ENTREVISTA:EN AMÉRICA LATINACIVILIZACIÓNSIGNIFICA DESTRUCCIÓN” Por Romano Paganini*

Con Ulrich Brand* habló Romano Paganini, Quito – Ecuador 

Ulrich Brand es co-autor del bestseller “Modo de vida y trabajo imperial”. El profesor de ciencias políticas de la Universidad de Viena explica la naturalidad en el comportamiento colonial de los países del norte y habla sobre la crisis civilizatoria en los países del sur. Y destaca por qué no es tan fácil romper con la vida imperial.

Dos vuelos transatlánticos por año: Ulrich Brand no quiere abordar a un avión más que eso. Para desacelerar, pero también por razones políticas, ya que volar, y el consumo de materia prima que implica, es parte de su crítica. Junto con Markus Wissen de la Universidad de Economía y Derecho en Berlín escribió el libro “Modo de vida y trabajo imperial”; los autores todavía buscan un editorial hispanoparlante para publicarlo en Castellano. Pero Ulrich Brand, profesor de Política Internacional en la Universidad de Viena (Austria) pertenece al ala pragmática de los críticos al capitalismo. Destaca una y otra vez que habría que captar la realidad en sus contradicciones. “Sino, pones demasiado peso en tus hombros y te vuelves loco como alguna gente del movimiento de ’68”. Hace unos meses el hombre de 51 años estuvo por Ecuador, entre otras cosas para presentar el libro “Salidas del laberinto capitalista. Decrecimiento y postextractivismo” que escribió con el político y economista Ecuatoriano Alberto Acosta.

Un día antes de su regreso a Europa me encontré con él en Los Quipus, un alojamiento de tres estrellas en el centro de Quito. Ulrich Brand, alto y vestido con una camisa tipo leñadora, se sienta en unas de las mesas de madera en el salón y pone una hoja en ella. Le va a ayudar a registrar los pensamientos de su interlocutor.

Ulrich Brand, si nos fijamos acá en el salón de su hotel: ¿Dónde encuentra reflejos de la vida imperial?

Aquí no veo nada. Obvio, estamos en un hotel de estilo colonial en donde sólo la gente de la clase media alta puede alojarse, ya que la noche cuesta entre cuarenta y sesenta Dólares…

 …o sea que para la mayoría de los ecuatorianos es bastante dinero.

Sí, pero la magnitud de la vida imperial se manifiesta recién cuando salimos a la calle. ¡La cantidad de autos es tremenda! Es la quinta vez que estoy en Quito y el trafico individual aumentó una vez más, especialmente los VUD (vehículo utilitario deportivo). Lo imperial se nota también cuando uno va al mercado. Muchos productos como manzanas o camarones vienen de países vecinos, electrodomésticos y aún unos textiles de Asia.

Usted voló con un avión desde Europa a América Latina, enseña en la Universidad de Viena y cobra en Euros. Yo vivo en Ecuador, me pagan por esta entrevista en Francos Suizos y por los bajos costos de vida acá me veo bastante beneficiado. ¿No será que la vida imperial impregnó nuestras vidas cotidianas profundamente?

Obviamente, no podemos salir así no más de la vida imperial, porque es una estructura. Yo vivo en Viena y la vida en Viena simplemente por su infraestructura consume muchos recursos. Tampoco tengo que viajar a América Latina para tomar consciencia de los problemas aquí. Podría leer todo desde allá. Pero las dos semanas en Ecuador hacen algo conmigo. Si viajo por lo menos una vez al año, es mejor que solo hablar con mis colegas. Así conozco mejor las realidades y puedo sentir la vida cotidiana.

Entonces asume la contradicción interna relacionada con la vida imperial que critica.

¡Tengo una contradicción abierta! A travez de mi trabajo podría volar aún más: a África del sur, a China, a India. Pero decía que dos vuelos transatlánticos al año son suficientes. Así puedo dedicarme a mi trabajo científico en Viena de forma concentrada, puedo participar en procesos políticos, limito mi huella ecológica y no entro en estrés. Porque para mí la tranquilidad interna también juega.

“Se necesita una imposición política, no moral.” – Ulrich Brand, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Viena, acá durante la presentación de un libro en Quito, Ecuador.
BILD: Rosa Luxemburg Stiftung, Büro Andenländern

Mencionó la estructura de la vida imperial. ¿Qué significa eso?

La estructura de la vida imperial crea condiciones sociales de las cuales normalmente no se puede salir así no más. Claro que podemos trabajar y consumir con un poco más responsabilidad, pero eso solo no cambia mucho las condiciones generales. La vida imperial – de forma más precisa se debería llamar las formas imperiales de producción y vida – también significa colonial . Eso en Ecuador es más visible que en Alemania. Las estructuras coloniales tienen entre trescientos y cuatrocientos años. Con el libro queremos mostrar las relaciones entre colonialismo, las dinámicas de la globalización y las diferentes fases del capitalismo, es decir, del orden que rige nuestras sociedades hasta hoy en día.

 ¿Puede darnos un ejemplo?

En el siglo XIX la industria pesada recibió su materia prima como madera, carbón o minerales de hierro mayormente de Europa. Eso cambió al principio del siglo XX cuando el petróleo se convirtió en la fuente de energía principal. Las estructuras coloniales facilitaron ese proceso. Después de las guerras mundiales el incremento de la producción y del consumo masivo, posibilitó la expansión del capitalismo. Los estereotipos del consumo, hasta este momento reservado para la clase alta, empezaron a manifestarse hasta llegar a las clases más bajas de la sociedad.

 En otras palabras: Lo que una vez fue reservado para los reyes, presidentes y exponentes de la industria, hoy en día es accesible por la gran masa.

Exactamente. Recién el acceso a trabajadores y recursos baratos afuera de Europa posibilita la vida imperial. Porque si no seriamos nosotros solos los que tendríamos que ver cómo llegar a los metales, a las máquinas y a los alimentos. Eso podría ser, por ejemplo, a través de un comercio no-imperial y con precios mucho más elevados. Por los procesos de globalización con alta tecnología, la producción internacional de alimentos y ropa barata se profundiza la vida imperial. Ella ya se ha metido más y más en la clase media de los países del sur. En América Latina eso pasó en los años ’50 y ’60, hoy en día sucede en países como India o China. Ahí hay una fuerza increíble respeto al consumo de recursos y las dinámicas del capitalismo.

¿Puede ser que a los habitantes de los países industriales les falta la conciencia? Aparentemente su forma de vivir está íntimamente relacionada con la explotación y la esclavitud en países del sur y ellos mismos son responsables.

Claro. Marx ya dijo que en la mercadería que compramos no se ven las condiciones ecológicos o sociales de la producción. Pero si China produce nuestros celulares o los mineros en Colombia sacan el carbón, a mano, para el mercado europeo, eso tiene que ver con nuestro comportamiento de consumo. Puede ser que exista cierto “no-saber”, pero en países como Alemania, Austria o Suiza en general hay suficiente información. Por eso se puede hablar tranquilamente de cinismo y de una ignorancia consciente.

No tengo la sensación de que haya que concientizar la gente respecto a movilidad y medioambiente. Más importante, me parece, es crear infraestructuras, para que dentro de Europa nos podamos mover sin aviones”.

Entonces no sorprende el informe del Instituto para el Clima, el Medioambiente y la Energía de Wuppertal/Alemania, que usted también cita en su libro. Personas de la clase media con buena educación y una conciencia elevada respecto al medioambiente –así dice el informe– a la vez son las personas que más consumen. ¿Cómo se explica eso?

La consciencia ambiental puede jugar un rol, pero no significa que, de por sí, las personas actúen en consecuencia. Si la gente gana entre tres y cuatro mil Euros limpios al mes, quizás los fines de semana van al mercado del campesino y compran productos ecológicos. Pero también toman dos a tres veces al año el avión para irse de vacaciones.

O sea, una comprensión superficial del cuidado del medioambiente.

Hay una diferencia entre razones objetivos y los deseos subjetivos. Si uno vive con sus hijos en el campo, pero trabaja en la ciudad y no tiene buenas conexiones con el transporte público, necesita sí o sí un auto. Pero si vuelas dos a tres veces por año para vacacionar – de lo cual en realidad podrías desistir– es otra cosa. Porque desde Viena, por ejemplo, podrías irte fácilmente de vacaciones a Croacia en bus o tren.

¿Puede ser que esa paradoja esté relacionada con la invisibilidad de nuestro consumo de materia prima?

Muchos simplemente lo hacen por naturalidad. Sin embargo no tengo la sensación de que haya que concientizar la gente respecto a movilidad y medioambiente. Más importante, me parece, es crear infraestructuras, para que dentro de Europa nos podamos mover sin aviones. Porque al final es una cuestión de una oferta atractiva, segura y económica.

Pero la construcción de nuevas líneas de trenes, por ejemplo, también requiere materia prima.

Necesitamos una inversión inicial con un impacto más grande, tanto económico como de materia prima, eso sí. Pero a largo plazo se puede ir reduciendo el tráfico individual y los vuelos. Hoy en día los vuelos están tan baratos, que muy poca gente viaja en tren. Así se generan situaciones insostenibles, como la conexión del tren de noche entre Berlín y Viena, que hace poco lo cerraron. Al final los vagones estaban en un estado tan miserable, que aún yo, que viajo mucho con el tren de noche, no pude dormir más.

Se queja, porque limitaron su sueldo y el plus a diez millones de Euros: Dieter Zetsche, jefe de la productora alemana de autos Daimler, aqui con la canciller Angela Merkel en el auto show en Fráncfort 2017.
BILD: ZIMBIO.COM

En occidente las nuevas conexiones de tren se ven como parte del cambio energético – palabra clave época pos-fósil –. ¿Usted ve en ese cambio una posibilidad para romper con la vida imperial?

Sí y no. Porque hay un peligro en la implementación de tecnologías con energías renovables, como la eólica o los paneles solares, usando otras materias primas sin cambiar las estructuras económicas de explotación y de poder. Desde los años 1980 existe un disenso dentro de las elites en donde fuerzas progresistas dicen que se necesita algo como sustentabilidad. Pero al final siguen argumentando a favor del capitalismo. Por lo tanto el discurso por un desarrollo sustentable es marginal, igual que las políticas ambiciosas. Se habla desde hace años del auto eléctrico, pero no se cuestiona el motor de combustión interna. Para mí eso cambió con la crisis del 2007/2008, al menos parcialmente. En ese momento ciertos grupos se dieron cuenta de que iban a salir como ganadores de la crisis, si se enfocaban más y más en lo verde. Nace el término Green Economy, o sea la economía verde, que apunta aún más a la economía capitalista y que marginaliza las cuestiones sociales.

Los conceptos de la economía verde no son nuevos. ¿Cómo los interpreta?

Para mí la economía verde es una manifestación desde un sector de las élites, que saben muy bien que algo está fallando totalmente. Con lo verde se espera que las empresas estén contentas de las ganancias verdes, los sindicatos con trabajos verdes y los consumidores con productos verdes. La estrategia de la economía verde cuestiona la perversión de la vida imperial, pero no la cuestiona en sí. Por eso la tomaría en serio y la criticaría de inmediato, porque el origen de las materias primas sigue invisible. También se mantienen las formas de producción, el pensamiento de beneficio y la vida que se lleva en consecuencia. De eso no pueden salir.

 Suena un poco como una secta …

En el management se busca ascender de forma rápida, obtener reconocimientos y beneficios. Si nos fijamos en los números de Daimler, el constructor de autos alemán: aunque en 2017 ha generado enormes ganancias por auto vendido, el gerente Dieter se quejó que le hayan limitado su sueldo y el plus a diez millones de Euros. En la rueda de prensa menciona algo sobre el último escándalo de las pruebas con los monos, y que alguien del management más bajo se va hacer responsable. Pero en primera instancia es la estrella y se deja festejar como el “Manager de autos del año”. ¿Por qué? Porque Daimler ha generado ganancias enormes para sus accionistas. Es una lógica que se confirma cada dos por tres en distintos foros de economía. Mucho más abiertas a cambiar me parecen las pequeñas y medianas empresas y el sector público. Allí los gerentes tienen mucho más margen que en empresas como Volkswagen o Daimler.

 ¿A qué se debe ese hecho?

Se sienten más comprometidos con los empleados y la sociedad. Además tienen mucho menos presión de ganar y por lo tanto se pueden arriesgar más fácil. El banco DZ por ejemplo, el banco central de miles de bancos cooperativos en toda Alemania, construyó hace unos años un edificio justo al lado de la estación de trenes en Fráncfort. Decidió financiar a todos sus empleados un boleto para el transporte público. En consecuencia la mayoría llega al trabajo en bus o tren.

Esas son iniciativas privados, pero en realidad se tendría que mover algo a nivel estatal. ¿Por qué la vida imperial no está en la agenda política?

Porque el Estado está anclado en la economía capitalista y depende profundamente de ella. En regiones como América Latina el Estado vive de concesiones y de las aduanas, por ejemplo, por la extracción y la exportación de materia prima. En Europa mayormente cobra por impuestos y contribuciones. Esa base material, que hoy en día esta producida según principios capitalistas, y por los cuales la sociedad nutre al Estado, es la base de nuestro bien estar. Pienso que ahí está el problema principal.

 “Bien estar” no suena tan mal.

¿Pero a costo de quiénes? solo Alemania y Austria tienen un promedio de ingresos relativamente alto y un buen sector público para la educación y la salud, porque la economía anda muy bien. Pero a costo de países como Grecia, a costo de humanos y naturaleza, que son explotados en otros países. Por eso hay que preguntarse: ¿Cuáles son los mecanismos de cambio, para que el Estado se haga menos dependiente de la expansión capitalista?

Para mí una condición importante para que haya una política responsable, es la politización de la vida imperial en sí, o sea hablar sobre su aparición histórica, los intereses y las relaciones de poder que están detrás”.

¿Usted tiene propuestas?

El Estado se podría financiar a través de los impuestos al patrimonio privado. Además habría que ver en detalle para qué y para quienes hoy en día gasta su dinero. Pero claro: ahí la política tendría que meterse con los intereses hegemónicos. Para mí una condición importante para que haya una política responsable, es la politización de la vida imperial en sí, o sea hablar sobre su aparición histórica, los intereses y las relaciones de poder que están detrás. Porque también en los países europeos tenemos desigualdades enormes, que se siguen manteniendo a través del consumo de estatus y de una fijación en el crecimiento económico. Algunos dicen que no se puede hacer nada, pero eso no es verdad. Yo digo siempre: “No se dejen incapacitar!”

 Bueno, uno se queda un poco paralizado, si mira al mundo con los anteojos de la vida imperial de la cual –lo hemos mencionado al principio– no se puede salir así no más.

Hoy en día la politización pasa más por cuestiones ecológicas y reglas que a través del discurso: ¡Ustedes son los malditos explotadores del sur! Se necesita una imposición política, no moral. Se trata, por ejemplo, de una reducción radical de la circulación de autos en las ciudades del norte. Obviamente eso implica un cambio en la industria automotriz en general. Otro asunto es la instalación de estándares sociales y medioambientales en países del sur.

 Estándares sociales y medioambientales en países del sur. ¿Cómo se imagina eso?

Por ejemplo apoyando las luchas de los trabajadores en China. De eso hay bastante hoy en día, pero no llega la información. Los trabajadores en China no luchan por un auto cero kilómetro, sino simplemente para poder vivir más o menos dignos. Si después ganan el doble o el triple las remeras chinas ya no pueden costar solo 1.99 Euros. La Organización Internacional del Trabajo tiene sus estándares sociales de trabajo. Y nosotros en el norte –no importa si eres activista, periodista o político– tenemos que generar un interés público para estos temas.

Disculpe que le recuerde, pero las luchas de los trabajadores chinos no importa a casi nadie en Europa.

Entonces tenemos que generar interés. ¿Cuántos se interesaron por la Primavera Árabe en el 2011? Obviamente, eso estuvo físicamente más cerca de Europa, pero más allá de la distancia social esa revolución recibió muchas simpatías. Un amigo mío, que conoce bien la situación allá, me decía, desde temprano, que los hermanos musulmanes iban a tomar el poder. Pero primero se dieron luchas por la autodeterminación y por una vida mejor. Y ahí llegamos a la vida imperial. Porque las condiciones de vida calamitosas en países como Marruecos, Túnez, Egipto, pero también en China, Bangladesh o Indonesia, están relacionadas con los estereotipos de consumo en países del norte. Si reconocemos que la gente en Túnez lucha por una vida mejor, tenemos que discutir sobre el precio de los tomates en los supermercados.

En concreto: ¿Si los precios de los tomates en Europa suben, se les mejoraría las condiciones de vida a los cosechadores de tomates en Túnez?

No hablamos de cinco Euros por kilo, sino solo de dos Euros veinte, en vez de dos Euros. Obviamente habría que luchar por sueldos más altos en Túnez mismo, pero apoyamos esos procesos, si nosotros no vivimos según el lema “Geiz ist geil” (1).

 Pero al final la mayoría del dinero queda con el dueño de la chacra, el intermediario o en las cadenas de supermercado.

Eso es parte del problema, sí. Pero la Unión Europea (UE) podría establecer reglas para que se mejoren las condiciones de vida de los productores en el lugar.

 ¿Qué es lo que la UE podría hacer concretamente?

Por ejemplo solo permitir la venta de tomates producidos bajo condiciones sociales y ecológicas aceptables y que la gente ganó más que X. Hace unos años estuve por Almería (2), en ese desierto de plástico en el sur de España, en donde durante el invierno se produce gran partes de nuestras verduras. La gente gana 30 Euros por día. ¿Y qué hace la agricultura? Se expande a Marruecos porque allí solo se gana 10 Euros o menos. ¡Eso no va! La UE genera reglas de calidad para la importación de los alimentos y prohíbe la importación de otros, que por ejemplo están fumigados con determinados pesticidas. Así también puede establecer reglas que determinen que tal producto fue producido bajo ciertos estándares de trabajo.

Si la gente en Europa Central pagaría más para sus alimentos se mejorarían las condiciones de trabajo para los cosechadores de verdura y fruta. El imagen muestra los invernaderos en Almeria al sur de España.

Si la gente en Europa Central pagaría más para sus alimentos se mejorarían las condiciones de trabajo para los cosechadores de verdura y fruta. El imagen muestra los invernaderos en Almeria al sur de España. Bild: interbrigadas.org BILD: ZIMBIO.COM

A nivel político, así destacan los críticos, no se puede hacer mucho por las dependencias mutuas entre Estado e industria. ¿Cómo ve las posibilidades de cambio dentro de la sociedad civil?

Tomamos el enfoque del movimiento que apela al descrecimiento, de ahí nacen las ideas más radicales dentro de la sociedad civil. Si estas propuestas no incluyen los métodos y las relaciones de producción imperantes, se queda en un nicho. En otras palabras: no son aplicables para una mayoría. En los países germano parlantes se puede vivir muy bien en estos nichos, me encuentro con gente del movimiento ecologista y de los cafés de reparación (3) y todo parece posible. Pero eso no es el punto. Los nichos son importantes, pero al final se trata de cambiar las estructuras imperantes.

 ¿Por qué es tan importante para usted?

Se necesitan reglas para afirmar los logros progresistas. Sino, no hubiésemos tenido el movimiento feminista, no tendríamos una política igualitaria, no hubiésemos tenido el movimiento ecologista y los estándares de alimentos todavía estarían bajos. Y si Rachel Carson (4) no hubiese escrito su libro “Primavera silenciosa”, ciertos pesticidas se seguirían aplicando. O volvemos al siglo XIX, a los principios de las luchas de trabajadores y sindicatos, que en algunos países han generado el estado social. El Estado es un campo de lucha, que después de duras disputas fija los logros sociales y ecológicos. Pero por las relaciones cercanas entre el Estado y el capital estas disputas son muy asimétricas. Por eso las iniciativas progresistas tienen que salir de la sociedad civil.

En una sociedad civil que se encuentra en “crisis múltiples”, como usted escribe en su libro. ¿No sería más preciso de hablar de una crisis civilizatoria?

En América Latina hablo de una crisis civilizatoria, porque aquí la brutalidad, el cinismo y la intolerancia de la vida imperial de occidente –cada vez más con actores de China también– se ven en la vida cotidiana. Civilización significa aquí destrucción. En cambio en Europa tenemos la contradicción que lo imperial también tiene un factor estabilizador. Si se compara con países del sur, la gente allí tiene más capacidad de actuar. Y tampoco es que todos estamos sufriendo, al contrario: vivimos bastante bien y muchos se pueden permitir la ignorancia frente al mundo. Al final crisis múltiples y crisis civilizatoria son lo mismo, pero en la semántica hay una diferencia.

¿Es decir?

Si hablo de una crisis civilizatoria se trata de algo existencial. Y en la mayoría de las sociedades de Europa central ese no es el caso. Imagínense, usted es profesor en Bamberg (5) o Múnich, leyó nuestro libro, y ahora viene Brand de visita y habla en su charla sobre una crisis civilizatoria. ¿Dónde está la relación con usted? Quizá tiene un poco miedo al futuro y se preocupa un poco por sus niños y por la sociedad y por el medioambiente. Pero de ahí a una crisis civilizatoria falta mucho.

Eso depende de la lectura …

El cuestionamiento hacia la civilización en el Ecuador pos-colonial es mucho más visible y notable que en Europa. Acá para mucha gente se trata de cuestiones existenciales. Y también los que andan en un auto cero kilómetros ven los vendedores precarizados y los mendigos al borde de la calle.

En el último capítulo del libro hace un alegato por una vida solidaria y el Buen Vivir. ¿Es posible vivir el Buen Vivir dentro de una estructura imperial?

El Buen Vivir es un término en disputa y en Europa significa F y F y P: Fleisch (carne), Fliegen (volar) y –así lo destaca la feminista Crista Wichterich– la ayudante barata de Polonia para cuidar a los padres. El Buen Vivir está muy ligado a mis propias posibilidades de consumo, lo cual define mi estatus dentro de la sociedad. Y si no tengo suficiente dinero para eso, lo deseo.

Ahí no hay mucha diferencia entre Quito, Colonia, Salzburgo o Zúrich. Solo que aquí la ayudante viene del propio país.

Sí, pero en América Latina hubo una inyección histórica del Buen Vivir, que después fue acogida por los movimientos sociales y los gobiernos progresistas del continente y la llevaron a una revalorización de experiencias indígenas. Desde hace diez años el Buen Vivir está anclado en la constitución de Ecuador. Para Europa eso es un hecho bastante interesante.

¿En qué sentido?

Hoy en día el Buen Vivir es tema en Europa, simplemente porque cuestiona radicalmente la supuesta relación entre el crecimiento capitalista y el bienestar. Se trata de una relación harmoniosa entre humanos y la naturaleza. El año pasado, por ejemplo, fuimos invitados a un evento en la ciudad de Múnich bajo el lema: Buen Vivir, El derecho de vivir bien. Nuestro argumento no fue que el Buen Vivir es igual a BMW (6), por supuesto. Pero interesó la pregunta: ¿Qué puede significar vivir bien en una ciudad, que entre otras cosas vive de BMW? Tuvimos la oportunidad de politizar algo que está en contraste con el FFP. El único peligro es que se vacía el término y que se romantiza como el dulce Buen Vivir de los países andinos.

La armonía entre humanos y naturaleza es uno de los argumentos centrales para romper con la vida imperial. ¿No le parece indispensable el retorno hacía la tierra, y por lo tanto una descentralización de la vida humana afuera de las ciudades, para generar conciencia sobre el consumo de materia prima que marca tanto nuestra vida cotidiana?

No lo llamaría de forma tan concluyente. Necesitamos procesos, para que los humanos tomen consciencia de la procedencia de sus alimentos y de quién teje su ropa. Además tenemos que volver a aprender cómo reparar cosas en vez de tirarlas y comprar otras. El Buen Vivir no es un objetivo sino un proceso. Nuestra tarea es adaptar el atractivo del término y ponerlo en el contexto de Europa central. Buen Vivir en Suiza podría significar: sueldo mínimo, ninguna flexibilización de los estándares de trabajo, implementación de criterios de sustentabilidad y también la limitación del poder de los bancos y la industria química. Un tercio de las personas, así se estima, ya tiene una ética socio-ecológica. Pero no todos están interesados en la política.

 ¿Qué quiere decir con eso?

Que una parte relevante de la generación joven ya no come carne. Simplemente porque se sienten obligados éticamente o escuchan las necesidades de sus cuerpos. Sin tener que crear un movimiento político con eso. Muchas veces la creación de una vida solidaria nace sin mucho espectáculo. Al final son tres pasos: el cambio del comportamiento de cada uno, reglas políticas y la naturalidad que se va dando dentro de la sociedad.

 “Imperiale Lebensweise – zur Ausbeutung von Mensch und Natur im globalen Kapitalismus” (14,95 Euro, Oekom-Verlag)

*Periodista independiente y vive entre el Atlántico y el Pacífico. Recién publicó su primer libro titulado “Manos de la Transición – Relatos para empoderarnos” (Apuntes para la Ciudadanía, Quito/Diciembre 2017).

Contenido publicado originalmente en: Mutantia

Leyendas

1)  “Geiz ist geil” se podría determinar como “Avaricia es chévere”. La cadena de electrodomésticos alemán Saturn usó ese lema para sus publicidades entre 2002 y 2011, marcando una actitud de consumo para toda una generación. Lemas similares fueron usados también en Holanda „gierig maakt gelukkig“ (Avaricia te hace feliz), en Bélgica „Gierig is plezierig“ (Avaricia es divertido), Francia „Plus radin, plus malin“ (Más avaro, más listo) y en España „La avaricia me vicia“.

2) Almería es una ciudad al sureste de España, famoso por su extensa producción industrial de fruta y verdura hecho en invernaderos que se exporta a toda Europa y también a países africanos.

3) Los repair-cafés (cafés de reparación), mayormente organizados por voluntarios, son eventos donde uno puede llevar su producto roto y alguien que sepa – un programador, un mecánico etc. – le enseña la reparación. Por un lado se quiere revindicar el hecho de reparar algo antes de tirarlo a la basura, por otro es un encuentro social.    

4) Rachel Carson (1907-1964) fue una bióloga marina y escritora. Su libro “Primavera Silenciosa” contribuyó en la consciencia ambiental y sigue siendo una referencia.

5) Bamberg es una ciudad pequeña al norte de la provincia Bavaria.

6) BMW (Bayerische Motoren Werke) es un constructor de autos con sede central en Munich.