PLURINACIONALIDAD, COLONIALISMO Y EDUCACIÓN INDÍGENA. Por Inti Cartuche Vacacela*

Marcha por la vida y el agua. Foto: Flickr Conaie

Uno de los elementos por el que el movimiento indígena ha luchado desde sus inicios es la educación. Lo que en principio se puede concebir como una demanda de atención del Estado a los pueblos y nacionalidades indígenas en términos de alfabetización, se fue convirtiendo, con la reflexión y praxis colectiva al interior de las organizaciones, en la necesidad y deseo simultáneo de un proyecto educativo propio que acompañe el andar del movimiento indígena y sea un pilar fundamental en la transformación radical de las condiciones de dominación y explotación de los pueblos indígenas.

Necesidad y deseo simultáneo que ya había emergido en las primeras luchas de los sindicatos agrarios por educación en las décadas de los 30s y 40s del siglo pasado en la zona de Cayambe. No obstante, el planteamiento de la plurinacionalidad como horizonte de transformación de la sociedad implicaba también una postura crítica con la educación estatal y convencional. Ya no se trataba, entonces, solamente de demandar educación al Estado –uninacional y burgués lo nombraron las organizaciones– que por lo demás había sido un instrumento de dominación y negación histórica de los pueblos.

El enlace entre un proyecto político y uno educativo no es casual ni vago. Los proyectos de construcción de los estados–nación siempre han tenido como una de sus acciones la implementación de un sistema educativo, de un modelo pedagógico único que construya un sentido o subjetividad de pertenencia y compromiso a la nación. La construcción de los estados–nación modernos son también proyectos culturales que implican una pedagogía hacia la población para la elaboración de una legitimidad básica que permita el gobierno de la sociedad. Pedagogía que, en tanto es única, es monopolizada por los estados modernos por medio de sus aparatos institucionales, dejando por fuera otras experiencias pedagógicas populares o heterodoxas. Esto tiene que ver también con el carácter universal y unificador de los estados modernos. Las diferentes naciones, grupos sociales y pueblos que predatan –y muchas veces persisten en disputa– a su formación son unificados, hegemonizados y homogenizados por el proyecto estatal moderno. De ahí que el proyecto educativo estatal moderno tienda a borrar en su narrativa heroica la memoria y los proyectos históricos de los pueblos que tiende a dominar o en algunos casos acogerlos como parte de su pasado, pero nunca como proyectos nacionales alternativos o en disputa hegemónica.

Si pensamos las luchas del movimiento indígena como horizontes de superación de las relaciones sociales capitalistas y coloniales –resguardadas y posibilitadas por el estado moderno–, podemos mirar que un proyecto educativo comprometido con dicha lucha es un elemento estratégico importante.

La plurinacionalidad como encarnación de dicho horizonte entonces implica necesariamente un proyecto educativo emancipador que logre disputar la hegemonía de un estado uninacional capitalista. Dicho proyecto cuestiona entonces uno de los elementos centrales en la construcción estatal, la relacionada a la elaboración de un sentido de pertenencia a una sola forma de relacionarse entre seres humanos y con la naturaleza: la estatal moderna capitalista.

Como decían algunos estudiosos, el “Estado nunca para de hablar” –es decir de promover ciertos sentidos y pertenencias, mientras niega o excluye otros–, pero al mismo tiempo esto implica que existan sujetos que lo escuchen. En tanto los sujetos sociales escuchen y luego desobedezcan, contraponiendo al hablar del Estado otra narrativa de la historia, de la existencia social y del horizonte de vida futura, se cuestiona al menos un punto central de la dominación y abre posibilidades de construir otro futuro para los pueblos. De todas formas, no se trata de realizar otros proyectos nacionales –como nacionalismos indígenas– sino de construir una nación que responda a la diversidad de pueblos y sobre todo a los diferentes modos de vida que perviven en y contra el capitalismo y el estado moderno.

Creo que éste es uno de los valores fundamentales del proyecto educativo que desde las organizaciones indígenas hemos intentado llevar adelante desde los 80s: una educación que acompaña el proceso de lucha de sus sujetos por una vida digna.

El otro valor que me parece importante rescatar en un proyecto educativo emancipador –como creo ha sido, a pesar de los límites y dificultades, el del movimiento indígena– es la cuestión de la generación de pensamiento y de sujetos pensantes. Por un lado, pensamiento que está relacionado con la forma de entender la realidad en su totalidad, sus problemas, sus causas y sus posibles salidas. Los estados modernos y el capitalismo mismo construyen continua y cada vez más profundamente sentidos comunes de lo que es la vida, la política, la economía y todas las dimensiones de ella, ocultando al mismo tiempo las bases reales de la dominación y la explotación de los seres humanos y de la vida.

La colonización de la subjetividad y del pensamiento responde también a una educación centrada en la competencia, en la libre empresa neoliberal, en la enajenación de los seres humanos de sí mismos y de la madre tierra. El colonialismo educativo en la actualidad no responde a cuestiones geográficas, es decir, así un conocimiento es europeo, latinoamericano, asiático, etc., sino sobre todo a sus contenidos y proyectos de sociedad que hoy están hegemonizados por el capitalismo más allá de las fronteras culturales, territoriales y estatales. El colonialismo educativo responde también a una forma de vivir en sociedad particular –el capitalismo- que siempre en expansión destruye o subordina otras y con ello otras formas de conocer. El colonialismo es un problema del capitalismo y no únicamente de su procedencia geográfica.

Contra ello debe erigirse entonces un conocimiento, un pensamiento que ayude a ver más allá de lo visible, y no sólo eso, además debe permitir cuestionar los cimientos de la civilización capitalista moderna y vislumbrar otras formas de vida que posibiliten la vida. Éstas, a pesar de la dominación han logrado sobrevivir y aún contienen elementos que pueden contribuir a construir otra forma de relacionarnos entre personas y con la madre tierra. Elementos que en diálogo con otras tradiciones críticas pueden abrir conocimientos para la vida digna de toda la vida. La plurinacionalidad a nivel educativo, en este sentido, no es un problema sólo de proyectos educativos fundados en las diferencias culturales –de idioma– sino sobretodo de horizonte de existencia digna para todxs en sociedad.

Creo que la contribución del movimiento indígena y de sus proyecto educativo podría ser abrir y construir un sistema educativo que ayude a transformar la sociedad actual en términos de superación de las relaciones capitalistas modernas: ganancia y acumulación privada de riqueza por sobre las relaciones humanas, dominación y destrucción de la madre tierra, enajenación de las personas de sí mismas, de las otras formas de vida, destrucción de los pueblos, etc. El valor central del proyecto educativo indígena sería así posibilitar otras formas de existencia social más allá de la destrucción y muerte de la vida en la que nos debatimos hoy todxs, seamos indígenas, mestizos, afros o europeos.

* Máster en Sociología en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. inticartuchevacacela@gmail.com