PROHIBIDAS LAS VENTAS AMBULANTES”. Por Michel Laforge

Foto referencial.

En muchos de los buses de transporte urbano de Quito uno puede leer el rótulo « prohibidas ventas ambulantes » pegado cerca de la entrada.  Sin embargo, todos los usuarios consuetudinarios de los buses quiteños sabemos que ésa es meramente una invocación formal, que no refleja la realidad.

El usuario del bus quiteño puede ser sometido a más ofertas de venta ambulante durante su trayecto que un televidente frente a su pantalla en una tarde de ocio. Existen tramos en los que los vendedores ambulantes pasan uno tras de otro, en una sucesión continua y ordenada. Sin embargo, después de la consabida disculpa « lamento importunarles en su viaje », la verdad es que las propuestas pueden ser bastante diferentes.

Primero están los virtuosos, con una labia perfecta, dicción de locutor de radio, que le explican a uno que disponen casualmente en ese momento de una oferta increíble, para un invento revolucionario, que – confesemos- muchas veces terminamos comprando. Muchos escondemos en nuestra casa el famoso « cuchillo multiuso » o bien el « exprimidor de naranja » que finalmente, en el uso cotidiano, resultan no ser tan prácticos como en la demostración.

Una variante son aquellos que proponen remedios invariablemente naturales, pero no menos milagrosos para enfermedades que uno ni imaginaba que tenía y que compramos por las dudas.

Luego están los artistas, hombres-orquesta que tocan el charango y la zampoña a la vez y reconozcámoslo, pueden ser alternativas interesantes al reguetón o al vallenato de segunda de los buseros. Una variante son aquellos que tienen simplemente un reproductor de música colgado del cuello, en el que demuestran la variedad de las canciones que contienen el CD de oferta; pero mis preferidos son aquellos muchachos, raperos urbanos, con pedazos de poesía más o menos lograda colgada de una base rítmica directamente salida de algún gueto.

También tenemos los arriesgados, que parten del principio de que una vez el producto en mano, le será psicológicamente más difícil al cliente devolverlo, lo que intentan comprobar entregando una muestra a cada pasajero, para posteriormente recuperar el pago; claro, esto después del discurso de rigor, el cual invariablemente sugiere que su autor considera que la venta ambulante es su única alternativa a una vida delincuencial, y por último que la suma requerida “no te va a volver pobre a ti ni me va a enriquecer a mi”.

Otra modalidad es la de los pragmáticos, que se limitan a ofrecer una golosina a un precio reducido, confiando en que el pasajero se deje tentar por el dulce y por la oferta. O por el nombre del producto: ¿quién fue el genio comercial que inventó el nombre “Caumal”?

Pero lo que realmente es de susto es cuando se suben individuos que declaran salir de la cárcel y solicitan “una ayuda” de una manera tan agresiva que la moneda que uno entrega, para que lo dejen tranquilo, podría decirse que en realidad es producto de un micro-asalto.

A los que nunca he visto subirse a un bus es a los policías metropolitanos. Tal vez les de pena tener que constatar que las supuestas normas contra la venta ambulante no se cumplen realmente en los buses de Quito.

#LosDeAPie