PHILIPPE DESCOLA Y LOS ACHUAR: LA NATURALEZA NO EXISTE. Entrevista de Gerard Coffey

Philippe Descola es francés y  uno de los más distinguidos antropólogos del mundo, comandante de la Legión de Honor de su país y autor de múltiples libros transcendentales, entre ellos ‘In the Society of Nature: A Native Ecology in Amazonia’ (‘En la Sociedad de la Naturaleza: una ecología nativa en la Amazonia’).

 

Estuvo hace poco en el Ecuador como conferencista en la Alianza Francesa – sede Quito y como participante en la reunión de Antropología y Lingüística que se realizó en Morona Santiago, en el sur del país. Su larga e ilustrada trayectoria está íntimamente ligada al Ecuador desde cuando tenía 25 años de edad y decidió estudiar las costumbres y estructuras sociales de los Achuar. Esto, luego de abandonar su primera carrera, Filosofía al considerar que los problemas planteados por esta rama del conocimiento eran muy eurocéntricos.

Para él, muchos de los filósofos trabajaban a través de la experimentación del pensamiento, entonces consideró mejor investigar experiencias colectivas de pueblos que en su vida agrupada cotidiana habían inventado conceptos totalmente nuevos, conceptos que nunca fueron tomados en cuenta por la Filosofía clásica. Así, pasó de la Filosofía a la Antropología y vivió durante dos años junto a su esposa en territorio Achuar.

La conclusión más debatida de sus investigaciones fue que la naturaleza no existía, es decir, que la separación entre los humanos y la naturaleza, idea corriente en Europa desde el siglo XVII, fue falsa.

La atracción de la Amazonía para un antropólogo es evidente, pero ¿por qué trabajar en la Amazonía ecuatoriana? 

La Amazonía me interesaba por varias razones; una, era que en ese tiempo parecía un enigma que se remontaba a tiempos muy antiguos relacionados con los cronistas en el litoral de Brasil. Por ejemplo, los franceses del siglo XVII no entendían lo que era ese lugar extraño, remoto y  misterioso, tampoco entendía a la gente que vivía allá. Pensaban que los habitantes de la Amazonía vivían en un una suerte de mundo de hobbes, es decir, una guerra de todos contra todos, entonces la pregunta fue ¿dónde está la sociedad de este mundo?

¿En ese tiempo la sociedad Achuar no tenía estructura?

Sí había estructura, pero la forma era distinta y eso es lo que me interesaba porque había poca información sobre esa forma de sociedad. Existían unas monografías antropológicas de buena calidad y esto fue una forma de leitmotiv que venía desde el siglo XVI. Otro, fue que la gente era la ampliación de la naturaleza; entonces,  sospechaba que el hecho de que los Achuar habían sido descritos como muy pegados a la naturaleza y reconocidos por no contar con instituciones identificables fue precisamente porque su sociedad abarcaba la naturaleza. Por eso, vine a estudiar eso”.

Mi esposa y yo vivimos durante dos años entre los Achuar, en lugares que en un primer momento eran de difícil acceso. El primer resultado para mí [de esta experiencia] fue la publicación de la investigación para mi tesis doctoral que tuvo como principal conclusión, que podría ser contradictorio y paradójico, de que no hay tal cosa como la naturaleza.

Para los Achuar, la naturaleza estaba compuesto de plantas, animales y espíritus que a su turno formaban parte de la sociedad. La intuición inicial que tuve respecto a la Amazonía en general se confirmó totalmente en esta primera fase de la investigación.

Es decir, que las sociedades europeas llegaron a la conclusión de que la naturaleza era algo aparte de la sociedad humana ¿algo que aquí en la Amazonía no era cierto?

Precisamente, en Europa la idea cobra fuerza a partir del siglo XVII y luego se difundió a otras partes; la naturaleza era para investigar y controlar porque representaba una fuente de conocimiento y recursos que podrían transformarse en recursos económicos; entonces, esa separación puso al hombre arriba y fuera de la naturaleza, pero los Achuar tenían otra forma de percibir el mundo, una idea totalmente novedosa que no existía en otras partes del mundo y ellos nos proporcionaron un ejemplo muy nítido de lo que llegue a nombrar un colectivo, que no funcionaba como una sociedad occidental basada en estas grandes separaciones.

Esto tiene implicaciones para las sociedades actuales que tienen problemas ambientales muy graves como el cambio climático, la contaminación del aire y de los océanos, así como la pérdida de la biodiversidad etc.  ¿Son el resultado de esa separación entre los humanos y la naturaleza?

Totalmente, pero lo extraño es que las investigaciones de lo que la ciencia de la tierra  llama el ‘antropoceno’ demuestran que los humanos nos hemos vuelto cada vez más una fuerza geológica precisamente debido a esta separación. Es una paradoja, porque la idea que tenían fue que existía esa separación, pero lo que vemos ahora es que esa misma separación – esa capacidad de desconocer que estamos en contacto con una gran cantidad de seres, incluso dentro de nuestro mismo cuerpo – ha convertido a los humanos en una fuerza de la naturaleza capaz de cambiar el clima y provocar la sexta gran extinción de especies.  Es una relación muy ambigua.

Son problemas muy graves que incluso amenazan con terminar con los seres humanos ¿Puede la antropología ayudar a enfrentarlos?

La idea que más ilumina es que la antropología es una especie de ejercicio de comparación universal de distintas formas de relacionarse con los demás, entonces, nosotros los antropólogos tenemos una extraordinaria riqueza de datos e información que nos puede ayudar a pensar en nuevas formas de relacionarnos con el medio ambiente y los demás. Podemos ofrecer ideas que nos permiten escapar de la tiranía de lo que podríamos llamar el ‘presentismo’, es decir, la idea de que ya estamos en un cierto mundo que no va a cambiar mucho, pero que evidentemente va a empeorar cada vez más.

Nosotros los antropólogos y los historiadores también contamos con esta enorme cantidad de experiencias que otros pueblos y civilizaciones proporcionan con otros posibles modelos. Obviamente, ningún modelo es históricamente trasmisible, pero sí puede representar una fuente que nos permite ejercer nuestra imaginación para luego encontrar nuevas formas de relacionarnos con nuestro entorno y con los demás.

El antropólogo tiene esta capacidad de estimular la imaginación y esa es una tarea colectiva en la que podemos participar al proponer modelos e información sobre estas nuevas formas de ver nuestro mundo.

Es una esperanza poder encontrar una forma nueva y menos destructiva de relacionarnos con nuestro entorno, pero en un contexto en el que poderes económicos muy fuertes aparentemente nos están llevando al abismo ¿cómo superar esos intereses creados?

Lo positivo es que se ha difundido la consciencia de que existen  graves problemas que tenemos que enfrentar. Es cierto que hemos estado en esto más de cuarenta años llamando la atención por lo que sucede o podría suceder, pero yo veo un cambio paulatino sí, un cambio de todos modos. Lo que se tiene que cambiar primero es precisamente la mente, la idea de que no somos los dueños del mundo, deshacernos de esta idea totalmente desequilibrada y voraz cuyo resultado es el saqueo del mundo. La realidad es que no tenemos veinte planetas más y no vamos a ir al espacio, aun cuando algunos lo proponen.

Entonces, si hemos visto cambios en estos últimos cuarenta años, aún cuando es probable que no vamos a poder escapar de algunos problemas por lo menos está la consciencia y es cada vez mayor de que la idea de que somos los dueños y maestros de la naturaleza ya no está vigente, ya no puede seguir.

Un buen ejemplo es China, que se lanzó a una carrera desarrollista absurda pero que ahora ve los terribles problemas que ha traído este modelo de desarrollo. Es tanto capitalista como comunista: China y la Unión Soviética destrozaron su medio ambiente, de igual forma ahora se dan cuenta que existen problemas mayores; entonces, lo que está haciendo en este momento China es interesante, pretende instalar un modelo distinto para enfrentar los problemas que se ven claramente en las ciudades de su país.

No obstante, cabe decir que al mismo tiempo que sucede esto ha comprado la mayor parte de la Amazonía ecuatoriana con concesiones petroleras y mineras que abarcan miles de hectáreas donde está provocando tremendos daños. También, en la zona Shuar está destrozando cuencas hidrográficas de una forma terrible.

¿Comparado con los años setenta cuando vivías con los Achuar, la situación de ellos, los Shuar y demás grupos amazónicos ha cambiado?

Las situaciones son muy diversas. Lo que me llama la atención en particular en cuanto a los Achuar – ya son cuarenta años desde que visitaba de forma seguida este lugar –  es que han logrado un grado de organización política que en realidad me resulta sorprendente. La sociedad Achuar era muy conflictiva, con guerras internas y no me imaginaba en ese entonces que podrían superar esos conflictos familiares que llevaban mucho tiempo para organizarse de esta forma.

El reto principal en los años setenta y ochenta fue establecer territorios comunitarios que fueran al mismo tiempo áreas protegidas. Eso me pareció la solución, ahora los Achuar están discutiendo un plan con el Ministerio del Ambiente que propone la clasificación como área protegida de una parte de sus territorios. Ellos, proponen que esa parte no sea explotada y que siga siendo usado de forma tradicional.

Esa forma tradicional, como lo logramos demostrar en las investigaciones que yo y otros colegas han llevado a cabo en la Amazonía, ha implicado que la selva amazónica como se encuentra en la actualidad se deba en gran parte a la actividad de los pueblos indígenas que han vivido allá. Incluso la alta tasa de biodiversidad de la región y de plantas útiles para la humanidad es el resultado del trabajo de esos pueblos indígenas durante miles de años.

Es normal que las poblaciones que han contribuido a esta transformación y la creación, de lo que en muchos sentidos es una, selva antropogénica sean los responsables de cuidarlo en grandes reservas y protegerla de las inmensas plantaciones de palma, de la explotación minera y petrolera. Pero obviamente hay conflicto en torno a esto, porque Ecuador es un país que vive de los booms de exportación desde hace un siglo y medio.

Se ve que muchos grupos indígenas no solo son los Achuar, sino los Shuar y los Huaorani se han visto obligados a formar ciertas estructuras simplemente para relacionarse con el Estado y proteger sus territorios y formas de vida de las depredaciones de las empresas extractivas. ¿En los años setenta no fue necesario esto porque en ese entonces el Estado apenas existía en esas zonas de la Amazonía?

Sí, pero no todos están en iguales condiciones. Los Huaorani están en una situación más difícil por varias razones. Uno, por ser impactados masivamente por la extracción petrolera y otra porque son relativamente pocos. Este último dato es importante porque la unión y el número hace la fuerza.

Por ejemplo, los Achuar – no tengo las últimas estadísticas que tampoco son tan fiables – son más numerosos que los otros pueblos. Esto les da una capacidad de movilización más que los Huaorani que son menos. Así, en toda la Amazonía existen grupos poco numerosos que están peleando para sobrevivir, tanto para que sus miembros se incorporen a otros grupos como la sociedad nacional y de forma cultural porque sus idiomas están en peligro.

Realizaron hace poco una conferencia en Morona Santiago justamente sobre la lingüística ¿qué puntos abordaron?

Sí, fue de antropología y lingüística, fue una conferencia absolutamente histórica. Esta clase de reunión nunca se había realizado en Ecuador ni en cualquier otra parte del mundo. Fue histórica e inédita esta situación porque durante dos días los observadores y los observados se unieron para discutir temas relacionados con los Shuar y Achuar. Lo que me impresionó fue que los líderes indígenas no solo hablaban en sus idiomas nativos, sino que lo hicieron de forma ancestral, manteniendo una forma de retórica tradicional de los dos pueblos. Es importante porque es parte del orgullo de ser lo que son: Shuar y Achuar, pueblos originarios que aún son vitales.