EL PROBLEMA NO ES EL CUCO CORREÍSTA. Por Juan Cuvi*

Foto referencial de Ecuador willana.

Hay aprensión en varios sectores políticos respecto de la posibilidad de que los correístas obtusos se tomen el próximo Consejo de Participación Ciudadano y Control Social (CPCCS). Las respuestas frente a esta eventual amenaza van dese la campaña en contra de ciertos candidatos, tildados de correístas, hasta la promoción del voto nulo.
Pero las perspectivas son peores de lo que nos imaginamos. Lo que en realidad puede ocurrir es que ese organismo se convierta en una feria. Inclusive con la complicidad de algún correísta que, en caso de ser elegido, preferirá velar por su bolsillo antes que mantener la fidelidad a su caudillo. Su función quedará reducida a la negociación individual de sus decisiones.

Solo basta recordar la forma en que Rafael Correa se aseguró la sumisión de los anteriores consejeros: todos tenían a media familia empleada en el gobierno. La garantía de su obediencia radicaba en la perpetuación de las prebendas familiares. Eran una especie de modernos cortesanos.

Hoy, la reproducción de este esquema de control autoritario depende de la conveniencia del gobierno o de los poderes fácticos. En tales condiciones, resulta imposible que estos consejeros seleccionados al azar –particularmente los correístas– mantengan una mínima coherencia ideológica. Terminarán acomodándose a las circunstancias. Si antes nos indignaban las mayorías móviles, mañana tendremos que padecer con las mayorías fugaces.

Por lo mismo, la estrategia aplicada por el correísmo para tomarse el CPCCS luce tan errática como inviable. Primero tienen que ganar las elecciones, para luego asegurar los cargos. Ambas opciones son improbables. Si Correa aún conserva un voto duro, difícilmente lo podrá endosar a una lista de ilustres desconocidos que, por lo demás, van a cumplir una misión incomprensible e innecesaria para el electorado populista. Si a este limitante añadimos el creciente desprestigio del correísmo por los escándalos de corrupción, es poco probable que tenga éxito en las urnas.

La segunda opción, de darse, también parece irrealizable, porque los nuevos consejeros tendrán que sobrevivir en medio de una profunda ilegitimidad. La opinión ciudadana a favor de la desaparición del CPCCS, que ya es fuerte, se irá incrementando a medida que las decisiones del organismo generen mayor conflictividad o suspicacia. Por ejemplo, si los nuevos consejeros pretenden revisar lo aprobado por el Consejo de Participación Transitorio. Tendrán que cuidar el puesto con mucho tino. Por lo mismo, serán funcionarios más inestables que borracho en patines.

Lo que en esencia está en juego, entonces, es la naturaleza del CPCCS, no las particularidades de su conformación. Llegue quien llegue, ese organismo está condenado al fracaso. Mejor dicho, al más completo desorden, a la total desinstitucionalización. La amenaza no es el cuco correísta, ya en franca descomposición, sino la norma constitucional.

*Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum – Cuenca. Ex dirigente de Alfaro Vive Carajo.