siglo cuando surge un movimiento anti oligárquico en medio de la crisis del régimen neoliberal.

Por lo general, los intelectuales que leyeron a Gramsci utilizaron varias de sus categorías, pero fueron refractarios a su pensamiento revolucionario que se enraizaba en una visión original de un bloque histórico que se configura en condiciones económico-sociales que alcanza su fusión y su identidad en el terreno político y cultural, en medio de la confrontación contra las élites dominantes. Por cierto, un bloque de esta naturaleza requiera de una reforma intelectual y moral, que como en el caso de la reforma protestante surge del sentido común y de la cultura popular y se proyecta con una estrategia de cambio revolucionario en un proceso de “guerra prolongada”.

¿Por qué se produjo este fenómeno en Ecuador? Intentaría tres explicaciones a través de tres líneas de reflexión: el carácter del proceso social y político ecuatoriano, la debilidad del bloque popular y los paradigmas ideológicos.

Respecto al carácter del proceso político es necesario asumir que  Ecuador tuvo tanto en el período desarrollista conducido por los militares progresistas como en el período de la Revolución Ciudadana con proyectos estado-céntricos donde el “Estado es todo” y la sociedad civil es “débil y gelatinosa”, según diría Gramsci.

Esto era posible porque se consideraba a la sociedad dependiente de un Estado poderoso  que aprovechaba los recursos que provenían de la explotación de los recursos naturales. En el caso de Ecuador, ese Estado contaba con unas fuerzas armadas protagónicas, que lideraban las posiciones nacionalistas, mientras en la sociedad civil primaban relaciones patrimoniales, paternales y  familiares que no permitieron  el surgimiento de una sociedad civil más consistente.

Así, los grupos sociales y políticos que se aglutinaban en torno a las perspectivas de cambio estaban marcados por el rentismo estatal. Esto  acercaba a  las sociedades de “oriente” como Rusia o China, pero también de países periféricos de Europa donde se priorizaba una estrategia que apuntaba a la toma del Estado y no a la construcción de una fuerza que partía desde la sociedad civil a la disputa política por el poder.

Esto significa que la débil lectura de Gramsci en Ecuador se debía a la existencia de un proceso político que se enmarcaba en una sociedad periférica y dependiente que no precisaba ser pensada con las categorías de ´hegemonía´ o ´sociedad civil´ que planteaba el pensador. Obviamente esa visión no tomaba en cuenta que la sociedad ecuatoriana se fue complejizando durante el siglo XX y que la disputa tenía que hacerse  en diversos planos: organizativo social, cultural, étnico, ideológico y político si se quería construir poder popular.

Hay una segunda razón, en Ecuador no se ha logrado conformar bloques sociales fuertes con sectores de clase de dimensión nacional. De alguna manera, en el país se recreaba de manera dramática el problema regional que Antonio Gramsci miro en Italia.

Aquí no solo entre el norte y el sur como en la bota italiana, sino entre varias costas, varias sierras y varias Amazonías complejizada por la opresión étnica, colonial y dependiente. Como hemos visto, fruto de esa sociedad diversa, los movimientos sociales y los pueblos se afincaron en fuertes identidades étnicas y regionales con actores  sociales con fuertes rasgos gremiales que les impidieron proyectarse en disputas hegemónicas nacionales. Las alianzas sociales y políticas no logran superar los rasgos de fragmentación y regionalización, así como los rasgos economicistas  corporativos. El propio movimiento indígena no tuvo capacidad de superar su anclaje regional – étnico para proyectarse como una fuerza contra hegemónica frente al neoliberalismo, más bien fue rebasada por una fuerza mestiza con predominio de los sectores medios como Alianza País que sí pudo tomar el poder durante una década.

Finalmente, hay una tercera explicación de índole ideológica en el “marxismo ecuatoriano” con la existencia de un pensamiento iluminista  que se centra en la vanguardia y desvaloriza la sociedad civil, las organizaciones populares y la construcción de una cultura popular. Según este pensamiento, la ideología hay que introducirla desde afuera a las masas por un grupo de iluminados. A ello, hay que sumar la clase media y recientemente la tecnocracia progresista profundamente ignorante de los saberes populares y que cree que la vida se puede medir con la estadística y los “resultados de la gestión”.

El resultado de estos factores es que la izquierda construyó movimientos sociales significativos, pero no logró traducir esa fuerza en un movimiento nacional popular con opción de poder, ocupando posturas marginales. Una izquierda que  no se piensa la política ni la democracia como un problema de hegemonía ni se valoriza la cultura como un terreno de lucha política.  Una izquierda con un bajo nivel de autocrítica, que no aprende de sus errores y que en ocasiones ni se da cuenta de la caída del muro de Berlín.

Un ejemplo emblemático de ese letargo ideológico son las efigies de José Stalin flameando en el último primero de mayo por las calles del centro histórico de Quito ¿Qué más se puede decir?