GALÁPAGOS, ¿LABORATORIO ECOLÓGICO PARA EL ECUADOR?*

Lobo marino en las islas Galápagos.

Para muchos de nosotros, si nos mencionan la palabra “Galápagos” nos viene a la mente la imagen de una casi pétrea iguana terrestre o de despreocupados lobos de mar durmiendo la siesta en poses totalmente indecentes para cualquier ciudadano trabajador.

Pero pocos sabemos que las islas Galápagos son también un experimento a gran escala de un modelo de sociedad diferente, donde el equilibrio entre la naturaleza y las actividades humanas no son lo habitual; es decir, donde la sociedad de consumo que conocemos en el Ecuador, basada en la utilización de combustibles subsidiados y de derivados del petróleo como los plásticos como parte indispensable de nuestra vida cotidiana, no tiene la misma incuestionada hegemonía.

Todo parte en realidad del hecho de que teóricamente, en el archipiélago clasificado como sitio Patrimonio de la Humanidad no deberían de haber habitantes. Para cuando se declara el Parque Nacional Galápagos, en 1959, había solamente de mil a dos mil personas en cuatro islas, muchas de las cuales llegaron como trabajadores de las bases navales norteamericanas. Ahora la población estaría alrededor de las 30 000 personas en cuatro islas.

Sin embargo, prácticamente no ha variado el grado de conservación: globalmente el área no protegida, de actividad humana, es de solo 3% de la superficie total de las islas. Es más o menos como si los 16 millones de habitantes del Ecuador estuviéramos todos concentrados en la provincia de Pichincha y el resto del país fuera dedicado a la conservación.

Mantener esta relación entre área conservada y área para actividades humanas es definitivamente un desafío para las autoridades políticas del país.

Claro que una de las razones para que el Ecuador haya finalmente implementado una política mucho más restrictiva de la inmigración del continente hacia las islas es probablemente el hecho de que en el 2007 la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) incluyera el archipiélago en la lista de Patrimonio de la Humanidad en Peligro, lo que hubiera podido inclusive costarle esa calificación, y el interés turístico que suscita. Actualmente, las islas claramente viven del turismo, así que el peligro de matar las gallinas de los huevos de oro al perder la calificación de Patrimonio de la Humanidad ha podido jugar un rol.

Sin embargo, hay que decir también que las condiciones naturales ayudan a tener mayor conciencia sobre los frágiles equilibrios ecológicos; los numerosos efectos indeseables de la introducción de especies del continente en las islas son muchos más que los conocidos impactos de las ratas o de las cabras, y se pueden constatar muy fácilmente: ¿quién hubiera pensado que la olorosa guayaba podría convertirse en una especie invasora, con verdaderos bosques de guayaba en Isabela, o que la aparentemente inofensiva maracuyá pudiera salirse de control, creciendo como mala hierba?

El agua no es abundante, sobre todo en algunas islas como Isabela o Santa Cruz, así que los hoteles y restaurantes hacen bien en proponer agua fresca a los turistas, promoviendo inclusive la reutilización de botellas de plástico.

Además, hoteles y restaurantes tienen la obligación de separar la basura orgánica y la inorgánica, con fuertes multas si no cumplen.

Por si esto fuera poco, ya está en implementación una norma que prohíbe el uso de sorbetes de plástico en los restaurantes y en las próximas semanas va a prohibir también el uso de bolsas de plástico y de envases de “foam”, lo que pone al Consejo de Gobierno del Régimen Especial de Islas Galápagos a la vanguardia de los gobiernos locales con preocupaciones ecológicas.

No obstante, las islas van mucho más allá de lo que pudiera soñar los ecologistas en el continente, con una proporción honorable de ciclovías (sobre todo en Santa Cruz) y seguramente la mayor cantidad por habitante de bicicletas eléctricas de todo el país.

Lo que pasa es que han avanzado en las islas mucho más que en el continente en el uso concreto de energías renovables, como la planta mixta (fotovoltaica y con diésel de origen vegetal) de generación eléctrica de Isabela; la planta eólica de San Cristóbal o los postes de alumbrado público alimentados por paneles solares en Santa Cruz, Isabela y San Cristóbal. Pese a que todavía se sigue produciendo energía eléctrica con diésel se ha incentivado paralelamente la introducción de carros eléctricos, no híbridos, que uno ve circulando silenciosamente por las calles, a la par de las ubicuas camionetas blancas de transporte público.

Claro, todavía hay mucho trabajo por hacer, por ejemplo para incrementar la soberanía alimentaria de las islas que dependen todavía en una gran proporción de la importación de alimentos del continente, seguramente en las zonas cultivables se puede mejorar la productividad de zonas dedicadas sobre todo a una ganadería extensiva.

Galápagos demuestra que con objetivos claros y con las regulaciones necesarias, es posible avanzar en una serie de cambios de lo cotidiano que tienen efectos positivos en el medio ambiente, ¿porqué no exigir lo mismo para el resto del país?

*Redacción Lalíneadefuego