¿POR QUÉ NO SE HABLA DE URUGUAY? Por Juan Cuvi*

El expresidente de Uruguay, José Mujia. Foto: http://danielsalmoral.com

La Unidad de Inteligencia de la revista The Economist (EIU por sus siglas en inglés) realiza una clasificación anual de los regímenes políticos en 167 países del mundo. Utiliza 60 indicadores que definen lo que denominan como índice de democracia. La clasificación tiene cuatro niveles: democracias plenas, democracias imperfectas, regímenes híbridos y regímenes autoritarios.

En la clasificación de 2018, Uruguay vuelve a aparecer en el puesto 18 entre las 19 que integran el grupo de países con democracias plenas. Lo sorprendente es que en ese grupo selecto no constan países como Estados Unidos, Francia o Corea del Sur que, de acuerdo con la opinión general, supondrían democracias ejemplares. Estos países, según la publicación de marras, viven bajo democracias imperfectas.

The Economist no es una institución de izquierda. Al contrario, expresa posiciones abiertamente liberales, cuya finalidad apunta a facilitar las decisiones empresariales. Que en sus análisis considere a la democracia uruguaya como superior a la de Estados Unidos implica el reconocimiento de certezas inocultables.

¿Por qué, entonces, en los debates regionales a propósito de los denominados gobiernos progresistas se menciona a Uruguay de manera tangencial? Que la derecha omita reconocer el éxito de un gobierno de izquierda es entendible. Pero que cierta izquierda boba continúe anclada en la defensa de los proyectos populistas fracasados mientras minimiza el proceso uruguayo es francamente patético.

A diferencia de lo ocurrido con el chavismo, el kirchnerismo y el correísmo –por citar tres procesos emblemáticamente populistas–, la experiencia uruguaya tiene suficientes ingredientes para ser considerada un proyecto de izquierda: se inició en los años 60 con la lucha armada de los Tupamaros para derivar luego en la resistencia legal a las dictaduras; ha sido conducido por un partido organizado, con una lógica democrática y con un programa que se adaptó a los cambios civilizatorios; cuenta con figuras como José Mujica quien, además de sus incuestionables pergaminos ideológicos –y sobre todo éticos– de izquierda, hoy se ha convertido en un viejo sabio; a lo largo de cinco décadas ha sabido mantener una solidez y una coherencia políticas envidiables.

El Frente Amplio ha ganado tres elecciones presidenciales seguidas sin recurrir a mecanismos espurios. Sus gobiernos han manejado la conflictividad social sin echar mano de medidas violentas o represivas. Recuperó una institucionalidad centenaria que fue demolida por las dictaduras militares. Ha aprobado normas auténticamente subversivas como la despenalización del aborto y la legalización del consumo de marihuana. Ha manejado la cosa pública con ejemplar transparencia. En buena medida, ha aplicado con coherencia la vieja tesis de la izquierda respecto de la profundización de la democracia burguesa como paso para el socialismo. Los militantes del FA pueden estar equivocados, pero lejos están de ser demagogos.

En síntesis, el proceso uruguayo no ofrece mayores oportunidades a la derecha para su descalificación. Quizás por ello lo colocan al margen de sus ataques. Los adalides del neoliberalismo saben hacer negocios. A fin de cuentas, esa es su naturaleza. Resaltan los fraudes y la descomposición política de los mal llamados progresismos para desprestigiar la idea de socialismo. Y la izquierda acrítica y obnubilada contribuye a ese discurso mediante la torpe defensa de una desgastada verborrea antiyanqui. pretende hacer de la necesidad virtud.

*Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum – Cuenca. Ex dirigente de Alfaro Vive Carajo.