HOMENAJE A ANDALUCÍA (DESDE ECUADOR). Por Adrián Tarín*

Foto referencial

Hasta el momento, la experiencia histórica ha demostrado que los partidos y sindicatos en armas son más efectivos para contener el fascismo que las batucadas del “Ele Não” brasileño, la democracia liberal o el desprecio al populismo de izquierdas. No podemos seguir permitiéndonos el lujo de no afrontar, con la seriedad que lo requiere y desde una visión de clase, las migraciones globales.

Andalucía vuelve a estar en el mapa internacional. Si en la década de los ochenta la banda The Clash logró que miles de británicos cantasen en defensa del antifascismo andaluz, hoy es la ultraderecha la que copa las primeras planas de los principales diarios extranjeros. En las últimas semanas, los resultados electorales cosechados por el partido Vox en la región del sur de España, han puesto en entredicho el mantra del que muchos presumíamos: éramos el único país europeo azotado por la crisis de 2007 que no había canalizado su indignación desde el fascismo.

La irrupción del partido de Santiago Abascal es trágicamente simbólica: en Andalucía, patria de uno de cada cinco españoles, jamás había gobernado la derecha desde la muerte de Franco. Posiblemente porque, como todo sur, es pobre. En lo más duro de la crisis, el 35,86% de los andaluces nos encontrábamos en desempleo. Ni siquiera el campo, nuestra industria tradicional, pudo sobrevivir; un campo que, hace solo tres décadas, era propiedad de cinco familias de latifundistas. Este reparto desigual de la riqueza apenas ha cambiado hoy. La lucha de clases en Andalucía es la dialéctica del jornalero y el terrateniente, que hace realidad aquello de que vivimos en una tierra sin gente con gente sin tierra.

La despoblación de la que hablo no es, por cierto, únicamente de aceituneros altivos, pues históricamente los andaluces hemos emigrado a medio mundo: algunos dejaron la azada para levantar las fábricas catalanas y, otros, huyeron a Francia o Latinoamérica para evitar su fusilamiento durante la dictadura. La crisis actual ha duplicado el número de andaluces que nos hemos visto obligados a vender nuestra fuerza de trabajo lejos de casa. Yo soy uno de ellos.

Estos resultados electorales son todavía más dolorosos si se tiene en cuenta la rebelde tradición política andaluza. De esta tierra son hijos ilustres estetas del republicanismo y del comunismo, como Federico García Lorca, Antonio Machado o Pablo Picasso, pero, sobre todo, lo que hace únicas a las ocho provincias sureñas es su raigambre anarquista. En su genealogía del marxismoGöran Therborn reconoce que Andalucía es uno de los pocos pueblos en toda la historia de la humanidad donde el anarcosindicalismo ha enraizado en la teoría y en la práctica. No en vano, Cádiz -ciudad andaluza- posee la rareza de haber tenido como alcalde al guerrillero anarcocomunista Fermín Salvoechea, así como reconocida fue la valiente resistencia de la aldea de Casas Viejas, que prefirió ser arrasada por las llamas antes que rendir la insurrección anarcosindicalista de 1933. Este ethos libertario también se refleja en su himno nacional, un canto contra la propiedad privada y por la paz:

La bandera blanca y verde
vuelve, tras siglos de guerra,
a decir paz y esperanza,
bajo el sol de nuestra tierra.

¡Andaluces, levantaos!
¡Pedid tierra y libertad!
¡Sea por Andalucía libre,
los pueblos y la Humanidad!

Pero la historia de Andalucía también está llena de héroes desconocidos, como Juan Sanz Aguilar o Antonio Manchado Benítez: Juan, “andaluz de Jaén”, fue un zapatero que, como muchos otros obreros, vio en la Guardia Civil una oportunidad de prosperar. El 18 de julio de 1936, fecha en que inició el golpe militar franquista, se encontraba destinado en Andújar. Antes de partir a defender la República se despidió de su familia en la basílica del Santuario de Nuestra Señora de La Cabeza. Fue la última vez que vio a su hijo recién nacido, Ramón, y a su esposa, Ana María.

Juan se unió a la columna del general Miaja (compuesta por militares republicanos, sindicalistas y comunistas) dispuesto a recuperar la ciudad de Córdoba, entonces en poder de los fascistas. El 20 de agosto de aquel año murió en combate; su gesta duró un mes. El certificado de defunción reza que “no consta” la causa de su muerte, aunque se reconoce su fallecimiento en la estación de ferrocarriles de Torres Cabrera. Por otro lado, en su hoja de servicios, los fascistas escribieron que “se desconoce su situación desde la iniciación del movimiento militar salvador de España surgido el 18 de julio”, una fórmula habitual para no dejar constancia de que murió defendiendo la legalidad republicana. La versión que llegó a la familia fue que resultó abatido en un bombardeo de la aviación golpista, algo que parece coincidir con el relato de uno de los testigos, el desertorJosé Cirre Jiménez:

Cuando llegamos a la estación de Torres Cabrera el comandante Pérez Salas quiso darles un descanso a las tropas; pero no había acabado aun de ordenarlo cuando vimos un avión nacional. El pánico comenzó a cundir en las filas. Entonces el avión descendió más y lanzó tres bombas potentísimas que diezmaron el batallón (…) Cuando aquel avión terminó su cometido vinieron dos más, que siguieron el bombardeo iniciado por el primero. Luego tres, y así fue aumentando el número hasta siete. (…) Muertos había también en abundancia, porque la aparición del primer aparato fue tan inesperada, que no nos dejó tiempo ni para huir.

Jamás se recuperó el cuerpo de Juan.

El caso de Antonio no es muy distinto. Vecino del pueblo minero de Peñarroya (Córdoba), regentó una tienda de ultramarinos hasta que, fruto de su militancia socialista, se unió a las milicias que combatieron en el frente de Hinojosa del Duque. Como parte de su trabajo antifascista, requisó las armas que algunos golpistas guardaban en sus casas. En el interrogatorio posterior, muchos de ellos admitieron que Antonio realizó la requisa sin “hacer daño a nadie”. Tras contribuir a sostener la línea del frente hasta el final de la guerra, Antonio fue delatado -según la familia- por un sacerdote. Cautivo, fue enviado a un campo de concentración acusado de “ideas extremistas”, de ser “dueño de un establecimiento de bebidas donde se reunían constantemente elementos muy significativos en las ideas marxistas” y de ser el “jefe del grupo de reservas del Partido Comunistas”. Todos estos cargos le valieron que, en noviembre de 1939, su esposa lo viera con vida, por última vez, en un camión que se dirigía al cementerio. Fusilado, hoy se encuentra en la fosa común del camposanto de Peñarroya. La número 25, en la línea 2 y en el grupo quinto.

Juan es mi bisabuelo; Antonio, el de mi compañera. Ambos eran andaluces. Todavía no nos han permitido recuperar sus restos para darle la sepultura que merecen, como seres humanos y como antifascistas. Que dos víctimas de la guerra civil nos hayamos cruzado en el camino no es una fatal casualidad: España es el segundo país con más desaparecidos del mundo después de Camboya. Si, en una macabra suma, se unen los desaparecidos de las dictaduras de Argentina, Chile y Brasil, todavía no se iguala la catástrofe que vivimos los españoles y, en particular, los andaluces.

Tras cuarenta años de humillación franquista, la ultraderecha vuelve a Andalucía. Y lo hace eliminando la Ley de Memoria Histórica y Democrática  para sustituirla por una eufemística “ley de concordia”, que pretende, en el fondo, que dejemos de nombrar a nuestras familias. Que perdamos la memoria. Que no podamos buscar, desenterrar y sepultar a nuestros héroes. La situación es tan dramática que es un sindicato de clase noruego, y no nuestro propio Estado, quien más esfuerzos económicos está haciendo para que podamos exhumar las más de 700 fosas comunes que hay en Andalucía.

Vox nos quiere quitar la memoria. Pero también, como demostraron sus negociaciones con el nuevo gobierno andaluz,  nos quiere arrebatar la sanidad universal que solidariamente ofrecemos a los extranjeros; la financiación pública de los partidos y sindicatos, para que sólo los ricos puedan hacer política; las leyes de género, contra la homofobia y la islamofobia; los impuestos a las herencias, para perpetuar la riqueza de los terratenientes; y reforzar la frontera contra la inmigración irregular.

la internacional interior 2 (gerda taro)

Como dejó para el recuerdo Olmo Dalcò, protagonista de Novecento, “los fascistas no son como los hongos que nacen así, en la noche. Han sido los patronos los que han plantado a los fascistas, los han querido, les han pagado. Y con los fascistas, los patronos han ganado cada vez más, hasta no saber donde meter el dinero. Y así inventaron la guerra (…) pero siempre pagamos nosotros, el proletariado, los campesinos, los obreros, los pobres”. Sin asumir mucho riesgo, podemos afirmar que las políticas identitarias compartidas por derecha e izquierda son ese estiércol del que brota el metafórico hongo del fascismo. La actual renuncia a la lucha de clases para dar paso a un activismo exclusivamente cultural, desplaza el terreno de juego político hacia el espacio natural de la ultraderecha: la raza, el género, la patria y la religión. Y al mismo tiempo, este hueco que han dejado los movimientos sociales es fácilmente rellenado por los nuevos fascismos, que son vistos como los únicos preocupados de proteger a los trabajadores precarios del país.

Hasta el momento, la experiencia histórica ha demostrado que los partidos y sindicatos en armas son más efectivos para contener el fascismo que las batucadas del “Ele Não” brasileño, la democracia liberal o el desprecio al populismo de izquierdas. Más contundente lo expresa el marxista Slavoj Zizek: “el tonto es el crítico social ‘radical’ y multiculturalista que, con sus lúdicas pretensiones de ‘subvertir’ el orden, en realidad, lo apuntala”. No podemos seguir permitiéndonos el lujo de no afrontar, con la seriedad que lo requiere y desde una visión de clase, las migraciones globales.

Es posible que ni Trump, ni Abascal (Vox), ni Bolsonaro sean los últimos fascistas que veremos ascender en los próximos meses. Las crisis de régimen se suceden en todo el globo, siendo aprovechadas por la ultraderecha para resurgir como una rebelión estética contra las élites y contra la liquidez de los tiempos posmodernos. Ya lo dijo Walter Benjamin: “cada ascenso del fascismo da testimonio de una revolución fallida”. El abanico de posibilidades para la izquierda que se abrió tras el colapso del capitalismo a inicios de siglo no ha sido suficientemente aprovechado por las socialdemocracias (desde Podemos en Andalucía hasta Alianza País en Ecuador) para solventar los problemas de la clase trabajadora. Y por ello vemos cómo la ultraderecha asoma la patita por debajo de la puerta tanto en San Telmo como en Carondelet.

la internacional interior 3 (la hora)

Esta semana, y ante el enésimo caso de violencia machista en Ecuador -esta vez perpetrado por un extranjero-, el presidente del gobierno, Lenín Moreno, se apresuró a señalar en las redes sociales que había “dispuesto la conformación inmediata de brigadas para controlar la situación legal de los inmigrantes venezolanos en las calles, en los lugares de trabajo y en la frontera (…) Les hemos abierto las puertas, pero no sacrificaremos la seguridad de nadie”. Horas después, en la ciudad de Ibarra, donde ocurrió el femicidio, turbas locales expulsaron de sus casas y agredieron a todo inmigrante venezolano que identificaron. En agosto de 2018, en Quito, ya hubo un precedente parecido, cuando la policía antimotines agredió a los manifestantes antifascistas que se habían congregado para impedir una concentración xenófoba, dejando vía libre para que algunos grupúsculos neonazis atacaran a los extranjeros que trabajan en el barrio de La Marín.

Los peores presagios parecen haberse cumplido, y es posible que una nueva alerta antifascista deba renacer bajo el paraguas de la lucha de clases. Una alerta por y para los trabajadores, que recorra, organizadamente, desde Andalucía hasta Ecuador. Se lo debemos a nuestros abuelos. Nos lo debemos como inmigrantes.

*Periodista, emigrante andaluz e investigador en el Grupo Interdisciplinario de Estudios en Comunicación, Política y Cambio Social (COMPOLITICAS).

Artículo originalmente publicado en: Red Kapari