HAMBACHER FORST Y YASUNÍ, NOS MUESTRAN EL CAMINO. Por Alberto Acosta*

Decenas de jóvenes vivían en el bosque para protegerlos. Foto: WDR

¡Un triunfo con repercusiones globales!

Comprobado. De nuevo, la lucha es el camino. En el Hambacher Forst la movilización rindió frutos. Se paró, al menos temporalmente, la total destrucción de un bosque milenario. Algo posible gracias a la tenacidad de un grupo de jóvenes que resistió por años los embates de una de las grandes transnacionales alemanas: la RWE (Rheinisch-Westfälisches Elektrizitätswerk AG), que una y otra vez usó la violencia para devorar el bosque.

Es loable que estos jóvenes resistieron sabiendo que queda solo 10% del bosque… quizás otros grupos ya habrían bajado la guardia. Pero eso no sucedió.

 

“O cambiamos de valores civilizatorios

o la Tierra podrá continuar sin nosotros”.

Claude Lévi-Strauss

Este logro provoca más efectos de los que se avizora a primera vista. Aun si se impone la sinrazón de las fuerzas de la destrucción, en Alemania se discute nuevamente sobre la Energiewende (transformación energética). Esa interesante iniciativa surgida desde abajo fue cooptada por el Estado cuando sus resultados comenzaron a afectar las monopólicas estructuras empresariales alemanas, quedando atrapada en las reglamentaciones gubernamentales construidas alrededor de los intereses de las grandes empresas suministradoras de energía, con la RWE a la vanguardia.

Pero hay mucho más. No se trata solo de sustituir el carbón de lignito- que genera el 25% de la electricidad en Alemania y provoca el 50% de los gases de efecto invernadero de la generación total de dicha energía- sino que urge tomar medidas radicales y rupturistas. El Panel Internacional de Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC, por sus siglas en inglés), en su último informe, es categórico: urgen cambios “rápidos” que lleven a una transformación “sin precedentes” y de “gran alcance” en electricidad, agricultura, ciudades, transporte e industria. Si se quiere cumplir la meta de 1,5 grados de calentamiento incremental máximo las emisiones de dióxido de carbono (CO2) -principal gas de efecto invernadero- deben disminuir al año 2030 en 45% respecto al nivel de 2010. En 2050, esas emisiones -procedentes en especial de combustibles fósiles, como el lignito- deberían desaparecer: “algo realmente complicado”, según Diario El País de España.

Basta de parches como los tan promocionados -y estériles- logros del Acuerdo de París de 2015, que no mejoraron con la Cumbre de cambio climático realizada a fines del año pasado en Bonn, Alemania, tal como lo denunciamos oportunamente. La duda no cabe, hay que superar la actual civilización capitalista, en esencia antroprocentrista y androcentrista. La vorágine del crecimiento económico debe parar; incluso el decrecimiento debería ser obligatorio en especial para el Norte global. En un mundo finito no cabe un crecimiento económico permanente. Seguir tal senda nos conduciría a un mundo cada vez más insostenible en lo ambiental y más explosivo en lo social.

Proteger a la Naturaleza -a la Madre Tierra en tanto incluye a la Humanidad- no implica, nunca, sostener las desigualdades e inequidades sociales existentes que permitirían a los grupos opulentos de las sociedades en el Norte y en el Sur mantener sus privilegiados modos de vida, de ninguna forma sustentables.

Tampoco podemos esperar soluciones tecnológicas ni creer que la terca mercantilización de la Naturaleza –economía verde- lleve a puerto seguro. La respuesta siempre es política. Hasta decrecimiento y postextractivismo -que ofrecen caminos para salir del laberinto capitalista– requieren de decisiones y convicciones políticas.

Se ha comprobado cómo el crecimiento económico, provocado por la voracidad del capital, que acumula produciendo y especulando, se erige sobre crecientes desigualdades. Se constata que la inequidad social, propia del capitalismo, en tanto civilización de la desigualdad, es global e incluso vive en las economías “exitosas”, donde crecen cada vez más la frustración y la infelicidad. En definitiva, el crecimiento económico, motor de la acumulación del capital, causa crecientes destrozos ambientales.

Al capital solo lo derrumbaremos desde lo común. La gran transformación que demanda la Humanidad se hará desde sociedades fundadas en la igualdad y en equidades -en plural- que posibiliten un equilibrio ecológico y social mundial. Esto no se resuelve de la noche a la mañana. Urge crear transiciones desde miles y diversas prácticas alternativas, muchas no capitalistas, existentes en todo el planeta, orientadas por horizontes utópicos que propugnan una vida en armonía entre los seres humanos y de estos con la Naturaleza. Se trata de una (re)construcción paciente y decidida, que empieza por desmontar varios fetiches –como el mismo crecimiento económico y los extractivismos- y propiciar cambios radicales, a partir de experiencias existentes. Requerimos tejer redes nacionales e internacionales para potenciar las resistencias y las alternativas en marcha. Hay muchos mínimos comunes con caminos y temporalidades diversas para cada proceso en el mundo. Y si ponemos atención escucharemos “el ligero aliento del futuro” como nos dice Ulrich Grober, en un libro con el mismo nombre, luego de una fascinante caminata a través de la realidad de la misma Alemania en busca de valores sustentables y de aquella energía positiva que auguran las rupturas en ciernes.

Si en este país se logra parar definitivamente la expansión de esa gran mina de lignito, priorizando la vida antes que el capital, como señal concreta de querer hacer algo efectivo para enfrentar el cambio climático, se proyectaría una señal muy potente al mundo: se alentaría a todas las acciones que viabilicen el posextractivismo. Necesitamos rupturas sin precedentes, como las que propone incluso la Agencia Internacional de la Energía, con sede en París -que de ecologista no tiene un pelo-, que piden mantener en el subsuelo las dos terceras partes de todas las reservas conocidas de combustibles fósiles –petróleo, gas, carbón-, si no queremos que la temperatura de la Tierra crezca en más de dos grados adicionales, y aun asumiendo el reto, solo habría 50% de probabilidad de éxito.

Así, la propuesta de dejar el lignito en el subsuelo del Hambacher Forts empata con otra que es referente mundial: la Iniciativa Yasuní-ITT para que permanezca el crudo en el subsuelo en la Amazonía ecuatoriana. Esta iniciativa, a pesar de sus tropiezos, fue y sigue siendo un gran ejemplo de acción global. Ahora, inspirados en el éxito en Alemania -con seguridad nutrido de la lucha de las y los jóvenes Yasunidos-, habiendo cambiado las condiciones represivas en el Estado ecuatoriano, es posible volver a soñar con dejar el crudo en el subsuelo amazónico, a pesar de que ya empezó la explotación de petróleo en esa región – considerada por su riqueza vital una verdadera “Arca de Noé”.

El reto está planteado: construir desde abajo, sobre todo desde las comunidades y siempre desde la Pacha Mama, propuestas que afirmen la reproducción de la vida, no la del capital ni la del poder. La tarea es enorme. ¡Jóvenes del mundo, uníos!

*Economista ecuatoriano. Ex-ministro de Energía y Minas. Ex-presidente de la Asamblea Constituyente. Ex-candidato a la Presidencia de la República del Ecuador.