ECOVÍA, TONOS DE GRIS. Por Michel Laforge

Terminal Río Coca, en el norte de Quito. Foto: El Comercio.

Llamar “Ecovía” a un sistema de transporte que propulsa  a 150 personas a 70 km por hora en un bus articulado, con motor diésel, por un carril exclusivo, parece un poco una exageración, a menos que se trate de ironía. ¿Será que el alcalde Roque Sevilla pensó en aquella época, a fines de los años 90, que no veríamos la diferencia, que no sabríamos qué era ecológico? ¿O que los catalizadores transformarían mágicamente las emisiones en vaporcito?

Ahora, en todo caso, en el 2018, 18 años después de la inauguración por el ex alcalde Paco Moncayo, se ve claramente que la Ecovía es todo, menos ecológica. No solamente por la coloración negruzca que han adquirido las vías y las paradas, signo visible de que la combustión del diésel emite carbono bajo la forma de gases y hollín, sino también por cierto aspecto destartalado que caracteriza tanto a las unidades más viejas como a las más nuevas, que nos hace pensar infaltablemente en todas las unidades que no pueden ya hacer recorridos, y que aguardan una reparación o un repuesto en uno de los depósitos de la Empresa Pública Metropolitana de Transporte.

Reconozco que, fuera de las horas pico, es bastante satisfactorio cruzar rápidamente un buen sector de la ciudad, y bajar en su destino…en…, ¿han notado que las paradas no tienen nombre visible desde el bus? Bueno, no importa, porque tampoco hay una guía de las diferentes paradas encima de la puerta, ni en ningún lugar de las unidades.

Un turista o un extranjero no se supone que debe tomar la Ecovía, esto es para los verdaderos quiteños. La verdad es que, en las noches, especialmente, tampoco se verían, porque la iluminación dentro de estos buses es minimalista, lo que convierte a todo el viaje en una experiencia en tonos de gris. Dependiendo del humor del chofer, te anuncian las paradas a través del sistema de altoparlantes, entonces uno tiene que estar pendiente de su parada.

Durante las horas pico, es otra historia. Es la historia de las dos colas para ingresar al bus en la Estación Río Coca: la de la derecha, de la gente que aspira a un asiento y deja de ingresar cuando sospecha que éstos están copados, y la otra, de los que no tienen nada que perder, de los ya retrasados, que se suben corriendo por la izquierda, y que encima, a veces logran coger los últimos asientos al descuido. Para los que van de pie es otra historia; la historia de los tipos morbosos que aprovechan para tener el único contacto sensual al que aparentemente pueden aspirar; la historia de los cieguitos que insisten en pasar a esa hora dando manotazos  a diestra y siniestra con sus canciones y, por supuesto, la de los amigos de lo ajeno, que parecen ser sobre todo amigos de los celulares ajenos.

A esa hora, entonces, toca encontrar un lugar no tan expuesto, evitando en particular el apiñamiento en las puertas, y respirar profundamente, tocando de vez en cuando el celular con las yemas de los dedos para asegurarse de que sigue ahí.

Finalmente, la Ecovia no está tan mal. Pero evita las horas pico.