ENTRE LA ALETARGADA INTEGRACIÓN Y LA LACRA RACISTA. Alberto Acosta*

Secretario general, Ernesto Samper Pizano, y José Gomes Temporão, director ejecutivo de ISAGS, en la Unasur. Foto: Facebook Unasur.

La consolidación de gobiernos neoliberales en varios países latinoamericanos pone contra la pared a algunos procesos considerados, al menos desde la propaganda, como “logros” de la larga década progresista.

Entre esos “logros” están los intentos de integración regionales como la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), la cual cobró vigencia jurídica en 2011 y hoy parece vivir una agonía impregnada justo en unas paredes, concretamente en un edificio…

La Unasur es un organismo internacional supuestamente encaminado a construir una identidad y ciudadanía suramericana, junto con un espacio regional integrado. En términos geopolíticos, la Unasur busca responder a esquemas de integración con claras lógicas de dominación imperiales, que emanan desde la Organización de Estados Americanos (OEA) o el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), por ejemplo.

Tal respuesta se juntó a muchas otras propuestas integracionistas -novedosas y hasta audaces- impulsadas desde el sur durante el progresismo, como la Alianza Bolivariana para las Américas (Alba) o la Nueva Arquitectura Financiera del Sur, que buscaba conformar el Banco del Sur, el Sistema Único de Compensación Regional (Sucre, tan mal manejado por el progresismo que permitió hasta el lavado de activos), el Fondo de Reservas del Sur e incluso un sistema regional de arbitrajes.

Fue en esos años progresistas que el discurso integracionista alcanzó su máximo resplendor propagandístico cuando el gobierno ecuatoriano donó a Unasur en 2014 un edificio de 45 millones de dólares. Paradójicamente, ahora ese mismo edificio es un monumento a la crisis del proceso integracionista-progresista. La decisión del presidente ecuatoriano Lenín Moreno -sucesor de Rafael Correa desde 2017- de solicitar la devolución de dicho edificio desnuda los problemas de la integración latinoamericana.

Pero, además, la entrega del edificio al movimiento indígena para que ahí se ubique la sede de la Pluriversidad Amawtay Wasi[2] (inspirada en los principios constitucionales de plurinacionalidad e interculturalidad y que fuera cerrada en el autoritario gobierno de Correa) se volvió la gota que derramó el racismo y la discriminación en el Ecuador…, desplegados en una profunda confraternidad colonial por diversos sectores conservadores de todo pelambre, entre los que se alinea el propio expresidente Rafael Correa[3]. No sorprende que esta andanada racista haya recibido una contundente respuesta por parte de Apawki Castro, dirigente de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), en la que rescató la esencia de su programa político: Tierra, Cultura y Libertad.

A diferencia de lo que algunos ingenuos pregonan, el problema de la integración no surge porque el gobierno pida a Unasur el edificio[4] para entregarlo al movimiento indígena. La Unasu ya vivía una prolongada acefalía, producto de una crisis geopolítica provocada sobre todo por el fin de varios gobiernos progresistas latinoamericanos. Como resultado los gobiernos de Argentina, Brasil, Chile y Paraguay, con el obvio beneplácito de los gobiernos neoliberales de Colombia y Perú, suspendieron en 2018 su participación en la organización. Tal crisis, junto a otras cuestiones, entierran las buenas intenciones y los enfervorizados discursos integracionistas que pronunció en su momento el progresismo.

Tengamos presente que en épocas anteriores hubo propuestas de integración mucho más intrépidas y profundas, incluso Raúl Prebish fue categórico en 1981 –poco antes de cumplir su ciclo vital- cuando afirmó que:

tras larga observación de los hechos y mucha reflexión, me he convencido que las grandes fallas del desarrollo carecen de solución dentro del sistema prevaleciente. Hay que transformarlo”.

Los progresismos -más allá de dichos discursos- fracasaron al no ofrecer alternativas reales al capitalismo. Apenas intentaron modernizarlo. Los regímenes progresistas no rompieron las ataduras librecambistas propias de economías primario-exportadoras, al no cuestionar la esencia de las modalidades de acumulación que el capitalismo mundial ha asignado a las periferias. El progresismo, con un camuflaje “revolucionario” y “socialista”, al tiempo que disciplinaba a la sociedad, ampliaba y sigue ampliando -incluso a sangre y fuego- todo tipo de extractivismos: petroleros, megamineros, agroexportadores, etc.

Un empeño en el que también están inmersos los países con gobiernos neoliberales, que incluso recibieron consejos progresistas sobre cómo romper la resistencia de las comunidades opuestas a la minería, como sucedió, por ejemplo, con las enseñanzas dadas por el entonces presidente ecuatoriano Rafael Correa al presidente colombiano Juan Manuel Santos

Tampoco podemos olvidarnos que en Ecuador -donde está la sede de Unasur- desde 2014, el gobierno de Correa hizo que la brújula económica vuelva a apuntar hacia el neoliberalismo e hipotecó -aún más- la soberanía del país sobre sus finanzas y sus recursos naturales a capitales transnacionales, sobre todo al naciente imperialismo chino, en lo que constituyó una verdadera década desperdiciada.

Además, en contra de la integración regional, Ecuador –no así sus vecinos andinos con gobiernos progresistas: Venezuela y Bolivia- suscribió en 2016 -también con Correa- un Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea; tratados que sintentizan la esencia neoliberal al condenar a los países empobrecidos a ser meros suministradores de materias primas. Y si Correa empezó el retorno neoliberal, su sucesor y anterior vicepresidente, Lenín Moreno, acelera el paso y se sintoniza cada vez más con los gobiernos conservadores de la región, incluso proponiendo firmar un TLC con EEUU, haciendo guiños a la Alianza del Pacífico e impulsando una ley para reactivar la economía que prefigura una carta de intención con el FMI.

En lo que a la integración se refiere, las contradicciones vienen hasta de la misma Unasur, la cual caminó en contra de una integración alternativa al dar vida al Consejo Suramericano de Infraestructura y Planeamiento (COSIPLAN), que busca construir redes de infraestructura, transportes y telecomunicaciones, según criterios globalizadores establecidos en el viejo neoliberalismo por la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA), creada en 2000 y apadrinada por el BID. No sorprende entonces que se haya avanzado más en la interconexión de mercados que en una verdadera integración, como con claridad se analizó en un seminario impulsado por el CDES, tal como lo evaluó Raúl Zibechi.

Incluso las mencionadas e interesantes propuestas para transformar las estructuras financieras en Suramérica no prosperaron pues los grandes países -sobre todo Brasil y de alguna manera también Argentina-, teniendo gobiernos progresistas no tuvieron interés real en tales transformaciones. Este es sobre todo el caso de Brasil con los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), que desplegó su tradicional subimperialismo, analizado con claridad en el contexto actual por Klaudio Katz, ­ -sostenido sobre todo por el Banco de Desarrollo (BNDES) en alianza con sus empresas transnacionales-  en todo el subcontinente, aupado incluso en una galopante corrupción, como sucedió con Odebrecht.

Esta crisis de la integración latinoamericana nos confronta también con otras realidades. Por un lado, los procesos integracionistas impulsados “desde arriba”, es decir, desde los Estados son limitados porque casi siempre se hacen en estrecha alianza con grandes capitales -incluso transnacionales-, como se ve en la Unión Europea. Por otro lado, el pragmatismo político y las alianzas con la derecha desplegadas por los progresismos han provocado que éstos se sostengan en crecientes autoritarismos políticos, corrupción y des-democratización, en palabras de Boaventura de Souza Santos al analizar lo que sucede en Nicaragua, cuyo gobierno devino en aquello que juró destruir: un “somozismo” del siglo XXI que está masacrando a su población.

Lo grave es que ahora hasta el cinismo progresista se ha desbordado: los otrora gobernantes progresistas sujetos a la revisión histórica de su gestión, agobiados por crecientes denuncias de abuso de poder y de corrupción desbordante -como Rafael Correa- acusan a sus acusadores de arbitrariedad, de ser agentes del imperialismo, y de buscar excusas para apresarlos y sacarlos del escenario político, como anota con lucidez Pablo Ospina. Así, mientras los progresismos no reconozcan y asuman sus errores, no abandonen su “culto” a varias “personalidades”, no estarán en capacidad de transparentar y entender, menos aún criticar su propia gestión, en muchos casos nefasta para los intereses populares de mediano y largo plazos, e incluso para la misma integración. Por cierto, la corrupción y el autoritarismo son aún más palpables en los gobiernos neoliberales.

Por último, la integración debe repensarse íntegramente. El fin no debe ser sólo conformar agrupaciones de países emergentes que disputan espacios de poder a las metrópolis capitalistas, por ejemplo, dentro del Fondo Monetario Internacional (FMI). La integración debe ser contra-hegemónica, planteándose la superación de la civilización capitalista. Eso demanda una integración multidimensional, en donde la batuta no debe estar en manos ni de los Estados ni del gran capital.

Requerimos una integración que desarme las lógicas especulativas de las finanzas internacionales y que proponga otras racionalidades en la economía internacional; por ejemplo, un comercio en donde la producción de alimentos no esté motivada por la búsqueda de divisas y la misma especulación, sino por las demandas de alimentación de la humanidad o unas finanzas internacionales más enfocadas a proveer recursos a las regiones más empobrecidas antes que a la exacerbación especulativa.

Estos esfuerzos solo serán viables desde una política emancipadora y despatriarcalizadora, desde el efectivo respeto a la justicia social y ecológica. La integración no debe llevarnos a un aperturismo que nos condene cada vez más a sobrevivir en el inframundo de la globalización capitalista; por el contrario, debe sustentar la autonomía de las diversas regiones y localidades.

La integración, entonces, debe provenir sobre todo desde las bases comunitarias y populares de las naciones y las regiones, entrelazando -y por ende potenciando- su resistencia y construcción de alternativas, inclusive aprovechando el actual desarrollo tecnológico para informarse y comunicarse entre distintos colectivos. Una integración que no olvide la cuenta pendiente que tiene la sociedad occidental con los pueblos indígenas, los cuales han sido agredidos históricamente y hasta por los progresismos -como sucedió con Correa en Ecuador-, pero que en realidad deberían ser la base que sostenga la integración latinoamericana.

No basta que ahora Moreno dialogue con los movimientos indígenas y que restablezca la educación bilingüe abolida por el correísmo, sino que debe abrir la puerta para construir respuestas plurinacionales e interculturales, que demandan, como primer paso innegociable, el cese de la criminalización de los indígenas y no indígenas perseguidos por defender la Pacha Mama. Un esfuerzo que demanda enfrentar y erradicar el racismo en nuestra América, tan crudamente expuesto por Paco Gómez Nadal[5]. En este empeño, la consolidación de una universidad cimentada en la esencia de la cosmovisión indígena -que no implique la mercantilización de espúreas lealtades del movimiento indígena al morenismo- puede ayudar a construir una propuesta de integración decolonial, tan urgente y necesaria para nuestra Latinoamérica.

El reto para Latinoamérica se mantiene: o se une desde los pueblos, entendiendo y respetando su Pacha Mama o se rinde ante los -viejos y nuevos- imperialismos que la siguen tratando como su “patio trasero”.

* Economista ecuatoriano. Profesor universitario. Ex-ministro de Energía y Minas. Ex-presidente de la Asamblea Constituyente. Ex-candidato a la Presidencia de la República.

[2] Una universidad que ya sufrió la rabieta colonizadora del correismo por no cumplir con los estándares académicos eurocéntricos que las instituciones estatales encargadas de las evaluaciones usan, como anota Verónica Yuquilema: La Universidad Amawtay Wasi y la profunda molestia colonial

[3] Véase, sobre este tema, la actitud despectiva de Correa con Luis Macas, reconocido líder histórico del movimiento indígena, actualmente miembro del Consejo de Participación Ciudadana de Transición.

[4] La defensa de Unasur argumentando el buen uso del edificio es patética.

[5]  Para entender lo que significa el racismo en la actualidad se recomienda el libro Indios, negros y otros indeseables. Capitalismo, racismo y exclusión en América Latina y el Caribe, de Paco Gómez Nadal, Serie El Debate Constituyente, Abya-Yala y Fundación Rosa Luxemburg, Quito, 2017. https://bit.ly/2Ly8xqn