LOS ESTADOS UNIDOS DE TRUMP CONTRA NIÑOS CENTROAMERICANOS. Por Martín Rodríguez Pellecer*

Un centro de niños detenidos en McCallen, Texas, en junio de 2018. Foto: Departamento de Policía Fronteriza de Estados Unidos

Niños menores de 5 años lloran porque Trump (y los estadounidenses) los están castigando porque sus papás quisieron salvarles la vida que les esperaba en Centroamérica.

Soy guatemalteco y llevaba quince meses de no sentir tanto dolor en el corazón. Escuchar cómo esos niños guatemaltecos, salvadoreños y hondureños menores de 5 años lloran”.

Hace quince meses sentía tanto o más dolor porque el Gobierno de Guatemala, presidido por un criminal que se llama Jimmy Morales, provocó que 56 niñas se incendiaran en un hogar gubernamental. 41 murieron y 15 sobreviven como pueden, sin auxilio estatal. Niñas algunas que habían sido sacadas de sus hogares para protegerlas de violencia intrafamiliar o niñas la mayoría llevadas a ese hogar gubernamental por negligencias de policías o jueces que no atendieron súplicas de sus madres o padres para recuperarlas después de que se habían perdido en la calle.

Seis de cada diez niñas y niños de los 30 millones de centroamericanos que viven en pobreza o extrema pobreza tienen una posibilidad real de terminar encerrados en un hogar gubernamental; un accidente de una madre soltera, un asesinato de un padre, ser traficado y recuperado por las autoridades.

Y si yo fuera madre o padre de alguno de esos niños centroamericanos con escasas posibilidades de futuro y ganara 250 dólares al mes, me endeudaría 7 mil dólares para llevármelos lejos, lo más lejos que pudiera, aunque sea a probar suerte en Estados Unidos. Me arriesgaría a sobrevivir el paso a través un México cruel y violento con los centroamericanos para intentar sobrevivir a un más cruel y violento Estados Unidos de Trump.

Estos padres y estos hijos no tienen la culpa de haber nacido en el rincón más desigual y violento del continente. Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua. Somos países en donde la esclavitud ha sido legal hasta 1944 o permitida de facto hasta hoy en muchas regiones del istmo. Países que se levantaron en manifestaciones y en armas contra la injusticia en los 80. Países que han apostado desde los 90 por democracias y paces que no sirven para nada. Países que esta década luchamos contra la impunidad para recuperar nuestros Estados y que seamos países viables que no expulsen a migrantes y sus hijos hacia el nazismo de los Estados Unidos de Trump.

Podría parecer que llamar nazis a estas políticas los Estados Unidos de Trump podía sonar exagerado. Pero justo hoy una judía holandesa sobreviviente del Holocausto nazi contaba en el diario británico The Guardian, a propósito de esta tortura contra niños centroamericanos, que a sus ochenta y pico de años todavía ella y sus hermanos sufrían las secuelas de haber sido separados de sus padres cuando eran niños. Se llama Yoka Verdoner.

Este es el testimonio de su hermano pequeño, que ahora tiene 80 años y a quien los nazis separaron de sus padres cuando tenía 3 años. Escribe en presente.

“En la primera casa (de acogida) grité por seis semanas. Después me movieron a otra familia y dejé de gritar. Me rendí. Nada a mi alrededor me suena familiar. Todos los que están en frente son extraños. No tengo pasado. No tengo futuro. No tengo identidad. Estoy en la nada, en ningún lugar. Estoy congelado de miedo. Es la única emoción que poseo. Como un niño de tres años, creo que debo haber cometido un error terrible que provocó que desapareciera el mundo que conocía con mi familia. Pasé el resto de mi vida tratando desesperadamente de no cometer otro error”.

Continúa la autora, que ahora vive en California:

“La segunda familia adoptiva de mi hermano lo cuidó con esmero y sigue en contacto con ellos. De igual manera, tiene casi 80 años y todavía sigue intentando entender qué lo hizo la persona ansiosa y disfuncional en la que se convirtió desde niño y que continúa siendo hasta ahora: un hombre inteligente y cálido, pero que a pesar de eso nunca pudo mantener un trabajo por su inhabilidad para completar tareas. Después de todo, si persistía en lograr esas tareas, tarde o temprano iba a cometer errores, y no quería que por un error se acabara de nuevo todo su mundo”.

La situación es igual de dolorosa en 2018 pra los centroamericanos. Lean este fragmento del texto de Óscar Martínez en El Faro:

“El prestigioso medio estadounidense ProPublica sacó a la luz un audio que obtuvo la semana pasada. Se trata de una grabación hecha dentro de un centro de detención para menores migrantes. Quien grabó el audio lo hizo sin autorización, y pidió anonimato a ProPublica. Quien hizo el audio aseguró que las voces que suenan son de niños entre cuatro y diez años que tenían cerca de 24 horas de haber llegado a esas jaulas para pequeños migrantes. El audio ha sido reproducido por múltiples medios. Suenan niños llorando. Gritan “mami”. Gritan “papi”. Una y otra vez: “mami”, “papi”, “mami”, “papi”. Se escuchan llantos que ahogan. Niños que se ahogan en su propio llanto”.

Se pone peor:

“En el audio se escucha a una niña en particular. Tiene seis años. Dice, conteniendo el llanto, que sabe un número de teléfono, que por favor llamen a su tía ahí en Estados Unidos. “Quiero que me venga a traer mi tía, para que me lleve a la casa de ella… Para que llegue mi mami lo antes posible”, dice la niñita, sin saber que su madre, Cindy Madrid, de 29 años, que se endeudó para pagar $7,000 a un coyote que las llevó en busca de una mejor vida, está siendo procesada como delincuente, y puede ser deportada en cualquier momento. Si fueran honestos, dirían a esa niña que mami no va a llegar lo antes posible. La política de Trump se ha convertido en esto: una niña que repite un número, una niña que pide auxilio. Una representante del consulado de El Salvador aceptó marcar el número que la niña repetía. ProPublica hizo lo mismo después de escuchar el audio: marcó el número. Contestó la tía: “Fue el momento más difícil de mi vida”, describió la migrante. Esa mujer, al parecer, sabe de momentos difíciles. Ella está allá luego de haber huido de El Salvador hace dos años junto a su hija. Es de Armenia, Sonsonate. Está en proceso de asilo. Dijo que las pandillas están en todos lados: “Están en los autobuses. Están en los bancos. Están en las escuelas. Están en la Policía. No hay ningún lugar en donde la gente normal se sienta segura”, dijo a ProPublica. Y lo que dijo es verdad. Quien conoce El Salvador sabe que es verdad. Solo durante 2017, según datos del Ministerio de Educación de El Salvador recogidos por Cristosal, una organización de derechos humanos, 7,648 estudiantes de sus escuelas abandonaron el país. En parte, debido a las pandillas. Las pandillas, según la Policía, están conformadas por 64,000 miembros en este país de 6.5 millones de habitantes. Durante la llamada desde el centro de detención, la niña de seis años suplicó a su tía que la sacara de esas jaulas: “prometo que me comportaré, pero por favor sacame de aquí. Estoy completamente sola”, recordó la tía los ruegos de su sobrina. La tía decidió no intervenir. Teme que hacerlo interrumpa los procesos de asilo suyo y de su hija. Teme que si ayuda a su sobrina, el Gobierno estadounidense la conmine a volver al país donde ella cree que morirá.”

Los nazis y Hitler en 1942. Trump y los republicanos en 2018. Los judíos en 1942. Los centroamericanos en 2018.

La maldad. El odio.

Esa separación de padres y niños que sufrieron los judíos en los años cuarenta es algo que han sufrido los guatemaltecos desde la peor parte de la guerra civil entre 1978 y 1985, cuando el dictador de entonces y una banda de abogados descubrieron que los niños eran un buen negocio para familias de Estados Unidos que querían adoptarlos y pagar por ellos. Se robaban tantos niños que Guatemala fue hasta el año 2007 el tercer país que más niños en el mundo exportaba a Estados Unidos, solo después de Rusia y China. China tiene mil millones de habitantes; Rusia, 150 millones; Guatemala, 15 millones. Adoptaban a 4,000 niños cada año –muchos de ellos sin garantía de no haber sido robados– y las redes de abogados ganaban unos US$200 millones anuales.

Las comunidades indígenas mayas estaban tan desesperadas por esta epidemia de robos de niños para exportación a Estados Unidos que terminaron linchando a un turista japonés que fotografiaba niños en Huehuetenango en 2000, como reporta este texto en El País. No fue sino hasta 2007 que después de mucho trabajo de comunidades, activistas de derechos humanos, fiscales y políticos que se pudo cambiar la ley para que ya no fuera un abogado el que autorizara la adopción de un niño sino un Consejo Nacional de Adopciones; y las adopciones internacionales se suspendieron.

No hay dolor más grande en la vida que perder a un hijo.

Y todo este dolor enferma.

Los judíos sobrevivientes del Holocausto en Israel, como vemos en su relación con los palestinos setenta años después, son una sociedad mayoritariamente enferma, incapaz de sentir empatía.

Guatemala y Centroamérica, después de los últimos cuarenta años de violencia y odio, también somos sociedades mayoritariamente enfermas, incapaces de sentir empatía entre nosotros mismos.

Y como no estamos logrando construir sociedades en las que puedan vivir seres humanos, hay cientos, miles, millones de centroamericanos, que prefieren huir para buscar vidas dignas en Estados Unidos.

No tengo muchas palabras para los estadounidenses que votaron por el republicano Trump solo porque les prometió acabar con nosotros, los centroamericanos y el resto de extranjeros.

Esta tortura contra niños que los indigna hoy es su responsabilidad. Son cómplices.

Han llevado nuestro horror hasta su país.

Para quienes sí tengo palabras es para el que preside mi país, Jimmy Morales; el timorato exguerrillero que preside El Salvador y los dictadores de Honduras y Nicaragua: ¡Renuncien!

El gobierno israelí de Netanyahu, enfermo hasta la médula, justifica su odio para ‘proteger a sus ciudadanos judíos y que nunca vuelvan a torturarlos como lo hicieron los nazis’. Es increíble que para lograrlo, Netanyahu se alíe a un nazi como Trump que tortura a niños centroamericanos, y que su gobierno respalde a un delincuente como Jimmy Morales en Guatemala.

Pero los presidentes centroamericanos, ¿cómo justifican ustedes su falta de acción para proteger a los niños de su país que están siendo torturados por los Estados Unidos de Trump? ¡No han hecho nada!

El peor de todos es el presidente guatemalteco. Todavía no se pronuncia. Está ocupado. Y no rescatando a comunidades que puedan quedar soterradas por el volcán de Fuego. Está ocupado salvándose de acusaciones de dinero ilegal en su campaña, de robarse dinero del ejército y desde el lunes, de una acusación pública de haber cometido un abuso sexual.

En vez de eso, Jimmy Morales mandó a su portavoz para dar declaraciones a los medios. Y su vocero respondió que “respetaban la política migratoria de Estados Unidos”. No es de extrañar si representa a un presidente que en 2016 dijo a The New York Times que si Trump hacía un muro, él le daría “mano de obra barata guatemalteca”.

Los pusilánimes presidentes centroamericanos podrían estar haciendo un escándalo, ir a la frontera, intentar entrar en los albergues, rescatar a los niños, pedir que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas envíe una fuerza de intervención militar internacional para rescatar a por lo menos dos mil niños están siendo torturados. Algo. Algo. Algo.

Trump no se va a detener. La indignación de la mitad de Estados Unidos y del resto del mundo le estimula. Ayer tuiteó, como un buen nazi, que lo seguirá haciendo para detener a los criminales centroamericanos que “infestan” Estados Unidos porque todos son de la Mara Salvatrucha. Y es mentira. Como recordó el periodista Óscar Martínez, de 250.000 centroamericanos en la frontera, las mismas autoridades estadounidenses identificaron a 56 con posibles vínculos con pandillas, el 0.0002%.

Trump no se va a detener.

¿Cuánto más vamos a esperar para frenarlo? ¿A que meta a los centroamericanos en cámaras de gas?

*Texto publicado originalmente en: Nómada